domingo, junio 09, 2019


VOTACIONES…. ¿PORQUÉ  NO SORTEOS?






Aunque todavía no se han abierto legalmente las gateras para soltar los pingos en la campaña política, estamos realmente en carrera. Y es en “modo campaña” como el costado oscuro de nuestro sistema político se muestra más claro. Nada de lo que diremos a continuación es nuevo. Los maestros del realismo político lo vienen afirmando desde largo. Su mensaje, sin embargo, ha ido quedando sepultado bajo un alud declamatorio que en los intervalos de campaña, que son casi la estofa ordinaria de nuestra vida pública, se intensifica hasta el aplastamiento bajo el fastidio y la náusea. Vamos a la cartilla, pues, aunque se deba infligir al lector una entrada algo extensa.



Buscando la forma de gobierno



Fue tradición de la teoría política, en busca de la fórmula para la organización ideal que diese lugar a la “vida buena”, discurrir sobre las formas de gobierno. También tradicional fue su catalogación tripartita (el número tres ejerce un atractivo irresistible para nuestro espíritu): monarquía, aristocracia, democracia obediente a las leyes o república. Las formas degeneradas respectivas se elencan también en tríptico: tiranía, oligarquía y democracia despectiva de las leyes o demagogia.  Surge luego, en la consideración dinámica de aquellos tres formatos básicos, sucedidos en ciclo descendente cuando las formas puras degeneran, la propuesta de combinar adecuadamente, en un sistema mixto o moderado, los elementos básicos de aquellas tres primordiales, esto es, el gobierno de uno, de los pocos y de los muchos, de modo de conjurar  las situaciones críticas que acompañan la degradación de  la rectitud original.  Para completar estas nociones rudimentales, debemos tener en cuenta que este discurrir sobre las “formas de gobierno” se dio originalmente en el marco una “forma política”, la polis, la ciudad. Las formas políticas son las figuras  en que la materia permanente de lo político, en que se expresa la politicidad humana, se ha ido volcando a lo largo de la historia.  En general se identifican tres formas políticas tradicionales: la ciudad, el imperio, el reino y una cuarta forma política, el Estado nación, producto de la racionalidad occidental, que toma impulso a partir del siglo XVI. La globalización o mundialización, con su implícito planteo de gobernanza planetaria,  podría considerarse la última forma política surgente.  En nuestro tiempo,  la discusión sobre las formas de gobierno está clausurada, estableciéndose la democracia como única aceptable, dentro la forma política estatal, teóricamente la única vigente.



La democracia no es solución sino problema



La democracia, como ya hemos anotado en otras entradas, presenta el problema de que el gobierno por el pueblo se ejerce sobre el mismo pueblo, que resulta a la vez, idealmente,  gobernante y gobernado. La democracia directa sólo puede tener andamiento en comunidades muy pequeñas (por eso que aquellos griegos que comenzaron a pensar sobre qué hacían cuando hacían política se plantearon ante todo el problema del tamaño). La representación política se adiciona entonces a la democracia, y desde el momento en que el mandato imperativo a quien lleve la voz de un grupo determinado se convierte en mandato representativo  global, es decir, el representante lo es de la totalidad de la nación y sujeto, en todo caso, a la disciplina partidaria, la expresión “democracia representativa” se convierte en un oxímoron, ya que el elemento representativo consiste en lo no democrático de la democracia. Más tarde, ya en nuestros días, cuando cobra cuerpo la llamada “democracia constitucional”, donde se  continúa proclamando  en las cartas magnas la “soberanía del pueblo” como principio en cuyo nombre los representantes deciden, pero se agrega otro cerrojo no democrático al anterior del sistema representativo. Tal ocurre cuando se deja al criterio de tribunales supremos establecer sobre qué los representantes pueden decidir y sobre qué no, con la facultad contramayoritaria de apartar del ordenamiento normativo aquello en que los órganos electivos se hayan expedido sobre materia establecida como indecidible por el órgano judicial.

La democracia, en su formulación teórica y en tanto única forma de gobierno admisible, se opone a la autocracia en la vulgata constitucionalista. La autocracia es el gobierno absoluto de uno solo cuya voluntad es ley suprema.  La evidencia empírica demuestra que tanto la democracia concebida por la teoría, esto es, la monarquía del pueblo, como la autocracia concebida por la teoría, esto es, el máximo de absolutismo en un poder unipersonal, en la práctica jamás han existido. Existen numerosas democracias en el mundo, y tanto los emperadores bizantinos como los zares de Rusia llevaron el título de “autócratas”, pero en ningún caso la realidad ha correspondido a la teoría. El poder, aún el más absoluto,  tiende a alguna forma de difusión y es compartido por algunos. La experiencia enseña que nunca mandan ni el uno ni los muchos; siempre mandan unos pocos, una minoría más o menos jerarquizada. Es la “ley de hierro de las oligarquías”, entendiendo aquí la expresión oligarquía no  en sentido peyorativo o relacionado exclusivamente con el mando de los pudientes, sino en su acepción etimológica de gobierno de los pocos. Tal es la ley férrea de la política y de cualquier agrupamiento humano: “quien dice organización, dice oligarquía”. La enunció el sociólogo alemán Robert Michels (1876-1936), pero reconoce sus antecedentes en el también sociólogo ruso Moisés Ostrogorski (1854-1919), que describió  la oligarquización de los partidos políticos al despuntar el siglo XX, en el jurista y teórico político italiano Gaetano Mosca (1858-1941), que acuñó el término “clase política”, y encontró en otro italiano, economista y sociólogo, Vilfredo Pareto (1848-1923) la formulación de la teoría de las élites y su circulación.



La ley de hierro de las oligarquías



En síntesis, estos pensadores señeros del realismo nos dicen que en todas las sociedades humanas aparece una minoría de los que gobiernan y de los que  intentan llegar al gobierno en un próximo turno, y mayorías que son gobernadas. La “clase política” o élite, tanto gobernante como opositora, es la que triunfa en la lucha general por la notoriedad, que en las sociedades humanas tiene un papel más importante que la lucha por la vida. La masa de los hombres resulta persuadida, generalmente, por actitudes primarias, no lógicas, que se presentan bajo la forma de discursos lógicos. Las élites políticas no se cristalizan sino que circulan: la historia política es un cementerio de élites. Las instituciones políticas tienden a ser más duraderas donde este proceso de circulación es más abierto: la élite dominante debe tratar de incorporar a las rivales o está destinada a perder el poder. En cuanto a la mayoría de los hombres, desean ser dirigidos. Las élites políticas, a través de sucesivas incorporaciones de sus grupos rivales, tienden a perpetuarse oligárquicamente en el poder. Una vez llegados a éste, se produce en los dirigentes que ayer fueron opositores una “metamorfosis psicológica”   que asegura aquella perpetuación.

