viernes, marzo 25, 2016

24 de marzo
 
 

Inepcia, mala fe, ignorancia...sobre todo ignorancia, de esa peligrosa, la que se ignora a sí misma, es que campea en esta "celebración" donde casi todos buscan rehacerse una virginidad  ideológica y pasar el delete hasta que bajo la herrumbre aparezca el brillito de la buena consciencia, cuidando, eso sí, de eliminar lo que haya acumulado la papelera de reciclaje, no vaya a ser que algún Stiuso memorioso saque a relucir viejos archivos fuera de contexto. Humano, demasiado humano, ya lo sé, pero convengamos este rito laico equinoccial resulta oceánicamente aburridor. Reitero, pues, un viejo texto del 2004, que publicó "La Nueva Provincia" en su tiempo y Sergio Crivelli le dio hospitalidad en un muy buen programa periodístico que tenía por entonces en Radio Nacional. Es mi contribución para salir del laberinto. 
 
 
 
 
 
 

MODESTA PROPOSICIÓN


El jueves 26 de agosto {de 2004}, en la plaza del Congreso, Juan Carlos Blumberg pidió un recuerdo para todas las víctimas de la inseguridad. El silencio posterior abrazó dolores y superó rencores. Necesitamos un gesto de semejante grandeza para con todas las víctimas de nuestras guerras civiles, desde 1810 a 1983. Las luchas intestinas, en sucesivas recaídas, han dejado catálogos de muerte y de dolor. Y un hilo rojo hecho de rencores que las hilvana. Nuestra política actual parece, muchas veces, una imitación de guerra civil. Quizás se muestre allí un síntoma de inmadurez colectiva. Preferimos seguir librando las guerras internas del pasado, cuyo resultado creemos conocer, antes que asumir los riesgos del presente, con sus incógnitas abiertas. Propongo que fijemos un día para reflexionar que nadie gana una guerra civil, y así deponer por un instante los rencores testarudos. Un día, por lo menos, en que nos sintamos maduros y emancipados de la carga de sangre y de odio. Creo que una fecha adecuada sería el 13 de diciembre. En 1828, un día como ese, el coronel Manuel Dorrego, gobernador de Buenos Aires, fue fusilado por orden del general Juan Lavalle, que lo había depuesto por un golpe militar. Después de un siglo y casi otro transcurridos, aquellas heridas abiertas por el pelotón en Navarro, si bien quedan, porque el tiempo cura pero no suprime, están cerradas. Otras las sustituyeron, y algunas de ellas aún sangran, y hasta se las deja sangrar a designio. Propongo, pues, un día en que, con espíritu de misericordia, acariciemos cada herida del pasado y podamos retirar la mano seca. Un día en que, pareja y decorosamente, las memorias de Dorrego y de Lavalle, la que recuerda el profundo bronce de Yrurtia en Suipacha y Viamonte, y la que duerme en la Recoleta con un granadero de guardia, no se crucen ya como cuchillos, sino que se reconozcan en el dolor, en la dignidad y en la mutua aceptación de los extravíos humanos. Un día, para tomar ejemplos próximos, en que lo mismo pueda ocurrir con las memorias de Carlos Alberto Sacheri, asesinado frente a su familia por el ERP, y de Rodolfo Ortega Peña, asesinado por la Triple A frente a su mujer. A ambos los conocí y a ambos los aprecié, más allá de diferencias.

En lugar de vampirizar a los muertos y hacer mercancía política de su sangre, necesitamos aprender la piedad. Aunque sea un día por año.-

 

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