viernes, noviembre 01, 2013

UN JÚBILO SECRETO




Explicaba el otro día a mis alumnos el fallo "Grupo Clarín c/PEN s/acción declarativa de inconstitucionalidad", esto es, la sentencia de la Corte Suprema sobre la ley de Medios, remontándome a los antecedentes e intereses en juego, los pronunciamientos en las instancias anteriores y las argumentaciones de los ministros, así como el abanico de posibilidades futuras tanto para la  AFSCA como para la multiempresa. Mi tarea es formar abogados que puedan desempeñarse con cierta soltura en el escenario de las argumentaciones neoconstitucionalistas (neocons) posmodernas y, a la vez, que puedan comprender y cuerpear en lo posible las dinámicas de poder detrás de bambalinas. En suma, enseñarles cómo se usa el herramental neocon y, a la vez, mostrarles algo  de la suciedad del mundo real que se acumula bajo la alfombra del Estado Constitucional posmoderno. Mostrarles, además, que en el  futuro debían estar preparados para responder a preguntas concretas más que para discursear en líneas generales, como se vio en la audiencia pública convocada previamente por la Corte. Bastante para un curso de grado. Unos escalones más arriba, en los posgrados y doctorados, se puede examinar más de cerca el pensamiento de los jurisclastas neocons, pero siempre advirtiendo que es el que prevalece y marca la cancha del que quiera jugar en ella con provecho y medrar, de paso, en la vida académica . De batallas solitarias y guerras perdidas está uno ya curtido, y su buen sentido y su mejor empeño le dicen que no es cuestión de formar discípulos para el camino más  pedregoso y empinado, que si se quiere emprender debe ser decisión  no sugerida.
 
Por una razón de buen gusto, sin embargo, no podía  yo comentarles cómo "me endiosa el pecho inexplicable un júbilo secreto", para decirlo borgesianamente, después de haber escuchado tantas veces, en los sermones periodísticos de las páginas de "La Nación" y "Clarín" (ese Morales Solá, oficiante de alto clero "republicano", por ejemplo, o Van der Kooy desde la tele) que la Corte que se asienta en el 4º piso del Palacio es la mejor, no sólo de nuestra historia sino de nuestra geografía circundante. O las pontificaciones de constitucionalistas a granel (el tal David Sabsay modulando a lo monaguillo el art. 32 de la constitución, contra el cual ya se sulfuraba el gran Sarmiento) enhebrados incansablemente en  talk shows indistinguibles ya los unos de los otros, acerca de las bondades de los jueces supremos como guardianes de la superlegalidad. Un júbilo secreto con un poco de tristeza, un algo de amargura y una pizca de desazón de uno que quedó reducido a espectador de la guerra civil entre la  CrisK y la Corpo. Casi una herida absurda, casi un tango.  
 
 
Nota para no curiales: el art. 32 de la CN dice que "el Congreso Federal no dictará leyes que restrinjan la libertad de imprenta o establezcan sobre ella la jurisdicción federal"; nunca impidió que el congreso legisle, y el poder judicial juzgue sobre delitos de prensa -la Corte, en esa línea, lo "planchó" varias veces- y Sarmiento se esforzó en que los jueces federales fueran jueces naturales de los abusos y delitos de imprenta, aunque una presunta incitación a la sedición fuera publicada en una humilde hoja de Chilecito, La Rioja o Arroyo Seco, Santa Fe, por ejemplo. De aplicarse a la ley de Medios, no cabría una legislación federal y cada provincia podría dictar la suya, lo que no parece muy viable en vista de los alcances actuales de los medios. En fin, una invocación más cercana a la pompa de jabón que a la  bala de plata.     

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