La ley de hierro desenmascara las pretensiones de toda política que no se atenga a la “verdad efectiva” de lo concreto factible y agible en un momento histórico determinado. Lo bueno y lo posible son sinónimos en política. Lo imposible, sea que resulte expuesto en el efímero eslogan del marketing electoral  -“pobreza cero”- o se estructure en la rigidez de un discurso ideológico  -“sociedad sin clases”-, como todo sueño de la razón, conduce al desastre. “Exijamos lo imposible”, el lema de Marcuse que se le cuelga al Che, tiene el paredón a la vuelta de la esquina. La ley de hierro tiene, por lo tanto,  un efecto saneador. Pulveriza  las teorías universales, los “grandes relatos” ideológicos, la conversión de los deseos en efectividades que reclamar como derechos y fuerza a la prudencia política a adecuarse a la realidad monda y lironda. Si la única verdad es la realidad de las cosas, como enseñó San Agustín a Jaime Balmes y este último a Perón, no transige con las ensoñaciones. Hallar la verdad de la materia política puede ser duro, lo que no significa que sea negativo. El inconveniente, señala Dalmacio Negro, es que, si se lleva hasta sus últimas consecuencias,  puede conducir a la conclusión ácrata de que el poder es malo -sobre todo el poder de los que no nos gustan, como ocurre con las conclusiones de Michel Foucault. Esto es peligroso, agrega Negro Pavón, y está en la base de la mayoría de los sistemas liberales que nacieron en el siglo XIX. Supone que, en definitiva, la libertad del hombre es riesgosa porque su poder es malo y porque la razón del hombre es incapaz de conocer el bien y la verdad. Pero la ley de hierro de las oligarquías resulta escéptica sólo en el sentido etimológico del término –“el que mira alrededor”- y se concentra en despabilar la naturaleza de las cosas políticas, única manera válida de actuar en ellas de modo conducente a la finalidad de la vida buena.



Sobre partidos, partidocracia y teatrocracia



Los partidos políticos están sometidos a la ley de oligarquización. La clase política, que surge de la dirigencia de estos partidos, mantiene, por debajo de las rencillas del espectáculo,  una solidaridad en resguardar  y perpetuar su situación oligárquica, que he denominado en otras ocasiones “partido único de los políticos”, para el caso argentino con su acrónimo: PUPA.

Nuestra constitución, a partir de 1994, proclama en su artículo 38: “los partidos políticos son instituciones fundamentales del sistema democrático”. La enfática declaración ya era rancia  cuando se sancionó,  más que muchos artículos originarios de 1853.  Porque en el mundo, los partidos políticos se mostraban ya como formatos de organización que no se correspondían con las exigencias del tiempo. El tipo de organización partidaria o, lo que es lo mismo, la oligarquización que ella produjo,  estaba ligada a la fábrica con cadena de montaje y a una burocracia estatal con roles y funciones también estandarizados. El partido de masas con impostación ideológica, que había tomado el lugar del partido parlamentario de notables, encontraba allí su lugar,  que en su lado oscuro lo mostraba como máquina para adquirir y gestionar la renta política, esto es, el botín de cargos y despojos; el reparto de beneficios, prebendas y sinecuras  entre la clientela; el cobro de un “peaje” por el dictado de las normas orientadas al incremento de la renta económico-financiera, etc. La deslocalización industrial, la revolución digital, el individualismo narcisista, el crepúsculo de las ideologías rampantes y su sustitución por una ideología light donde el turbocapitalismo planetario se disimula al presentarse junto a la “revolución de los deseos” de la izquierda caviar –los deseos individuales surgidos de tu proyecto biográfico son realidad y tienes derecho a exigir su concreción a como dé lugar-, subordinan la político al espectáculo de entretenimiento  (entre-tener: tener en suspenso entre dos intervalos, impidiendo toda concentración), de puro esparcimiento (esparcir: derrame constante de minucias). De modo constante, la materia de lo común, el espacio ciudadano, se reduce a la anécdota (¿corresponde a un precandidato presentarse a las fotos vistiendo zoquetes con chancletas? –comidilla de varios días para todas la formas de prensa y redes sociales).  El público –la “gente”- no sólo absorbe sino también “participa”, a su modo (Byung-Chil-Han dice que el sujeto actual no actúa: sólo teclea y se hace la ilusión de participar), dentro del ruido insoportable de las redes sociales.  El mismo autor afirma que el ejercicio despótico del poder no resulta hoy necesario: el hombre de las redes se explota a sí mismo mientras cree “realizarse”. Es –dice- su propio Big Brother.  Y agrega que a estos males se une el de la “transparencia”: bajo el shock de presente, la estrategia política, que requiere tiempo y secreto (los arcana imperii) desaparece, y los políticos, partiquinos del espectáculo, actores antes que autores, se convierten en deficientes administradores del desencanto. Los partidos, ya de antes  convertidos en empresas de maximización del voto del sufragante consumidor hacia la oferta de candidatos producto del marketing, cuyo principal insumo eran las encuestas y su finalidad  maximizar beneficios por la obtención de mecanismos de poder y el manejo de la caja de dineros públicos, se transforman en agrupaciones biodegradables.  La masa a que apuntaban es hoy un ”enjambre digital de individuos aislados” y los “representantes” no se asumen ya como peones del sistema –como era su apariencia anterior- sino directamente como elementos autorreferenciales que se representan a sí mismos en el gran espectáculo de la política, sin sujetarse a ninguna lealtad sino apenas a guiones momentáneos dictados por el marketing de circunstancias. La democracia de partidos, la partidocracia, es hoy la teatrocracia que entrevió Platón hace mucho: una democracia de espectáculo, de público virtual e imágenes de candidatos, de “espacios” cambiantes donde los elencos de personajes se intercambian constantemente sin sonrojarse -¿adónde va Victoria Donda? ¿de dónde viene Sergio Massa? ¿encaja en algún lado Roberto Lavagna?-. Lo mismo ocurre con las dirigencias oligárquicas sindicales,  lobbies empresariales o  mandarinatos culturales progresaurios. Lo único que permanece en este espectáculo cambiante es, entre nosotros, un tercio de la población  reducida a miseria sin retorno –la movilidad social de veinte años atrás hoy es impensable para ese sector reducido a servidumbre- encuadrada en “organizaciones sociales” por punteros de barrio, piqueteros pontificios, clasistas vociferantes cuando han desaparecido las clases, y demás parásitos que administran los masivos subsidios que el  Estado  (el Estado “ellos”, esto es, la oligarquía política que usufructúa su turno) otorga (extrayéndolo del Estado “nosotros”). Como estos grupos fueron asumiendo su propia personalidad presentándose como partidarios de la revolución, según resulta de sus cánticos y banderas, se asiste a un nuevo invento aborigen, parangonable al del dulce de leche y del colectivo: el del revolucionario subsidiado con dineros públicos. En puridad, resultan la masa servil, excluida de la ciudadanía,  que se arrastra a votar en los turnos electorales, para decidir los resultados en los grandes centros urbanos. Cuando se intercambian denuncias sobre ejercicio de “populismo económico” distributista, tanto los críticos como los criticados reiteran sin cesar, cuando el turno les toca, el mismo mecanismo objeto de sus denuestos, como puede ver cualquiera que examine la composición del gasto público de turno a turno. La crisis de la representación ha dejado de ser visible porque los representantes autorreferenciales viven en otro mundo incomunicable con el de sus aparentes representados. La clase política reside en y perora sobre la cosa pública desde otra dimensión, como los dioses de Epicuro, que moraban en los intermundia más allá de nuestro cosmos, sin preocuparse de nuestro mundo y de sus habitantes.  La única representación más o menos eficaz en nuestra política está en las  "organizaciones sociales", correas de transmisión de las demandas del pobrerío marginal reducido a servidumbre clientelar. Los happy few de la clase globalizada no necesitan representantes, o los influyen por los lobbies correspondientes, llegado el caso. La clase media, identificada con la marka del CUIT o CUIL,   residuo del arraigo, es la verdadera gleba de la globalización, a la que se mantiene entretenida con los sex toys de la revolución cultural, mientras se la confina en la absoluta carencia de representación y participación política.  







