domingo, mayo 14, 2017

EL METROBUS NO LLEGA AL PARAÍSO
















Molière, que además de ejercitar el castigat ridendo mores en sus comedias fue abogado, de poder balconear nuestras peripecias locales, en especial las forenses y sus adyacencias y concomitancias políticas, encontraría allí buen material para una reprise rioplatense de su "Tartufo o la Comedia del Impostor".  Reunió en ese personaje la suma de la hipocresía y la doblez, recubierta de afectación, untuosidad beata y gesticulación políticamente correcta. Toda bagatela que se apartase de sus pontificaciones resultaba pecado y exaltación de la impunidad para este personaje, que aprovecha su ficta compostura para intentar  llevarse a la cama a la mujer del hombre que lo cree digno de los altares cívicos, y luego se queda con todos sus bienes. Claro que el casting resultaría problemático: multitud de aspirantes atropellándose por el protagónico.  Cierto presidente de la Corte enfermo de importancia personal ; un tal ministro de justicia que no maneja ni la maestranza; un quídam que dragonea de jefe de gabinete, creo; un cortesano de Costa Rica que invirtió sus pareceres y ahora es abolicionista de garantías; un fulano senatorial pro tempore que aparenta un Licurgo en chancletas...pero, caramba, si se nos viene al humo la clase política íntegra en estampida. Hay tantos tartufos multiplicados  entre nosotros, tantos meapilas cívicos que se indignan dos por uno, tanto ignorante que cubre su burrez con sinrazones de juris non consulto ; tanto defensor de la Humanidad que ha hecho de ello un buen negocio abierto a toda hora;  tanto palabrero al modo de aquel diablito jefe que, según Dante, avea del cul fatto trombetta, que no hay posibilidad de escenificar un caso sino de una  presentación colectiva: vivimos en una Tartufolandia y en su lodo discepoliano todos chapaleando.








Zaffaroni, con la autoridad de haber votado tiempo ha la aplicación del "dos por uno" en función de la ley penal más benigno en juicio de lesa, dice que el voto de la mayoría en Muiña contiene el "error técnico" de aplicación retroactiva de una ley, cuando la cuestión es a la inversa: ultraactividad  de una ley intermedia. Garavano, con un gesto de módico mártir de la inconsecuencia, gargariza que el fallo fue "excesivamente garantista y antisistema", con lo que repristina el calificativo de "destituyente", grato al cristinato tan denostado. Desde su exigüidad jurídica, el fiscal Marijuan imputa por prevaricato a los firmantes mayoritarios del fallo. Pinedo intenta una ley y Victoria Donda se la aumenta,  la 27362, esperpento votado en casi unanimidad por un Congreso sumido en el sueño de la razón con que despuntan las campañas electorales. No se conoce en la práctica, ni es función legislativa, el dictado de una ley "interpretativa" de una norma derogada. Puede haber una ley aclaratoria, que lo debe ser de una anterior vigente. Pero aquí los legisladores convocan a un muerto y le dicen retroactivamente a los forenses cómo deben reescribir la necropsia. Nuestro Congreso, formado por gente ducha en el arte más o menos marrullero de la componenda,  se ha superado a sí mismo:  ha perdido, a la vez, la razón y la continencia de su esfera de competencias. Con un producto que, rectamente interpretado, no podría alterar la benignidad intermedia del antiguo texto del at. 7º de la ley 24390. Pero cosas veredes...




El gobierno, a los bandazos por la oquedad de su cabeza política, ha torpedeado a la Corte Suprema que contribuyó a renovar y vuelve a estar como al principio. El gran tartufo judicial que acosaba la doctora Carrió se ha anotado un triunfo y los dos ministros ingresantes han quedado como  aprendices chambones destinados a seguir en adelante a la manada. "Les faltó un poco más de calle", sentencia Pichetto, que la sabe lunga. Y ya se anuncia por la prensa oficiosa un fallo unánime, que deje contenta a la clase política, a la videología de entrecasa de los medios, y a las orgas que han hecho de la religión secular de los derechos humanos un instrumento tartufesco de opresión santurrona,  a la manera de una nueva "cábala de devotos"  que distribuye beatificaciones y anatemas y se constituye en supremo y exclusivo juez moral. En nuestros tiempos donde se ha borrado todo horizonte de sentido, y donde todas las conductas valen por igual,  impera  un moralismo laico de venenosa raíz totalitaria, bajo los preceptos del "derechohumanismo" convertido en religión. Allí los tartufos proliferan, pontifican y condenan, sirviéndose a placer del brazo armado del derecho y del tribunal instantáneo de los medios. Habiendo concentrado en el bando de los réprobos a los represores, aplicándoles un derecho penal del enemigo  donde las garantías quedan allanadas, ha sido fácil al resto -incluidos algunos participantes en el Proceso- rehacerse una virginidad y mostrar credenciales de la nueva devoción. Fausto pretendía pactar con el Diablo, pero los tartufos creen poder lograr más fáciles acomodos con el Cielo.






