miércoles, octubre 28, 2009




BICENTENARIO: JUSTICIA Y CONCORDIA

Mientras preparaba las notas para esta intervención, me vino reiteradamente a la memoria un episodio de mis ya lejanos inicios como abogado, a fines de la década de los 60 del siglo pasado. Entonces, como etapa previa a los juicios laborales se desenvolvían, en la que aún se llamaba calle Cangallo, unas Comisiones de Conciliación, a cargo de funcionarios del Ministerio de Trabajo, que no tenían necesariamente que ser abogados. Recuerdo a uno de estos conciliadores, muy ducho en su trabajo, morocho profundo con tipo de criollo, que tenía en su sala de audiencias un gran cartel que decía “Conciliación o Muerte”. Creo que, con la salvedad importante que formularé, este lema de aquel viejo conciliador podría reformularse para nuestra situación actual como “Concordia o Muerte”. Por cierto, y esta es la salvedad importante, el segundo término, “muerte”, no se refiere a la desaparición física de nadie. Alude, en cambio, a que sin concordia se muere, como vemos que ocurre entre nosotros día a día, la posibilidad de un orden político que apunte al bien común y de un orden jurídico en que pueda concretarse lo justo.

Los argentinos, al borde de nuestro Bicentenario, llevamos hoy, colectivamente, una vida desdichada. Nuestros pasos se encaminan desorientados tras los culebreos de dos viejas damas ruines y destructivas: la discordia constante y la corrupción medular. Todo lo que intentamos construir sobre este barro, todo lo que queremos instituir –instituir viene de un verbo latino que significa mantener recto, erguido- se nos viene en banda inmediatamente, como si pretendiéramos levantar pirámides con bolas de billar. Llevamos en la boca el gusto a ceniza del fracaso y la sensación de fastidio colectivo parece el remate de doscientos años de gobierno propio.

Para remontar nuestros desgarros y confusiones del presente, volvamos a un momento a los antiguos, a las fuentes culturales. Y discúlpenme que recuerde cosas bien conocidas. Para aquellos antiguos, la finalidad de la política no era el mero coexistir, el estar momentáneamente juntos como cuando nos apretujamos en el subte, sino el convivir, y el convivir bien, la vida buena, que permite lograr ese bien que individualmente no podemos alcanzar: el bien común. Ellos decían, también, que la concordia, que llamaban la “amistad política”, integra y fundamenta el bien común. Es la condición y también el coronamiento de toda obra común en vista del bien general. La concordia, y discúlpenme otra vez la lata, supone, primero, coincidencia en el orden de la acción respecto de unas pocas, pero básicas, aspiraciones de una colectividad y, luego, una concordancia de sentimientos (con-cordia, corazones al unísono) acerca de un patrimonio común, acerca de esa comunidad insustituible que hasta hace un tiempo llamábamos patria y que hoy no representa ni siquiera su último baluarte, la camiseta del seleccionado. Para nombrarla, se necesita recordar la voz de los poetas: “necesaria y dulce”, “inseparable y misteriosa”, la llamó Borges; “un dolor que aún no tiene bautismo”, escribió Leopoldo Marechal)
.

Como pertenezco a una agrupación de abogados “por la justicia y la concordia” permítanme infligirles algunas palabras sobre la relación entre estos dos bienes básicos. El fin de la política es la concordia, la amistad política. El fin de la justicia es el derecho, donde se concreta lo justo, el dar a cada uno lo suyo. La concordia empíricamente posible es obra de la política. Lo justo concreto resulta del obrar de los operadores jurídicos. Pero la mejor concreción de lo justo deriva del mayor grado de concordia posible. En otras palabras, para que haya justicia la ciudad debe estar, previamente, bien avenida consigo misma. Aún a costa de resultar pesado, permítanme ahondar un poco en este punto, porque es importante para echar luz sobre el drama argentino actual.

La discordia está en el corazón del derecho y de la política. Si no comprendemos esto, caemos en el panfilismo profundo que, con las mejores intenciones, apela a los buenos sentimientos de las almas bellas, sin ningún efecto en este bajo mundo. El dato primo, el punto de arranque tanto de lo político como de lo jurídico es un conflicto, una discordia. Ahora bien, la justicia, que es eminentemente distributiva, busca componer los conflictos jurídicos mediante un nivel de proporcionalidad constante. No intenta hacer concordar mi yo con el del otro litigante, sino atenuar la discordia reafirmando distancias objetivas mediante la distribución con la vara de la proporcionalidad. La concordia, la amistad política, en cambio, es eminentemente participativa y procura componer el conflicto mediante la edificación de un buen orden integrativo. La política, al perseguir la concordia, establece un umbral a la justicia y le permite su máxima expresión. La concordia, como obra de la política, resulta, pues, primera en el orden de la realización. La justicia y su objeto, el derecho, no fundan por sí mismos la concordia y la amistad política. Contribuyen decisivamente a mantenerla, por medio de la atenuación de las discordias particulares, cuando la política la ha establecido. Sin el instrumento del derecho, que permite yugular los conflictos sin acudir primariamente a la violencia, la concordia que instaura la política sería efímera. Pero –y recalco este punto- pretender fundar la concordia, la amistad política, en el derecho, sin el presupuesto de la obra política, resulta una ilusión que el siglo pasado y la primera década de éste muestra que se ha pagado muy cara. Y que está pagando muy caro nuestro país y nuestra gente.

