domingo, abril 19, 2020

EL OGRO TERAPÉUTICO




                                                             




Octavio Paz retrató al Estado mexicano con los rasgos de un ogro filantrópico. Un ser mitad humano y mitad monstruo que gusta presentarse como omnipotente.  A la vez, pretende que se piense que ama a sus súbditos sin pedirles nada a cambio. Todo lo que reparte – que ha sacado previamente al resto.- debe entenderse resultado de su filantropía, y sólo cabe desde el llano darle las gracias por lo recibido. Como se ve, en todas partes han medrado ogros filantrópicos, no sólo en tierras mexicanas. Con la pandemia del Covid-19 se advierte que muchos gobernantes aspiran a convertirse en ogros terapéuticos. Los únicos –proclaman- que pueden torcerle el brazo al “enemigo invisible” de la plaga, minimizar sus efectos y asegurar a sus tributarios los cuidados de la salud, el pan y el cobijo hasta que llegue el día en que el coronavirus sea sólo un recuerdo. Los ogros de todos los tiempos y latitudes han suplementado sus ordenanzas, donde la voluntad surte el efecto de razón, con el parecer de expertos.  Hasta hace muy poco, fueron los economistas. Ahora, son los médicos y los investigadores en cuestiones de salud. Está muy bien este resalto de quienes se afirman  en la brecha de la práctica y  arriesgan sus vidas, además de transmitir su experiencia. También la de quienes en el laboratorio van a la caza del causante del morbo y descifran su genoma o buscan el medicamento adecuado.  Pero aquí el ogro ve la oportunidad de apoyarse en los pilares de la ciencia. Y se nos presenta a la ciencia como sinfónica, es decir, como una voz acorde y unánime que sustenta los edictos del ogro. Pero la ciencia no es sinfónica. Es polifónica, con muchas voces diferentes y simultáneas. Y hasta cacofónica muchas veces. Está bien que así sea, porque la ciencia es un tejido incesante, una tela de Penélope hecha de hipótesis y refutaciones. Pero el político que se apoya en la ciencia –esto es, en una hipótesis de ella que erige en axioma- puede llevarnos a un desastre, cuando no a una tragedia. Vivimos con el ogro bajo una política transformada en terapia. Una terapia política que roguemos no llegue malamente a la sala intensiva.

El teje y desteje de sugerencias y mandatos contradictorios que vemos a lo largo de estos días se explica porque el científico ve de dónde el virus viene, pero por ahora apenas vislumbra adónde va.  El virus, mientras no contemos con una vacuna o remedio adecuado, irá hasta donde pueda. Mientras tanto, no nos asombremos si en febrero el barbijo no era necesario para circular por la calle y hoy es mandatorio. Tenemos controlada la pandemia, pero no sabemos cuántos  contagios hay porque no tenemos los tests suficientes y desconocemos el porcentaje de pacientes asintomáticos. El ogro terapéutico  no se resigna a estas necesarias incertidumbres. Quiere mostrar cómo ama a sus vasallos y acude, entonces, para reforzar su voluntad, al brazo armado del derecho. El gobierno de la CABA propone que a partir del lunes 20 de abril ninguna persona mayor de 70 años podrá salir de su casa sin un previo permiso con cuentagotas que deberá solicitar al 147. A este típico bando  del ogro, Eugenio Semino, brillante Defensor de la Tercera Edad, replicó que quienes transitamos por la edad del veto de salida lo que tememos más que a  la muerte, que en definitiva resulta nuestro humano destino inscripto desde que nacemos, es a perder la disposición sobre nosotros mismos, a ser convertidos en floreros que se mudan de un lugar a otro de la casa para terminar arrumbados en el cuartito del fondo.   Y agregó que  el precepto considera al viejo como un subnormal absoluto, incapaz de criterios de buen sentido y de propio cuidado, cuando aquél es la memoria de la especie y lleva consigo la experiencia de otras pestes (parálisis infantil -1956-; gripe asiática -1957/58-; gripe de Hong Kong -1968/70-; cólera (1992); gripe A -2009-, etc).  Nuestro presidente apoyó la medida proyectada por el jefe de gobierno de la CABA porque, dijo, “eso lo hace el Estado porque conoce lo que pasa”. Y agregó: “es un modo de cuidarnos; el Estado los está cuidando”.  El ogro benigno nos está mirando y debemos ser sus buenos pupilos.  

Pero para el ogro no todo es cuestión de confinar carcamales. También debe ocuparse de qué hace la gente en el aislamiento. Más específicamente, de qué ocurre en materia de relaciones sexuales confinadas.  El ministerio de Salud recomienda para el caso mantener a todo trance la distancia social y recurrir a videollamadas, sexo virtual o sexting. El “venéreo duelo” de que hablaba Góngora ha quedado reducido a maniobra solitaria ante la pantalla. El Presidente –no podía faltar- aconsejó: “háganle caso”.  En relación con los ancianos insumisos que no acepten el encierro a partir del lunes, se desechó una primera idea de aplicarles una multa cuando pillados en falta, y prevaleció la de someterlos a trabajos comunitarios. ¿Podría ser, quizás, visto el consejo de Salud y teniendo en cuenta la posible sobrecarga, que cumplieran esas tareas como operadores en un call center erótico?  El incorregible Ogro Terapéutico atiende las necesidades y deseos de todos y todas.-
























domingo, abril 05, 2020

GÓMEZ DÁVILA


                                                                    



"Noble es la sociedad que no espera para disciplinarse que la disciplinen las catástrofes"

Nicolás Gómez Dávila, "Nuevos Escolios a un texto implícito" II

jueves, abril 02, 2020

ESTADO DE URGENCIA O  “LLENO DE LAS FACULTADES”






