sábado, febrero 01, 2020

ANIMAL POLÍTICO o CIUDADANO PLANETARIO


Ni los ingleses brexitianos ni quien esto escribe, ni muchos en este bendito y agitado mundo, quieren ser considerados entelequias cosmopolitas, ciudadanos de la ecología planetaria puestos bajo la advocación de santa Greta y su alevosa sonrisita, meros peones de la vastedad cósmica. Quieren ser, como hace veintiséis siglos dictaba Aristóteles, animales políticos, afincados en una polis y unidos en una politeia, con sus límites, su adentro y su afuera y todos, los de adentro y los de afuera, si es posible en paz. Tenemos una pertenencia afincada y una copertenencia con los propios, desde donde podemos otear e intentar comprender el mundo.  Para que entiendan los apólidas, va un texto de Adolph Franz von Knigge, un barón alemán (1752-1796), que para confusión de todo intento conspiranoico, era francmasón y -peor aún-perteneció a la Orden de los Iluminados de Baviera. Pero la iluminación que trae  el texto, perteneciente a un libro sobre el buen vivir brota, como dijo un poeta, "de manantial sereno":






"El patriotismo ya es un sentimiento compuesto, pero aún más cordial y cálido que el espíritu cosmopolita, para un hombre que no haya sido expulsado pronto de la sociedad civil, que no sea un aventurero que vaga de país en país, sin sentido alguno de la propiedad o del deber cívico. Quien no ama a la madre cuyos pechos le han amamantado, quien no tiene un corazón que se enternezca a la vista de los campos en los que vivió sin cuitas y feliz los años inocentes de su juventud, ¿qué interés podrá tener en el bien común, ya que la propiedad, la moralidad y todas las cosas que un hombre puede querer en este mundo se basan, de hecho, en la preservación de aquellos vínculos que nos unen a la familia y a la patria?
El hecho de que estos vínculos se vayan debilitando cada día que pasa solo demuestra que nos vamos separando diariamente del orden excelente de la naturaleza y de sus leyes; y cuando un balarrasa a quien su patria ha expulsado como un miembro inservible por no quererse someter a las leyes, insatisfecho con la coacción que le imponen la moralidad y la policía, afirma que es propio del filósofo disolver todos los vínculos estrechos y que no reconoce otro vínculo que el espíritu fraternal entre todos los habitantes de la tierra, eso solo nos convence de que no hay frase, por estúpida que sea, que no encuentre asiento en un sistema filosófico como uno de su pilares fundamentales...

"De como tratar con las personas" (1788)

OLD MERRY ENGLAND

Como habrá quizás advertido el esporádico lector de este blog, mis simpatías apuntan hacia cuestiones que resultan fulminadas por la prensa seria del planeta, los opinólogos de fuste, los pensadores de corte y confección voceados por doquier, el Papa y buen número de monseñores y lo que en bloque el genial Landrú llamaba el costado respetable de las señoras gordas del orbe. Sobre Trump, sobre Puntin, sobre Orban y el grupo de Visegrado en general,  sobre el capitano Salvini, sobre Greta y su religiosidad ecológica de segunda, sobre ideólogos de género y gritones contra el "especieísmo", siempre me encontrarán -ay- de la vereda de enfrente. Por eso saludé en una entrada a Boris Johnson cuando enfrentaba a un Parlamento claustrofóbico y por eso me alegra el Brexit, más allá de otras razones, porque rescata la particular extravagancia de los súbditos de la pérfida Albión, una singularidad que enriquece al mundo. Y que ha enriquecido también a los argentinos, envueltos con respecto a la Gran Bretaña en una relación de amor/odio que tiene también sus imprescindibles extravagancias, como haber adquirido nuestra autoconciencia nacional echándolos dos veces a patadas y -luego- haber alcanzado el reconocimiento de nuestra independencia, para bien o para mal, bajo la sombra de la espada inglesa. De 1880 a 1930 tuvimos una existencia política y económica bajo la pax britannica, y durante ella y frente a ella se desenvolvió el más formidable movimiento intelectual de soberanismo nacional que hayamos gestado, el nacionalismo argentino, uno de cuyas más brillantes cabezas fue don Julio Irazusta, que había estudiado en Oxford y escrito un formidable tratado sobre "La Monarquía Constitucional en Inglaterra". La guerra de Malvinas pudo estar mal conducida políticamente y planteada en el momento internacional menos oportuno, amén de que estaba al frente de la isla  una decisionista superior, pero ganó, por el denuedo de nuestros combatientes, el respeto de nuestros enemigos, en la última guerra clásica que se recuerde, donde la población civil quedó afuera. El ejemplo más preclaro para moverse frente a Inglaterra lo dio nuestro máximo político, el brigadier general don Juan Manuel de Rosas, que supo combatir contra ellos, igualarlos en la astucia diplomática y que terminó sus días como farmer, admirando a lord Palmerston. Por otra parte, su lengua, aun a los que peleamos con ella, y su literatura, son jalones del espíritu que ningún  hombre cultivado puede esquivar. Por eso, sobre el Brexit, un poco por aquello de que estamos de vacaciones y anda suelta la pereza, me permito traerles las reflexiones de un gran poeta y escritos español, Enrique García-Máiquez, con quien encuentro total coincidencia. Y cuyo hermoso  título, ocurrencia de poeta,  celebro.