En 1944, cuando finalizaba la Segunda Guerra Mundial, Hans Kelsen, uno de los mayores juristas del siglo XX, escribió un manifiesto titulado “La Paz a Través del Derecho”. Se propiciaba allí una judicialización planetaria de los conflictos, por medio de tribunales que aplicasen un derecho cosmopolítico, universal. Lo que se produjo fue, en cambio, una guerra civil globalizada, discriminatoria, ya que uno de los bandos es absolutamente criminalizado para crear una buena conciencia al otro, e ilimitada en cuanto a sus daños directos y colaterales. Giorgio Agambeni, un pensador italiano, llama a esta situación “estado de excepción permanente”. Lo facilitó la creencia de que el derecho, superior a la política, podía crear y mantener la paz por sí solo.

Ahora podemos pasar de estas consideraciones teóricas, algo arduas, a los aspectos prácticos. En nuestro país, desde mediados de los años sesenta del siglo pasado, comenzó una guerra civil, bajo la impronta de la guerra revolucionaria, por medio del ejercicio del terrorismo a través de diversos grupos armados, que dio lugar a una respuesta en términos de guerra contrainsurreccional, a cargo, especialmente, de las fuerzas armadas y de seguridad. Nuestra guerra civil fue un escenario secundario y periférico de la guerra civil global que enfrentaba a escala planetaria a la república imperial de los EE.UU. de Norteamérica, y sus aliados y satélites, con el imperio soviético –la ex URSS- y sus aliados y satélites. El enfrentamiento directo entre ambas superpotencias estaba descartado por efecto de la “mutua destrucción asegurada” y, por lo tanto, las escaramuzas se libraban en los arrabales, como fue nuestro caso. La historia íntima de nuestra guerra civil revolucionaria/contrarrevolucionaria se encuentra, en sustancia, en los archivos del Departamento de Estado y de la CIA, de la KGB y del Departamento América del Comité Central del Partido Comunista Cubano, que manejaba la beligerancia en nuestro subcontinente. Este episodio suburbano de la guerra civil global dejó en nuestro país un terrible saldo de muerte, luto, llanto, dolor, suplicios, torturas y, sobre todo, odios y rencores tenaces y cruzados; en suma, un pozo de discordia.

La única composición que existe para este tipo de conflictos es, como dijimos, primordialmente política. Y el instrumento político, que se encuentra contemplado en nuestra constitución nacional es, una vez elaborado el duelo, la fuerza del olvido, la amnistía general del art. 75, inc. 20 de la CN y el indulto del art. 99, inc. 5º de la CN, englobados aquí como formas de limitación de la potestad punitiva en vistas a consolidar la paz interior.

En aquel momento –año 1983- se decidió por decreto iniciar juicios a los integrantes de las sucesivas Juntas Militares y, por otro lado, a cinco miembros de la conducción de Montoneros y a uno del ERP. La promesa de campaña del candidato Raúl Alfonsín de establecer niveles de responsabilidad en la conducción militar, con la obediencia debida como causa de justificación para los niveles por debajo de los comandantes en jefe, quedaba de algún modo plasmada. La Cámara Federal en lo Criminal y Correccional dictó el fallo conocido como “Junta Militar”, que tiene la particularidad de que en sus considerandos se reconoce que se había librado una guerra bajo la forma de una guerra revolucionaria y de que las condenas, en las que se aplica el criterio de la autoría mediata, se fundan exclusivamente el derecho penal nacional. Pero la elección de la vía judicial para gestionar un conflicto básicamente político llevó, finalmente, al dictado de las leyes de “punto final” y de “obediencia debida”.

Impugnadas en su constitucionalidad, la Corte Suprema, entonces conformada por cinco miembros, se pronunció en la causa “Camps” el 22 de junio de 1987 y rechazó ese planteo por cuatro votos a uno. Los ministros Caballero y Belluscio afirmaron que la administración judicial no puede revisar los actos del Legislativo salvo violación de derechos fundamentales, que no se daba en el caso. Por su parte, el doctor Carlos Fayt señaló que tanto limitar la responsabilidad o amnistiar eran facultades propias del Congreso, por lo cual no entró a considerar si la ley hacía una u otra cosa. El voto del doctor Enrique Petracchi fue crítico de la ley, pero, considerándola una amnistía dictada dentro de las atribuciones del legislativo, la consideraba no revisable. La disidencia del doctor Jorge Bacqué se concentró en que la defensa de obediencia debida violaba principios fundamentales contenidos en la constitución y añadía que, si se la consideraba una ley de amnistía, igualmente era inconstitucional porque carecía del elemento de generalidad.

De algún modo, pues, más bien tortuoso, se había retomado la vía política, completada en 1990 por los indultos dictados por el presidente Carlos Menem.

