jueves, septiembre 12, 2019

DE CÓMO APRENDÍ A QUERER A BORIS JOHNSON




Ocuparse de las desventuras y tribulaciones de los otros es un buen remedio - un sucedáneo del clonazepam, si ustedes quieren- que  permite un alivio ocasional y provisorio de las propias penas y quebrantos, que no nos faltan en nuestro singular trance actual. Echo entonces una mirada a la Gran Bretaña.  Nuestros analistas, comentaristas y expertólogos varios, que proliferan, se ensañan con los estorbos y zancadillas  que a Boris Johnson le tiende el Parlamento británico, mientras acusan al primer ministro de delito de lesa democracia y flagrante populismo por haberles infligido un receso de quince días.  Me permito disentir con ese coro, donde cada chantre se esfuerza en superar en volumen de denuesto al anterior.

Aunque la  constitución de la Gran Bretaña  es fundamentalmente consuetudinaria y consta sólo de algunos textos escritos,  es evidente que la posibilidad de suspender las sesiones del órgano legislativo durante un periodo limitado de tiempo no es ni ajeno ni incompatible con el sistema parlamentario inglés ni con ningún parlamentarismo.  El propio discurso de los adversarios de Johnson así lo reconoce, aunque  a continuación lo cubran de ataques. La principal diatriba es que, de ese modo, se tata de bloquear un debate a fondo sobre el Brexit. Un argumento tan especioso como cínico. En efecto, el  parlamento británico, de cuatro años a esta parte, no ha hecho otra cosa que debatir y dar vueltas sobre el Brexit. Debatir como “clase discutidora”, sin tomar ninguna decisión. Rechazó en tres ocasiones el acuerdo suscripto por la pobre Theresa May con la Unión Europea. Ha rechazado también un Brexit sin acuerdo. Ha rechazado convocar a un nuevo referéndum (que remacharía seguramente lo decidido en el anterior). En estos cuatro años ha cumplido el papel del perro del hortelano: ni decide ni deja decidir. La “máquina de impedir”.  Después de estos años, afirmar que se le impide debatir, es ridículo, y sólo a los repetidores faltos de seso de nuestro país se les puede ocurrir levantar esa sinrazón.

Hay más. El verdadero atentado a la constitución británica se halla en esta  actitud  tomada por una asamblea de zombies.  En efecto, desde la Revolución Gloriosa de 1689, la soberanía reside en el Parlamento.  La soberanía exige decisión  -como les repite Johnson- y los zombies de verba florida se afirman en obstaculizar toda decisión. Puede decirse que se está produciendo un deslizamiento de la soberanía a la decisión refrendaria, cuya defensa –y el consiguiente deber de acatarla- constituye el núcleo del discurso de Johnson.  Hace once años, antes del referéndum del Brexit, Vernon Bogdanor lo señaló en “The New British Constitution” (Bloombsbury Publishing), donde anotaba un deslizamiento del tradicional “Queen in Parlament” a un “We, the People”. Señalo esta circunstancia a los que en los medios dragonean de expertos: puede resultar de su interés.

Para situar el juicio respecto de este parlamento que ahora descansa por una quincena de su jueguito del permanente atasco, reproduzco parte del discurso con el que Oliverio Cromwell clausuró aquel “inútil artefacto” (Belloc dixit), que fue el Parlamento Largo:

“Ya es hora de que pongas fina tus sesiones en este lugar, que has deshonrado con el desprecio por todas las virtudes y contaminado por tu práctica de cada vicio. Ustedes son una tripulación amotinada, enemiga de todo buen gobierno. Son una recua de infelices mercenarios y les gustaría que Esaú vendiese su país por un plato de lentejas  y que Judas traicione a su Dios por un puñado de monedas. (…)  ¿Queda una sola virtud entre ustedes? ¿Hay un vicio que posean? No tiene más religión que la que pueda tener mi caballo. El oro es su dios. ¿Cuál de ustedes no ha intercambiado su consciencia  por sobornos? ¿Hay alguno entre ustedes que se preocupe por el bien de la República? Se han vuelto intolerablemente odiosos para toda la nación.  Fueron delegados aquí por el pueblo para reparar sus quejas. ¡Ustedes mismos se han ido!”

“You are yourselves gone!”, bien habrá dicho para sí Boris al cierre del inútil artefacto parlamentario. Aunque suele destacarse su aspecto de clown, Johnson es alguien formado en los mismos centros de élite que la mayor parte de la ruling class británica, y probablemente el más inteligente de la manada, como lo demuestran algunos de sus libros: “El Factor Churchill”, por ejemplo, o “The Dream of Rome”, notable panorama y panegírico de la historia romana.

Lástima que esa clase discutidora a la que tan bien se ajustan las invectivas de Cromwell (aplicables a nuestra clase política in toto, desde luego), volverá en una quincena a ser y hacer otra vez lo mismo.-


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