LA AMADA INVENCIBLE

Para escribir del brexit lo más fácil es refugiarse en lo más difícil y ponerse uno también a pontificar sobre macroeconomía y geopolítica. Pero aprovechando el follón, yo voy a bajar la voz disimuladamente para hablar de lo mío, sin los protocolarios aspavientos apocalípticos del momento.
Yo habría votado probablemente por la permanencia, entre otras cosas, porque no soy un inglés. Sin embargo, siendo español (español incorregible, que precisaría Menéndez Pelayo) no puedo dejar de verle sus ventajillas al brexit de ellos.
Empecemos con las razones políticas, que son las más básicas. Para estrechar los lazos con sus ex colonias, a los ingleses les interesa estar fuera de la UE, mientras que a nosotros, para unirnos a nuestros ambos hemisferios, nos viene mejor servir de puente con Europa. A la Unión Europea, por su parte, no le hacía bien un socio que no quería serlo, con un pie siempre fuera y la libra por libre, pero, sobre todo, que miraba a los demás con suspicacia e indisimulado desdén, minando su autoestima. La Unión Europea es un poquito más eso que reza su nombre («unión» y «europea») sin los ingleses. Se han ido, además, prestando un servicio: han avisado que hay que contar con los estados-nación, que pueden poner pie en pared e, incluso, en polvorosa, después de echarlos por alto. El grupo de Visegrado no tendrá más voz, pero sí más eco. Europa gana porque los burócratas pierden y nos hemos sacudido el dichoso tabú o yugo de la Irreversibilidad. Cada vez que nos dicen que algo (sostener la soberanía nacional, revertir las autonomías, salirse de la Unión Europea, la independencia del poder judicial o cambiar el sistema electoral) no puede hacerse de ninguna de las maneras limitan nuestra libertad, además de mentirnos.
A Inglaterra tampoco dejará de venirle bien, en mi hispánica opinión. Al menos en lo moral, que es lo que importa. Hasta ahora estaban convencidos de que la solución a todos sus problemas, a todos, estaba en salir de la UE y ya está. El Continente, amén de estar aislado, era culpable. ¿Cómo no iban a querer largarse? Pasabas tres días conviviendo con algunos brexiters… ¡y también te entraban unas ganas locas de irte, quiero decir, de volverte! Pero al fin salidos, como no se les solucione hasta el clima, a ver a qué chivo expiatorio cogen por los cuernos. Echarse alguna culpa a sí mismos, eso, tan natural y absoluto para un español, es pedir a un inglés lo excusado.
Pero todo eso son razones externas. La causa más íntima por la que el brexit no me hace soltar los protocolarios espumarajos por la boca es mi amor por Inglaterra. Su bellísima lengua es mi Amada Invencible. Intento conquistarla desde mis dieciséis, y acabo luchando contra los elementos hasta naufragar enfrente de sus costas. No importa: como en las canciones más cursis, yo quiero a Inglaterra tal como es, imposible como el inglés, y todavía me haría más gracia Inglaterra si fuese mucho más parecida a su arquetipo platónico: más Jane Austen, más club Pickwick, más Oscar Wilde, más Evelyn Waugh, más Agatha Christie incluso… Todo lo que sea mantener su idiosincrasia, incluso hasta sus extremos extravagantes, me tiene a su favor.
Téngase en cuenta que el primer libro que leí en inglés fue How to Be a Brit, de Georges Mikes, en el que un señor húngaro de origen judío se partía de risa con y de las particularidades británicas. Lo leí, además, en la biblioteca de Canon Alfonso de Zulueta en «La Alcaría», que fue su finca, que tenía una capilla bridesheadiana y que habían heredado unos sobrinos suyos, y amigos míos. Hijo primogénito del Conde de Torre Díaz, Zulueta renunció a todo (hizo un condexit) para ordenarse sacerdote. Fue capellán de Oxford hasta que, durante la guerra civil, hubo sospechas de que hacía labores de espionaje para su pariente el duque de Alba. Prefirió dejar el puesto con flema angloandaluza antes de que se montara un pequeño escándalo. Aquella lectura iniciática y su circunstancia me dejaron para siempre en el bando de una anglofilia muy sureña, algo húngara y semi jasídica.
Jamás he pretendido, por tanto, pasar por inglés ni posar de tal. El leve toque es en honor al sherry, y lo da mi tierra. El conde de Miraflores de los Ángeles, Fernando Villalón, estableció que el mundo se dividía en dos: Sevilla y Cádiz. Yo, hijo de un mundo más globalizado, ay, me he tenido que conformar con que el mundo se divida en dos: España e Inglaterra, sobre todo si añadimos que Roma está por encima de asuntos tan mundanos y que Portugal va por dentro. El brexit es una garantía de que mis fronteras se mantendrán y no terminaré siendo «un ciudadano del mundo», menos mal.
Jamás he sentido hacia Inglaterra la más mínima envidia mimética, sino la camaradería entre dos de los grandes pueblos atlánticos y europeos. Hemos tenido nuestros más y nuestros menos, pero en la historia, como en el rugby, también está el tercer tiempo, para brindar entre risas con el rival.
Lo que yo amo de Inglaterra no va a tener problemas de aranceles: Shakespeare y los demás escritores, su sentido del humor, sus desayunos («En cuestiones de desayunos, Inglaterra es el paraíso terrenal. No comprendo por qué hemos de rebajarnos hasta el punto de vanagloriarnos del Imperio británico teniendo bacon y huevos de los que enorgullecernos. Deberían figurar en las armas reales: tres cerdos pasantes y tres huevos fritos en un cheurón», decía Chesterton con bastante intención). Etc.
Con el brexit pasará, en fin, como con la muerte en aquel cuento del anglófilo Borges. Discutía éste con Macedonio Fernández sobre la inmortalidad del alma, y Macedonio, que la defendía, sentenció: «la muerte del cuerpo es del todo insignificante y morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre». Borges propuso entonces suicidarse para hacer la prueba. «¿Se suicidaron ustedes?», preguntó el curioso interlocutor al que se lo contaba. Respondió Borges: «Francamente, no lo sé». Respecto al brexit soy extremadamente macedónico: como Fernández, creo en la inmortalidad de Inglaterra y me sorprendería muchísimo que el brexit tenga más importancia que la muerte.

martes, enero 14, 2020

Una yapa sobre Scruton

I drink therefore I am



"The right way to live is by enjoying one's faculties, striving to like and if possible to love one's fellows, and also to accept that death is both necessary in itself and a blessed relief to those whom you would otherwise burden. The health fanatics who have poisoned all our natural enjoyments ought, in my view, to be rounded up and locked together in a place where they can bore each other rigid with their futile nostrums for eternal life. The rest of us should live out our days in a chain of linked symposia, in which the catalyst is wine, the means conversation, the goal a serene acceptance of our lot and a determination not to outstay our welcome".   


Roger Scruton: "A Philosopher's Guide to Wine"

En imperfecta traducción:

Bebo, luego existo

"La forma cabal de vivir es disfrutando de las cualidades de cada uno, esforzándose por caer en gracia y, si se puede, amar a nuestros semejantes, y también aceptar que la muerte es necesaria por sí misma y un bendito alivio para aquellos a quienes, de otro modo, resultaríamos una carga. Los fanáticos de la salud que han envenenado nuestros placeres naturales deberían, me parece, ser cercados y encerrados en un lugar donde puedan aburrirse mutuamente con sus curalotodos inútiles para la vida eterna. El resto de nosotros debería vivir en una cadena de banquetes, en los que el catalizador fuera el vino, el recurso de la conversación y la finalidad una aceptación serena de lo que nos toca y una determinación de no dejar nada fuera de nuestra acogida".                                 