“Todas las guerras civiles de la historia del mundo, cuando no han terminado por el exterminio de la facción enemiga, se han clausurado por una amnistía, desde la primera de la que se tenga registro, tras la guerra del Peloponeso, una guerra fratricida entre los pueblos y ciudades de Grecia, cuatrocientos años antes de Cristo”. Es un acto recíproco de olvido. No es un acto gracioso o una limosna. Quien recibe la amnistía debe devolverla y quien la da debe saber que él también la recibe. La amnistía, ante todo, no tiene que ver con la justicia, sino que, como su etimología lo indica, marca un olvido, tanto de las injusticias pasadas y sufridas, como de someterlas al veredicto de la administración judicial presente o futura. Afirma la necesidad de recuperar un valor propiamente político, cual es la concordia o amistad política, a los efectos de un nuevo comienzo, con las ventajas consiguientes para la sociedad en su conjunto. El doctor Carlos Fayt, en sus disidencias en las causas “Simón”, “Aquino” y “Mazzeo”, ha señalado que tanto amnistías como indultos consisten en una “potestad de carácter público instituida por la Constitución Nacional, que expresa una determinación de la autoridad final en beneficio de la comunidad” y las relaciona con los objetivos del Preámbulo de consolidar la paz interior y promover el bienestar general. Se pronuncia desde una situación excepcional -cambio de régimen político, cese de una guerra civil o de la ocupación extranjera, etc.- y resulta de ella misma una excepción a la normalidad, precisamente para permitir el reingreso en la regla y la norma comunes. Los efectos de la amnistía, vistos desde los casos particulares de los que han sufrido aquello cuya persecución penal se olvida, resultan seguramente inmorales e injustos. Sólo se justifica por su capacidad para recrear la amistad política y superar la interminable cadena vindicativa de la lucha faccionaria. Por ello, su posibilidad de andamiento está en razón directa del prestigio de que goce el gobierno que la imponga y de su perspicacia para restablecer con ella un equilibrio super partes. La ley 22.294, llamada de autoamnistía, dictada durante el turno del general Bignone, en el llamado Proceso de Reorganización Nacional, por ejemplo, no reunía ninguna de estas características. Tampoco la establecida en 1973, bajo el gobierno de Cámpora, luego de una tumultuaria liberación de presos cubierta por un indulto presidencial, que no produjo un equilibrio superador de la contienda, sino que más bien la ahondó. Debe tenerse en cuenta que la concordia que se recupera no vale sólo por sí misma sino , ante todo, por la calidad del orden que recrea y favorece.

Hay que preguntarse por qué la amnistía o el indulto son vistas en nuestros días con rechazo, como no lo fue en los tiempos clásicos, luego de las guerras religiosas e, incluso, tras el gran sacudón de la Revolución Francesa. En las contiendas precedentes a las dos grandes guerras del siglo XX, la amnistía para el enemigo derrotado estaba implícita en los tratados de paz, hasta el punto de que Kant pudo llamarla sustancia de la paz. Es que en nuestra época de guerra civil global y estado de excepción permanente, el enemigo, visto como radicalmente otro e incluso despojado de su condición humana, resulta demonizado y privado, como dice Milan Kundera, “hasta de la dolorosa gloria del fracaso”. Por ello no es en absoluto amnistiable o indultable y debe resultar, ante la opinión pública, y para justificar al vencedor, condenado perpetua e inexorablemente. Sin embargo, esta condenación absoluta no suele resultar útil, desde un análisis centrado en la relación costo/beneficio. Entonces, la amnistía y el indulto se reintroducen subrepticiamente, bajo formas apócrifas. Se lo hace de un modo lateral y clandestino, como ocurrió en nuestro país con los miembros de las organizaciones terroristas, a los que se considera que no pueden responder por crímenes de lesa humanidad por no revestir el carácter de agentes estatales, cuando esta distinción resulta irrelevante conforme el Estatuto de Roma para el establecimiento de una Corte Penal Internacional. En fin, nuestra Corte, desde el caso “Simón”, considera que amnistías o indultos, respecto de delitos calificados como de lesa humanidad, resultan una potestad que el Estado argentino ya no posee, puesto que las obligaciones asumidas frente al derecho internacional y, especialmente, frente al orden jurídico interamericano, conforme el derecho posmoderno de los derechos humanos, que operarían como una derogación por vía convencional de ambas facultades constitucionales para ese caso, se la vedan. Se trata de una mera afirmación dogmática, que el análisis pormenorizado, como el que realiza el profesor Alfredo M. Vítolo en su trabajo “La Posibilidad de Perdonar a los Responsables de Cometer Crímenes de Lesa Humanidad”[1], demuestra insostenible, y a él me remito.

