martes, julio 15, 2014

BELLUM CIVILE, BELLUM SOCIALE, MALÓN DE LOS ÍNFIMOS













Recordando el comienzo de la Primera Guerra Mundial, se cae en la cuenta que somos testigos, y también parte, de una Guerra de los Cien Años que no tiene trazas de acabar. Y mirando los combates que ayer tuvieron lugar en los alrededores del Obelisco, a partir de una celebración que cualquier observador podía presagiar iba a terminar mal, encuentro que estamos viviendo una nueva vuelta de tuerca en una guerra civil que, de acuerdo con mi experiencia personal. va alcanzando el medio siglo y cuyo punto de partida, siempre ciñéndome a mi estrecha peripecia biográfica, fecho en aquel año terrible de 1955, más específicamente un 16 de junio de bombardeos e incendios de templos. Si en los 70, por ejemplo, esta guerra civil se tiñó con la enemistad absoluta de la pugna ideológica, del choque de religiones seculares que pretendían cada una aniquilar a su oponente, hoy es una guerra social, y el adjetivo "social" no acierta a expresar debidamente lo que pretendo transmitir. Es como si esta ciudad de Buenos Aires donde vivo se hubiese ido convirtiendo en un gigantesco arrabal y ese arrabal, a su vez, se encontrase sitiado por jaurías cimarronas que no pretenden ya lograr su puesto en el entramado arrabalero, sino sacudirlo cada tanto con sus malones desbocados. Manadas de semejantes que han sido reducidos a una subsistencia, persistencia y hasta inexistencia vital, y no sólo ya no tienen horizonte fuera de ello, sino que no conciben que exista.  Enfrente, un público al que queda grande aquello de Nietszche del nihilismo pasivo, de la astenia del ser: "el vacío del mundo en la oquedad de su cabeza". Hay, además, unos vínculos entre el adentro y el afuera, entre el arrabal y el subsuburbio, entre el lodo discepoliano en que se revuelcan  nuestras capas dirigenciales y el ínfimo barro sublevado de los malones del descarte, potenciándose mutuamente en ese perverso intercambio.

Créame un ocasional lector que no es ejercicio erudito, sino incapacidad de hallar las palabras exactas, que me llevan a citar a un maestro de los bajos fondos humanos, William Shakespeare, cuando pone en boca de Calpurnia, en "Julio César" (acto II, escena II), estas palabras:

"Nunca me detuve en los presagios, César, pero ahora ellos me dan miedo (...) en el aire  resuena el choque de las armas, relinchos de caballos, ayes de agonía, y el grito chillón de los fantasmas en las calles". "César saldrá -había afirmado Julius poco antes- y cuando el peligro vea el rostro de César, se desvanecerá". Aquí, amigos, ni hay César ni sombra de César. Y si aquel, en la historia y en el teatro, no pudo volver vanos los peligros y presagios, ¿qué nos queda a nosotros?

Dudé si dejar por escrito esta impresión. Ojalá fuesen estas palabras las que habrán de desvanecerse como ruido en el aire. Pero aquí quedan

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