SIr Roger Scruton -In memoriam

Pensaba anotar algunas reflexiones sobre la muerte de Roger Scruton, cuando me topé con esta necrológica de Gregorio Luri
autor de "La Imaginación Conservadora", que no resisto la
tentación de transcribir







Sir Roger Scruton, un gentleman, un conservador

Sir Roger Scruton, un hombre, blanco, heterosexual, cristiano y un intelectual extraordinariamente culto y defensor de la “common decency”, falleció el domingo 12 de enero. Nacido el 27 de febrero de 1944, ha sido uno de los principales protagonistas del movimiento de renovación del conservadurismo que recorre, como un nuevo fantasma, Europa. Ha escrito ensayos de filosofía política, moral, estética, arquitectura, música, religión…, a los que hay que sumar varias novelas y dos óperas. Y todo lo ha hecho con una claridad epigramática, ágil, elegante y valiente. Para algunos, ha sido el mejor escritor inglés desde Orwell.

Se hizo conservador en las calles del barrio latino de París, durante mayo del 68. Desde entonces fue muy crítico con los jóvenes autoindulgentes de clase media que creen haber venido a este mundo a cobrar facturas pendientes mientras desprecian el sentido burgués de la vida.

Yo no sé si era el filósofo más importante del Reino Unido. Si sé que era, y lo continuará siendo para sus muchos lectores, un estímulo para mirar hacia lo alto.

A Scruton se le pueden aplicar, sin menoscabo alguno de la verdad, aquellas palabras que Posidio dedicó a San Agustín: “fue un hombre de los que se han ganado su fin”. Esto es lo primero que tenemos que recordar de él. En el caso del hombre, el fin ilumina el trayecto vital y nos desvela su auténtico sentido. El fin nos muestra la distancia que separa lo que llegamos a ser de lo que podríamos haber sido. Bien podríamos dar el nombre de alma a eso que desde lo mejor que podemos llegar a ser nos llama a luchar contra la inercia de lo trivial.

Con justa razón se han difundido tanto por las redes sociales estas palabras que escribió en The Spectator en las navidades pasadas, cuando ya sabía que tenía las horas contadas: “Durante este año, mucho ha sido lo que me han quitado: mi reputación, mi posición como intelectual público, mi lugar en el movimiento conservador, mi tranquilidad, mi salud. Pero ha sido mucho más lo que me han dado […]. Al acercarte a la muerte comienzas a saber lo que significa la vida, y lo que significa es gratitud”.

Si hay una virtud que hoy expresa la quintaesencia del conservadurismo es la gratitud. En un mundo de indignados y resentidos, la gratitud aclara la mirada al mundo, ilumina los abundantes motivos que tenemos para amarlo; nos permite celebrar todo cuanto ha hecho posible lo que somos y afirma la esperanza y la solidaridad.

Era un hombre agradecido a la naturaleza, a la caza, al buen urbanismo y a la buena arquitectura, al buen vino, a Hegel, a Wagner, a su familia, a los suyos, a su país y, sobre todo, a la vida, incluyendo su componente doloroso, porque sin el compañero dolor (el compañero, no el tirano), no hay sabiduría.

En mayo del año pasado, nada más de llegar de Brasil, a donde había ido a dar una conferencia sobre el sentido de la vida, le descubrieron el cáncer con el que se ha ganado su fin.

Fue objeto de una persecución despiadada por parte aquellos que, tras una máscara de tolerancia y relativismo moral, esconden una rabiosa intolerancia y un poderoso conformismo con una gran capacidad para modelar conciencias. Fue intimidado por los que en una entrevista a Le Figaro calificó de “predicadores sin Dios”, porque se resistió a adoptar un mundo al que, por lo visto, hay que adaptarse sin críticas. A la mínima, serás condenado al ostracismo mediante la caricaturización groseramente ridícula de tus posiciones.

Nos ha mostrado con su vida que hoy, como ya anunció Maura, la libertad se ha hecho conservadora, mientras que la ortodoxia encuentra un agradable cobijo en la izquierda. Si Wittgenstein y Nietzsche advirtieron que no se puede pensar libremente si se piensa con miedo a hacerse daño, hoy podemos decir que si piensas libremente, te harán daño. Pero, digámoslo claro: si la guardia roja de la corrección política no te ha tratado aún de fascista, tienes que empezar a dudar de tu libertad de pensamiento.

¿Qué es ser conservador? Es ser respetuoso y, sobre todo, agradecido con el proceso dinámico de la tradición para poder proporcionarle así la posibilidad de un futuro. Aquello que ha pasado la prueba del tiempo, bien merece disponer de oportunidades de desarrollo. No se puede ser conservador si no se tiene nada a lo que garantizarle un futuro. Por eso el conservador sólo puede ser ecologista. En este sentido el conservador no pretende tanto conservar como reencantar. La conservación sólo merece la pena si lo que se conserva es bueno y bello. Si hay una idea que “el provocador” Scruton ha repetido incesantemente es que, sin amor a la belleza circundante, es absurdo ser conservador. De ahí La urgencia de ser conservador.

Si tomó partido a favor del Brexit, fue porque estaba convencido de la necesidad de restaurar una soberanía nacional y una ética comunitaria que la UE es incapaz, no ya de crear, sino ni tan siquiera de plantearse como posibilidad. No hay ética comunitaria sin conciencia del nosotros y sin una vivencia clara de la copertenencia que es, en sí misma, una virtud política. Animaba a resistirse a la imposición foránea de leyes que pretenden modificar nuestro estilo de vida. La nación, la soberanía del pueblo y el amor tradicional a la belleza de lo nuestro (todo eso que sustenta el sentido común) son las únicas fuentes de confianza en caso de urgencia.

Veía en el Brexit la posibilidad de refundar los lazos horizontales de copertenencia y el apego a la Corona entre las naciones que forman el Reino Unido.

El conservadurismo de Scruton, quizás por la preponderancia del amor a la belleza, es propositivo, ajeno a esa obsesión por el declive que se ha apoderado de no pocos conservadores continentales, en particular franceses. Un conservador lacrimoso no es más conservador, lo que tiene es problemas de visión.