El gobierno actual nunca llegó a comprender cuál es el impulso que le dio el triunfo electoral: una clase media sin representación ni voz política, en vías de ser acorralada. Que volvió a expresarse  el 1º de abril, no para apoyar a Let's Change  sino para marcar que estaba presente, hastiada de un movimientismo callejero reivindicativo del pasado K. Gobernar contra la base electoral, repartir culposamente recursos exprimidos de los tributos para ganar un respiro ante el chantaje en calles y plazas de "revolucionarios" subsidiados, reducir la política a la economía y ésta a un acto de fe en la lluvia inversiones que ha de caer algún día de cualquier manera, sacrificar a la Corte para "no quedar pegados" haciendo cristinismo + 1, son maniobras de volido corto. Sí, cierto, queda el Metrobus. Soy un peatón armado de SUBE, y lo agradezco. Pero ni el Metrobus puede ser un sucedáneo motorizado del Santo Grial, ni su punto final -como los discursos presidenciales parecen proclamar- es el Paraíso.-







martes, mayo 09, 2017

Dos por uno: el cuco del PRO





El fallo de la Corte Suprema de Justicia sobre los alcances del "dos por uno" contenido en el art. 7º de la ley 24390 hasta su derogación en 2001, extensivo al cómputo de las condenas por delitos "de lesa humanidad", en virtud de la aplicación de la ley más benigna, despertó al orfeón consabido de la progresía jurídica, que incluso ha llegado -por mano de Marcelo Parrilli, uno de sus sochantres- a una denuncia por "prevaricato" contra los firmantes de la posición mayoritaria; no falta tampoco la iniciativa del juicio político contra los ponentes de la mayoría.  Esto, para cualquiera con un mínimo de información sobre lo que habitualmente sucede en el ámbito forense, no es ninguna novedad; más bien, resulta lo común y corriente esperado. Lo único que podría apuntarse como paradójico de la queja es que los aboligarantistas más empinados se junten para reclamar un recorte de garantías. En fin, ya se sabe que la coherencia no es un hábito de nuestras pampas.  También ha recorrido los pasillos gubernativos un susurro de mieditis y un sobresalto de julepe: "¡no quedemos pegados! ¡Ojo a las encuestas!".  Abruj con alguna vacilación inicial; Peña, ya con bajada de línea del dómine Durán Barba; Federico Pinedo con gargarizaciones informativas acerca de que por el Senado el bloque de Let's Change propondría "limitar, los alcances del 2 x 1"; luego María Eugenia Vidal sumándose al coro y quizás mañana el mismo presidente en la próxima inauguración de alguna copa de leche: unánime repudio. Se han dado algunas cosas curiosas: por primera vez Let's Change coincide con Cristina viajera que retorna a la patria para luchar contra la Corte. Y, por la avenida del medio, vino servicialmente galopando Sergio Massa para  postularse a denunciar el fallo ante la CIDH. Faltó Tinelli para un cartón lleno de nuestras élites doradas.

 

Una mirada más fina y distante nos alecciona que la posición de la mayoría es jurídicamente muy fuerte, aunque fulminable fácilmente desde los altares de la corrección política, ante la que dobla la rodilla reverente nuestra dirigencia.




 

La ley 24390, con su art. 7º ofreciendo 2 x 1  - a partir de los dos años de prisión sin condena firme cada día de prisión preventiva se computa como dos de prisión- fue dictada al mismo tiempo que entraba en vigor la CADH (Pacto de San José de Costa Rica) como convención con jerarquía constitucional. Dos años, se entendió, era un " plazo razonable" para obtener sentencia en un juicio penal. A partir de ahí, se estableció una suerte de contrapeso para el imputado en el caso de duración anormal de un juicio sin condena más allá de ese término. El problema, pues, residía y reside en la excesiva extensión en el tiempo de los juicios, y poco se ha hecho y poco podrá hacerse en la materia, que reúna las dos puntas del problema: obtener una sentencia de mérito definitiva en materia penal en "plazo razonable", de una parte, y de la otra, que las garantías procesales del encartado sean en ese lapso efectivamente respetadas. El 2 x 1 fue derogado en 2001, cuando se llegó al convencimiento de que nuestra agencia judicial no podía encontrar la manera de gestionar razonabilidad en los tiempos de duración de sus procesos.