Interesa señalar a esta altura que la elección de la vía judicial para ajustar cuentas con nuestra guerra civil, y la clausura paralela de la vía de la composición política por medio de la amnistía y el indulto, ha tenido un efecto demoledor, quizás no querido pero efectivamente producido, en el campo del derecho. No sabemos hasta dónde y hasta cuando los efectos deletéreos, venenosos, de este proceso habrán de alcanzar y hasta qué profundidad llega el daño producido. Me explico. Se ha establecido en nuestro país, en la justicia federal penal, y con la Corte Suprema de Justicia de la Nación a la cabeza, un derecho penal y procesal penal de dos velocidades: una, para los juicios ordinarios, donde, en principio, rigen las garantías del proceso justo y los principios básicos del derecho penal liberal; otra, para los juicios contra represores por delitos de lesa humanidad, donde aquellas garantías no tienen vigor y aquellos principios pueden ser dados vuelta como un guante. Curiosamente, esta circunstancia de establecer un derecho de dos velocidades fue uno de los cargos concretos que la Cámara Federal Penal precisó en su sentencia contra las Juntas Militares del llamado “Proceso de Reorganización Nacional”. En este “derecho penal del enemigo represor”, contrariamente a lo que señalábamos respecto del fallo “Juntas Militares”, la guerra revolucionaria no tuvo lugar, uno de los bandos desaparece del teatro de las operaciones y sólo queda el otro –durante el período 1976-1983, exclusivamente- en función solitaria de represor indiscriminado. Este escamoteo convierte la guerra que, como el tango, es asunto de dos, en regodeo de uno solo en la crueldad y la matanza. Otra vez, curiosamente, este mismo recurso de negar la existencia de la guerra y concentrar la culpa en uno solo de los bandos en actuación exclusiva fue el recurso a que echó mano el llamado “Proceso de Reorganización Nacional” entre 1976 y 1983.

Tomemos los principales fallos de la CSJN donde se estructura este derecho de dos velocidades, debiendo tenerse en cuenta que los hechos juzgados, en todos los casos, ocurrieron entre 1976 y 1983.

El primero es “Arancibia Clavel”, un espía chileno involucrado en el asesinato del general Prats, donde se declaró la imprescriptibilidad de los crímenes de lesa humanidad por aplicación retroactiva de la Convención de la ONU sobre imprescriptibilidad de los crímenes de guerra y de lesa humanidad, ratificada por la Argentina en 1995 y elevada a jerarquía constitucional conforme el art,. 75, inc. 22 de la CN en 2003 y la invocación del derecho consuetudinario internacional con fuerza imperativa (jus cogens), como sucedáneo de normas penales positivas escritas.

El segundo es “Lariz Iriondo”, un terrorista de la ETA reclamado por el gobierno español, donde se decidió que los crímenes del terrorismo no resultan alcanzados por la imprescriptibilidad, que sólo opera en el caso de agentes estatales involucrados.

El tercero es “Simón”, donde se declaró, volviendo sobre el fallo “Camps” arriba referido, la inconstitucionalidad de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida 23492 y 23521, en virtud de los compromisos internacionales del país, bien que posteriores. La Convención Internacional sobre la Desaparición Forzada de Personas data de 194, fue ratificada por nuestro país en 1995 y elevada a jerarquía constitucional en 1997. Ya nos hemos referido a la de imprescriptibilidad de los crímenes de guerra y de lesa humanidad, ratificada en 1995 y elevada a jerarquía constitucional en 2003. Las leyes declaradas inconstitucionales son de fines de 1986 y mediados de 1987.

El cuarto, es el caso “Mazzeo” donde se declaró la inconstitucionalidad de un indulto dictado en 1989, cuya constitucionalidad había sido establecida anteriormente por la Corte en la misma causa, destacándose aquí las disidencias del doctor Fayt y doctora Carmen Argibay.

Esto es, que en el derecho de dos velocidades, para el enemigo represor se han dejado de lado estos principios, y mi enumeración es corta y no taxativa:

Principio de legalidad, de ley previa, en cuanto a la predeterminación normativa tanto del tipo penal como de la escala pena aplicable.
Principio de irretroactividad de las normas penales, y de su correlativo en el derecho internacional público, que es el de intertemporalidad (los hechos deben ser juzgados a la luz del derecho vigente cuando ocurrieron)
Principio de irrrevisibilidad de la cosa juzgada y del non bis in idem (no se puede juzgar dos veces por la misma causa).
Principio de interpretación de la ley penal pro persona, de donde deriva el in dubio pro reo y la aplicación de la ley penal más benigna.
Prohibición de la interpretación analógica de la ley penal contra el imputado.
Invocación dogmática de la costumbre internacional como sucedáneo de la ley penal escrita, sin probar esa costumbre y atribuyéndole fuerza imperativa (jus cogens).
No aplicación de la obligación asumida por el país de conformidad con el Pacto de San José de Costa Rica de que los juicios duren un “plazo razonable” y se eviten las prisiones preventivas de duración indefinida.
Agravamiento de las condiciones carcelarias para procesados y condenados, que no resistirían, en la otra velocidad del derecho, la común, un hábeas corpus correctivo.

Lo grave, con vistas a futuro, es que esta velocidad de un derecho despojado de garantías deja a los gobernantes que fuesen, en tanto puedan manejar por cualquier medio la justicia federal penal o un sector de ella, con las manos libes para extenderla a toda persona o sector que les moleste.

Cierro aquí el inventario incompleto de los ingentes y gravísimos daños que nos ha procurado, nos procura y puede procurarnos mañana la vieja y ruin dama discordia, cuando le hacemos el campo orégano.