La situación excepcional que atravesamos, con epicentro en la salud pública amenazada por la pandemia, ha dado lugar a una retahíla de disposiciones de emergencia, bajo el formato del DNU (art. 99, inc. 3º y conc. CN). El punto de arranque podemos situarlo el 3 de marzo del corriente, cuando se tuvo noticia del primer infectado. El 8 de marzo, por DNU 260/20, se amplió la emergencia sanitaria contenida en la ley 27541, por el término de un año. El 11 de marzo, la OMS calificó el Covid-19 como pandemia. Cabe recordar que, con anterioridad, ya estábamos en emergencia declarada, pero con otros alcances. La ley 27541, del 23 de diciembre de 2019, había establecido la emergencia en materia económica, financiera, fiscal, administrativa, previsional, tarifaria, energética, sanitaria y social, con delegación al  efecto al poder ejecutivo. Las circunstancias que se consideraban en aquel momento más apremiantes, eran otras que las actuales: la inflación, el achatamiento de los salarios, la negociación de la deuda soberana, los problemas alimentarios en sectores vulnerables y concomitantes. Hoy estos problemas subsisten, claro está, pero en un segundo plano, desplazados por la pandemia. El apremio está en la salud pública: salus publica suprema lex.  De allí en adelante, se sucedieron los DNU, al ritmo impuesto por la expansión del virus SARS-Cov-2, que produce el Covid-19, y sus progresivos efectos sobre la vida nacional. En simple enumeración: DNU 274/20, sobre prohibición de ingreso de extranjeros no residentes; DNU 287/20, modificatorio de la emergencia sanitaria; DNU 297,20, del 19 de marzo, de aislamiento social preventivo y obligatorio, el más evidente para la población en general; DNU 311/20, sobre suspensión de corte de servicios por mora o falta de pago; DNU 312/20, sobre suspensión de cierre de cuentas bancarias; DNU 313/20 que prohíbe el ingreso al país de  personas residentes en él y de argentinos residentes en el exterior, DNU 319/20, de congelamiento de cuotas de créditos hipotecarios y suspensión de las ejecuciones; DNU 320/20, de congelamiento del precio de alquileres urbanos y suspensión de desalojos. Y este es el elenco no taxativo al momento de escribirse este artículo, pero esta forma de gobierno a través de DNU  continuará  en expansión indefinida mientras  la curva natural de la pandemia no entre en fase de descenso, ya que al paso de las respuestas al virus los problemas en la distintas áreas –bien identificadas en la enumeración de emergencias de la ley 27541- se suceden sin pausa, como el efecto de la piedra arrojada a un lago que va abriéndose en sucesivas ondas concéntricas.  Desde el punto de vista jurídico, que es el que aquí interesa, se advierte que quedan afectados por decreto derechos fundamentales: entrar y transitar por el territorio, ejercer toda industria lícita, exigir el cumplimiento de cláusulas de contratos vigentes, percibir ingresos esperados, el acceso a la agencia judicial, entre otros. Y en el proceso irradiante más arriba señalado de este poder de policía por vía de decreto, cabe esperar que otros derechos y garantías queden sucesivamente alcanzados.  El fundamento  de este recorte de derechos  es la excepción. Allí cobra fuerza la máxima ciceroniana: “salus populi suprema lex esto”, sea la salvación (salud) del pueblo la suprema ley[1]. La anomalía de la situación excepcional exige dejar de lado momentáneamente la norma estable, para garantizar el restablecimiento del orden institucional quebrantado por aquella situación y facilitar la vuelta futura a la normalidad. Esto lo supo el Derecho, y también la política, desde la institución de la dictadura  en la república romana, como magistratura extraordinaria y temporalmente limitada, para ejercer el poder frente al caso excepcional, supeditada al control del Senado relativo a la necesidad de tal ejercicio extraordinario. Tanto aquella magistratura extraordinaria romana –a cuyo titular Cicerón llama magister populi- como sus sucesivas manifestaciones, tal como nuestro estado de sitio (art. 23, 75, inc. 29 y 99 inc. 16 CN),  resultan derogaciones de la normalidad previstas jurídicamente; la situación excepcional, en cambio,  a la que con aquellos remedios se hace frente, resulta siempre, en cambio, imprevisible, tanto jurídica como políticamente, surgiendo espontáneamente del curso de las cosas. Frente a la urgencia de esa situación sin precedentes, la afectación, en mayor o menor grado, de derechos y garantías constitucionalmente reconocidas  se establece por un órgano constituido, el gobierno ordinario, una vez declarada la necesidad  de asumir los poderes de excepción, para conservar y poder restablecer oportunamente el orden institucional quebrantado. Es lo que nuestra Corte Suprema, en un antiguo precedente –“Alem, Leando”- resumió en una frase  que sería luego repetida en sucesivas integraciones del tribunal: “el estado de sitio, lejos de suspender el impero de la Constitución, se declara para defenderla”.

Toda declaración de un estado de excepción supone tener en claro: quién resulta competente para decidir esa  declaración; qué alcances tendrá ese ejercicio de poder extraordinario; contra qué o quién se realiza la declaración y con base en qué previsión o precedente jurídico pertinente.  Ahora veamos cómo se están desarrollando ante nosotros esos acontecimientos.  Se gobierna por medio de DNU, sin haberse declarado el estado de excepción, aludiéndose a la emergencia e invocándose en los fundamentos la ley 27541, donde se contempla una delegación legislativa, pero no han sido debidamente conferidos  los poderes extraordinarios de la excepción, que de hecho se están ejerciendo.  Se introducen en los fundamentos de cada  situación en particular invocaciones a precedentes jurisprudenciales de la CSJN; así, “Nadur” para el congelamiento de las cuotas de los créditos hipotecarios o “Avico” para el congelamiento del precio de los alquileres (la inversa habría sido más pertinente) sin tener en cuenta la enorme minucia de que, en ambos casos, la referencia es a “leyes” de emergencia, no a decretos de necesidad y urgencia.  Téngase en cuenta que el análisis no debe  ir al examen de cada decreto en particular. Aquí no es importante lo singular,   sino el conjunto, para que el árbol del DNU no nos deje ver el bosque de disposiciones sin óleo constitucional legitimante.   Tampoco es convincente la remisión a los arts. 99, inc. 3ª y 1oo, inc. 13, de la CN, referidos a que los DNU  deberán ser remitidos por el jefe de gabinete a la consideración de la Comisión Bilateral Permanente, que a su vez debe emitir velozmente dictamen para su tratamiento en el Congreso. No convence porque el Congreso no funciona, ni tenemos noticia de actuaciones de la Comisión Bilateral Permanente, pese a que ya debería estar examinando los primeros DNU.   En suma, se está gobernando la excepción sin habérsela declarado, por decreto, echando mano, para utilizar una expresión de la  nativa prosapia jurídicopolítica del siglo XIX, al “lleno de las facultades”, sin sustento constitucional alguno. Recordemos, de paso, que cuando en 1820 el gobernador de Buenos Aires, Martín Rodríguez, recibe ese “lleno de las facultades”, por lo menos se lo otorga la Junta de Representantes.