Roger Scruton fue también compositor aficionado. Además de un par de óperas, escribió las canciones que ha agrupado con el título genérico de Three Lorca Songs. En ellas pone música a la Casida de la rosa, la Canción del jinete y a la Despedida. En su último cumpleaños, el 27 del pasado mayo, la soprano Emily Van Evera le cantó las tres. La más emotiva, como es fácil de entender, fue Despedida, cuya melodía acompañó a Scruton durante los últimos meses de su vida. Despidámonos, pues, de él con los versos de la Despedida de Lorca:

Si muero,

dejad el balcón abierto.

El niño come naranjas.

(Desde mi balcón lo veo).

El segador siega el trigo.

(Desde mi balcón lo siento).

¡Si muero,

dejad el balcón abierto!


lunes, noviembre 04, 2019

GRETA HACE DEDO PARA LLEGAR AL FIN DE LA HISTORIA

La Cumbre del Clima debió ser virada, vía ONU,  de Santiago de Chile a Madrid, por razón de revueltas. Y Greta Thunberg, especie de Juana de Arco posmoderna, mediática y profana, quedó del lado equivocado del charco  y está haciendo dedo desde los EE.UU., para cruzar el Atlántico en barquichuelo no contaminante. Lo hace mandando mensajes a través de su iPhone o lo que sea, instrumento desde luego -ay- también contaminante. Pero qué se le va a hacer, todo paraíso conlleva alguna serpiente y las señales de humo difícilmente puedan atravesar la mar océana, además de contaminar ellas mismas. Ya encontrará algún ricachón, como antes Casiraghi, que la embarque en un yate de  lujo, con su baldecito para necesidades y otros resguardos del puritanismo ecologista. Llegarás a tiempo, Greta, para decir tu palabra que ya todo permea (la jueza Elena Liberatori, por ejemplo, incorporó párrafos gretianos para fundamentar el traslado final de la orangutana Sandra de Buenos Aires a Miami).

El retroprogresismo posmo es fascinante: propone una especie de regressus ad uterum, más allá del grito primario de la criatura que  un día fue sapiens o Neanderthal. El camino de toda utopía está sembrado de dificultades y hacer coincidir el fin de la historia con su principio resulta empresa muy ardua. Gregorio Luri, pensador español y catalán, que he citado otras veces en este blog, lo pone de esta manera: "el fin de la historia podría ser la completa renaturalización del hombre: su expulsión al paraíso natural, la reconquista de la inocencia sin conciencia". El gran consenso socialdemócrata en Occidente, que ha encontrado su adalid en Greta,  es que el mundo está en "emergencia ecológica".  Hay que evitar un apocalipsis. Al final, allá lejos, nuevos cielos y nueva tierra resurgirán, y los sobrevivientes  podrán deambular en pelotas por feraces bosques, con la dulzura de  la inconsciencia y la liberación de toda culpa, comiendo lo que caiga y sorbiendo el agua límpida de los arroyuelos,  si es que no reaparece también el tigre dientes de sable. Claro, caramba, siempre hay escépticos. ¿Van a sacrificar a todas las vacas del planeta, porque pean como rumiantes antiecológicas que son las pobres? A por ellas. Y no faltarán los rebeldes que levanten como bandera un harapo de papel higiénico, por no querer naturalizar su culo para la cotidiana función excretoria.  Hay un inconveniente, y es que toda utopía, por definición algo que no existe, sólo puede intentar realizarse, apurando el tiempo de su cumplimento,  por imposición violenta. Las utopías que en el mundo han sido terminan siempre erigiendo altares del sacrificio sangriento para acelerar la felicidad final.  Las democracias contemporáneas, que ya nadie respeta porque han perdido toda justificación respetable, salvo el juego de calesita sus clases políticas, son demasiado débiles para llegar a la felicidad anhelada. Se requiere una dictadura: una ecodictadura. Para un pensamiento apocalíptico que proclama en la voz de una adolescente que lo único que cuenta es la salvación del mundo  del mal inminente, las pamplinas del Estado constitucional son un obstáculo, un retardo inútil del Gran Final. La ecodictadura está a la vuelta de la esquina. Greta nos mira con su mirada fría, dura, condenatoria. Quisiera vaciar su balde sobre la cerviz rebelde de quienes, por cualquier razón, se oponen a reintegrarse a la inconciencia.-

miércoles, septiembre 18, 2019

POBRES HABRA SIEMPRE, O DE LA FILOSOFÍA DE LA MISERIA







En el blog ya he transmitido algunas reflexiones sobre la pobreza -pinche el lector en la voz "pobreza" del índice colocado al costado izquierdo de la página inicial. Pero una cosa es la pobreza real, que se vive y se sufre, y otra es la "pobreza" convertida en ideologema,  en tópico ideológico,  dentro de la impostura connatural a la cultura de nuestros días. La pobreza, la miseria y la desdicha se convierten en simulacros, desenvueltos en un acting mimético donde la realidad se desvanece y la penuria se diluye en una mueca actoral. Esta manipulación, como otras que junto con ella se suele infligirnos, muestra a las claras la potencia del ensayo de ingeniería social en el que estamos inmersos, y las cotas de vileza, hasta hace un tiempo impensable, en que se nos sume cotidianamente.



Que siempre habrá pobres...