El remedio es, ante todo, político: rehacer la concordia por medio de su instrumento, legitimo y constitucional: la amnistía, englobante del indulto. No podemos seguir reabriendo tumbas para cavar más hondo las trincheras. Es la hora de lo que los antiguos llamaban pietas, un sentido sacro de construir la concordia y la comunión en este suelo. Ahora que se desliza por ahí la palabra “destituyente”, recordemos que la concordia es constituyente por excelencia. La concordia, en este Bicentenario, debe ser nuestro pacto constituyente.

[1] ) Academia de Ciencias Morales y Políticas, Instituto de Política Constitucional, Buenos Aires, 2009.



P.S.: intervención en la mesa redonda que se celebró en el Colegio de Abogados de la Ciudad de Buenos Aires el 27 de octubre de 2009, organizada por la Asociación de Abogados por la Justicia y la Concordia.


Federico Nietszche decía que el pasado sólo puede ser interpetado por un presente más fuerte que él. Sólo la concordia puede fortalecer nuestro frágil presente y aceptar así un pasado, destinado, por definición a pasar, en lugar de encharcarnos cada vez más en él, conduciendo la vida colectiva en reversa.

miércoles, octubre 14, 2009


¿UN ANTICRISTO CURSI?





Con el premio Nobel, otorgado por el Comité Parlamentario noruego, que hace a Barack Hussein Obama Príncipe de la Paz, algunos -como Juan Manuel de Prada en ABC- han sugerido que cobró cuerpo definitivo aquel Juliano Felsenburg que Robert Hugh Benson, en su novela "Lord of the World", preanunciaba como el Anticristo. Felsenburg, después de todo, también era norteamericano, aunque sólo senador. Al menos el personaje de Benson llegaba a Presidente de Europa y Salvador del Mundo por haber evitado una guerra de los continentes. Barack, en cambio, todavía está en la gatera, bombardeando módicamente medio Paquistán y hundido hasta la verija en suelo afgano, donde mantiene una cárcel -la de Bagram- semejante a la de Guantánamo (sigue abierta) o Abu Ghraib (aún en funciones).



Una cosa que llamó mi atención es que Obama se mostrase sorprendido porque le hubiesen adjudicado el premio. Es obvio que alguien lo propuso, y que el hoy agraciado sabía de esa postulación. Esto de hacerse la corista atónita de que la foto de su desnudo haya aparecido en Playboy no convence. Menos, teniendo en cuenta lo que sigue, tomado de un blog de Javier Custodio Ayala:


Elena Bonner, la viuda de Andréi Sájarov, Premio Nobel de la Paz en 1975, en el artículo «Una “Nobelidad” a la izquierda» (“Нобель без палочки”) (el juego de palabras en ruso con Ноль/Нобель («Nulo»/«Nobel») es gracioso y difícil de traducir: Ноль без палочки: «un cero a la izquierda») del periódico digital Grani.ru (Грани.ру) ha acusado a los responsables de concederle el premio a Obama de transgredir «normas morales, éticas y jurídicas» al fallar el premio. Denuncia que su candidatura tuvo que ser presentada apenas días después de ser investido:
«Sobre el Reglamento para la nominación, dijo: “El Premio de la Paz puede concederse a las personas, así como oficiales y organizaciones públicas. Se aceptan nominaciones para el examen a más tardar el 1 de febrero del Año. Con esta norma, Obama fue nominado, o en los diez días después de ser elegido Presidente de los Estados Unidos, o quizás incluso antes de la entrada en este alto cargo.”»

Desde luego que este premio Nobel de la Paz las más de las veces es un timo y una caricia al poderoso de turno en el sentido del pelo. Si Teodoro Rosevelt, el de la big stick policy, la política del gran garrote, pudo obtenerlo, y si Adolfo Hitler estuvo entre los nominados en 1938, poca fe merece. Un poquito más respeto le tengo a nuestro Carlos Saavedra Lamas, que lo sacó en 1936 por su intervención pacificadora en la guerra del Chaco. Y creo que los únicos que recuerdo que lo merecieran realmente fueron Henri Dunant, el suizo que creó la Cruz Roja (el primero en obtenerlo) y la Madre Teresa. Y respecto del resto, incluido el bueno de Henry Kissinger, el difunto Arafat y el insignificante Pérez Esquivel practico el más vigoroso menefreguismo.


Jesús es llamado el Príncipe de la Paz y, correlativamente, se supone que el Felsenburg final también aspirará, simiescamente, a ese título. Hubo otro Príncipe de la Paz, más apto para el chichoneo que para Armagedon, y fue Manuel Godoy, aquel guardia de corps que ejercía en la cama de la reina María Luisa, la esposa de Carlos IV. Lo que ocurre con nuestro novísimo e instantáneo Príncipe de la Paz Obama es que resulta, en todo caso, un Felsenburg deshidratado y un Anticristo cursi. O más bien un Godoy, quizás sin tanto ajetreo