 

 

Por otra parte, y es el nudo del fallo, debe tenerse en cuenta un viejo pilar de las garantías del reo llevado ante un tribunal penal: la aplicación de la ley más benigna al tiempo de la condena. Hoy se plantea como derivación del principio pro homine; esto es,   la interpretación más amplia  cuando se trate lo más favorecedor a la desincriminación del encartado; la interpretación más restringida en cuanto atañe a lo que puede incriminarlo.  La aplicación de la ley más benigna funciona retroactivamente, cuando una conducta atrapada en un tipo penal, en cuya virtud se enjuicia a quien incurrió en ella, es luego desincriminada u objeto de una mejora en sus escalas penales. Funciona ultraacivamente en el caso inverso, cuando una conducta inicialmente desincriminada es luego tipificada penalmente o se agravan las penas para ella. Hay, en fin -y este es el caso en "Muiña", respecto del cómputo de la pena- una "benignidad intermedia":  si el legislador incrimina, luego desincrimina o mejora, y luego vuelve a incriminar o desmejorar  una conducta y su consecuencia penal.  Todo esto surge del art. 2º del Código Penal, de la CADH (art. 9º) y del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos (art. 15.1), que tienen jerarquía constitucional entre nosotros. También el Estatuto de Roma (24.2), convención suscripta por nuestro país que se refiere a crímenes de lesa humanidad, contiene este recaudo de garantía.

 

La mayoría de la Corte dice, pues, que la garantía de la ley penal más benigna -en este caso, referida al cómputo de la pena- debe ser aplicada al caso de Muiña, condenado a 13 años por privación ilegal de la libertad de personas, dentro de  los procesos por "lesa humanidad" -cumplió ya diez de su condena-, por aplicación de una ley intermedia entre la comisión de los hechos y su sentencia. La circunstancia específica de tratarse de un delito "de lesa humanidad" no impide que se aplique la ley más benigna, puesto que la norma no establece una excepción en tal caso (y recuerda el Estatuto de Roma, que contempla el beneficio,  para más abundamiento).  Que dichos delitos sean imprescriptibles y que se considere que no pueden ser objeto de amnistía o indulto (conclusión esta última discutible)  no puede utilizarse para extender analógicamente estas circunstancias a la aplicación de la ley más benigna, garantía que no tiene en el caso cortapisa alguna.

 

Los argumentos de la minoría son rixari de lana caprina. Que no hay sucesión sino "coexistencia" de leyes. Que en los delitos de ejecución continuada o permanente sólo puede aplicarse la ley vigente en la última etapa de su consumación -opinión contraria a la de Zaffaroni, que hoy sin embargo se ha unido a la grita anticortesana, aunque propicia que se parta de la que estuviera en vigor al momento de la comisión del hecho. Que el beneficio no puede aplicarse a delitos de lesa humanidad, condición no contemplada en la ley. Que el beneficio del 2 x 1 sólo puede alcanzar  a quienes estuvieron presos bajo su vigencia. (Estas dos últimas limitaciones sólo podrían surgir del arbitrio judicial y no de la letra y espíritu de la norma). Que la "valoración social"  sobre el cómputo de la pena en los delitos de lesa humanidad no varió aun durante el período de vigencia del beneficio. Pero, como bien dice la mayoría, no es el criterio judicial el que puede disponer a su antojo de poner o levantar limitaciones legales en nombre de la "valoración social", sino el legislador. Repugnándome como me repugna el acudir a lo que Leo Strauss llamaba la reductio ad hitlerum, que sirve falazmente para cerrar una discusión infamando al contrario, si dejásemos a los jueces penales una interpretación de la ley aplicable a la luz de la "valoración social" que puedan vislumbrar en cada época, ¿no nos estaríamos acercando peligrosamente a aquel establecimiento de  las imputaciones penales conforme al cual se "merece pena según la idea fundamental de una ley penal y el sano sentimiento popular -gesundes Volksempfindes" de la Alemania de 1935?

 

Tenemos casi un  millar de personas detenidas, procesadas y una parte condenadas por delitos "de lesa humanidad" que habrían cometido entre 1976 y 1983.  Para juzgarlos,  a partir de de 200, se estableció un derecho penal y procesal penal de dos velocidades: una, para los juicios ordinarios, donde, en principio, rigen las garantías del proceso justo y  los principios básicos del derecho penal liberal; otra, para los juicios contra represores por delitos de lesa humanidad, donde aquellas garantías no tienen vigor y aquellos principios pueden y hasta deben ser dejados de lado. Nuestro país, como se sabe, transitó dos caminos distintos respecto de los delitos cometidos tanto por dispositivos estatales o paraestatales como por organizaciones terroristas, durante los años 70 y 80. El primero fue inaugurado por el entonces presidente Raúl Alfonsín en diciembre de 1983 con los decretos 157 y 158, por los que se ordenaba enjuiciar tanto a las juntas militares de 1976 a 1983 como a dirigentes de las organizaciones Montoneros y ERP. Las principales etapas de este camino fueron las leyes de  punto final y obediencia debida de 1986 y 1987, los indultos dictados por el gobierno posterior y las decisiones de la Corte Suprema de Justicia entre 1987 y 1993, que convalidaron la constitucionalidad de todas aquellas disposiciones.  Se iniciaron entonces unos “juicios de la verdad”, en puridad instancias para que víctimas y familiares pudiesen llegar a certidumbres sobre sus deudos a través de quienes los enfrentaron, pero sin instrumentos que permitiesen la no incriminación,  por lo que se frustró todo resultado positivo.  El otro dispar camino arrancó en 2003, jalonado por diversos fallos en los que la Corte Suprema de Justicia, con algunos de sus integrantes que se habían expedido por la constitucionalidad en los fallos anteriores, procedió a nulificar aquellos decisorios y las leyes antecedentes, sentando la imprescriptibilidad de los actos cometidos   desde la órbita estatal y paraestatal exclusivamente. La tipificación de los delitos  de lesa humanidad se estableció a partir del derecho consuetudinario  internacional, reajustándose así, en esta mudanza, los principios clásicos:

 

  • Principio de legalidad, de ley previa y escrita, en cuanto a la predeterminación normativa tanto del tipo penal como de la escala pena aplicable.
  • Principio de irretroactividad de las normas penales, y de su correlativo en el derecho internacional público, que es el de intertemporalidad (los hechos deben ser juzgados a la luz del derecho vigente cuando ocurrieron)
  • Principio de irrrevisibilidad de la cosa juzgada y del non bis in idem (no se puede juzgar dos veces por la misma causa).
  • Principio de interpretación de la ley penal pro persona, de donde deriva el in dubio pro reo y la aplicación de la ley penal más benigna.
  • Prohibición de la interpretación analógica de la ley penal contra el imputado.
  • Invocación dogmática de la costumbre internacional como sucedáneo de la ley penal escrita, sin probar esa costumbre y atribuyéndole fuerza imperativa (jus cogens).
  • No aplicación de la obligación asumida por el país de conformidad con el Pacto de San José de Costa Rica de que los juicios duren un “plazo razonable” y se eviten las prisiones preventivas de duración indefinida.
  • Agravamiento de las condiciones carcelarias para procesados y condenados cuya edad promedio ronda los sesenta años.
  • Incumplimiento de las normas respecto de presos de más de setenta años, enfermos, etc., con negativas a atención hospitalaria adecuada y a la detención domiciliaria (es la Corte en su composición actual la que cambió la orientación predominante hasta entonces, autorizando esos benficios –caso “Alespeiti”, de 85 años de edad, 18/04/17)

 

Ni el Estatuto de Roma ni su interpretación por la Corte Penal Internacional, para referirnos a un nivel global, han querido apartarse de una sujeción  estricta al principio de irretroactividad de la ley penal, consecuencia de principio de legalidad previa, ni tampoco del beneficio de la ley más benigna, lo que muestra las particularidades del criterio local.

 

Como sea, cabe a esta altura una reflexión más allá de la cuestión jurídica, sobre los efectos que estos vaivenes han tenido en los profundo de nuestra sociedad. Porque las alteraciones de raíz en los criterios judiciales, independientemente de su valoración técnica, tienen efectos expansivos sobre las sociedades, muchas veces no advertibles de inmediato, pero que en algún momento afloran. En su disidencia en el caso “Mazzeo”, la doctora Carmen Argibay –víctima ella misma, en su tiempo, de la contrainsurgencia- advirtió sobre el peligro de considerar “trivial y contingente” la autoridad  de cosa juzgada en una sentencia, ya que ello podría abrir  la posibilidad de que otra composición  de los estrados hiciese valer luego su parecer contrario, impidiendo así el cierre definitivo de cuestiones que conllevan heridas profundas abiertas sobre disentimientos extremos en el cuerpo social. La reflexión apunta a la circularidad que deja abierta la llaga y conduce a la respuesta vindicativa, en un patético empuje a los extremos.  Los argentinos estamos envueltos en el ciclo de una violencia recíproca desatada en escalones de constante ascenso. Las instituciones aparecen desprestigiadas y sus voceros  no traen respuestas creíbles. Asoma, sobre todo, la fragilidad de la administración judicial para gestionar a través de sus resortes procesales estos conflictos profundos. El estrado  judicial se muestra casi obligado a forzar en muchos casos  los  principios recibidos y aceptados, y cuando los aplica, como ha ocurrido ahora, se lo infama y sepulta bajo el pataleo militante.  Frente a la atención pública aparece como inocuo ante la delincuencia común y sin arrojar verdad ante los crímenes de los 70 y 80.  La venganza privada, ciega y pulsional, asoma ahora con frecuencia. Las víctimas, en todos los casos, requieren reconocimiento y las certidumbres que contribuyan a cerrar su duelo. No es su condición de víctimas la que puede llevarlas a la circularidad vengativa sino, entre otros factores, pero con mayor peso, el mal proceso. Trato adecuado a la víctima y trato justo al reo no se obtienen maltratando el derecho. El repudio ideológico, jurídicamente inmotivado, al fallo de la Corte que aplica el beneficio de la ley más benigna a los juicios  por delitos de lesa humanidad, y la obsecuencia temerosa que nuestra clase dirigente, nos paraliza en una constante repetición de una guerra librada de más de medio siglo atrás. Esta es la herencia que dejamos a nuestros descendientes, y esta es la responsabilidad que hoy alcanza a nuestra dirigencia papanatesca y desnorteada.-    