Continuidad de las oligarquía, pero fin del partido político como “institución fundamental”, etc.  Final de un juego, en puridad. Habrá que pensar en qué campo y con qué jugadores se reanudará el eterno espectáculo de la política. Contribuyo con una propuesta.


Elección, subasta, sorteos

Como hemos visto, bajo una ley inexorable, todas las estructuras políticas existentes (partidos, sindicatos, el Estado) se manejan por oligarquías. La real forma de gobierno, y la forma política real, se manifiestan en el mando de unos pocos. La oligarquía, afirmó Gonzalo Fernández de la Mora, “es la forma trascendental de gobierno”. No se pueden eliminar tales oligarquías; a lo sumo, procurar que no sean siempre las mismas.  Las utopías se han estrellado en vano contra este duro macizo de realidad, y cuando han intentado sortearlo, el precio se ha pagado con sacrificios en los altares del miedo. La democracia representativa permite a las oligarquías operar a voluntad y vampirizar a la sociedad hasta agotarla. La reacción populista (me refiero al populismo político; sobre la fantasía de eliminar el populismo económico ya nos hemos referido más arriba), justificado en su inicio,  termina generando nuevas oligarquías. Entonces, si las oligarquías no pueden eliminarse, hay que encontrar regímenes políticos que permitan atemperarlas y controlarlas mejor que los hasta ahora ensayados.

Nuestras oligarquías se han vuelto autorreferenciales, separadas de la ciudadanía, del pueblo, entendido como quienes no gobiernan ni ejercen funciones orgánicas de autoridad. Una ideología básica y cerrada  une al “partido único de los políticos”, más allá de la dicotomía de antigualla entre izquierda y derecha, y consiste  en asegurar su reproducción y supervivencia.  La instancia electoral, donde normalmente se debe optar entre la oferta monopolizada por cambiantes “espacios” con caducos rótulos partidarios, pocas veces deja lugar a la función que Ostrogorski asignaba al voto, esto es, que sirviera de instrumento del ciudadano para intimidar a la clase política. El sistema político arranca a los ciudadanos el poder de intimidación social y lo vuelve contra ellos: los intimidados son ahora los propios ciudadanos, en nombre de la continuidad del sistema. A veces, esta función intimidatoria se manifiesta y su mensaje no es recogido por sus destinatarios. El 14 de octubre del 2001, en las  elecciones de renovación legislativa durante el gobierno de Fernando de La Rúa, se produjo lo que entonces llamé una “huelga electoral”: votó el 50% del padrón nacional y el otro 50% se abstuvo, votó en blanco o anuló a sabiendas su voto. Fue un primer registro de la aguja del sismógrafo, que las voces oficiosas insistieron en minimizar.  En diciembre de 2001 estalló el grito: “¡que se vayan todos!”. Un grito ingenuo, si se quiere, ya que –y sobre todo en política- nadie se va sin que lo echen. Esta vez, sin embargo, el sismo fue perceptible y se conmovieron las estanterías de la clase política, que hasta ensayó gestos de reforma (pero se sabe, como enseña el refrán,  que el que a sí mismo se capa, buen par de compañones se deja). Los partidos políticos, en su versión habitual, como vimos, quedaron pulverizados.  Podemos  extraer de allí una consecuencia importante: el sistema electoral, cualquiera sea modalidad, tiende a impedir que el ciudadano ejerza su único poder, esto es, intimidación social sobre las oligarquías en riña que conforman la clase política. ¿Hay otra manera de escoger candidatos que dé al ciudadano algo más que optar por el menos malo por temor al  triunfo de alguien peor?







Podemos encontrar un antecedente orientador en una vieja institución americana: el cabildo indiano. Los cargos capitulares se escogían por elección, por tirar a suertes –a veces combinando ambas formas y, luego por venta en pública subasta de las funciones concejiles, adjudicadas al mejor postor.   Esta última forma, que procuraba ingresos al erario público, concentró más la oligarquización consecuente, ya que los privilegiados adquirentes solían desvincularse absolutamente de los intereses públicos. De modo clandestino, bajo forma de licitación de candidaturas, también se dio entre nosotros en nuestro tiempo –así se supone que Néstor Kirchner consiguió el favor de Eduardo Duhalde para la carrera presidencial, empinándose sobre otros candidatos más notorios. Dejando de lado esta modalidad más bien espuria de acceder a magistraturas públicas, nos quedan las otras dos: elección y tirar a suertes.  Sobre la elección ya vimos que el sistema de monopolización de la oferta por rótulos partidarios biodegradables la reduce a una opción entre lo malo y lo peor, quitándole al voto la posibilidad de intimidación social sobre la clase política, única herramienta capaz de otorgar un asomo de poder al votante.  La teoría representativa dice que yo, ciudadano elector, decido sobre quién decidirá por mí. La “verdad efectiva” de la representación es que se nos da una opción entre males, para establecer quiénes, dentro del partido único de los políticos, decidirán por sí y ante sí  supuestamente en mi nombre. Queda el tirar a suertes.  Así se elegían las magistraturas ordinarias en la antigua Atenas, poniendo, según Platón, “la elección en manos del divino azar”. Se extraía de una urna la tablilla con el nombre del candidato y de otra un haba; si ésta era blanca, quedaba elegido el individuo cuyo nombre se hubiera sacado al mismo tiempo. En la Florencia de los siglos XIV y XV también se utilizó: los nombres de los candidatos se insaculaban, esto es, se colocaban en una bolsa, de donde se extraían –desinsaculaban, expresión que se utiliza aún hoy en el lenguaje forense-  los electos. Los cargos municipales en la corona de Aragón se elegían por el mismo método, y éste fue trasladado, combinándose con el voto, como hemos visto, a los cabildos de las fundaciones hispánicas en nuestra ecúmene.  La cuestión de la elección por sorteo, una corrección democrática de nuestros usos electorales actuales, vuelve a plantearse hoy y podrá ser objeto de alguna futura entrada. Combinada con los mandatos imperativos, la posibilidad de revocabilidad permanente y discrecional de los mandatos, los referendos de iniciativa ciudadana y los controles tanto previos como pendiente el mandato y cumplido éste, son posibles instrumentos de  mitigación  y más eficaz control de los efectos de la ley de hierro de las oligarquías que los mandatos representativos hoy en crisis.