LA ERA DE LOS ABOGADOS




De Tom Wolfe sólo leí una novela -"La Hoguera de las Vanidades"- y bastó para que lo colocase junto con Gore Vidal y, un poco más allá, con John Kennedy O´Toole, entre los novelistas norteamericanos contemporáneos que bien me placen. Norman Mailer me pareció siempre un producto mediocre sobrevalorado por la intelligentsia comunoide, y Wolfe ganó aún más tantos en mi aprecio cuando leí su juicio lapidario acerca del autor de "Los Desnudos y los Muertos": sólo sabe escribir sobre sí mismo (como nuestro Sábato, por ejemplo). Wolfe, con su aire de dandy sureño, posee el don de la síntesis certera. A los 70 del siglo pasado los definió como la "década de la pornografía"; a los 80 como la del "dinero, la codicia y el yo" (the me decade), en cuanto a los 90, como de la "plutografía", esto es, el desnudo de los ricos y famosos para mostrarlos en su entorno kitsch, en sus caprichos y en sus berretines. Hace poco, hojeando en mi biblioteca el viejo ejemplar de "La Feria de las Vanidades", de Thackeray, cayó un amarillento recorte de "La Nación" del 24 de enero de 1999, donde Wolfe, preguntado sobre cómo llamaría a la primera década del tercer milenio, contestó:


"Creo que el mundo está buscando nuevas bases de moralidad. Desde que el dimero y la riqueza se largaron a reemplazar a Dios, se ha vuelto muy gris la frontera entre el bien y el mal, lo moral y lo inmoral. No es casual que el gran boom de esta década y, probablemente, de la que viene, sea el de los abogados, y no necesariamente porque sean parámetros de moralidad. Pero ante el olvido de los diez mandamientos o la carencia de otros puntos de referencia, la gente parece estar confiando en encontrar esos parámetros en la ley, los tribunales o el código penal".


Aviados estamos, palabra de abogado con cuarenta años de trajín.

martes, septiembre 29, 2009


PERDIENDO PIE EN HONDURAS





En una entrega anterior –“Metiéndose en Honduras”- especulé, a partir de unas declaraciones de Mel Zelaya en que le pedía a Barak Obama medidas de retorsión contra su país, con que se intentase constituir una nueva Santa Alianza contra el Congreso y la Corte hondureñas, con los EE.UU y la UE como partícipes. Al fin, la Santa Alianza se formó realmente, con Lula da Silva como nuevo Metternich, y el propio Zelaya, “abrigado” en la embajada de Brasil en Tegucigalpa, esperando ser restaurado con gloria y majestad en su trono tropical, una vez depuestos y castigados los usurpadores. Todo con el aplauso europeo, el visto bueno del presidente norteamericano, que quiere sacarse cuanto antes este incordio de encima, y un coro de partiquinos regionales, donde descuella nuestra presidente.

Cualquier observador con libertad íntima e independencia práctica, examinados los hechos, concluye que en Honduras no hubo un golpe de torvos militares para echar a un presidente regularmente electo, sino un fallido golpe de un presidente regularmente electo para fabricarse una reelección prohibida por el texto constitucional de aplicación (art. 239). Ello llevó a un conflicto de poderes entre el presidente, de un lado, y el Congreso y la Corte Suprema por otro, que –en un país que no cuenta con el instrumento del juicio político- condujo a la destitución del titular del Ejecutivo por el Congreso, lo que fue ratificado por la Corte que, además, inició una causa contra aquél. El mismo Zelaya renunció a la presidencia y un destacamento militar lo apresó y lo expatrió de hecho, metiéndolo en un avión rumbo a Panamá. Que esto último fue contrario a derecho, también es claro, ya que correspondía, en todo caso, ponerlo derechamente a disposición de los jueces de su causa. Por otra parte, la propia constitución hondureña, en su art. 10, prohíbe que un ciudadano sea expatriado. En resumen, ante el intento del presidente de violar la constitución en cuanto quería introducir la reelección y el cese de la alternabilidad en el ejercicio del poder ejecutivo (cuya infracción en el art. 4º de la citada constitución es considerada traición a la patria), se procedió a su destitución por vía legal, incurriéndose luego en una antijurídica deportación de Zelaya en lugar de someterlo a sus jueces naturales. Así las cosas, es obvio que se trataba de una cuestión del resorte de los hondureños y que sólo estos estaban en condiciones de resolver, máxime cuando, en el próximo mes de noviembre, deben realizarse elecciones para la renovación presidencial, que el gobierno provisorio no ha suspendido ni postergado. A los demás países sólo les correspondía respetar los principios de autodeterminación y no intervención en los asuntos ajenos. No “meterse en Honduras”, expresión que en nuestra lengua significa que alguno se inmiscuye en lo que no le importa. Lo más indicado, en todo caso, era procurar, por medio de los buenos oficios diplomáticos, ya por la OEA o por los principales países de la región, que el entuerto discurriera por vías pacíficas.