Que no se ha conocido en la historia una situación social donde no haya habido ricos y pobres, difiriendo sólo en la hondura de la brecha que los separe, es una evidencia empírica, de sentido común, que toda indagación científica confirma. La díada pobreza/riqueza puede ser considerada una  regularidad observable en toda organización social. El eslogan "pobreza cero" es una sandez del marketing de campaña desmentida constantemente en la práctica, y también en la lógica. La única manera de eliminar radicalmente la pobreza tendría lugar si todos fuésemos pobres. Los intentos aplanadores de nivelar las desigualdades materiales mediante la igualación numérica del "a todos lo mismo" no han cobrado nunca realidad y, al poco tiempo, se produce la sustitución de los miembros de la antigua   clase afortunada por otra de renuevo ("nueva clase", "nomenklatura", "boliburguesía", etc.). Lo que debemos tener presente, como resulta de la evidencia señalada, es que pobreza (y, de consiguiente, riqueza)  es una noción relacional. Siempre somos los pobres de alguien: frente a Bill Gates, Carlos Slim, Jeff Bezos o Cristina Kirchner  este bloguero o sus lectores habituales resultaremos siempre pobres. Mientras que para el  que veo rebuscando en la basura o pordioseando en la verja del templo, soy rico.  También la riqueza es una noción relacional. No puede calificarse la pobreza sin relacionarla con la capa de riqueza y con la capa media existentes en el mismo tiempo y lugar. Hace mucho decía el doctor Perogrullo que para que exista una categoría diferenciada debía haber otras diferentes de aquélla. Planteemos la inversa: si se descubriese un sistema para que todos nos convirtiésemos en ricos, sería el fin de la riqueza. No hay -quizás debería escribir "no había"- posibilidad de considerar a la pobreza  como un mundo en sí, independiente del resto de la sociedad donde se manifieste. Esto es, no podía haber una aproximación a la cuestión de la pobreza sin considerar a la sociedad como un todo ni imaginar respuestas para ella que no tuvieran en cuenta el irrenunciable deseo de vinculación, reconocimiento de pertenencia y arraigo al conjunto social que los fenómenos de la pobreza expresan. El gran logro de la posmodernidad global es haber segregado al pobre, y más intensamente al miserable y al indigente: el primero, a los márgenes y cornisas de la sociedad, siempre a punto de expulsarlo; los otros dos a las tinieblas exteriores de la insignificancia y de la exclusión de la vida en común, en situación -como veremos- de la más bajuna esclavitud. La segregación de la sociedad conlleva el descarte de la condición de ciudadanía, convirtiéndose los carenciados en semovientes que se arrean cada tanto a las votaciones o a penosas liturgias de protesta. De lo que no están excomulgados pobres, indigentes y menesterosos es del mercado -esa entidad ubicua donde los consumidores votan a diario, según chocheaba el viejo Hayek. El mercado capitalista (el mercado es anterior al capitalismo) no rehace el vínculo social. El intercambio mercantil no crea deberes recíprocos. El saldo es 0 desde que la negociación se consuma, ya que la contrapartida monetaria cancela toda deuda.  Hasta aquí hemos llegado a fuerza de maridaje entre Plutocracia y Progrez o, mejor aún, como dice Massimo Cacciari, a partir de la caída del imperio soviéticos, por la "cópula necrófila" del hipercapitalismo con el espectro del marxismo.



Al vínculo social destruido se lo reemplaza con un hipervínculo virtual donde el lenguaje mediático fundado sobre el marketing traduce el mundo, los dolores del mundo y las tribulaciones del pobre en unidades conmensurables y comunicables de puro espectáculo con finalidad mercantil. Aquí entra a jugar el mundo del relumbrón y del espectáculo, incluida en primera fila la clase política. Desde  ese palco escénico se practica una especie de beneficencia aséptica hacia los excluidos, que aparecen como la contrafigura del dolor, o de la imagen preparada al efecto, para mejor resalto de la "sensibilidad social" de los nuevos opulentos (divos del espectáculo  en recitales especiales, declaraciones rimbombantes, con la complicidad de los burócratas de UNICEF, políticos gargarizando contra la exclusión, etc.). La clase política bate el parche del "hambre", cuanto más cerca de las elecciones mejor (habría varias tesis a redactar sobre la sensibilidad trófica que produce la proximidad del cuarto oscuro),  y las dirigencias sociales exigen belicosamente en la calle fondos para combatir la hambruna. A veces, el espectáculo adquiere ribetes sainetescos: mientras  se denuncia el hambre en el Congreso y en la calle, y se pide desgarradoramente la emergencia alimentaria (esto es, facultades extraordinarias para disponer a su antojo de las partidas presupuestarias asignadas a los dineros públicos y efectuar compras por adquisición directa), el candidato más votado en las PASO, vocero de la gravedad de la situación,  es invitado por el gobernador de Tucumán,  que le organiza un asado pantagruélico poniendo dos toneladas de tira y vacío en las chorreantes parrillas, una tonelada de embutidos y achuras y (estamos con las benditas manos tucumanas) diez mil empanadas en las mesas, para cinco mil personas (a cuatrocientos gramos de carne, doscientos gramos de salame y chinchulín y dos empanadas por cabeza, no habrá sido una multiplicación evangélica en el sufrido Noroeste, pero sí un discreto regodeo de los bienaventurados que aleja, por un rato, el espectro de la emergencia estomacal).  A la inversa, la hambruna se escenifica trasladando una muchedumbre, incluidas criaturas y ancianos, a vivaquear  casi a la intemperie en el centro de la ciudad, debiendo luego procederse a la limpieza de sus escurriduras y reparación de sus destrozos, en una operación demencial, que sólo busca manifestar la fuerza relativa de las agrupaciones, sin proveer en absoluto a paliar las penurias que invocan. Si sumáramos los costos de traslado de personas, alimentos e implementos, más el daño producido, resultaría un contante que bien habría podido aplicarse a los comedores instalados.  Esta escenificación inconsecuente me recuerda aquella confesión que un allegado a Gandhi le hiciera a Orwell: "¡qué caro es mantener pobre al Mahatma!". Por cierto, combatir la pobreza es caro -lo imperdonable es el despilfarro en simulacros.



Reitero una clarificación de términos. Llamamos “pobre” -decía en los partes anteriores-  al que a duras penas dispone de lo suficiente para cubrir sus necesidades básicas. Llamamos “indigente” al que carece de los medios para cubrir sus necesidades básicas, pero que puede aún ser rescatado de esa situación por un empleo o por un socorro conveniente. Llamamos “miseria” al estado o condición de quienes no pueden satisfacer sus necesidades vitales. Las dos primeras, tradicionalmente, han sido entendidas como situaciones que pueden ser paliadas, mejoradas e, incluso, de las que se puede salir. La última es un estado o condición que se extiende a un conjunto amplio de personas y que tiende a prolongarse en el tiempo, bajo la forma de exclusión absoluta del vínculo social, de des-afiliación de la sociedad. En la posmodernidad, tanto en la Argentina como en el resto de Iberoamérica y en buena parte del mundo, existe una deriva constante, predominantemente estructural, no coyuntural, de las situaciones de  pobreza y de  indigencia hacia el estado y condición de la miseria, con fines de control social y manipulación política, y que el modo de gestionar la miseria a que se echa mano para evitar una hecatombe, es la reducción de los miserables a una forma remozada de la esclavitud. 



