viernes, mayo 15, 2015

                                                                



Este blog ha prestado hospitalidad a diversos escritos del tiempo, que aciertan en decir con más propiedad lo que algunas veces hubiéramos deseado expresar. Del blog "Politeía", del uruguayo Javier Bonilla Saus, extraigo este reportaje que le hizo Aldo Mazzucchelli en 2011, con perspicuas observaciones sobre la cultura escrita y la info audiovisual, la educación y, sobre todo, con un retrato de Pepe Mujica que se aplica a mucho de los integrantes de nuestra clase política (que, por otra parte, están muy por debajo del Viejo Vizcaha oriental).

 
 
REVISITANDO UNA CONVERSACIÓN DE 2011
Pensar ordenadamente es propio de explotadores
Hace unos días nos enteramos de que
el enésimo libro donde nuestro ex presidente depone verbalmente está a la venta. En él —además de basurear a gente que ha trabajado largamente para su causa, como Constanza Moreira— dice José Mujica de Astori: "Pobre Danilo. Le falta sex appeal. Siempre está por ser presidente y va a seguir ahí porque no tiene picardía, le falta maldad. Danilo no tiene eso, es meramente racional y no llega al corazón de la gente. La gente piensa con el bobo también. Él es un profesor que da cátedra pero no te conmueve, no te roba una lágrima. Puede ser admirado, no querido. Pone distancia y la gente lo intuye. Otro problema que tiene es que habla en un lenguaje que la gente no entiende un carajo. Ese es un pecado capital para juntar votos".
En el verano de 2011, cuando aun no se había cumplido un año de la asunción de Mujica, la Revista uruguaya de Psicoanálisis me daba oportunidad de una entrevista con motivo de la publicación de uno de mis libros sobre Herrera y Reissig, y aquella conversación con el Ps. Álvaro Zas dio pie a algunas observaciones que, con la ventaja de la distancia, vale la pena revisar, en lugar de escribirlas de nuevo. 

Decía entonces: “Sobre esta dimensión, en relación a la comunicación política, se ha hablado mucho. Hay gente esencialmente no racional que tiene gran impacto mediático, quizá gracias a eso, he ahí el problema, porque después resultan bastante malos para los trabajos que deben desempeñar. Un ejemplo sorprendente para mí de eso es Bush hijo; yo vi los debates, una política monstruosa como todo el mundo ve y ha comprobado, pero en su discusión mediática quedaba muy bien el sujeto, incluso el debate con Kerry que era un hombre más formado, ganó Bush en los debates claramente. No sé cómo hizo, pero ganó claramente. 

[...]Estoy poniendo el ejemplo de alguien que tiene eso que hay que tener para convencer y ganar, y que no tiene atrás una solidez o valores de otro tipo. Por ejemplo, aquí, Mujica enganchó a mucha gente por vender o generar un personaje que es muy empático con el supuesto «uruguayo medio», o con la imagen del uruguayo medio que tiene el público aquí, algo así —pues claro que no hay uruguayo medio. También Mujica maneja muy bien ese nivel de respuesta sintética y con «punch», igual que lo hacía Bush hijo —quizá a los partidarios de Mujica no les encante este paralelismo, pero creo que está justificado. Cuando le preguntan a Mujica sobre un tema muchas veces dice algo original con bastante fuerza, pero no muy analíticamente explicado; muchas veces, de hecho, lo que dice es un disparate práctico, una vez que el tema al que se refiere se analice con cierta actitud de llevarlo a la práctica; cuando uno se pone a tratar de ver cómo se aplica, qué sigue, qué implica. Y creo que eso se está viendo ahora, que ha lanzado una cantidad de ideas interesantes de por sí, pero que no pasa nada en el gobierno, que hay, no sé, una anomia, un trancazo”. 

En aquel momento yo creía que las cosas que el presidente anunciaba se iban a hacer finalmente, de alguna manera. Sigue la entrevista así:

“Frente a eso, lo que me llama la atención, en los últimos años, es que la gente que es más articulada, que claramente habla más como se escribe, cae mal, le cae mal a la gente y yo no entiendo del todo por qué pasa eso, pero pasa. O sea, es como si hubiera una cantidad de gente que ya se resiste a la cultura de lo escrito y a lo intelectual; se resiste de una manera no articulada, pero muy clara. Vota con los pies. Me acuerdo sobre todo en la última campaña electoral, aunque no estaba acá, me daba cuenta de que había, atravesando los partidos, una cierta actitud muy «inconsciente», si querés usar la palabra en sentido folk, de darle más valor a figuras mejores para lo oral, más repentistas, más graciosas, más inventivas, que a figuras más sistemáticas, más estudiosas y sólidas. En ese sentido, acá me refiero a lo no verbal, a ciertos «efectos de palabra» si se quiere. Por ejemplo las figuras de Mujica o Lacalle eran más entradoras que las figuras de Sanguinetti o Astori. Y ahí creo está clara una posible división: Astori es un tipo interesante para hablar pero es casi obsesivamente racional. Sus argumentos están armados en pisos: es alguien inusualmente estructurado para argumentar, es muy bueno en ese sentido. Y lo extraño, lo que he notado como novedoso, es que últimamente mucha gente interpreta eso casi como mala onda. Es absurdo, es sorprendente. Aparece, ante la gente más articulada para argumentar, una mezcla de impotencia y rabia del público, como diciendo: «yo no te puedo seguir en esa, pero peor para vos». Y van y homologan al otro, refrendan al menos articulado, al de estilo menos estructurado y menos «racional»”.

Hoy, Mujica no sólo confirma aquella observación sobre los mecanismos de la política del 2011, sino que la defiende y la enarbola como virtud. Como virtud, sorprendentemente, “de clase”: “Danilo no tiene eso, es meramente racional y no llega al corazón de la gente. [...] Te pone la barrera y ahí es donde vos sentís la distancia de clase".

Así, el mago Mujica acaba de convertir a la capacidad de argumentar racionalmente en uno más de los defectos de los explotadores. Este es el presidente que gritaba exigiendo “educación, educación, educación” el primer día de su mandato. Evidentemente, él tiene en mente por “educación” algo muy distinto de lo que, por milenios,  la gente que ha entendido algo del tema ha entendido.

***
Lo cual trae al tema de la educación de nuevo. Hay nuevas autoridades en educación y en cultura. Aun no han mostrado las cartas, especialmente en educación. Valdría la pena comentar sobre esto. Pero, una vez más, ¿para qué escribir de nuevo lo que ya fue dicho hace cuatro años? Más vale recuperar y transcribir fragmentos de aquella conversación. Lo que no parece haber cambiado aun demasiado es la agenda de discusión. 

“Me parece que hay grandes dificultades de las Humanidades tradicionales para entender lo que pasa en un mundo en el que el lenguaje ya no juega el lugar que jugaba en 1900. Ha cambiado el lugar jerárquico del lenguaje verbal en términos de su relación con el poder, con la política, y hasta con el conocimiento, porque hay formas de conocimiento que son no lingüísticas o no esencialmente lingüísticas [...]. Es claro que no estamos operando ya acá con el lenguaje en el sentido de los diarios, del ensayo académico, es decir, de aquel lenguaje que era central al poder, el lenguaje que fundó la disciplina humanística y las Ciencias Sociales. Entonces si antes, en aquel modelo del XIX las Humanidades, las Ciencias Sociales reinaban, hoy por hoy hay un corrimiento del rol, de la importancia relativa y del rol social del lenguaje escrito y de largo aliento. Julio Herrera y Reissig, ya que estábamos hablando de él, era un sujeto visible con alguna forma de poder, porque manejaba aquel lenguaje en un tiempo en el cual la política y el poder y el Estado, funcionaban exclusivamente en base a escritos, o a discursos. No había siquiera radios. Lo que había era diarios y discursos. Entonces, cualquier sujeto que maneja el medio de comunicación principal es como una figura que todos los canales de televisión o todos los espacios audiovisuales quisieran tener con ellos, porque genera capital simbólico. [...] Hoy puede haber escritores muy importantes, pero no pueden ocupar ese mismo lugar simbólico. Pero de todos modos me parece que la escritura no juega el mismo rol en relación con el poder y demás que jugaba. Y he aquí un problema: eso, el mundo educativo, no lo está reflejando bien.

Álvaro Zas — ¿Eso, en tu planteo, ha ido en detrimento del lenguaje?