Para que no se tenga que ir a Wikipedia: rixari de lana caprina: discutir sobre si la cabra tiene pelo o tiene lana; discutir artificiosa y sofísticamente

 





jueves, marzo 09, 2017

SOBRE LA MUJER Y SU DÍA

Después de "tetazos" y de depredación contra la Catedral; luego de tanta parla vana que debió oírse por el Día de la Mujer, cuando iba a echar mi cuarto a espadas en el asunto en este blog, encontré el siguiente artículo del fino poeta y bloguero español García-Maíquez. Sólo restaba pegarlo y  ponerlo bajo la protección de uno de los más penetrantes espíritus femeninos del siglo XX






PLUS FEMENINO


La primera tentación del articulista es plantarse ante el Día Internacional de la Mujer con pose equidistante. Preguntándose por qué demonios no hay un Día Internacional del Hombre, más allá de algún intento provinciano y mimético. La discriminación positiva nos dará de inmediato su respuesta automática: porque a la mujer le hace falta. No tengo claro si es muy correcta o no, al menos desde un punto de vista diplomático. Aunque si la discriminación positiva lo dice, será porque quedan, en efecto, cosas que afinar. El poeta Francisco Bejarano lleva años advirtiéndonos que, cuando dedican un día internacional a algo, hay que echarse a temblar, porque lo necesita. Hay Día del Libro, ay, pero no del Fútbol.
Yo prefiero alinearme con don Álvaro d’Ors. Defendía el masculino genérico porque no era un simple signo arbitrario del idioma ni, mucho menos, que la economía (ni siquiera la lingüística) lo explicase todo. Existe un trasfondo antropológico y metafísico. El Hombre es el mínimo común denominador de lo humano. La Mujer: una especialización, un perfeccionamiento, un modelo de gama alta. Si se usase un femenino genérico, como hacen ahora algunos y algunas a los que la larguísima redundancia de los dos géneros enseguida se les ha quedado corta, el instinto del lenguaje nos avisaría de que no cabemos en la etiqueta de las mujeres. Somos sólo hombres.
Como poco, es una explicación bien galante. Tengo empíricamente comprobado que el mejor remedio contra el machismo no es la repulsa de la virilidad, sino su exacerbación: la caballerosidad. Creo, además, que la de d’Ors es una explicación correcta. Hay en las mujeres un plus que se añade, como una superabundancia de gracia, a sus valores netos en igualdad de condiciones. Se ve bastante bien en la literatura. Wislawa Szymborska es tan buena poeta como cualquiera de los mejores y, además, es muy mujer en sus versos, lo que los dota de otra dimensión más. ¿Pareceré obvio si digo lo mismo de Jane Austen? Yo creo que sí, que lo pareceré, pero tanto no lo seré. El caso de Santa Teresa de Jesús resulta indiscutible. Y el de Safo. Y el de Emily Dickinson. Y más cerca de nosotros las poetas Isabel Escudero, Susana Benet, Amalia Bautista o Rocío Arana son paradigmáticas. Todo esto pasa igual en la vida corriente, pero es más claro —y más aséptico— ejemplificarlo con la literatura, que para eso está.
También puede ser, por supuesto, que yo —sentimental, sensible, sensitivo— tenga una intensa querencia a detectar el plus femenino, que es lo que justifica el masculino genérico, por lo mínimo común denominador, y el Día Internacional de la Mujer, por lo específico y especial. Quizá entre ellas pase lo contrario; y perciban la masculinidad como un añadido particular al género humano. Si fuese así, que no lo sé, entonces sí que habría que buscarse con urgencia un Día Internacional del Hombre. Que cada vez nos hace más falta, por cierto. Propongo que fuese, ya puestos, el mismo día, para que nadie se quedase hoy sin su otra mitad que celebrar por todo lo alto.