Nada de esto ocurrió. La situación fue pintada por Zelaya, en versión inmediatamente recogida por los medios, los gobiernos y la propia OEA, como un inaceptable atentado a la regularidad democrática hondureña. Los “golpistas” fueron acusados de usurpar el poder por las armas y de desencadenar una persecución contra el “pueblo hondureño”, que se decía añoraba al caudillo talludo de pelo teñido bajo el sombrero ranchero, como los americanos decíamos añorar a Fernando VII, el “Deseado”, hace doscientos años. Obama, preocupado por el embrollo afgano, los bombardeos a Pakistán (treinta y siete hasta el 27/09) y por perpetrar en la cárcel de Bagram (Afganistán), a escondidas, lo mismo que salió a la luz en Guantánamo o en Abu Ghraib, encontró un alivio inmediato en condenar el “golpe” ante los micrófonos. Hugo Chávez, seguido de cerca por Evito, Correa y Ortega, celebró denostar a unos villanos que lo eximen momentáneamente de desempeñar ese papel algo fatigoso. Los capitostes de la UE festejaron encontrar un chivo expiatorio en área bananera, y contribuyeron al barullo para olvidarse un rato de sus propios problemas. Nuestra presidente, ya se sabe, de la boca y del país para afuera, compra todos los discursos propicios a las almas bellas, en la onda de los salmos edificantes que entona el bajo clero de la progresía. En fin, todo el mundo se pudo crear, a bajo costo, una buena conciencia y rehacer una virginidad a partir de unos honduqué? perdidos en el mapa de tierras calientes. Hasta la OEA, templo de la inutilidad y asiento de la ineptitud, por secretario general interpuesto desenvainó la faca y se le fue al humo a los honduritas, expulsando al país de la organización, propiciando sanciones que recaen en el pueblo afectado, exigiendo restituciones y otras demasías, que –casualmente- son del mismo tenor que las que, por resultar atentados al buen sentido, la autodeterminación y la no intervención, fueron levantadas a Cuba, por el mismo organismo, en junio de este año. Mayor coherencia, don Insulza, imposible.

Cuando Zelaya paseaba su sombrero y su tintura por diversas tribunas de la región, un poco a la manera de aquel Bertoldo medieval que buscaba un árbol para ahorcarse y no encontraba ninguno satisfactorio, y el coro se había puesto de acuerdo en la barbaridad de no reconocer siquiera las elecciones de noviembre, a las que concurre el propio partido del Mel, como si fuésemos pocos, alumbró el Brasil. O simpático malandro Zelayita apareció arropado en la embajada brasileña en Tegucigalpa, desde donde incita a la batalla final contra los usurpadores, mientras su legítima denuncia que Micheletti manda gas venenoso por las cañerías al reducto, a la manera de un Putin subtropical y, visiblemente, con escaso efecto. Hugo Chávez se parachutó sobre la iniciativa y dijo que era de él, que los bolivarianos lo habían llevado, con lo que no le hizo ningún favor a Lula, si es que los venezolanos pueden utilizar las embajadas de la República Federativa del Brasil a manera de albergues transitorios para políticos centroamericanos defenestrados. Supongamos que no es así y Huguito, como siempre exagera: va embora. Supongamos que Brasil, líder regional aspirante a quinta potencia mundial y a su sillita en el Consejo de Seguridad, salió a la cancha. Sale, pasándose por el arco de triunfo la autodeterminación de los pueblos y el principio de no intervención, a convertir su sede diplomática en tribuna de Zelayita. Sale a designar oficialmente como usurpador al actual gobierno. Sale a decir que las elecciones –el recurso para apaciguar el conflicto- no tendrán lugar. Sale a propiciar algo que se llama “intervención”, o casi mejor invasión. Crea el estado de excepción con el albergue a Zelayita y se queja después del estado de sitio como respuesta. Pero, garotos, ése es el libreto de la USA, Yanquilandia, Gringolandia o Invadoladia, como me apunta el compañero Pino Solanas. Campeones en el fútbol, desde luego. Líderes regionales, de acuerdo. ¿Pero la de Harrison Ford y Bruce Willis también? ¿Se vienen con la dirección de Tarantino? ¿Se les perdió en Tegucigalpa algún soldado Ryan de Copacabana? Pare la mano, don Luiz Inacio. Si no, ¿qué nos deja a los progres? ¿Vamos a tener que renunciar al samba, a la caipirinha y a Sonia Braga por “imperialistas”? Pare la mano, amigo Lula.-
En la imagen, estatuta de Zelaya provisoriamente trasladada

sábado, septiembre 26, 2009


RECADITO EN LA OREJA PARA LADY CRI-CRI




"Por eso nos ha sido forzoso soportar estos años que hombres [y mujeres] tan primari@s , colocados por la Fortuna, que es la musa de lo político, al frente de grandes pueblos, se permitiesen adoctrinarnos sobre todas las cosas en apotegmas que eran una extraña fusión del teorema y del ukase".



Esto lo dijo Orteguita; ya saben, no el Burrito que intenta levantar a Ríver, ni el senador (MC) Palito, sino el otro, el anterior, el de la Revista de Occidente y todo eso. Y, en el mismo texto (De Europa Meditatio Quaedam), agregó: "en política, vivir al día es casi inevitablemente morir al atardecer, como las moscas efímeras". Bueno, pero que no nos arrastre en su óbito el efímer@. Digo, por si las moscas...

martes, septiembre 08, 2009


POR PURO ESPÍRITU DE CONTRADICCIÓN





En la línea del título, inserto esta curiosa imagen que proviene de la calles de Nueva York