A. M. — No. Pero ha ido en detrimento de la legitimidad del sistema educativo. La gente se da cuenta de que lo que le están enseñando es de algún modo disfuncional. Si le están tratando de repetir una educación decimonónica, por más reformas que haya tenido, nuestro sistema educativo en particular sigue siendo un sistema totalmente decimonónico en sus prioridades, sus carriles, y la gente se da cuenta. Hace rato, que hay una disfunción ahí. No hay, no puede haber, una «prueba» definitiva de esto que digo, pero me parece notorio. Si ves, la gente dice: en general (con excepciones valiosas) es mucho mejor el funcionamiento de los liceos que están en la costa o en barrios de mejor nivel socioeconómico. Al menos una razón de eso es clara, y es que el imaginario de los padres y de la familia y el grupo de referencia de esos muchachos que estudian en esos liceos de la costa es más armónico con la educación decimonónica, con una educación basada en lo escrito y sus jerarquías; todavía ese grupo social —porque se crió en base a libros y en base a aquellas jerarquías y referencias del saber— es capaz de conservar una tradición en donde el lenguaje escrito era un elemento central. Eso es menos así en sectores a los cuales se había hecho entrar dentro de esa lógica en base a un gran esfuerzo hecho por el Estado y demás. Pero apenas el mundo empezó a disonar más fuertemente con aquel paradigma, esos sectores son más vulnerables a esa disonancia, y se alejan. Naturalmente gravitan hacia un código audiovisual, donde el lenguaje escrito no juega casi ningún papel. No leen libros, no tienen libros, nadie leyó libros en la casa, ni la madre, ni el abuelo, y por lo tanto para los muchachos que llegan al liceo todo ese mundo del escrito y eso, es muy raro, muy distante y no está nada claro para que va a servir.

No estoy queriendo decir que aplaudo que la comunicación social sea así. Y además, es menos así en los países más desarrollados. Y peor aún: si bien lo escrito no juega ese rol simbólico que jugaba antes, sí que es necesario, no sólo  para el desarrollo mental y cultural, sino “prácticamente” —digo ahora que hay un fetichismo de la utilidad— para  manejo del conocimiento, del poder, de la ciencia aplicada, de la técnica, y de la administración del bien común. En todos esos sentidos saber leer y escribir en serio, es decir, en el sentido decimonónico, es esencial, sigue siéndolo. Pero, mientras antes el sistema masivo de comunicación social gravitaba en torno a esa idea, la reconocía, hoy la oculta. En ese sentido es más fácil engañar hoy a la gente, y mucha gente pasa insensiblemente hacia una cultura de la oralidad que es, en cierta forma, una cultura de la ignorancia y la indefensión. La acepta hasta alegremente, se enorgullece de ella y desprecia lo que ignora, como decía Antonio Machado.

En este panorama, se produce un equívoco: se le echa la culpa al sistema educativo de la situación de fracaso. Hoy por hoy estamos llenos de diputados, de señoras y señores de todo tipo, que parece que tienen la cosa muy clara, y todos están contestes en lo malos que son los profesores y los maestros uruguayos. Pero están equivocados. El sistema educativo, que realmente está horrible y lleno de problemas de distinto tipo (incluido su implacable corporativismo), no es el principal responsable, porque lo que se le pide al sistema educativo es que haga una cosa imposible: es decir, que eduque masivamente a la gente en aquello para lo que la gente no quiere ser educada. Es la sociedad uruguaya la que ha fracasado al olvidar la necesidad de pensar, y no sólo de hacer, ser eficaz; y no su sistema educativo. Es el imaginario uruguayo el que está mal, y no sus profesores y maestros, que a lo sumo pelean (con un tenedor en la mano) para juntar unos ideales y objetivos educacionales obsoletos, con una sociedad que, masivamente, ya no los valoran, y ni siquiera los entiende en lo básico. El público de la educación no siente, no entiende para qué tiene que ir para ese lado, no siente que eso sea útil, que sea beneficioso, que sea deseable; entonces se resiste. [...]

Es claro que la sociedad se está oralizando de vuelta, es claro que estamos pasando, así como pasamos en Grecia de una sociedad oral a una sociedad escrita en la época de Platón aproximadamente —es decir, a una sociedad que ya escribía sistemáticamente con fines de conocimiento— ahora estamos haciendo un proceso en algún sentido en contrario, yendo de una sociedad escrita a una oral. Aunque claro, no estamos volviendo a la Grecia arcaica, sino que el lugar hacia donde estamos yendo o donde ya estamos es un lugar que ya presupone la escritura en un nivel. [...] Las interacciones sociales, a nivel por ejemplo de la política, la comunicación social, han vuelto a ser las propias de una dinámica de la oralidad. [...] Hay rasgos de la oralidad que los estudiosos del tema escriben como rasgos característicos. Ya mencioné algunos antes, un poco al voleo... emocional antes que intelectual; improvisadora antes que elaboradora de largo plazo; de referencia cercana; de jerga o lenguaje local y no universal; con una actitud agonística, competitiva; siempre tiene que haber un nivel de controversia, y eso implica la presencia de un otro a quien hay que ganarle de alguna manera, y el juego de competir está siempre ahí, al alcance de la mano. Después, tiende a ser más conservadora con esto que decía, la única forma de conservar los contenidos es repitiéndolos, se vuelve repetidora. Claro que eso a largo tiempo probablemente tenga un efecto de filtrado positivo [...]. 