Enrique García-Maíquez

lunes, enero 23, 2017

UNA DEDICATORIA MUY ESPECIAL



En el post anterior hice referencia a Saúl David Alinsky (1909-1972) y su influencia en el pensamiento de Hillary Clinton y Barack Obama. Su obra "Tratado para Radicales -Manual para Revolucionarios Pragmáticos" (ed. española Traficantes de Sueños, Madrid, 2012, traducido por Marta Álvarez Sáez), donde se hallan sus incisivas Rules for Radicals y se desarrolla la estrategia de  community organizing, organización de comunidades,  lleva esta dedicatoria, más cínica que irónica:


"Que se me perdone por tener al menos un reconocimiento para el primer revolucionario: de todas nuestras leyendas, nuestra mitología y nuestra historia (y quién puede saber dónde termina la mitología y dónde empieza la historia, o cuál es cuál), el primer revolucionario conocido por el hombre, aquel que se rebeló contra el poder establecido y lo hizo de manera tan efi caz que pudo al menos ganarse su propio reino: Lucifer".
Saul Alinsky

domingo, enero 22, 2017

IT CAN'T HAPPEN HERE

 
Sinclair Lewis

"Eso no puede suceder aquí". Tal el título de una novela de Sinclair Lewis, aparecida en 1935, cuyo protagonista, Berzelius Buzz Windrip, un político que llega a la presidencia de los EE.UU. denunciando las corruptelas de la ruling class y proponiendo reformas drásticas inspiradas en los valores tradicionales de USA, se convierte, a poco de elegido, en un dictador. En la marea de fervor antitrumpista no he visto citado este antecedente.  Lewis, que venía de recibir en 1930 el Nobel de Literatura -primer norteamericano galardonado- después de "Babbitt" (1922) y "Elmer Gantry" (1927), sátiras del hombre medio estadounidense y del reformador moral, respectivamente, se dirige, en primera lectura. a la posibilidad de que prendiese un fascismo norteamericano, al modo de los regímenes entonces triunfantes en Europa; de allí el título. El personaje que parece haber tenido en la mira es el de Huey Long (1893-1935), un gran político populista, gobernador primero y luego senador por Luisiana, apodado Kingfish, el Pez Rey, que iniciaba, luego de desmarcarse de Franklin Roosevelt, su carrera a la presidencia, cortada por su asesinato. Fino escritor, sin embargo, también se desprenden de la obra de Lewis los aspectos viciados del sistema político establecido. ¿Trump = Windrip, entonces? ¿Trump = Kingfish con final de "magnatecidio" ? Ah, la facilidad y delicia de las coincidencias y de la reductio ad hitlerum... Lo curioso del caso es que la acusación de populista, y hasta de inspirado en una versión del fascismo, había sido efectuada hacía  poco respecto de...Barack Obama. Jonah Golberg la vuelca en su libro "Liberal  Fascism -The secret history of the American Left" (Doubleday, New York, 2009). La tesis de Goldberg es que existe en los EE:UU. una corriente de "fascismo progre" (así podría traducirse el título de la obra), de corte socialista estatalista, del que traza una línea que va de los hermanos Kennedy a Obama, pasando por Jimmy Carter, los Clinton (émulos de los Kirchner) hasta el POTUS saliente. El Obamacare sería una de las realizaciones salientes de este liberal fascism, sin olvidar, claro, la revolución cultural (aborto, matrimonio entre personas del mismo sexo, etc.). Se destaca la influencia, tanto en Hillary como en Barack del socialista radical Saúl Alinsky, autor de un tratado para revolucionarios pragmáticos donde se enuncian doce consejos para la acción política, sde cuño realista maquiaveliano, que -según dicen- no dejaron de tener en cuenta, en su momento, los dirigentes del Tea Party. Hillary tomó como tema de su tesis a Alinsky y Obama reconoció el papel que el pensamiento de aquél tuvo en su formación política.

Anoto estos vínculos porque Trump llega al poder como un político pragmático, sin que haya a la vista asomos de un cuerpo doctrinario -Alt-Right parece, hasta ahora, simplemente una actitud reactiva frente a la vieja política, al "partido único de los políticos"- y en algún momento deberá vincularse a una tradición política, que  en los EE:UU. reconoce antecedentes, en una enumeración algo caótica,  como Andrew Jackson, los Granger, el People's Party, Huey Long y, los intentos de Goldwater y Perot, el Tea Party  y ¿por qué no? Ronald Reagan.

