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martes, enero 19, 2021

EL  “IMPEACHMENT” PÓSTUMO O LA ÚLTIMA BURRADA DEL PARTIDO DEL BURRO  







El 13 de enero pasado, la Cámara de Representantes de los EE.UU. votó la iniciación del impeachment (entre nosotros, juicio político) contra el presidente Donald Trump, a siete días de que deba dejar el cargo.  Fue por 232 votos a favor, 197 en contra y 4 abstenciones. Votaron por la implementación del juicio político la bancada demócrata y diez representantes republicanos, pertenecientes al sector de los llamados RINO (“Republicanos sólo de Nombre”, por su acrónimo en inglés). Los motivos fueron que Trump “incitó una insurrección armada contra el Congreso”, mediante un discurso “violento” y llamó a explícitamente a entrar “por la fuerza” al Capitolio. Cualquiera puede formarse un juicio acerca de esta acusación revisando la arenga de Trump  y si ésta fue anterior, simultánea o posterior al comienzo de tumulto. Pero no es lo que nos interesa aquí, ni tampoco la velocidad con la que los diputados votaron una moción de juicio político que nunca tuvo investigación previa ni pasó por comisión, lo que es de estilo este tipo de acusación. Se trata, por lo tanto, de un juicio político express, que supera con mucho la velocidad ya propia de este tipo de juzgamientos. Como se sabe, en el impeachment norteamericano, como en nuestro juicio político, la Cámara de Diputados funciona como exclusiva acusadora, a través de una comisión designada al efecto, que debe investigar, aportar y producir las pruebas de cargo, y el Senado toma el rol de juez o jurado, debiendo dictar la sentencia de absolución o condena, para la cual se requiere una mayoría de los dos tercios de los miembros presentes. El Senado de los EE.UU se encuentra en receso hasta el 19 de enero, un día antes de la asunción de Joe Biden. El blitzkrieg antiTrump halla insalvables dificultades para cumplirse antes de la toma de posesión del nuevo presidente, aunque más no sea porque también el acusado merece tener la posibilidad de una defensa adecuada en un debido proceso. El juicio, pues, deberá tener lugar en el Senado, pero con su nueva composición. Cuestión no menor es el chalaneo para obtener el pase de suficientes nuevos senadores republicanos del sector “Deplorables” (es decir, trumpianos) al sector RINO (los que se purificaron en el Jordán), para llegar a los dos tercios.  Papel no menor en esto juega el impartir miedo: defender a Trump es, automáticamente, defender la insurrección, y ya hay fiscales rondando a los posibles candidatos a tal acusación. El baldón para los que apoyen al presidente saliente cuenta desde ahora con una sanción no menor: la condena a la espiral del silencio en los medios de comunicación y las redes  sociales, porque favorecer a Donald es una maquinal incitación al odio. Otra cuestión es quién presidirá el Senado  enjuiciador. La neovicepresidente Kamala Harris podría hacerlo porque no es su presidente el que está en el banquillo, sino el derrotado. O quizás le deje ese papel al presidente pro tempore del cuerpo, equivalente a nuestro presidente provisional del Senado. Pero hay quienes piden se continúa con el procedimiento iniciado por la Cámara baja como si aún Trump estuviese en ejercicio, por lo que el Senado debería ser presidido, en ese caso, por la cabeza de la Corte Suprema, John Roberts.

Llegamos a la “burrada”

Pero todo lo anterior es minucia. Enorme, pero minucia al fin. Lo que sorprende, en un país como los EE.UU., que ha tenido figuras descollantes en el derecho constitucional, es que se sostenga que puede haber un juicio y una eventual condena en un  impeachment póstumo, porque dirigido a un presidente que ya cumplió su mandato. En derecho, toda acción deviene insubstancial y se extingue cuando desaparece el objeto de su persecución antes  de llegarse a la sentencia de mérito. El objeto de la acción de impeachment, como el del juicio político entre nosotros, es  la remoción del funcionario, en este caso el presidente. Lo dice la constitución de los EE.UU–: “destitución del cargo” –removal from office (art. I, secc. 3)- y la nuestra: ”destituir al acusado” (art.60). Lo demás (“inhabilitación para ocupar y disfrutar cualquier empleo honorífico de confianza o remuneración de los EE.UU”, en un caso, “declararle incapaz de ocupar ningún empleo de honor, de confianza o a sueldo en la Nación, en otro) son accesorias de la condena, que sólo pueden entrar en vigor a partir de la sanción del objeto principal, que es la remoción. No habiendo principal, lo accesorio sigue su suerte. No voy a fatigar al lector con citas de nuestros doctrinarios –Joaquín V. González, Rafael Bielsa, Miguel Ángel Ekmedjian, para citar sólo los que tengo ahora más a mano en la biblioteca- que confirman este aserto elemental de que no hay posibilidad alguna de impeachment póstumo. Y no quiero privarme del viejo Story, que tocó directamente el punto: “si la Constitución ordena la destitución, es que supone al acusado todavía en ejercicio de sus funciones cuando se hace la acusación (…) Esto se justifica observando que sería ejercer una autoridad ilusoria la de juzgar a un culpable por un crimen susceptible de juicio político, cuando el principal sujeto de la ley no es ya necesario, ni tampoco puede ser alcanzado; y aun cuando pueda declararse la incapacidad para ejercer empleos públicos, las formas de la Constitución dejan en duda el que esta privación pueda pronunciarse sola, sin ser acompañada de destitución”.