De las estadísticas resulta que el tercio de la población (32,2%) de nuestro país  está por debajo de la línea de la pobreza y, dentro de ese conjunto, la quinta parte (6,2%) es indigente. Casi la mitad de los niños (47,4%) son pobres: buena parte de los niños son pobres y buena parte de los pobres son niños.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO), datos de 2018,  un 4,6% de personas pasan hambre en la Argentina, datos del 2018, cifra que viene estable desde el período 2004-2006. Según el Observatorio para la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA),  que mide la “inseguridad alimentaria”,  durante el 2018 un 7,9% de la población sufrió la percepción de experiencias de hambre siendo el dato mayor desde 2010. Se dice. en ese contexto, que una persona padece inseguridad alimentaria cuando carece de acceso regular a suficientes alimentos, y se encuentra en una situación de inseguridad alimentaria severa si se ha quedado sin alimentos y ha pasado un día o más sin comer. Las estadísticas no dan respuestas, pero obligan a formular bien las preguntas. Y la pregunta básica es : ¿qué efectos han tenido en paliar la pobreza y rescatar de la miseria las políticas de asignación de subsidios? Mantener y agravar esas situaciones.  ¿Qué efectos han tenido sobre aquellas zonas donde se registra la inseguridad alimentaria? Ninguno en los últimos quince años. Y, sin embargo, el gasto social ha venido creciendo, especialmente desde 2015. Se comprueba un fracaso general frente al problema, aunque se proceda con las mejores intenciones.



El problema de la pobreza, tomando esta palabra en sus sentido más amplio y abarcador es, por lo menos, atacable desde tres dimensiones.



Empezando por el nivel inferior, es un problema  técnico, de equilibrio económico y rendimiento productivo, que atañe al crecimiento y no a la distribución. Aquí, la pobreza, la indigencia y la miseria son variables estadísticas, muy importantes como indicadores, pero nulas en cuanto remedios.



En una dimensión superior, es un problema político. Que plantea una cuestión de justicia: una formulación equitativa en cuanto a la distribución de la riqueza común. El igualitarismo hipertrofiado, los eslóganes politiqueros sobre "guerra a la pobreza" -que como toda guerra lanzada contra una abstracción resulta máscara de cualquier aprovechamiento- y el programa subnormal de "pobreza cero" -"delito cero", "mal cero" y otras intoxicaciones y cegueras- están probadamente destinados al fracaso y a mantener la manipulación clientelar de masas de compatriotas reducidos a la precariedad como carne dispuesta para ser crucificada en el asador electoral o en la agitación movimientista.



En fin, también puede plantearse como un problema moral y religioso. Aquí aparecen las invocaciones al "escándalo de la pobreza" (Benedicto XVI) y a la "opción preferencial por los pobres" (Puebla, 1979). Si los pobres son la imagen del "pueblo de Dios", si el mensaje de redención se encarna en ellos, si la riqueza y el dinero son "la sangre del pobre", como proclamaba magníficamente Léon Bloy, entonces -lo mismo que los políticos, pero por razones más altas- los pobres deben quedar  estancados en su condición de pobres, salvo que quisiéramos hipócritamente borrar su imagen que cuestiona en su sufrimiento la opulencia de quienes, desde el lodo del pecado, desconocen el sacrificio redentor. Detengámonos en este último punto



Pauperismo bíblico



El "escándalo de la pobreza" y la "opción preferencial por los pobres" son temas que surgen constantemente en la prédica pontifical y de la clerecía.  ¿Quién podría, en principio,  criticar estas expresiones frente a manifestaciones palpables de la penuria?  Pero vamos a situar estas frases, de sólito repetidas como eslóganes de ocasión, como "asaltos a la conciencia" del auditorio, o destinadas a surtir picos dramáticos, como el del arzobispo de Salta al arrojarle al presidente "llévate el rostro de los pobres". No sirven para mucho frente a la pobreza concreta y corean, con las mejores intenciones, a los tragediantes de la cultura del simulacro. No pretendo, de este modo,  disminuir el inmenso trabajo social que curas e instituciones religiosas -y no sólo ellas, y tampoco exclusivamente en el campo cristiano- realizan peleando en la brecha  donde las bajas y el sufrimiento se dan entre los desposeídos. A todos ellos mi respeto y mi admiración. Pero cuando la pobreza es tomada como problema central, y se pretende resolverlo con aquellas frases, o se convierte al pobre en "pueblo electo" o, incluso, la disputa en el reñidero político es a propósito de estadísticas sobre la pobreza (¿quién anota en su haber gubernamental más/menos pobres?) estamos situando la cuestión en el nivel más inferior y menos propicio para entenderlo y, consecuentemente, actuar de alguna manera sobre él.