El espectáculo de desprecio, pitorreo y tomadura de pelo que los cínicos integrantes de nuestra clase política, sin acepción de corrientes o  rótulo partidario vencido  presentan hoy ante nuestra pánfila mirada ciudadana -¡y aún la campaña no se largó!-  es de tal vileza que sólo lo emparejan aquellos recuerdos del 2001 y 2002, cuando surgió lo de “que se vayan todos”. He perdido el rastro de quien, ante este desfile de imposturas, dijo que las ratas habían dejado sus cuevas y se habían puesto a buscar comida campando en las vidrieras. Ratas de la clase política; comida que es nuestro voto. Sin fe y sin respeto, como dijo alguna vez José Antonio, este viejo profesor recordó ciertas cosas que alguna vez enseñara y que, quizás, puedan ser de alguna utilidad para sus compatriotas de a pie, tan chacoteados por la runfla de siempre como él.-



martes, mayo 21, 2019

UNA CANDIDATURA MORGANÁTICA O “¡ES LA DEMOCRACIA, ESTÚPIDO!”








Morganático:  dícese del matrimonio contraído entre un soberano o príncipe y una mujer de linaje inferior, o viceversa, en el cual la persona de condición inferior no adquiere la categoría de soberano o príncipe. Suele llamarse también “matrimonio de la mano izquierda”



Se produjo un matrimonio político de apuro y resultó un candidato morganático: Alberto Fernández. El elegido protesta independencia: “no soy Cámpora”, les dice a los de la Cámpora y agrega que “Cristina no es Perón”, lo que podría interpretarse in malam partem, como que no puede conducir sola, pero también in bonam partem, esto es, como que goza de buena salud y le aguarda largo trecho hasta el retiro. Pero, en realidad, Alberto es una versión posmoderna y electoral del varón domado, aquella extraordinaria profecía que pronunció Esther Vilar hace casi cincuenta años.

Alberto Fernández, el morganático Albertone, es un swinger –dicho sea en el mejor de los sentidos- que ha oscilado, vacilado y traqueteado desde su militancia como jefe de la juventud del Partido Nacionalista Constitucional de otro Alberto, Assef en este caso (dato que su CV en Wikipedia ya no registra), pasando por Menem, Duhalde y Cavallo, hasta anclar provisoriamente en el grupo Calafate   (los trepadores suelen tener estas iluminaciones de futuro). Desde allí se  proyectó hasta la jefatura de gabinete en el primer reinado de lady Cri Cri, entonces aún orientada por el Néstor, que comandaba el país desde su reducto en Puerto Madero. En ese momento utilizó sus artes que hoy llaman de “moderación” para tratar de disolver el frente ruralista, metiendo púa en la Mesa de Enlace. Pero no le salió la jugada, sucediéndolo otro artista de la garrocha, Sergio Massa, que venía de la ANSeS. Uno de los servicios que prestó Albertone a la corte K fue la de sus vínculos con la prensa, que siempre supo aceitar convenientemente. Eran los tiempos en que el execrable monopolio Clarín hacía buenas migas con el Eternéstor. Van der Koy tenía las novedades de la boca del caballo, por así decirlo, y Morales Solá no le iba en zaga. Ninguno de los dos sufría entonces de ningún sarpullido republicano. Después, algo oscuro pasó entre Magnetto y el Eternéstor, y los chantres de la prensa venerable se ensabanaron con las togas de Catón.

Pero volvamos al Albertone. Cuando la estrella de Cristina pareció apagarse, desfiló por los medios mostrándose crítico. Su modo de diferenciarse consistía en señalar que Néstor fue la razón y Cristina una emoción mal orientada. Los repúblicos del periodismo tomaron en parte esta idea del Eternéstor estadista, hasta que emergió el verdadero rostro del nefasto santacruceño.

El Albertone siempre ha sido un intermediario. Exitoso, por cierto. Abrepuertas en los tribunales, donde comenzara como pinche en una fiscalía del crimen. Funcionario en diversos gobiernos –Superintendencia de Seguros, vicepresidencia del BAPRO-  viviendo en toda ocasión del sueldo del enchufe en el Estado. Será por eso que ahora los analistas se preguntan cómo reaccionarán “los mercados” ante su morganática postulación. “Los mercados”, como ya vimos en este blog citando a Guillermo Calvo, que algo sabe de estas cosas, son unos muchachos esnifados delante de sus pantallas en J.P. Morgan o similares, o recolectores de dudosos chismes para  Bloomberg, que son capaces, de un dedazo, de cambiar nuestro incierto destino colectivo. Estamos entre las decisiones digitales de la reina, por un lado, y las de los fumados que quieren hacer carrera en las finanzas, por otro. Entre ambos extremos del dedo, el moderato cantabile del Albertone. Enfrente, Mauricio bajo conducción de Marquitos Peña y consejo sabio de Durán Barba. La Argentina, a veces, parece sufrir  un ansia de disolución, una cupio dissolvi, aunque a último momento una fuerza interior que no proviene de la dirigencia, sino de los estratos medios donde se asienta lo local, lo propio, el arraigo, verdadera sustancia del populus, se moviliza y aleja el peligro, como ocurrió en 2001/2, aunque haya dirigentes que dragonean aún hoy de haber sido pilotos de tormenta.

En fin, la reina decidió matrimoniarse morganáticamente con un varón sin aparato, sin votos ni territorio. Cristina había sufrido con Cobos –el vicepresidente es un traidor en potencia- y ahora inventa una vicesoberanía absoluta, designando el candidato a la presidencia. Me estaba preguntando de dónde podía surgir este esperpento, cuando una voz me gritó  ”¡es la democracia, estúpido!”. Gracias, no me había dado cuenta.-

lunes, abril 29, 2019

¡JODEROS, NOSOTROS TAMBIÉN SOMOS EL CAOS!