Pero también tiene el peligro que se repitan cosas sin comprobarlas, cosa que pasa en nuestra cultura de hoy continuamente. Entonces, todas las cosas que la cultura escrita trajo que tienen que ver con lo analítico, una distancia del espacio y tiempo entre el productor y el receptor de discurso y su conocimiento, una mediatización de la referencia, una fetichización del documento, una elaboración del texto como objeto en sí, autorreferencialidad, una independencia relativa del intérprete respecto del texto que le permite tener una actitud crítica... todo eso se hace menos presente en una cultura más oral”.

***
El gobierno de José Mujica ha hecho muchísimo por institucionalizar el macaneo, y esto es perfectamente armónico con el aceitado de la transición a una cultura de oralidad secundaria que profundiza la brecha social. Cada vez que alguien sonríe escépticamente ante cualquier defensa de la escritura, lo que está haciendo es contribuir a la destrucción del tejido social. Es lo que pasa cuando alguien se ríe de la escritura como sostén de la posibilidad de acuerdos explícitos sobre el bien común. Lo cual va de la mano con esa costumbre, tan exaltada por Mujica, de reírse de los mecanismos de legitimación social y creer la morondanga de que es cierto que una sociedad es una sumatoria de individuos indistintos, todos iguales. Vázquez, dice Mujica, "marca distancia porque se cree todo eso de presidente y acá nadie es más que nadie". Jaja, estaría bien eso de que nadie es más que nadie, si fuera cierto. Pero decirle a la población lo que es mentira al tiempo que se hace lo contrario de lo que se dice, es basura comunicacional. Mujica es un gran narcótico. Ha vivido comunicando, de modo sibilino, lo que suena como miel a oídos mayoritarios, pero que bien mirado, no es cierto. En lugar de aceptar que él era el presidente y hacer lo mejor que podía en el cargo que le dio la ciudadanía, se creyó que el presidente era Él. Es decir, que el cargo que asumió iba a ser lo que fuese que a él se le antojara. Como es natural, puesto que en lugar de asumir las responsabilidades de presidente se dedicó a charlarnos por la radio, como presidente no hizo nada. Su gobierno habló intermitente e interminablemente, y las cosas fueron en piloto automático. Hizo una cosa más, que es probablemente la más engañosa de todas. Como dice un comercial electoral de la campaña de su mujer: “Nos puso en el mapa”. Según este ideologema, el Uruguay ahora es conocido gracias a Mujica. 

Esto sería para una columna entera, pero en pocas palabras: el mundo no se interesa realmente por el Uruguay. Los ciudadanos pequeñoburgueses tardo-románticos de España, Francia o Australia pueden elegir admirar a Mujica, porque se les representa un hombre honesto y pobre, un mártir. La gente siempre quiere proyectar su lado bueno en alguna percha conveniente. Sin embargo, me parece que Mujica es buena percha, pero por lo demás, y a lo sumo, ha sido un político astuto, un viajero exitoso, y un mal gobernante para su pueblo. La suerte de este país siempre estuvo ligada a su posibilidad de excelencia, que en algunos momentos de su breve historia fue algo, y en otros fue una meta lejana. Lo que nunca le había pasado al Uruguay es la autosatisfacción que siente ahora. Y esa autosatisfacción no está basada en nada demasiado bueno, puesto que en cosas sustanciales —cultura entendida en el sentido más amplio, honestidad en el poder, transparencia, educación respecto de cómo bajar el egoísmo y cuidar el bien común—estamos peor. Pero, tomado el narcótico Mujica, el uruguayo se cree amigo de la humanidad. Más aun, se cree genuinamente admirado por los europeos, los japoneses, o los yanquis. O esto es alimentar un nacionalismo barato, o es alimentar la ilusión de que las naciones latinoamericanas son mejores cuanto más las aplaude el primer mundo. Ambas cosas son nefastas. Es otra de las herencias de Mujica. 

Mujica no escribe. Es por eso candidato a Sócrates, a Cristo, a Buda. Nos ha llegado (por escrito, obviamente) la falsa ilusión de que la sabiduría no escribe, sólo habla. Mucha gente cree eso. Lo ha aprendido en los libros. Lo que pasa es que vivimos en una sociedad tan olvidada de su propia frivolidad, que le viene encantando, después de haber trepado por la escalera, patearla para que no suban los que vienen atrás. Es así como estamos, con el fracaso educativo, condenando a los que vienen atrás a que nunca aprendan a escribir. Es decir, a pensar ordenada y profundamente. Los aplaudimos cuando resuelven un acertijo táctico, y nos palmeamos la espalda. Como el Uruguay, no hay.
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