Esta situación de hecho, de pedaleo jurídico institucional en el aire en el ejercicio de un poder extraordinario,  no es deseable ni saludable que prosiga en tales términos, sobre todo teniendo en cuenta los límites indefinidos de la situación excepcional, y la posibilidad de irreparables excesos y arbitrariedades.  Se ha hecho varias veces referencia a la declaración del estado de sitio. Alguna voz oficial ha expresado que “no se lo descarta”. Como bien dice Roberto Punte en colaboración ya publicada en este sitio, titulada “La Actual Emergencia y la Necesaria Respuesta Legislativa”, el problema es que en entre nosotros, entre la normalidad y el estado de sitio, no tenemos, como en otros ordenamientos, institutos de graduación proporcional en las restricciones a derechos y garantías.  Sostengo que podemos encontrarlo en la Convención Americana de Derechos Humanos, art. 27, “suspensión de garantías”, que tiene jerarquía constitucional (art. 75, inc. 22 CN).  Transcribo la norma:

Artículo 27.  Suspensión de Garantías

 1. En caso de guerra, de peligro público o de otra emergencia que amenace la independencia o seguridad del Estado parte, éste podrá adoptar disposiciones que, en la medida y por el tiempo estrictamente limitados a las exigencias de la situación, suspendan las obligaciones contraídas en virtud de esta Convención, siempre que tales disposiciones no sean incompatibles con las demás obligaciones que les impone el derecho internacional y no entrañen discriminación alguna fundada en motivos de raza, color, sexo, idioma, religión u origen social.

 2. La disposición precedente no autoriza la suspensión de los derechos determinados en los siguientes artículos: 3 (Derecho al Reconocimiento de la Personalidad Jurídica); 4 (Derecho a la Vida); 5 (Derecho a la Integridad Personal); 6 (Prohibición de la Esclavitud y Servidumbre); 9 (Principio de Legalidad y de Retroactividad); 12 (Libertad de Conciencia y de Religión); 17 (Protección a la Familia); 18 (Derecho al Nombre); 19 (Derechos del Niño); 20 (Derecho a la Nacionalidad), y 23 (Derechos Políticos), ni de las garantías judiciales indispensables para la protección de tales derechos.

 3. Todo Estado parte que haga uso del derecho de suspensión deberá informar inmediatamente a los demás Estados Partes en la presente Convención, por conducto del Secretario General de la Organización de los Estados Americanos, de las disposiciones cuya aplicación haya suspendido, de los motivos que hayan suscitado la suspensión y de la fecha en que haya dado por terminada tal suspensión.



Se configura aquí lo que podríamos llamar un “estado de urgencia”, para no referirnos a “emergencia”, término de uso múltiple en nuestro ordenamiento, cuya profusión puede tender a banalizarlo,  que quedaría reservado al ámbito de la ley 27451.  El inciso 2º contiene un listado de derechos cuya restricción quedaría fuera del alcance  del “estado de urgencia”. Incluso podría el Congreso,  órgano encargado de declararlo por analogía con el art. 75, inc. 29, referido al estado de sitio, incluir otros derechos que no podrían ser afectados.

La declaración del  estado de urgencia encuentra apoyo complementario en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, también de jerarquía constitucional (art. 75, inc. 22 CSJN), cuyo art. 4, 1, transcribo:

Artículo 4

1. En situaciones excepcionales que pongan en peligro la vida de la nación y cuya existencia haya sido proclamada oficialmente, los Estados Partes en el presente Pacto podrán adoptar disposiciones que, en la medida estrictamente limitada a las exigencias de la situación, suspendan las obligaciones contraídas en virtud de este Pacto, siempre que tales disposiciones no sean incompatibles con las demás obligaciones que les impone el derecho internacional y no entrañen discriminación alguna fundada únicamente en motivos de raza, color, sexo, idioma, religión u origen social.



Se contemplan en el resto del artículo la indisponibilidad de afectar en la medida extraordinaria ciertos derechos, en enumeración análoga a la de la CADH.

Dejo en estos escuetos términos planteada esta propuesta, por ahora sin ahondar en sus contenidos y alcances, para ser objeto de debate y enriquecimiento.