En una portada de "Hermano Lobo", una revista satírica española que apareció entre 1972 y 1976, tomando el lugar legendario de "La Codorniz", una caricatura, creo que debida a Chumy Chúmez, mostraba a un político que se dirigía a su audiencia planteándole el dilema: "¡O nosotros o el caos!". La gente reunida, fuenteovejunamente respondía: "¡el caos, el caos!". A lo que el orador retrucaba -y hago más realistas sus términos: "Joderos, porque nosotros somos también el caos". Es lo malo de plantear en política estos dilemas, cuando en el fondo se intuye que ambos cuernos del mismo son idénticos. Más criollamente: anuncia cada postulante  que va a salir suerte, pero la taba está cargando culo por ambos extremos. La Argentina electoral de este 2019 se parece a la sarcástica portada peninsular de casi medio siglo atrás.  Estamos atascados en la alternativa del 2015, esto es,"o Macri o Cristina", pero frente a una caja de Pandora donde la esperanza que quedaba en el fondo se ha tomado el olivo. Modesta alternativa: o Venezuela por autopista o Venezuela por colectora.

Podríamos extendernos en anécdotas y pronósticos sobre qué ocurrirá cuando se vote, cuánto influirá la cotización del dólar o la inflación venideras en los resultados, o cómo se compondrán en definitiva las fórmulas en competencia. Pero para ese menester hay mucho personal idóneo en reseñar trascendidos, en revelar o participar en "operaciones" cruzadas donde cobran notoriedad embaucadores vinculados al bajo fondo  de los "servicios", y denuncias mutuas que se dirimen en un también bajo fondo tribunalicio. Tomando distancia y relativa altura, lo que aparece manifiesto es el descalabro terminal del sistema político inaugurado el 10 de diciembre de 1983; esto es, del régimen democrático liberal que emitió en aquella fecha su primer vagido, en medio de la expectativa general. La esperanza, era lo que quedó, entonces, en el fondo de las urnas, una vez vaciadas de las papeletas electorales. Reinó lo que pudo, con algunos  episodios de estirón y etapas prolongadas de desaliento, hasta que hoy se yergue más bien su contracara, un conjunto de de expectativas negativas acerca del futuro, de anticipaciones tendientes a un "sálvese quien pueda"  individualista generalizado, con su cortejo de melancolía, depresión y angustia que puede derivar en pánico -comenzando, obviamente, por los "mercados". Magro consuelo: no nos pasa sólo a nosotros, los que habitamos en esta cauda draconis austral. En buena parte del planeta, la democracia se está convirtiendo en material biodegradable. Escrutemos serenamente por qué.


¿Cuántas democracias caben dentro de la democracia?  Tal  la primera pregunta que debemos formularnos  para ensayar una respuesta adecuada a aquel porqué . Enumeremos al barrer y sin pretensión de agotar el elenco: democracia directa, democracia representativa, democracia republicana, democracia plebiscitaria,  democracia popular, democracia liberal, democracia orgánica, democracia formal, democracia delegativa, democracia deliberativa, democracia participativa, democracia de consenso, democracia líquida, democracia digital,  incluso democracia totalitaria, como se titulaba un notable ensayo de J.L.Talmon[1]. Y podríamos seguir adjetivando porque, para reconocerla, a la democracia hay que calificarla siempre, o casi siempre: a cara limpia, sin el maquillaje de los adjetivos, aparece borrosa,  desenfocada.  Además, cada una de estas democracias, como cuadra a un concepto político, resulta un vocablo polémico y bipolar, siempre enfrentado a su opuesto: democracia directa/democracia representativa;  democracia liberal/democracia popular; democracia participativa/democracia delegativa, democracia republicana/democracia plebiscitaria, etc. Cuando se afirma un tipo de democracia, simultáneamente se está descalificando a su par contrario como “no democrático” y hasta “antidemocrático”. La convicción del demócrata de estricta observancia es que quien no piensa como él es antidemocrático. Y hasta aquí  estamos refiriéndonos a la democracia principalmente como forma de gobierno, esto es, como concepto jurídico-político.  El problema se agrava cuando, como suele ocurrir, se plantea la democracia como “forma de vida”, como manera de concebir la existencia, de modo que impregne todo el quehacer individual y social. Cuando al vocablo se le otorga ese alcance sin confines, se convierte en un totum revolutum  donde desaparecen los significados. Y se habla de democracia todo el día. Esa palabra fetiche no se cae de la boca de ningún personaje que asome a la pantalla mediática. Democracia” resulta de este modo un término equívoco, en cuanto puede aplicarse a significados no ya simplemente diferentes sino sin conexión alguna entre sí. La extrapolación del término “democracia” fuera del ámbito jurídico y político que como forma de gobierno le corresponde  lo ha  transfigurado en una afirmación  ideal de amplísimo espectro, que abarca desde las relaciones personales hasta la esfera mundial, provista además de contenidos morales y hasta cuasi religiosos. Así, por ejemplo, junto a la mención a una convocatoria a “elecciones democráticas” en algún país, se habla de “llevar la democracia” al seno del matrimonio, refiriéndose a la unión de personas del mismo sexo. O, cuando en la Argentina se procedió a establecer el monopolio oficial en la transmisión de los partidos del fútbol profesional, se lo presentó como “un paso grande en la democratización de la sociedad argentina”. Sobre términos equívocos, unidos por el sonido antes que por el sentido, resulta imposible edificar un concepto. Respecto de esta dificultad, recuerdo dos valiosas opiniones. La primera, de Bertrand de Jouvenel: “las discusiones sobre la democracia, los argumentos a favor o en contra carecen de valor intelectual desde que no se sabe de qué se está hablando”[2]. La segunda, de Giovanni Sartori: “con alguna inclinación a la paradoja, se podría definir a la democracia como el nombre pomposo de algo que no existe”[3]