Huey Long

viernes, enero 20, 2017

Santo Súbito



La canonización relámpago o panteonización de alta velocidad que las grandes cadenas informativas han ido desarrollando desde días atrás respecto de Barack Obama -así como la progresiva puesta en valor candidateable de su esposa Michelle- culmina en estos momentos en que veo entrar en la Casa Blanca a Donald Trump y su mujer, antes de marchar ambos, el saliente y el entrante POTUS, hacia el Capitolio, me han producido y producen una marea de fastidio que indica la necesidad de no postear in extenso por ahora, buscando al efecto futuras y más calmas ocasiones.  El "velo de ignorancia" que usualmente nos mostraba a la prensa como un sitio de relativa imparcialidad, ha caído por completo desde la campaña y posterior victoria electoral de Trump, hasta un punto que sorprende aun a aquéllos que con el tiempo hemos ido desarrollando un instrumental para precavernos de la habitual manipulación que atraviesa el sector informativo. Asoma el rostro de la Gorgona del poder y del desprecio por las mentalidades que se consideran imbéciles, retrógradas y condenadas a la "espiral del silencio".  Separo la anécdota de la categoría, la persona de Trump del fenómeno mucho más vasto que lo arrastra y supera las fronteras de su país. El coro de plañideros del cambio y alabanciosos del saliente, elevado a "santo súbito", es tan compacto y recurrente que aburre y abruma. "Post-truth: art of the lie", que se traduce como:  la única verdad posible es la que yo miento desde mi trono mediático.  Y el resto no sólo engaña o acepta estúpidamente la mentira, sino que sólo puede ser objeto de desprecio: los "deplorables". Chantal Delsol -"Populismos, una defensa de lo Indefendible"- dice bien: "no conozco una brutalidad mayor, en nuestras democracias, que la utilizada contra las corrientes populistas. La violencia que se les reserva excede todo límite. Se han convertido en los enemigos mayúsculos de un régimen que pretende no tener ninguno. Si fuera posible tal cosa, clavarían a sus partidarios en las puertas de las granjas". Esta intolerancia absoluta resulta la respuesta manifiestamente errónea a la rampante pérdida de credibilidad de la clase política, intelectual, empresarial, sacerdotal, de nuestra época. Tengo en claro cuál es el talón de Aquiles de la reacción populista, especialmente en lo que se refiere a la capacidad de gobierno sobre situaciones complejas, porque parte de una visión hipersimplificada de la realidad y  suele fracasar y fragmentarse ante los obstáculos puestos por los poderes financieros, las burocracias, el show-bussines y los mandarinatos intelectuales dominados por la progresía. A lo que se añaden los problemas surgentes de liderazgos que tienden a ser monolíticos. De todos modos, en el gris panorama actual de uniformización monocolor y discursos de expertocracia, en el pantano adonde conduce la destrucción de todo límite y el hachazo a todo arraigo, frente a la exaltación de un monoteísmo individualista exacerbado en que desemboca la modernidad, la reacción populista es la única que altera por el momento las reglas de juego impuestas e introduce, sin necesidad de dejarse sugestionar por ella, una bocanada de aire fresco  en las miasmas del anegamiento. Mientras tanto, observo con distancia y una punta de mordacidad, la santificación de Barack Obama -o Barry Soetoro, según los malignos rebuscadores de archivos.
 

viernes, diciembre 23, 2016

¿SE VIENEN LOS RUSOS?




En el notable blog mexicano "El Mundo según Yorch" se ha recordado muy oportunamente esta película de 1966 -"The Russians are coming, the Russians are coming!", que en nuestros cines se dio como "Se vienen los rusos". La dirigió Norman Jewison, que al años siguiente alcanzaría la fama con "En el  Calor de la Noche", y cuenta la historia -recuérdese que en plena guerra fría- de un submarino soviético que encalla en una pequeña isla cercana a al costa de Nueva Inglaterra, no lejos de Cape Cod, tradicional centro de veraneo. El capitán, encarnado por Alan Arkin, busca que se le suministre un bote a motor suficientemente poderoso como para librar a la nave de su atasco  y cae de improviso a la casa de un escritor (Carl Reiner) y su mujer (Eve Marie Saint). Pero en el pueblo corre la versión de que los soviéticos han invadido los EE.UU. y se expande la paranoia. Lo demás queda a cargo del lector curioso que baje la cinta.