Creo que un aspecto importante del planteo es que, además de justificar y legitimar las medidas actuales del Ejecutivo, y proceder a su control efectivo,  requiere el funcionamiento de los órganos del  gobierno federal, esto es, el Congreso y la judicatura, hoy en pausa. Diputados y senadores aparecen en algunos casos como asesores del ejecutivo –así el presidente de la Cámara de Diputados y el presidente del bloque de diputados oficialista- y los senadores están llamados a silencio y fuera de la atención pública, tanto quien preside el cuerpo, la vicepresidente, luego de su viaje a Cuba, y la presidente pro tempore del  Senado.  Algunos de nuestros legisladores aparecen en las noticias por vía twitter o whatsapp, pero las puertas del Congreso permanecen cerradas. Con todas las cautelas que exige la pandemia, sin embargo, el Congreso de los EE.UU. funciona, especialmente el Senado. No han visto obstáculo en reunirse, por la circunstancia de que no todos concurran físicamente, sino algunos desde su casa vía internet, considerando tal integración válida para sesionar.  La última ley fue aprobada por el Senado el 25  de marzo pasado (versa sobre derogación de un impuesto sobre ciertas coberturas de salud). En su agenda, el 30 de marzo hubo una reunión pro forma, y figura otra programada para el 2 de abril, antes de las dos semanas de receso pascual.  Como siempre han menudeado entre nosotros las referencias a la constitución de Filadelfia –sobre cuyo molde se supone vaciada la nuestra, según la frase de Juan María Gutiérrez -, a sus instituciones, a las semejanzas y diferencias entre el funcionamiento del Senado y de la Cámara baja aquí y allá. ¿Por qué no imitar en esto a los representantes y a los “padres conscriptos” norteamericanos?  ¿O sólo deben arriesgarse en la brecha los médicos, enfermeras, personal de maestranza, fuerzas de seguridad, Ejército y, en cambio, los miembros conspicuos de nuestra clase política que ocupan bancas en el Congreso deben asegurarse recoleto confinamiento?  El poder legislativo debe cumplir una función de suprema importancia en este momento, que es la convalidar o no los DNU, por medio de la consideración de los dictámenes de la Comisión Bilateral Permanente. Para ello, podrían actuar aún sin sujetarse a los ya breves plazos fijados en la CN (diez días hábiles para el dictamen de la Comisión, diez días  hábiles para tratarlo en plenario), ya que la urgencia es la voz de orden de la hora. Se trata de un deber básico al que los integrantes del poder legislativo no pueden desertar.

También debe funcionar, con las mismas medidas cautelares de prevención, nuestro poder judicial, actualmente en feria. En paralelo al ejemplo anterior, la Corte Suprema norteamericana sigue sesionando y expidiendo fallos. El presidente del cuerpo concurre a su despacho y los demás miembros participan desde sus domicilios. El 23 de marzo  fue su último fallo, re Allen vs. Cooper, sentencia redactada por la ministro Elena Kagan, y se anuncian otras en su agenda[2].  Con dotación mínima y las cautelas del caso, los tribunales deben seguir funcionando. Si se le dice a la población que el aislamiento no es vacación, los integrantes del poder judicial deben comprender que lo suyo no es feria, aunque se suspendan plazos. Por ejemplo, dictando las sentencias pendientes o las interlocutorias que correspondan, pudiendo quedar en reserva la resolución, pero adelantándose el trabajo para el día después del receso, en una administración de justicia donde los procesos tienden a durar indefinidamente. Lo mismo cabe señalar respecto del despacho corriente. Sobre todo, el poder judicial debe conservarse abierto, sin el cuello de botella de los tribunales de feria, para el control de constitucionalidad de los actos de los demás poderes.

Se afirmó más arriba que toda decisión sobre la excepción, en estado de urgencia, debe contemplar quién debe declararla (el poder legislativo, según ya vimos), qué alcances tendrá (el art. 27.1 CADH ofrece una base para ello); con base en qué (el instrumentos jurídico para la excepción que surge del citado art. 27.1 de la CADU y 4 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos) y el estado de sitio del art. 23 y concs. CN, de acuerdo con la evolución de los acontecimientos. Merece nota aparte el  “contra quién” han de funcionar. Los gobiernos nos han presentado las medidas preventivas contra el Covid-19 como una “guerra” contra un enemigo invisible. La OMS lo ha calificado de “enemigo de la humanidad”. Es una metáfora inexacta y riesgosa al mismo tiempo. La guerra requiere un enemigo, y que ese enemigo sea visible, con entidad humana. El virus, producto de la naturaleza, no  lo es. No hace política,  ignora las ideologías, se resiste a encasillamientos y no profesa ni sirve a religión alguna.  No podríamos atribuirle un ser o finalidad moral. SARS-Cov-2 no se preocupa  mucho por quienes dicen que no lo merecíamos y de quienes, por otro lado, afirman que bien merecido lo teníamos. Ni nuestras virtudes ni nuestros vicios lo han acarreado. Librar contra él una guerra es absurdo, salvo que aceptemos que es una guerra perdida de antemano, hasta que una vacuna o remedio eficaz sea descubierto y puesto en práctica.  Es comprensible que los gobernantes, obligados a una sobreactuación, que a veces es una huida hacia adelante, no puedan anunciar públicamente la verdad, esto es, que no son los mariscales del triunfante ejército de la humanidad, sino que su función es la más modesta, ineludible, y por eso noble, de reducir las bajas, socorrer a los enfermos, proveer a los necesitados. Y que todos pongamos el hombro en la empresa. Pero la metáfora  de la guerra se desliza necesariamente hacia figuras humanas. Y aquí reside un peligro inmenso.  Es el de  criminalizar a supuestos causantes o aprovechadores de la situación, del mismo modo que en las pestes de antaño se achacaba la culpa del mal a los judíos o a los “untores” en la Italia del siglo XVII. Los gobernantes, los funcionarios, los comunicadores, los jueces y fiscales, deben tener esto bien presente para evitar la sobreactuación  destructiva[3]. Un ejemplo de este error aparece en la directiva del procurador Casal[4] para que los fiscales, nacionales y federales, en el tratamiento a las infracciones al art. 4º del DNU 287/20, de aislamiento social, que se encuadra en los arts. 205 y 239 del CP, que en el caso de conductores de vehículos, contempla la “retención” del rodado. El procurador instruye a los fiscales para que procuren el decomiso del vehículo, a favor de los gobiernos nacional o provinciales. Del secuestro preventivo que surge del DNU se asciende a la confiscación (¿borrada para siempre del código penal argentino? art. 17 CN), en nombre de la salus publica. 

En síntesis de lo aquí expuesto:

·         La situación excepcional a causa de la pandemia es notoria.

·         Requiere remedios de poder extraordinarios, que deben ajustarse a los previstos constitucionalmente.

·         En el caso, el estado de urgencia según el  art. 27.1 de la CADH (art. 75, inc.22 CN) complementado con el art. 4.1 del Pacto de Derechos Civiles y Políticos. No puede seguirse con un ejercicio salvaje del “lleno de las facultades”.

