lunes, abril 02, 2007

MALVINAS, MALVINAS...


La guerra pertenece a la política, y desde ella debe ser ineludiblemente juzgada, por lo menos en una primera aproximación. Desde ese punto de vista, la guerra por las Malvinas, hace veinticinco años, estuvo mal planteada desde el vamos. Su marco fue la fase final de la guerra fría. Para emprenderla, había que contar con la anuencia, con la "media palabra", de alguno de los poderes imperiales del tiempo. En aquel duopolio, contaban ante todo los EE.UU., porque se libraba dentro de su zona de influencia. Este aspecto de la cuestión fue manejado, por lo menos mientras no surjan evidencias en contrario, con meros supuestos que no tenían en cuenta los compromisos globales de la república imperial. Existe, desde luego, la versión de la "trampa" tendida por los yanquis. Siempre me ha parecido, desde el punto de vista del cui prodest, insostenible. Al contrario: los nortemericanos no ganaron con la guerra, sobre todo en su relación con los países de Latinoamérica. ¿Para qué iban a querer ese barullo en el patio del fondo? En cuanto al otro poder imperial, la URSS, con el cual el Proceso se había llevado bastante bien a partir de su negativa a participar en el boycott "humanitario" de Carter-produciendo así numerosas "crisis de consciencia" en el PC-, la aproximación tardía para pedir un apoyo estratégico tampoco podía resultar exitosa. Los soviéticos, directamente, podrían haber suministrado bien poco -alguna inteligencia satelital, pongo por caso-, pero nada más. Por otra parte, ellos habían actuado siempre en este patio trasero por procura cubana, conforme las reglas no escritas de la guerra fría. Esta intervención -OLAS, Tricontinental- había sido nefasta para nuestra región. La última justificación del Proceso, ya desteñida en 1982, pero a la que el "partido militar" no podía renunciar porque era su fundamento, consistía en la necesidad de una respuesta blindada y fulminante a esa amenaza. La visita de Canoro Costa Méndez a La Habana, dentro de aquel intento, sólo admite el registro de lo patético. En fin, el Vaticano, el otro poder internacional al cual podíamos acudir, había cerrado un compromiso con los EE.UU para socavar a los soviéticos en Europa del Este -mientras Bin Laden hacía lo propio en Afganistán-, y poco podía agradarle, pues, al papa Wojtila, que los argentinos le complicasen esta vía regia hacia el desgaste del enemigo con una oscura cuestión acerca de dos peñones en el Atlántico Sur. Esos mismos argentinos que ya habían protagonizado un incidente de recreo largo con sus vecinos chilenos, unos años atrás, dejándole, eso sí, un triunfo diplomático -por mano del cardenal Samoré- a la curia vaticana. Pero en una pelea de fondo, tal intervención era impensable, más cuando se estaba jugando a favor de uno de los contendientes. Por lo demás, el papa Wojtila tenía en curso, por ese tiempo, una movida dentro del diálogo ecuménico: un preacuerdo con la High Church anglicana -presidida por la reina británica-, que sí habría representado un trofeo visible para su reinado. No podíamos haber actuado, para el Papa, en peor momento, y eso se reflejó en sus viaje forzado a estas tierras, luego de visitar Londres, que cualquier mirada objetiva advierte que fue pasar una mano compasiva sobre un lomo en el que ya se dibujaba la matadura de la derrota.

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