¿Y a qué viene a cuento la película? Ocurre que, según Obama, Hillary, y buena parte del periodismo canónico, las elecciones no las perdió la candidata demócrata, ni su padrino el presidente saliente, sino que las ganaron...los rusos. The Russians are coming, the Russians are coming!.  Con el mayor aparato de seguridad del mundo, los EE.UU., al modo de cualquier republiqueta hamacada en los trópicos, han sido hackeados por el Oso putiniano. Ya, desde esta cola del dragón donde se escribe este blog, la circunstancia de que la ruling class norteamericana se queje por influencia externa en elecciones, suena un poco patética. ¿Nunca se influyó, desde el Departamento de Estado, la CIA, la DEA o la sigla USA que se prefiera sobre elección alguna en el mundo? Medice, cura te ipsum, en todo caso. Por otra parte, las "desprolijidades" de Hillary con su correo electrónico mientras fue Secretaria de Estado ocurrieron efectivamente; otra cosa es que el FBI haya llegado a concluir, muy cerca del acto eleccionario, que no revestían mérito para una persecución penal.  Cuando se lee un artículo como el publicado el 12 de diciembre pasado en The New York Times, bajo la firma de Paul Krugman, titulado "The tainted election" ("Una elección viciada"), el observador desapasionado concluye que una ola de aturullamiento, delirio y desnorteo afecta a buena parte de la intelligentsia norteamericana. Krugman dice que el acto no fue viciado por un  mal recuento de los votos. No, "but the result was nonetheless illegitimate in important ways" -pero el resultado fue, sin embargo, ilegítimo de varias y significativas maneras". ¿Cuáles? Responde Krugman: "the victor was rejected by the public" -el vencedor fue rechazado por el público". Suponiendo que con "the public" se refiere a algunas manifestaciones en varias ciudades de EE.UU. donde hubo gente que exhibía carteles con la leyenda "Trump no es mi presidente", he aquí un argumento para Cristina y Hebe de Bonafini: "¡Macri no es mi presidente!" grita "el público"; "¡subite el helicóptero ya, oligarca!", corea el mismo anónimo colectivo; "no sé si llega a cortar el pan dulce en Navidad", anuncia un Maradona destituyente e ilegitimador. Nunca lo supuse a Paul a esa altura o, más bien, nunca creí que Cris, Hebe y Dieguito pudiesen empardar al premio Nobel en criterio -bien castigado quedó mi antipatriótico escepticismo.  Más Krugman: "and won the Electoral College only thanks to foreign intervention and grotesquely innapropiate, partisan behavior on the part of domestic law enforcement" -y ganó en el Colegio Electoral gracias a la intervención extranjera y al grotesco, inapropiado y partidista comportamiento de los organismos de seguridad nacional".   Así triunfó trampeando  por izquierda el "candidato siberiano", como el mismo Krugman lo había bautizado unos meses antes; el ruso-trumpismo como nueva faz del eterno complot.   A esta altura, para ser piadosos con Paul, cabe recordar a María Elena: "no es lo mismo ser profundo que haberse venido abajo". Y se vino en banda nomás: no le queda otra que darse una vueltita por aquí, no sé bien si para dar o tomar clases con Luisito D'Elía.

En vísperas del 19 de diciembre, cuando estaban a punto de reunirse los colegios electorales de cada estado de la Unión, se recogieron por aquí las exhortaciones a que los electores republicanos se convirtiesen en tránsfugas -faithless-y votasen otros candidatos.   Estúpida propuesta: el cemento del edificio norteamericano es su particular democracia y el sueño de que gracias al sistema económico consustancial con aquella, cada generación estará, a lo menos, un escalón de bienestar por encima de la precedente. Esto último es lo que está en crisis para buena parte de la sociedad. ¿El remedio puede consistir en serruchar además la otra columna? ¿No advierten el peligro de atacar una creencia basal, de abrir la unidad sellada de la identificación colectiva? Los founding fathers no eran "demócratas" -in illo tempore, la palabra  equivalía a "terrorista". Basta leer a Madison en "El Federalista": la fórmula debe ser  la "república representativa". Esto es, una minoría esclarecida debía pasar por el tamiz de su prudencia y sosiego la grita, en aquel tiempo fundacional, de una mayoría de pequeños granjeros endeudados, que querían moratoria hipotecaria e inflación licuante de la deuda, cuando ellos habían sido carne de cañón de los ejércitos de la independencia. Mano maestra y ojo avizor, el monárquico y centralista Hamilton puso su talento en el diseño de los cerrojos convenientes al we the people: representación, Senado, prerrogativa presidencial -a partir de elección indirecta- y, más tarde, con el correligionario Marshall, revisión judicial de las leyes. La representación, lo no democrático de la democracia, y el control judicial de constitucionalidad por un cuerpo exiguo y contramayoritario, fueron las bases de la "democracia" que, como en su tiempo los atenienses, la ruling class norteamericana convirtió en juguete de exportación y norma ideal aplicable al resto del mundo. El american dream del norteamericano profundo está hoy suspendido sine die y la clase política autorreferencial llegó a su máximo proponiendo para la Casa Blanca a la socia femenina del matrimonio Kirchner de Arkansas, Hillary, apoyada casi sin tapujos por el establishment republicano clásico. Perdieron por cachetada feroz aplicada por un empresario de la construcción que supo oír mejor que los mediáticamente consagrados la rabia sorda del obrero que cabalga en un andamio. Y entonces ese "partido único de los políticos" donde se compinchaban burros demócratas con elefantes republicanos entró en delirio, ensoñó con colegios electorales de tránsfugas, le echó la culpa a los rusos del resultado, inventó la posverdad  -esto es, sólo nuestra mentira puede oficiar como verdadera- y atacó en su raíz la originalidad norteamericana, que es su creencia en la particular forma de democracia que practica, y que ella remite en última instancia al preambular we the people.  People, les recordaron a los votantes, es simplemente un plural de  person, y person sólo puede manifestarse a través de nuestros constructos mediáticos: white trash, red neck, homophobic, turba deplorable, abstenerse.  Y tenerlo presente: the Russians are coming!