·         Según el progreso de los acontecimientos, en caso de agravamiento, debe considerarse el estado de sitio del art. 23 y concs. CN

·         Estas disposiciones debe declararlas el Congreso de la Nación, que tiene el deber ineludible de actuar ante la crisis, sesionando en presencia, con las cautelas establecidas y virtualmente en los casos necesarios.

·         También debe el Congreso controlar, convalidando o rechazando, los DNU con que gobierna el ejecutivo, poniendo en ello el mayor empeño y urgencia.

·         El Poder Judicial de la Nación debe continuar funcionando, con las cautelas del caso, avanzando en lo posible en las  causas en trámite, y sin olvidar su función de control  de constitucionalidad y convencionalidad, al igual que el órgano extrapoder del Ministerio Público.

Por sobre todo, debe imperar la prudencia, la cordura, la templanza, la moderación; en fin, la sofrosyne que postulaban los clásicos, frente a la precipitación, la sobreactuación, el palabreo y el cálculo de ventajas políticas inmediatas.



[1] Aunque no sea habitual la referencia a este matiz, nótese que suele traducirse la frase con un indicativo: “la salvación del pueblo es la suprema ley”, cuando Cicerón la refuerza utilizando un imperativo futuro –esto-, es decir, “sea”.
[2] ) Quien quiera verificar los datos ofrecidos respecto del funcionamiento del poder legislativo y el poder judicial en los EE.UU., puede acudir a los sitos oficiales www.senate.gov, www.house.gov y www.supremecourt.gov.
[3] ) Ejemplos: las prohibiciones de entrada o salida de territorios provinciales o ejidos municipales que exceden el poder de policía provincial o municipal. Oro ejemplo es la disposición –se supone por una resolución que no es dable hallar- por la que el Ministerio de Salud ha decidido monopolizar la adquisición y distribución de respiradores, como insumo crítico, aplicándola retroactivamente y apoderándose de respiradores que habían adquirido y pagado provincias como las de Salta y Mendoza y prestadores de salud particulares. La emergencia sanitaria le otorga el rango de “coordinador” con las provincias, municipios y entidades privadas, no el de subordinarlas. 
[4] ) Ver www.fiscales.gob.ar

lunes, marzo 23, 2020

¿ALGUIEN DISEÑÓ ESTE PANDEMONIUM?

                                                                                



Este post es  higiénico e insiste  en pasarles alcohol en gel y lavandina virtual concentrada a tanta estupidez virósica que se cocina por allí. El virus no es ni hace política, ignora las ideología, se resiste a encasillamientos metafísicos y no  profesa ni sirve a religión alguna. No podríamos atribuirle un ser o finalidad moral. SARS-Cov-2 no se preocupa mucho por quienes dicen que no lo merecíamos  y de quienes, por otro lado, afirman que bien merecido lo tenemos. Ni nuestras virtudes ni nuestros vicios lo han acarreado. Viene de la Naturaleza, a la que muchos negaban entidad y existencia. Esa Naturaleza que escamoteábamos y que a veces asoma para indicarnos que permanece ahí, que no es absolutamente manipulable y que la técnica no la ha domado del todo todavía. Las voces del tiempo decían que somos dueños de nuestro cuerpo, aunque tal proclamación sólo comprendía a la mujer y callaba la posibilidad de ese dominio por el varón. Ahora comprobamos que nuestro cuerpo no siempre es nuestro, ya que el bicho coronado reclama su cuota. Aseguraban que nada era superior a la dignidad humana en clave kantiana -el hombre un fin en sí mismo; nunca un medio para otro fin- y ante la cara de hereje de la necesidad comienzan a separar a los que están -estamos- de más, sobramos y no merecemos una cama hospitalaria si el caso llega -moral utilitarista benthamiana que nunca se había ido del todo. Voceaban que todos tenemos el derecho a tener derechos extensibles al infinito, sin necesidad del Derecho.  Ahora no nos dejan salir de casa, caminar por la calle, tomarnos un cafecito en la esquina, con el mismo discurso de antes, en nombre del estado de excepción (¿anda por allí un Schmitt implícito, despojado del habitual olor a azufre?). Proclamaban que la sociedad paternalista relegaba a designio a la mujer, exigiendo la estricta igualdad, y ahora que se ve que los hombres somos genéticamente más propicios a contraer el coronabicho, ninguna  Erinia feminista reclama por esa desigualdad rampante. Chomsky nos asegura que todo esto es un complot anti chino gestado en los EE.UU., y del otro lado nos afirman que el SARS-Cov-2  fue envuelto en pañales en un laboratorio chino enclavado en Wuhan. Los profetas del globalismo anunciaban un mundo unificado, sin puerta ni muros, cruzado de puentes y animado por John Lennon cantando "Imagine". Ahora ponen caras de serios y nos instan a cerrar fronteras nacionales, provinciales y municipales y recluirnos en la familia.   Nos gustaría saber quién diseñó este pandemónium pandémico. Pero sólo hay un virus. Lo demás lo estamos poniendo nosotros.



Y nos repetimos un poco:



Un virus es un villano en estado puro. Un villano difícil de prontuariar, ya que se discute ante todo si es o no un organismo vivo. Los virus no tienen células, como  todos los demás dominios de la vida (animales, plantas, hongos, bacterias). Pero, como los seres vivos, se desarrollan y reproducen, aunque sólo después de introducirse por la fuerza en una célula, a la que secuestra su metabolismo, infectando al organismo invadido mediante su reproducción. Vivos, no vivos o quien sabe qué, los virus, y especialmente el que se identifica como SARS-Cov-2, coronavirus, que da lugar a la Covid-19 y se dispersa por el mundo  como pandemia, nos meten miedo. El miedo, junto con la agresividad,  el hambre y el sexo, es una de las pulsiones fundamentales del ser humano -según Karl Lorenz. Fenómeno primordial de la existencia, resulta la más elemental de las emociones. Pone en evidencia la condición inacabada y menesterosa de la vida humana, nuestra natural inseguridad ontológica. Junto con el deseo y el poder -afirma  Guillermo Vidal- constituye uno de los titanes del alma humana.  Hobbes, que según su propia confesión vivió bajo el miedo intelectual, afirmaba que el temor -la aversión a sufrir un daño-, en sus dos formas del temor ante la muerte y el temor del futuro, lleva al hombre a buscar la protección del poder político, a cambio de rendirle obediencia, aunque esta relación no elimina nunca el temor, en la medida de que la violencia permanece latente en el corazón de cada sociedad.  El miedo no es sonso, porque nos ayuda a reconocer el peligro, pero se vuelve estado peligroso cuando su intensidad nos lleva al retraimiento y la parálisis, por un lado, o a la sobreactuación en la huida hacia adelante, por otro. Estas dos reacciones son las que  no nos convendría que ocurriesen a raíz de la pandemia, tanto en el  público llano como en la dirigencia. El miedo a las epidemias, pestes, plagas y demás malaventuras de salud, está inscripto en la memoria de la especie. El miedo se agrava porque, en esos casos, el causante y transmisor es invisible. Lo que suele dar lugar al fenómeno colectivo de buscar chivos expiatorios con rostro humano, a quienes atribuirles la responsabilidad de la propagación del mal. Alessandro Manzoni, en la Storia della Colonna Infame,  describió la persecución, durante la peste que asoló la Lombardía en 1630, a los "untores", que supuestamente difundían la plaga distribuyendo apósitos con un ungüentos o polvos malignos. Muchos terminaron en el patíbulo. Este tipo de reacciones, descriptas hace más de un siglo por Gustavo Le Bon, se reflejó ahora, por ejemplo,  en las diatribas a los chinos de los supermercados recogidas en su momento por los medios.

A falta de poder echarle la culpa a alguien del Covid-19, los gobernantes intentan -tarde- ponerse al frente de una guerra al virus, que naturalmente ganará el virus, inmune a los discursos y a las campañas de marketing, y muy capaz de trasponer barreras y fronteras. No habiendo por ahora vacuna o medicamento que sea efectivo contra el coronavirus, lo mejor que puede hacerse es reforzar hasta el límite de lo posible el sistema sanitario para asistir a los infectados, y multiplicar las medidas de prevención para evitar el colapso. En otras palabras, reducir los daños mientras se espera, de acuerdo con la experiencia acumulada, que la curva de la enfermedad llegue a su máximo, se amesete  y luego decrezca. Esto implica una disciplina social y un ejercicio de la responsabilidad cívica inusuales entre nosotros. Pero aquí funciona otra vez aquello de que el miedo no es sonso y todos y cada uno comenzamos a contribuir a la obtención un bien común, la salus publica, deponiendo el individualismo feroz que desparrama la ideología del tiempo. Salus que alcanza aquí su doble significado, de salud y de salvación. Los gobiernos no se adelantaron en eso a los ciudadanos, sino que han ido a la zaga del sentido común de multiplicar el lavado de manos. Los gobiernos, el nuestro incluido, ejercen mediante mandatos de cuarentena, aislamiento obligatorio, internación forzosa y otras compulsiones necesarias, su aparente soberanía. Soberano es el que decide sobre el estado de excepción, enseñaba Carl Schmitt. No cabe duda que el Covid-19 plantea un estado de excepción casi planetario. Pero el soberano no es ni el presidente, ni el rey, ni el primer ministro. La que se manifiesta soberana en el caso es la Naturaleza, que ha dado lugar a la nueva manifestación viral, detrás de la cual corren los conductores políticos, y todos nosotros a la zaga. El coronavirus actual es un pariente del SARS que emergió en Asia en 2003. Un coronavirus, a través de la mutación y de la recombinación genética, se ha mostrado más apto que otros virus e hizo acto de presencia en el 2020. Después vino el murciélago, el ignoto animal intermediario y el paciente humano 0 en Wu Han. Como no puede faltar el conjuracionismo en toda crisis, hay quien dice que ese proceso previo se dio en un laboratorio norteamericano, trasladándose a China por la delegación del ejército de los EE.UU.  que participó de los Juegos Mundiales Militares celebrados en octubre de 2019...en Wuhan. Por otro lado, hay quien afirma que fue en un laboratorio chino de alta bioseguridad, nivel P4 (el más alto del ramo), especializado en cepas virales, inaugurado el 23 de febrero de 2017 con la presencia del primer ministro francés Bernard Cazeneuve (Francia contribuyó a la obra) sito… en Wuhan.  En estos casos, conviene seguir el higiénico precepto de la “navaja de Occam”: no hay que multiplicar los entes sin necesidad para comprender las causas de un fenómeno, más allá de la experiencia directa del fenómeno mismo. Y lo que nos dice la experiencia del fenómeno pandémico es que la soberana resulta la denostada y aún negada Naturaleza, a veces inclusive caricaturizada, como lo hace Greta Thunberg. Si todo nuestro ahinco, expuesto aún a la infección y a la muerte para quienes –médicos, enfermeras, personal de salud en general- se mueven en la brecha, está puesto en aplanar la curva “natural” de la peste y atenuar sus daños, la metáfora de la guerra (la OMS ha calificado al coronavirus como “enemigo de la humanidad”) resulta errónea, pues se trata de una contienda perdida de antemano.  Nuestros gobernantes, pues, no deben sobreactuarse como mariscales de los ejércitos de la humanidad, sino aceptar la más modesta, ineludible, y por eso mismo noble misión de reducir las bajas, socorrer a los enfermos, proveer a los necesitados. Nada menos, pero asimismo nada más, es la tarea que ha caído sobre sus espaldas, y sobre cada uno de nosotros poner en el hombro en la empresa, en la mayor medida de nuestras posibilidades.-