JOSÉ ANTONIO Y EL FUSILAMIENTO MEDIÁTICO



Ahora resulta que un abogado, ex integrante del Consejo de la Magistratura, pide la remoción de mi viejo amigo Eduardo Vocos Conesa porque, en un aviso fúnebre dedicado a Mohamed Alí Seineldín, citó aquello de José Antonio acerca del "laconismo militar de nuestro estilo" y "Dios le dé el descanso eterno y a nosotros nos lo niegue", etc. etc. He visto por C5N la consabida retahila: un antidemocrático dictador español (¡seguir confundiéndolo con don Miguel, a estas alturas de Internet!); hombre que estaba contra el voto de la mujer; admirador de Hitler y Mussolini, etc. Me viene a la memoria pecadora una frase del mismo José Antonio: "lo que no cabe en sus estrechas cabezas creen que no puede existir" (creo que es de "La Hora de los Enanos", pero mi memoria no es tan buena como en aquellos lejanos tiempos en que transitaba las "Obras Completas" que, entre paréntesis, no eran tan completas).


Para ese vulgo municipal y espeso que acude en jauría cuando de morder a un hombre solo se trata, no voy a dedicar párrafos míos, sino rescatar voces sobre José Antonio nada complacientes con Franco.


Comienzo con Rosa Chacel, gran novelista exiliada durante el franquismo:


Ayer, al pasar por los puestos de libros del Cabildo, vi unos cuantos libros españoles, de la España actual… ¡Lagarto, lagarto!... Sin embargo, me compré nada menos que las Obras Completas de José Antonio. Hacía mucho tiempo que quería leerlas y.......llegué a casa y me leí de un golpe trescientas páginas. Es increíble. Dos cosas son increíbles; una que todo eso haya podido pasarme inadvertido a mí, en España, y otra que España y el mundo hayan logrado ocultarlo tan bien. Porque no me extraña que llegaran a matarle: estaba hecho para eso, para que después de muerto se haya hecho el silencio sobre su caso… Era difícil y expuesto por la gran confusión en torno.........Fenómeno español por los cuatro costados […]. Despertad, sacudid a uno de esos ciegos y será capaz de mayor abnegación, pero mientras viva ofuscado por su propio brillo, activado por su propia hambre, no esperéis que dialogue con el prójimo, conformaos con poder evitar que lo devore. Hay que estudiar esto en Unamuno, en Ortega, en José Antonio, su reflejo o espectro. En lo que quedó de ellos, en quienes les fueron afectos y en quienes les execraron sin comprenderlos o, lo que es peor, comprendiéndolos y temiendo –por pereza, por miedo o por inepcia– lo que ellos exigían.”


Y ahora recordaré a un gran político de la II República, Indalecio Prieto:


Cuantos me reprochaban las defensas de ese joven impetuoso y bien intencionado, conocen mi respuesta. Es que también le debía la vida, porque él y su gente me custodiaron hasta mi domicilio, una noche en que algunos, que se decían correligionarios míos, habían acordado ‘abolirme’. Ya conoce V.E., por escrito, el episodio. Son páginas personales que dicen muchas cosas.”“Data de muchísimo tiempo la afirmación de que en todas las ideas hay algo de verdad. Me viene esto a la memoria a cuenta de los manuscritos que José Antonio Primo de Rivera dejó en la cárcel de Alicante. Acaso en España no hemos confrontado con serenidad las respectivas ideologías para descubrir las coincidencias, que quizá fueran fundamentales, y medir las divergencias, probablemente secundarias, a fin de apreciar si éstas valían la pena de ventilar en el campo de batalla. La confrontación de ideologías, que no se hizo entonces, debe hacerse ahora. Porque es necesario un esfuerzo generoso en busca de puntos de concordia que hagan posible la convivencia, tratándonos como hermanos y no peleando como hienas”


Traeré en este punto a Jordi Pujol, que aún vive:


Mire, sé que la cita es un riesgo, pero uno de los que entendió mejor, y en circunstancias muy difíciles, el catalanismo, fue José Antonio Primo de Rivera”


Aporto a un notable anarquista que anduvo en nuestra tierra, Diego Abad de Santillán:


"A pesar de la diferencia que nos separaba, veíamos algo de ese parentesco espiritual con José Antonio Primo de Rivera, hombre combativo, patriota, en busca de soluciones para el porvenir del país. Hizo antes de julio de 1936 diversas tentativas para entrevistarse con nosotros. Mientras toda la Policía de la República no había descubierto cuál era nuestra función en la FAI, lo supo Primo de Rivera........españoles de esa talla, patriotas como él, no son peligrosos ni siquiera en las filas enemigas. Pertenecen a los que reivindican a España y sostienen lo español, aun desde los campos opuestos, elegidos equivocadamente como los más adecuados a sus aspiraciones generosas. ¡Cuánto hubiera cambiado el destino de España si un acuerdo entre nosotros hubiese sido tácitamente posible, según los deseos de Primo de Rivera!”



Podría seguir, e incluso referirme a la amistad entre José Antonio y Federico García Lorca. Dejo aquí. José Antonio, como tantos otros sacrificados en aquellos años terribles del siglo pasado, debe ser defendido tanto de sus antiguos panegiristas como de los chacales de siempre. Incluso, hoy, de la sórdida videoignorancia nacional.