¿Cómo el justo puede ser pobre y, por el contrario, el impío vivir en la opulencia? Esta pregunta, que recorre el Viejo Testamento, el Tanaj,  encontró una respuesta en los profetas: contra las apariencias mundanas, los verdadero amigos de Yavé son los pobres (dalim), los desvalidos (aniwim), los necesitados (ebionim). El rico está condenado de antemano y vendrá el día de la cólera divina, el del desquite de los pequeños, cuando los justos resucitarán, los pobres poseerán la tierra y los poderosos serán consignados al castigo eterno. Así resuena en la voz de los profetas: en Amós, en Oseas, en Isaías, en Miqueas, en la apocalíptica judía reflejada en el Libro de Enoc.. Eran tribunos que tomaban la palabra por el pueblo de los campos, los pastores nómadas que evocaban el mando de los ancianos, jefes y jueces de sus tribus en el desierto, donde se caminaba y acampaba sin que se notasen demasiado las diferencias de clase. Ahora llegaban los funcionarios reales a levantar impuestos para el tesoro, reclutas para el ejército, organizar jornadas de trabajo gratuito, despojar de sus tierras patrimoniales a desheredados que terminaban como jornaleros o esclavos, frente a la voracidad codiciosa, la corrupción insolente y los caprichos suntuarios de  los poderosos. En la civilización urbana vieron cumplida la profecía del viejo Samuel cuando los israelitas, los Bené Israel, le pidieron un rey: "tomará a vuestros hijos  y los destinará a sus carros y a sus caballos y tendrán que correr  delante de su carros (...) les hará labrar sus campos, segar su cosecha, fabricar sus armas de guerra y los arreos de sus carros. Tomará a vuestras hijas para perfumistas, cocineras y panaderas. Tomará vuestros campos, vuestras viñas y vuestros mejores olivares y se los dará a sus servidores (...) tomará el diezmo de vuestros rebaños y vosotros mismos seréis sus esclavos". Una oligarquía de cortesanos y soldados se enriquecía mientras el resto, los justos, caían en la miseria. El Deuteronomio (15,4) afirmaba que no debía haber ebionim  entre ellos, para más adelante reconocer que nunca dejará de haberlos en su pueblo (15,11), con eco más tarde en Mateo y en Marcos. La cuestión es que no fuesen siempre los mismos, y que la mano generosa del hermano esté para el remedio al necesitado. En griego, pobre es ptójos  o pénes. Aristófanes, en su comedia "Pluto" (ploúsios es rico) distingue: la vida del ptójos es ir  tirando sin poseer nada, mientras que la del pénes es ir tirando con parsimonia (penomai, trabajar para vivir), siempre pendiente de sus trabajos, sin avanzar realmente nada, aunque no le falte nada. "Pluto" es una de las comedias más representativas de Aristófanes, y manifiesta otro enfoque sobre la desigual distribución de pobreza y riqueza. De acuerdo con el argumento de la obra, Pluto, dios de la riqueza, había sido cegado por Zeus y deambulaba de mano en mano sin saber en casa de quién paraba o quién le recibía; hasta que Crémilo, un agricultor pobre pero de gran bondad, le lleva a la cueva de Esculapio para que le devuelva la vista. Como resultado de la curación, la riqueza acude solamente a los hombres buenos y honestos, mientras que los perversos son condenados a la miseria.  Aparecen sucesivamente un sicofanta, que vivía de delatar y denunciar enjuagues; una vieja celestina ahora sin clientes; Hermes, a quien ya no ofrecen sacrificios y un sacerdote de Zeus, que ya no puede holgar con las ofrendas de los fieles. Se decide al fin colocar a Pluto en el lugar que antes ocupaba, favoreciendo de nuevo ciegamente a los sinvergüenzas sobre los honrados. Irónicamente, mostraba el griego  la gruesa dificultad de distribuir la riqueza de acuerdo con el mérito.  



En el Nuevo Testamento, el Reino está reservado para los pobres; los ricos ya han recibido su contento aquí abajo, en una suerte de divina compensación que aparece en la historia de Lázaro, elevado al seno de Abraham y el rico, rebajado a los infiernos. La primera bienaventuranza se refiere en Lucas a beatitudes materiales para el pobre que serán diferentes en el Reino que en la tierra, y Mateo la hace beatitud espiritual. Las actas apostólicas lucanas  hablan de puesta de los bienes en común y la literatura cristiana primitiva diserta sobre cuáles ricos podrán ingresar al reino pasando con su impedimenta por el ojo de la aguja. Con el tiempo, se trata del rechazo de la atracción de la pura riqueza material y de hacer buen uso de las fortunas por quienes la poseyesen. La puesta de bienes en común se recluye en las órdenes monásticas. La pobreza es una necesidad de este mundo, un aguijón que empuja al hombre hacia el trabajo y está lejos de ser una marca de reprobación, sino  que conlleva una eminente dignidad, porque el pobre es "la imagen de Cristo". La Iglesia fue depurando el pauperismo veterotestamentario  y condenó -en casos, hasta la hoguera-  una lectura ebionista de las escrituras: los valdenses, los pobres de Lyon, los begardos y beguinas, los fraticelli y "hermanos de la vida pobre", los milenaristas, los discípulos del "Evangelio eterno". Exaltó a los pobres por renunciación voluntaria y mostró que riqueza y pobreza son en sí mismas indiferentes, medios que no fines, importando cómo se acepta  la una y qué uso se da a la otra. Alberto Wagner de Reyna, profundo pensador peruano, en cita recogida por Alberto Buela, sintetiza muy acertadamente el punto:   



“La pobreza desempeña así una función ancillar, subordinada: ser el lugar de arranque de la acción del espíritu libre del lastre de la desmesura material, cuantitativa, hedonista que constituye el desconcierto de la crisis actual. Podrá así el espíritu en la moderación y austeridad alcanzar el concierto radical (desde su raíz) el que el hombre se (re)humaniza. No es la pobreza un fin, ni valor absoluto, ni meta, sino supuesto y condición”.



Desde luego que la interpretación ebionita y veterotestamentaria tiene reapariciones y recaídas, especialmente bajo forma de un  clericalismo  que pretende que el sacerdote enseñe al pueblo, reducido al indigente y al miserable, cuál debe ser la vía de su petición y su reclamo  -a veces fue la senda del monte y el fusil-, porque resulta la porción electa y deben hacerla realidad en este mundo.  ¿Se favorece así al pobre y humillado? ¿O se inscribe esa actitud, más allá de la pureza de las intenciones, en otro aspecto de la cultura del simulacro de que hablábamos al principio?



Un aporte de Iván Illich



Iván Illich (1926-2002), que no puede considerarse un autor ultramontano, autor de numerosos ensayos destinados a separar el mapa del territorio, es decir, el nombre de una institución de aquello que pretende llevar a cabo, en "Desescolarizar la Sociedad", expuso algunos puntos de vista que pueden resultar útiles en nuestro camino:



            «(...) La institucionalización de los valores conduce inevitablemente a la contaminación          física,  a la polarización social y a la impotencia psicológica: tres dimensiones en un proceso de degradación global y de miseria modernizada. (...) Este proceso de degradación se acelera cuando unas necesidades no materiales son transformadas en demanda de bienes; cuando a la salud, a la educación, a la movilidad personal, al bienestar o a la cura psicológica se las define como el resultado de servicios o de 'tratamientos'.»

· «Tanto el pobre como el rico dependen de escuelas y hospitales que guían sus vidas, forman su visión del mundo y definen para ellos qué es legítimo y qué no lo es. Ambos consideran irresponsable el medicamentarse uno mismo, y ven a la organización comunitaria, cuando no es pagada por quienes detentan la autoridad, como una forma de agresión y subversión. Para ambos grupos, el apoyarse en el tratamiento institucional hace sospechoso el logro independiente.»