Si hay una definición de la democracia que podemos considerar de general aceptación, es la de gobierno del pueblo por el pueblo. Esto es, la identidad entre gobernantes y gobernados: una monarquía del pueblo donde el pueblo es, simultáneamente, monarca y súbdito.  ¿Una ilusión? Desde luego: una ilusión que vive de una paradoja: "el más poderoso argumento a favor de la democracia es el fracaso de sus adversarios en hallar un sistema que la reemplace, a pesar de la impotencia de sus partidarios en descubrir razones válidas que la justifiquen". Paradoja puesta a luz por "don Colacho", "San Nicolás de Bogotá", en el mundo, Nicolás Gómez Dávila. Ahora bien, de todas las democracias que caben dentro del vistoso envase "Democracia", la que recibe más atención es la "democracia liberal". A ella, sobre todo, es a la que se le ha perdido el pueblo (el pueblo, el demos,  que está en la raíz misma del término democracia) y no sabe dónde está.  El demoliberalismo aparece acosado en todos lados por unos bárbaros vociferantes, los "populistas", que dicen saber dónde está el pueblo que se le perdió de vista a la vieja señora. Muchos críticos de la crítica situación actual apuntan hoy sus cañones sobre el demos. Yo prefiero apuntarlos sobre el adjetivo que califica al ejercicio de la supuesta soberanía del demos: "liberal".  El elemento "liberal" es. como enseñaba Carl Schmitt, lo no democrático de la democracia. La manera de corregir la aritmética del voto por la geometría variable de la representación o por las sentencia oraculares de los tribunales constitucionales. El pueblo, el populus al que los romanos atribuían maiestas, puede ser objeto de finos análisis, pero resulta, en definitiva, una "presencia real" insoslayable en cualquier régimen político. El elemento liberal, en cambio, resulta ser la pieza enferma en todo sistema político que la contenga, porque el liberalismo, en sus facetas económica, social y política es el que está en crisis.  Su crisis es aún más profunda: es una crisis antropológica. El liberalismo actual no resulta tanto atacado desde afuera sino por factores endógenos que van más allá de los aspectos del "neoliberalismo" económico. Más que amenazada por la invasión "populista" (meramente reactiva y expresión de un síntoma de la crisis propia) la ciudadela liberal observa el resquebrajamiento de sus murallas y del solar donde se asienta. La antropología liberal, fundada sobre un individuo  autorreferencial, al que se le generan indefinidamente deseos y expectativas siempre crecientes, hasta transformarlo en un huérfano sin ombligo, narciso patológico volcado hacia afuera y, por otro lado, una criatura centrípeta, completamente absorbida en los límites de sí mismo, en su autoafirmación, resulta sometido a una presión sistémica siempre más exigente, cuyo único fugaz alivio se halla en la  farmacología antidepresiva, que deja como resaca el desencanto. El precio a pagar por la supuesta autorrealización que no conoce, una vez desterrada la idea misma de  naturaleza humana, ninguna forma de límite, es la gran desilusión y el vómito del resentimiento.  

En las votaciones por venir cada uno, escondiéndose un ratito, pondrá en un sobre aquella papeleta que le parezca que ha de conducir a algo menos malo que aquello peor que podría venir. Será una anécdota que no habrá de afectar la crisis categorial que venimos de apuntar brevemente.-   




[1] ) J.L TALMON, "Les origines de la démocratie totalitaire", Calmann-Levy, Paris, 1966
[2] ) Bertrand de JOUVENEL, “Sobre el Poder”, trad. de Juan Marcos de la Fuente, Unión Editorial ; Madrid, 1998, p. 366
[3] ) Giovanni SARTORI, “Théorie de la Démocratie”, Armand Colin, Paris, 1973, p. 3


sábado, enero 26, 2019

LA “DETESTABLE TEATROCRACIA”



A través de un viejo ateniense dialogante, clara contrafigura del autor, Platón –ya viejo también- introduce en “Las Leyes”  la reflexión sobre el régimen político de su ciudad. El ateniense  parte de la decadencia de la música y el teatro. Los teatros habían sido tomados por un público voluble y ruidoso, desconocedor de las leyes del ritmo y de la armonía y cuyo único  juicio “estaba en el placer con que se gozaba”, fuera él mejor o peor. “En lugar de la aristocracia, el mando de los mejores, se produjo en ese campo una detestable teatrocracia” (701b). Si tan sólo hubiera sucedido  en la música, sigue la reflexión del veterano ateniense, no habría sido  el hecho tan terrible, pero lo cierto es que se extendió también a la política, a la vida pública en general. Hasta nuestros días, desde aquel diálogo, la analogía entre el espectáculo y la política, entre el escenario y el ágora, ha sido constante y esclarecedora.  La expresión “teatrocracia” la ha retomada un filósofo actual, Byung Chul Han, un surcoreano radicado en Berlín, autor de obras tan breves como sustanciosas.  Este pensador engloba en aquel vocablo platónico la subordinación de lo político al espectáculo de entretenimiento  (entre-tener: tener en suspenso entre dos intervalos, impidiendo toda concentración), de puro esparcimiento (esparcir: derrame constante de minucias). Reducirse a la anécdota (¿corresponde a un precandidato presentarse a las fotos vistiendo zoquetes con chancletas? –comidilla de varios días para todas la formas de prensa y redes sociales).  El público –la “gente”- no sólo absorbe sino también “participa”, a su modo (Byung dice que el sujeto actual no actúa: sólo teclea y se hace la ilusión de participar), dentro del ruido insoportable de las redes sociales.  Nuestro autor afirma que el ejercicio despótico del poder no resulta hoy necesario: el hombre de las redes se explota a sí mismo mientras cree “realizarse”. Es –dice- su propio Big Brother.  Y agrega que a estos males se une el de la “transparencia”: bajo el shock de presente, la estrategia política, que requiere tiempo y secreto (los arcana imperii) desaparece, y los políticos, partiquinos del espectáculo, actores antes que autores, se convierten en deficientes administradores del desencanto.




De su obra “El Enjambre” extraigo estos párrafos, donde coincide, en envidiable síntesis, con conceptos similares desarrollados en otras entradas de este blog (los destacados son del propio Byung):

“En  ‘Psicología de las Masas’, Gustave Le Bon observa que los representantes en el parlamento son peones de la masa de trabajadores. Esta representación política es fuerte. Está vinculada inmediatamente a sus referentes. De hecho, defiende los intereses de la representada masa de trabajadores. Hoy, la relación de representación está perturbada en todos los ámbitos. El sistema económico-político se ha hecho autorreferencial. Ya no representa a los ciudadanos o al público. Los representantes políticos ya no se perciben como peones del “pueblo”, sino como peones del sistema, que se ha hecho autorreferencial. El problema está en el carácter autorreferencial del sistema. La crisis de la política sólo podría superarse por el acoplamiento a los referentes reales, a los hombres. 

Las masas, que antes podían organizarse en partidos y asociaciones y que estaban animadas por una ideología, se descomponen ahora en enjambres de puras unidades, es decir, en los Hikikomoris[i] digitales aislados para sí, que no forman ningún público articulado y no participan en ningún discurso público. Frente al sistema autorreferencial se encuentran los individuos aislados para sí, que no actúan políticamente. Se descompone el nosotros político que sería capaz de acción en sentido enfático. ¿Qué política, qué democracia sería pensable hoy ante la desaparición de los público, del crecimiento del egoísmo y narcisismo del hombre? ¿Sería necesaria una smart policy, una política inteligente que condenara a la superfluidad las elecciones y las luchas electorales, el parlamento, las ideologías y las reuniones de los miembros, una democracia digital en la que el botón de me gusta suplantara la boleta electoral? ¿Para qué son necesarios hoy los partidos, si cada uno es él mismo un partido, si las ideologías, que en un tiempo constituían un horizonte político, se descomponen en innumerables opiniones y opciones particulares? ¿A quién representan los representantes políticos si cada uno ya sólo se representa a sí mismo?”.
Nosotros,  mientras tanto, detenidos en el 2015, que nos remite al 2001, que nos remite a 1983, que nos remite a 1976, que nos remite a 1955, que nos remite a 1943, que nos remite a....