martes, marzo 17, 2020


Covid-19: SOBRE PROVIDENCIA Y PRECAUCIONES










Algunos amigos muy queridos, ante la plaga que nos asola, y la sucesión de medidas con las que los gobiernos le van a la zaga, parecen más inclinados a ponerse bajo la protección de la Providencia antes que de los preceptos gubernativos. Tienen razón, en primer lugar, por una jerarquía de autoridad más que evidente; en segundo lugar, porque fastidia sobremanera la maniobra de manipulación y de “paternalismo” que se esconde bajo los mensajes oficiales, originados en individuos sometidos al virus soberano, que vienen errando el vizcachazo desde el principio –así fue de arranque en la China y se extendió a los mandamases de los demás países, a medida de que fueron afectados- y que parten de la base de que sus democráticos súbditos son unos infelices que no saben pensar nada por sí mismos y necesitan del oráculo gubernamental para pisar el suelo.  Pero aquellos amigos no tienen razón cuando oponen providencia a prudencia.  En principio, porque si interrogamos a la palabra, prudentia deriva, precisamente de pro videntia. Y la prudencia providente, que se informa debidamente y procede en consecuencia, no guiándose por los tartufos disfrazados de San Alberto o San Ginés, sino por su recta razón y su sentido cívico, cribando lo evidente de la pompa politiquera, es lo que debe ejercitarse especialmente en momentos de peste. Quizás resulte ejemplificadora una anécdota personal. Hace ya bastantes años, luego de publicar una extensa crítica en “La Nueva Provincia” sobre sus trabajos acerca de los vikingos en América, tuve unas largas conversaciones con Jacques de Mahieu. Transcurrieron en un departamento de planta baja, en su escritorio que daba a un jardín muy bonito, en la calle Paraná frente a la plaza Vicente López. Fueron varias y muy ricas tardes, frente al whisky malo que generosamente ofrecía el anfitrión. En algún momento le pregunté acerca de Gueydan de Roussel.  Para alguno que no lo conozca, Guillemo Gueydan de Roussel fue un jurista y filósofo suizo francófono,  nacido en 1908, de vasta cultura –puede seguirse su trayectoria en  “Teología Política según Gueydan de Roussel”, de Rafael Breide Obeid. Tuvo intensa relación epistolar y personal con Carl Schmitt, que lo conoció cuando aquél preparaba en Berlín su doctorado. Gueydan prologa la edición francesa de “Legalidad y Legitimidad”  y Schmitt lo cita elogiosamente cuatro veces en su Glossarium, anotaciones de 1948. Gueydan fue secretario del director de la Biblioteca Nacional francesa a partir de 1940 y sus temas, en escritos de la época, fueron las relaciones entre la Iglesia y la Sinagoga y la masonería. En 1944 viaja a Suiza para visitar a su madre y ya no puede volver a Francia. Allí fue condenado in absentia En 1948 emigra con su familia a nuestro país y se instala en el sur, en Lago Puelo, donde levanta con sus manos su casa de madera. Cuando conversaba con Mahieu, mi conocimiento de la obra de Geydan era a través de los artículos reproducidos en “Jauja”, la revista que dirigía  Leonardo Castellani, material suficiente para haber despertado mi curiosidad. Mahieu –que también había llegado a la Argentina sintiendo en la nuca el aliento de los depuradores- dio una chupada a su pipa, se tomó un trago y, con su inconfundible acento, me dijo:

-¿Gueydan? Un tipo muy integuesante. Pego un loco…

-¿Por qué?

-Fíjese que vivía cegca de El Bolsón y un día se desata un gran incendio foguestal que está a punto de quemag su casa de madega. ¿Y qué es lo único que hace? ¡Guezag!

-Y la casa, ¿se quemó?

-No, pero el fuego llegó muy cegca

-Entonces la oración fue eficaz…

-Talvez, o talvez fue el azag. Pero cuando se viene encima un incendio, lo primego es haceg un contrafuego. Usted puede guezag mientras lo hace, pego, por las dudas, no deje de haceglo.

El consejo del viejo profesor positivista, que me hizo reír en su momento, me parece oportuno para nuestro trance. Sirve a creyentes, dudantes e incrédulos. Nadie tiene un firmado un seguro de vida con la Providencia. Prudencia y providencia son hermanas gemelas. Por eso este post está presidido por San Roque y, abajo, está una mano profesional protegida investigando una cepa de coronavirus.  También para creyentes, dudantes e incrédulos, conviene –firmemente o por lo que potest contingere- recitar mientras se lava las manos cualquiera de estas dos cuartetas:



Pues médico eres divino

Con prodigiosas señales,

Líbranos de peste y males

Roque santo peregrino



Oh  Roque patrón divino

De pueblos universales

Líbranos de peste y males

Roque santo peregrino  

   


sábado, marzo 14, 2020

EL MIEDO NO ES SONSO...SALVO EL DE LA DIRIGENCIA









                                                                             






El miedo, junto con la agresividad,  el hambre y el sexo, es una de las pulsiones fundamentales del bicho humano -según Karl Lorenz. Fenómeno primordial de la existencia, resulta la más elemental de las emociones. Pone en evidencia la condición inacabada y menesterosa de la vida humana, nuestra natural inseguridad ontológica. Junto con el deseo y el poder -afirma el gran psiquiatra Guillermo Vidal- constituye uno de los titanes del alma humana.  Hobbes, que según su propia confesión vivió bajo el miedo intelectual, afirmaba que el temor -la aversión a sufrir un daño-, en sus dos formas del temor ante la muerte y el temor del futuro, lleva al hombre a buscar la protección del poder político, a cambio de rendirle obediencia, aunque esta relación no elimina nunca el temor, en la medida de que la violencia permanece latente en el corazón de cada sociedad.  El miedo, pues, no es sonso, pero se vuelve estado peligroso cuando anida en quienes están a cargo de la conducción política de una sociedad, Esto último es lo que me parece está ocurriendo a raíz de la pandemia de coronavirus y el Covid-19.