· «Las burocracias del bienestar social pretenden un monopolio profesional, político y financiero sobre la imaginación social, fijando normas sobre qué es valedero y qué es factible. Este monopolio está en las raíces de la modernización de la pobreza. Cada necesidad simple para la cual se halla una respuesta institucional permite la invención de una nueva clase de pobres y una nueva definición de la pobreza.»

· «Una vez que una sociedad ha convertido ciertas necesidades básicas en demandas de bienes producidos científicamente, la pobreza queda definida por normas que los tecnócratas cambian a su tamaño. La pobreza se refiere entonces a aquellos que han quedado cortos respecto de un publicitado ideal de consumo en algún aspecto importante

· «Los pobres siempre han sido socialmente impotentes. El apoyarse cada vez más en la atención y el cuidado institucionales agrega una nueva dimensión a su indefensión: la impotencia psicológica, la incapacidad de valerse por sí mismos. (...) La pobreza moderna conjuga la pérdida del poder sobre las circunstancias con una pérdida de la potencia personal. Esta modernización de la pobreza es un fenómeno mundial y está en el origen del subdesarrollo contemporáneo. Adopta aspectos diferentes, por supuesto, en países ricos y países pobres.»

La "pobreza moderna" segrega al individuo de la comunidad, sumiéndolo en la indefensión radical: además de privarlo del acceso a bienes de la vida, se lo priva de su potencia personal; esto es, se lo reduce a objeto de utilería en la escena del simulacro global.



El "Estado Servil"



La pobreza, en sí misma, ni es un mérito ni una indignidad. Es más bien un misterio, como decía Léon Bloy, aquel que se llamaba a sí mismo “mendigo ingrato”. El misterio de que siempre  habrá pobres entre nosotros. En todo caso, como vimos, hay que procurar que no sean siempre los mismos. El aprovechamiento político del pobre, en nombre de los eslóganes de la progresía, requiere, precisamente, que sean siempre los mismos, ya que resultan un fondo de reserva revolucionario o electoral que debe mantenerse íntegro para futuras reinversiones. Disminuir eficazmente la pobreza, integrar a la sociedad a los desplazados, sería a largo plazo destruir una materia prima política indispensable. Deben quedarse como están. Más aún, hay que reducirlos a la miseria, para esclavizarlos a cambio del mendrugo asistencialista  que apenas le permite arañar las necesidades básicas. Hay que institucionalizar la exclusión y, luego, mostrarse compungido por ella.



Nuestra progresía revolucionaria hace aristotelismo sin saberlo. Siguen al Aristóteles del libro I de “Política”, cuando defendía la esclavitud por naturaleza. El esclavo –el mísero- es una posesión animada. Un instrumento para la praxis. Es esclavo por naturaleza el que puede pertenecer a otro, como pertenece el mísero a su  puntero, referente o Milagro Sala de turno. Lo mejor para los esclavos, lo mejor para los míseros (y sigo parafraseando a Aristóteles) es someterse a este tipo de mando, ya que prefieren vivir, aunque sea mal, pero bajo la tutela de otro. El esclavo, el mísero, posee la razón, pero la pone al servicio de la obediencia más que conducirse él mismo por la razón, como hace un hombre libre. Les conviene esto a los esclavos, a los míseros, es justo que estén en esa condición y hasta están contentos con su suerte, concluía el de Estagira, sin saber cuán pertinentes resultarían sus razonamientos siglos después en un lugar llamado Argentina 



El siglo pasado, para ser más exactos en 1913, un pensador inglés llamado Hilaire Belloc  tuvo una intuición parecida, cuando escribió The Servile State, donde anunciaba que el cruce del capitalismo con el socialismo iba a producir la reaparición de la esclavitud, en beneficio de una minoría libre de propietarios de los medios de producción y de los instrumentos financieros, para imponerse a una mayoría de individuos sin libertad ni propiedad, reducidos al trabajo obligatorio a cambio de un nivel mínimo de satisfacción de las necesidades vitales. Lo que no pensó Belloc es que entre nosotros se iba a dar cumplimiento a su predicción, pero más avanzada: se les negaría hasta el trabajo, en cuanto este puede tener de dignificante, puesto que se los reduciría, simplemente, a actuar constantemente de partiquinos del simulacro.



La “gran noche” y el control social



Nos encontramos ante un momento típico de explotación de lo que se ha llamado “pánico moral”, esto es, que un problema que existe desde hace mucho tiempo y al que no se le han hallado soluciones ni paliativos es reconstruido en el discurso mediático y las invocaciones de la clase política como si se denunciara algo ignorado o como si aquello ya existente hubiese experimentado un agigantamiento repentino. Bajo “pánico moral” se ha decretado la emergencia alimentaria, que sólo significa que se acumula en el ejecutivo el lleno del poder para que adjudique contratos sin controles y disponga de las partidas presupuestarias a su antojo.  En estas maniobras se revela aquel juego de prestidigitación  que Bertrand de Jouvenel señalaba en su tiempo: el poder adquisitivo redistribuido proviene de las mismas clases que lo reciben.  



Ahondando el análisis, viene a la luz una astuta forma de control social y manejo político efectivo. Consiste, sintéticamente, en mantener la dominación por el aprovechamiento integral, del punto de vista cultural y económico, de los conjuntos productivos localizados, los niveles medios, identificados con la marka del CUIT o del CUIL, por medio de la movilización constante de una masa esclavizada –residuo  de la mutación conceptual de la idea del “pueblo”-, del “transpirado sudra” indigente, privado de la inclusión ciudadana, al que se estanca en condiciones de mera subsistencia, con un horizonte que acaba en la subsistencia diaria, esto es, en las condiciones de la nuda vida biológica, sin anudamiento ni vínculo relacional y comunitario alguno. Este agregado reducido a   esclavitud  debe mantenerse en constante agitación, de manera de producir la impresión de un animal salvaje y predador cuya liberación de las rejas provisorias del aparato jurídico de contención daría lugar a las sangrientas satisfacciones de la “gran noche” (las noticias policiales suministran  diarios ejemplos homeopáticos de lo que podría ser ese desorden apocalíptico). La ruling class, encerrada en la burbuja de su privilegio, apólida por definición, mueve los hilos de esta trama acercando o alejando la amenaza medida de las necesidades de la electocracia. Resulta una posibilidad anómica, controlada en principio, pero que puede irse de las manos.  La miseria tiene muy altos aprovechadores.-







La pobre gente - André Collin