[i] ) Personas que viven aisladas, al margen de la sociedad. Por ejemplo, quien se pasa el día ante las pantallas de los medios audiovisuales, casi sin salir de su casa


viernes, enero 04, 2019

¿ADÓNDE VA EL BRASIL? (II)


 

 

Como el periodismo argentino repite a la letra la videología globalista socialdemócrata y propicia a la “revolución de los deseos”, no estamos comprendiendo el fenómeno que encarna Jair Bolsonaro en Brasil, que va más allá de su persona. Lo “normal” entre nosotros, incluso en aquellos comentaristas que presumen de actividades sucedáneas del pensamiento, es –por una parte- aplicarle el conocido recurso de la reductio ad hitlerum: fascista, totalitario; incluso ven asomar detrás del brasileño a -¡horror!- la síntesis schmittiana de amigo/enemigo.  Por otro lado, es un fundamentalista religioso, un homófobo declarado y un Savonarola tropical. Mientras se dicen tranquilizados porque la economía estará a cargo de Paulo Guedes (aunque el mayor referente en esa materia de Bolsonaro es el actual Secretario de Política Económica. Adolfo Sachsida[1], no registrado entre nosotros), también manifiestan temor por lo que pueda sucederle al Mercosur. Aunque ahora es la oportunidad de revisar esa aparente unión aduanera (aparente porque nunca se creó una tarifa aduanera única frente a los productos de origen exterior al acuerdo) que favoreció hasta el presente al Brasil, con mudanza de las grandes multinacionales a ese país, sin perder el mercado argentino,  y beneficios exclusivos para las terminales automotrices, que supuestamente exportan a Brasil y nos obligan a pagar más caro que en origen autos salidos de matrices viejas. Recobrar el dominio de nuestra política aduanera frente a terceros países externos al Mercosur, redimensionado a zona de libre comercio y, por ejemplo, recuperar nuestras industrias lácteas y de maquinaria agrícola, hoy doblegadas por la orientación mercosuriana, serían de gran efecto positivo. No hay que descuidar que detrás de Bolsonaro se mueven los discípulos de la doctrina de desenvolvimiento geoestratégico surgida en los años 60 del siglo pasado en la Escola Superior de Guerra (llamada “la Sorbonne”), cuyos adalides fueron Golbery Couto e Silva, Humberto Castelo Braco y Ernesto Geisel, entre otros. Desde allí se vio con ojo crítico la posible fusión de Embraer con la Boeing (Embraer es una industria estratégica para la conducción militar brasileña), reserva ratificada por las últimas declaración es de Bolsonaro presidente.  Mientras las fuerzas armadas gozan en Brasil de una alta consideración pública, y un presidente asume con un gran desfile militar, entre nosotros no existe un horizonte geoestratégico y los hombres de armas, prácticamente privados de ellas,  son vistos como pedisequos de la tortura y su oficio está proletarizado. La dirigencia política argentina, que había apostado sus fichas a Lula y al Foro de San Pablo, comenzó con mal pie al no acudir nuestro presidente, sin ningún compromiso a la vista, a la jura de Jair Bolsonaro (mientras que sí lo hizo Evo Morales, velando por el negocio del gas boliviano). Aún está a tiempo de corregir el rumbo, siempre que se dé cuenta a tiempo que un escenario probable es que el gigante despierte, y a que esté preparada apuntan los elementos que se aportan en este blog. En este caso, una entrevista a Olavo de Carvalho, aparecida en el Jornal do Commercio de Recife antes de la elección presidencial. Olavo, radicado en los EE.UU., es profesor de filosofía especializado en el pensamiento de Aristóteles, aunque incursionó también en el de René Guénon. Nuestros analistas más perspicuos lo definen como “astrólogo”. No es Lopecito, por supuesto. Son nuestros analistas los que están al nivel del “Hermano Daniel”...
 

  

ENTREVISTA A OLAVO DE CARVALHO

 


Durante la entrevista, hecha por Skype, Olavo de Carvalho dice que la izquierda erró en no prestarle atención: para él, la izquierda eclipsó la pauta proletaria con deseos subjetivos, y, si antes era la enemiga número uno del capitalismo, hoy anda de la mano con los dueños del poder y del capital (…) Tachado de “gurú” e “ideólogo”, Olavo acata apenas el título de escritor. “¡Yo no participé de ninguna campaña!” (…) A pesar de eso, indicó dos ministros, el de Educación, el colombiano Ricardo Vélez Rodríguez, y el de Relaciones Exteriores, Ernesto Araújo (…)

El señor afirma que todo lo que aparece en la política aparece antes en la cultura, en la literatura, en los círculos intelectuales. Con base en eso y en los últimos cambios, ¿qué cree usted que podemos esperar del futuro político del Brasil?


 A partir de 1964, la gente de izquierda, liderada por el partido comunista, se dedicó a conquistar todos los canales de cultura –Medios, universidad, instituciones federales y estaduales de cultura—y dominar el debate cultural. Ellos consiguieron eso con un éxito estruendoso. Entre los años 70 y 80, ya dominaban el panorama enteramente y habían conseguido excluir del debate a todas las personas que no le interesaban políticamente (…) Entonces los izquierdistas quedaron solos (…) Todo lo que sucede en la política es ya posible verlo en círculos intelectuales muy discretos, pequeños, y de a poco va creciendo. Por un motivo muy simple, aquello que usted no consigue pensar usted no consigue hacerlo. Todo es pensado antes de ser hecho. Y la función de los intelectuales es pensar la sociedad y poner en circulación sus ideas. Algunas pegan, otras no. Si algunas pegan en el medio intelectual, en la clase hablante, con seguridad, día más día menos va a pegar en la sociedad entera. Y fue eso lo que sucedió. Como ahora la cosa cambió, la hegemonía intelectual fue efectivamente quebrada. Fui yo quien quebró la hegemonía intelectual y cultural, solito, quien quiera que diga “ah, pero yo también”, el resto entró en escena 10 años después y no se enfocaron en la lucha cultural. Se enfocaron apenas en la actualidad superficial, corrupción, mensalão. Yo estaba desde comienzos de los años 90 analizando los debates entre intelectuales. Entonces, cuando se quebró la hegemonía, comenzaron a aparecer otras ideas en circulación (…) 


¿Cuándo la izquierda abandonó esa ocupación de espacios, considerada por usted, exitosa por medio de la literatura, de la intelectualidad? 


Ella abandonó los deberes elementales de la vida intelectual. Yo documenté eso extensamente en el libro O Imbecil Coletivo, de 1996. ¿Y qué es O Imbecil Coletivo? Es una descripción humorística, pero que debía ser hecha de todos modos, de los debates que ocurrían en los medios culturales, sobre todo en los suplementos culturales de los grandes diarios y revistas. Tome eso como muestra del estado de espíritu de la cultura. En O Imbecil Coletivo, como el nombre lo indica, estaban todos imbecilizados, mi Dios del cielo, ya en la década del 80. 