El miedo a las epidemias, pestes, plagas y demás malaventuras de salud, está inscripto en la memoria de la especie. El miedo se agrava porque, en esos casos, el causante y transmisor es invisible. Lo que suele dar lugar al fenómeno colectivo de buscar chivos expiatorios con rostro humano, a quienes atribuirles la responsabilidad de la propagación del mal. Alessandro Manzoni, en la Storia della Colonna Infame,  describió la persecución, durante la peste que asoló la Lombardía en 1630, a los "untores", que supuestamente difundían la plaga distribuyendo apósitos con  ungüentos o polvos malignos. Muchos terminaron en el patíbulo. Este tipo de reacciones, descriptas hace más de un siglo por Gustavo Le Bon, se reflejó ahora en las diatribas a los chinos de los supermercados recogidas por los medios.

A falta de poder echarle la culpa a alguien del Covid-19, los gobernantes intentan -tarde- ponerse al frente de una guerra al virus, que naturalmente ganará el virus, inmune a los discursos y a las campañas de marketing, y muy capaz de trasponer barreras y fronteras. No habiendo por ahora vacuna o medicamento que sea efectivo contra el coronavirus, lo mejor que puede hacerse es reforzar hasta el límite de lo posible el sistema sanitario para asistir a los infectados, y multiplicar las medidas de prevención. En otras palabras, reducir los daños mientras se espera, de acuerdo con la experiencia acumulada, que la curva de la enfermedad llegue a su máximo, se amesete  y luego decrezca. Esto implica una disciplina social y un ejercicio de la responsabilidad cívica inusuales entre nosotros. Pero aquí funciona aquello de que el miedo no es sonso y todos y cada uno comenzamos a contribuir a la obtención un bien común, la salus publica, deponiendo el individualismo feroz que desparrama la ideología del tiempo. Salus que alcanza aquí su doble significado, de salud y de salvación. Los gobiernos no se adelantaron en eso a los ciudadanos, sino que han ido a la zaga del sentido común de multiplicar el lavado de manos. Los gobiernos, el nuestro incluido, ejercen mediante mandatos de cuarentena, aislamiento, internación y otras compulsiones, su aparente soberanía. Soberano es el que decide sobre el estado de excepción, enseñaba Carl Schmitt. No cabe duda que el Covid-19 plantea un estado de excepción casi planetario. Pero el soberano no es ni el presidente, ni el rey, ni el primer ministro. La que se manifiesta soberana en el caso es la Naturaleza, que ha dado lugar a la nueva manifestación viral, detrás de la cual corren con miedo los conductores políticos, y todos nosotros a la zaga. El SARS-COV-2, nombre científico de nuestro virus, es un pariente del SARS que emergió en Asia en 2003. Un coronavirus, a través de la mutación y de la recombinación genética, se ha mostrado más apto que otros virus e hizo acto de presencia en el 2020. Después vino el murciélago, el ignoto animal intermediario y el paciente humano 0 en Wu Han. Si a ustedes  gustan  de los conjuracionismos, ese proceso previo se dio en un laboratorio norteamericano, trasladándose a China por la delegación del ejército de los EE.UU.  que participó de los Juegos Mundiales Militares celebrados en octubre de 2019...en Wuhan. O, de la otra banda, en un laboratorio chino de alta bioseguridad, nivel P4 (el más alto del ramo), especializado en cepas virales, inaugurado el 23 de febrero de 2017 con la presencia del primer ministro francés Bernard Cazeneuve (Francia contribuyó a la obra) sito en...Wuhan.  Sea como fuere, lo cierto es que la soberana de la pandemia es la denostada y aún negada Naturaleza, a veces inclusive caricaturizada, como hace Santa Greta. Nuestros gobernantes, a ese respecto, resultan sus meros partiquinos. En estos casos, además de la prevención, no viene mal rezar.

sábado, febrero 01, 2020

ANIMAL POLÍTICO o CIUDADANO PLANETARIO


Ni los ingleses brexitianos ni quien esto escribe, ni muchos en este bendito y agitado mundo, quieren ser considerados entelequias cosmopolitas, ciudadanos de la ecología planetaria puestos bajo la advocación de santa Greta y su alevosa sonrisita, meros peones de la vastedad cósmica. Quieren ser, como hace veintiséis siglos dictaba Aristóteles, animales políticos, afincados en una polis y unidos en una politeia, con sus límites, su adentro y su afuera y todos, los de adentro y los de afuera, si es posible en paz. Tenemos una pertenencia afincada y una copertenencia con los propios, desde donde podemos otear e intentar comprender el mundo.  Para que entiendan los apólidas, va un texto de Adolph Franz von Knigge, un barón alemán (1752-1796), que para confusión de todo intento conspiranoico, era francmasón y -peor aún-perteneció a la Orden de los Iluminados de Baviera. Pero la iluminación que trae  el texto, perteneciente a un libro sobre el buen vivir brota, como dijo un poeta, "de manantial sereno":






"El patriotismo ya es un sentimiento compuesto, pero aún más cordial y cálido que el espíritu cosmopolita, para un hombre que no haya sido expulsado pronto de la sociedad civil, que no sea un aventurero que vaga de país en país, sin sentido alguno de la propiedad o del deber cívico. Quien no ama a la madre cuyos pechos le han amamantado, quien no tiene un corazón que se enternezca a la vista de los campos en los que vivió sin cuitas y feliz los años inocentes de su juventud, ¿qué interés podrá tener en el bien común, ya que la propiedad, la moralidad y todas las cosas que un hombre puede querer en este mundo se basan, de hecho, en la preservación de aquellos vínculos que nos unen a la familia y a la patria?
El hecho de que estos vínculos se vayan debilitando cada día que pasa solo demuestra que nos vamos separando diariamente del orden excelente de la naturaleza y de sus leyes; y cuando un balarrasa a quien su patria ha expulsado como un miembro inservible por no quererse someter a las leyes, insatisfecho con la coacción que le imponen la moralidad y la policía, afirma que es propio del filósofo disolver todos los vínculos estrechos y que no reconoce otro vínculo que el espíritu fraternal entre todos los habitantes de la tierra, eso solo nos convence de que no hay frase, por estúpida que sea, que no encuentre asiento en un sistema filosófico como uno de su pilares fundamentales...

"De como tratar con las personas" (1788)