¿Fue en el pasaje de generaciones que se perdió aquélla propuesta? 


Eso, eso, eso. La verdad no hubo transmisión de cultura de generación a generación. Hay una cosa confusa porque vea usted, cuántos medios en los años 60 o más todavía 68, reflejando sobre todo la influencia de la Escuela de Frankfurt, ellos comenzaron a privilegiar –en lugar de la antigua idea de la revolución proletaria de la clase pobre—todo tipo de insatisfacción que existía y que pudiese ser explotada por la propaganda. Eran insatisfacciones que antiguamente, en los años 30, 40 y 50, la intelectualidad marxista despreciaba, consideraba revuelta pequeño burguesa. Era la esposa que estaba revuelta con el marido. Era el sujeto gay que quiere que todo el mundo sea gay. Los abortistas. Todas esas cuestiones subjetivas que no tienen nada que ver con la lucha del proletariado. Gracias a la escuela de Frankfurt ellos abandonaron esa crítica del proletariado y adoptaron ese discurso, solo que ese discurso incentiva a las personas a vivir en busca de satisfacciones subjetivas, y eso las destruye intelectualmente. Yo supongo que usted practique la vida gay, no la lucha política gay. Feministas, del mismo modo. Vea, la mujer feminista está interesada en aquello que llama su “empoderamiento”. O sea, ella quiere subir en la vida. Subir en la vida en primer lugar, vida cultural en segundo lugar. Entonces ellos crearon un montón de parásitos de ellos mismos. Parásitos de la lucha política. Perdieron fuerza, evidentemente. El militante proletario es serio y da la vida por la causa. Cuando el PT comenzó, lo hizo como partido proletario, allá en el ABC. La gente de ahí daba 10, 20, 30 por ciento de su salario miserable al PT. Ellos morirían por la causa. Pero eso, los proletarios. Estudiantes, gente gay, mujer abortista, no. Los proletarios mueren por la causa proletaria, ¿pero usted cree que los gay van a morir por la causa gay? Ahora, la causa gay es un tipo de placer. ¿Cómo un tipo muerto va a continuar disfrutando de algún tipo de placer? Entonces, el deseo de placer se opone a la lucha política. Es una cosa bastante obvia. Los de la Escuela de Frankfurt, Horkheimer y otros, ellos corrompieron la mente de la izquierda al punto que el propio Lenin quedaría escandalizado. Transformaron a la izquierda en una banda de bebés llorones. Todos hijos de papá queriendo el sexo gay, queriendo abortismo, sexo en las escuelas. Eso hace mucho barullo y corrompe a la sociedad. ¿Qué consiguen? ¿Implantar el socialismo? No. Ellos consiguen transformar el capitalismo en un infierno. Ellos viven dentro de ese infierno. ¿Y quién es la principal víctima de todo eso? Ellos mismos. Ellos se corrompen. 




En los años 60, la intelectualidad de las grandes fortunas, gente tipo Zuckerberg, gente del grupo Bilderberg –son 200 grandes grupos—percibieron esa transformación. Percibieron que la izquierda, desde el punto de vista de la lucha anticapitalista, se había hecho inofensiva. La izquierda estaba luchando contra otros objetivos que no eran el capitalismo. Al contrario. Objetivos como abortismo, causa gay, liberación sexual, todos necesitaban del capitalismo. En ningún régimen socialista esas cosas prosperan. ¿Había movimiento gay en Cuba? Nada de nada. Los tipos eran enviados todos al campo de concentración. Entonces, los megacapitalistas percibieron que la izquierda podría ser instrumentalizada. Y de hecho ellos la instrumentalizaron. Por todas partes usted ve un capitalismo cada vez más fuerte, más indestructible, y la izquierda, también cada vez más fuerte. Ella ocupa todos los espacios, pero no hace ningún mal al capitalismo. Ella solo hace mal a los valores culturales antiguos. Familia, religión, todo eso. ¿Cuál es el efecto? Destruyendo todos los valores culturales, solo resta un principio organizador de la sociedad: la economía. Eso ahí es todo el poder de las megafortunas. Ellas deciden todo. Hoy usted hace todo lo que Zuckerberg quiere, lo que George Soros quiere. (…)

Todos los que me entrevistaron son así. Preguntas idiotas basadas en estereotipos fantasmagóricos. Es el “gurú” de Bolsonaro, es el Steve Bannon, es el Maquiavelo, el Rasputín. Cosa absolutamente infantil, pueril. Yo no soy nada de eso. Conversé con Bolsonaro tres veces. Yo actúo exclusivamente a través de mis escritos que ustedes podrían leer, pero no leen y pretenden adivinar las cosas. En mi época usted no mandaba alguien analfabeto en música a entrevistar a un maestro. Usted es la única que leyó algo mío, ¡mi Dios del Cielo! Usted es la vigésima que viene aquí a entrevistarme y es la primera que leyó algo (…) En el imaginario político de nuestros Medios, de nuestros periodistas, que son personas de una incultura monstruosa, existen algunas figuras permanentes, por ejemplo: siempre tiene que haber el intelectual que planea todo por detrás, en estilo Bannon. Es el Maquiavelo, es el frei Betto, y ellos imaginan que yo soy eso y están completamente enloquecidos porque las personas que desempeñan ese papel están en contacto constante con organizaciones políticas y con líderes políticos y están siempre tramando cosas. Son figuras de dentro del juego político y yo no soy eso en hipótesis alguna. Ellos están inventando un personaje solamente para completar el imaginario de ellos. Para que la imagen de mundo que tienen permanezca relativamente coherente. Ellos tienen un enredo montado, una narrativa, y me están usando para completar el papel que falta. Solo que ese de hecho no soy yo. El periodismo brasileño es ridículo, es cosa de chiquilines y ahora ya contaminó al periodismo extranjero. Me están comparando con Steve Bannon, como si yo fuese estratega. Bannon participó de la campaña de Trump todo el tiempo. Yo no participé de campaña alguna y ni sé quiénes eran las personas que estaban en la campaña. El contacto que tuve con Bolsonaro, personalmente, fue tres veces: una vez fue un hangout que yo tuve con él y dos o tres veces que conversé por teléfono; una de ellas cuando estaba en el hospital







[1] ) Adolfo Sachsida, formado en los EE.UU. es mucho más mesurado en las privatizaciones que Guedes, con una clara noción de las industrias estratégicas, en consonancia con el pensamiento militar al respecto. Sobre Petrobras opina que pueden privatizarse algunas infraestructuras técnicas, pero sin abandonar el control estatal del grupo. Tampoco Bolsonaro ha hecho un misterio su preferencia por un Estado fuerte, ni por la defensa de los intereses de las sociedades brasileñas, sobre todo de las tenidas por estratégicas. Tampoco Sachsida se ha mostrado partidario de eliminar totalmente el sistema de subsidios del “Bolso Familia”, sistema clientelar del PT.