Por cierto, y acudiendo a la vía del absurdo, si se pudiese realizar un impeachment póstumo, como lo que ocurrió con el papa Formoso (891-896), al que después de su muerte el papa Esteban VI (896-897), luego del “sínodo del cadáver”, ordenó que se desenterrara su cuerpo, vestirlo debidamente, juzgarlo y arrojarlo al Tíber; si fuese posible algo así, hasta el mismo Biden podría hallarse en problemas.  Supongamos que en 2023, en las elecciones de medio término se volviesen las tornas y los demócratas quedasen en minoría en ambas cámaras. Y que los  republicanos “deplorables”, ahora triunfantes, aplicando el precedente Trump, exigiesen el impeachment póstumo de Joe Biden, cuando fue vicepresidente de Obama. En ese momento, Biden  se jactó públicamente de haber presionado al entonces gobernante ucraniano para que destituyese al fiscal general que estaba investigando a su hijo Hunter por presuntos actos de corrupción en sus funciones de miembro del directorio de la principal empresa ucraniana de petróleo y gas. Incluso, al parecer, incluyó en su amenaza que, de no cumplirse su pedido, no se giraría al país europeo un adelanto de fondos del FMI. Los acusadores señalarían que esta gestión de un vicepresidente en funciones que utiliza su investidura para gestionar un interés privado sobre una investigación de corrupción que se desarrolla en otro país  constituye la "falta grave" que el art.  II, sección 4a. de la constitución norteamericana establece como causal de impeachment.  De ser condenado por el Senado, privado de la posibilidad de empleo honorífico de la Unión, Biden debería renunciar a la presidencia…

El ejercicio anterior sirve tan sólo para reducir al absurdo la posibilidad de impeachments póstumos a lo papa Formoso que se pretende por Dems + RINOs, que abriría una incontenible e indefinida serie de venganzas circulares dando lugar a  una situación ingobernable. La idea de que tal procedimiento prendiese en nuestra clase política es francamente aterradora.

Lo único que pretende esta guerra relámpago contra un Trump en el piso, dirigida por la Pasionaria de San Francisco, Nancy Pelosi, es declarar la incapacidad política vitalicia del caído. Esto sería una proscripción de por vida, aunque llamarla por su nombre chocaría con la constitución –“no se expedirá ley alguna de proscripción”, art. I, secc. 9. Quizás convendría que en un sinceramiento colectivo se restaurase la venerable institución del ostracismo, para aquellos que se considerasen peligrosos para el sistema, con un destierro de diez años, como el precedente ateniense. Todo ello acompañado de la damnatio memoriae, para acoplarle una institución romana, y eliminar cuanto pudiera recordar al  afectado: imágenes, textos, hasta el nombre. Los romanos lo aplicaban al muerto, pero no habría inconveniente que fuera en vida, con silencio lapidario de los medios de comunicación y redes sociales. Para los argentinos de la tercera edad, algo así como el decreto 4161/56. Sería jugar políticamente a cartas vistas,  y todo aquel que quisiera entrar al garito sabría de antemano las consecuencias, sin necesidad de forzar constituciones ni invocar a la democracia. 

Los demócratas son popularmente conocidos como el partido del burro y los republicanos tienen como animal emblemático al elefante. El partido del burro, junto con algunos elefantes disidentes, está a las puertas de cometer una solemne burrada.-

 


martes, julio 11, 2017

SCOTUS CONFIRMA UNA ORDEN EJECUTIVA DE DONALD TRUMP




La prensa local, en su momento,  informó con amplitud acerca de las medidas cautelares de suspensión, emanadas de varios jueces federales, de la orden ejecutiva 13769, del 21 de enero pasado, firmada por Donald Trump, referida a la posibilidad de impedir el ingreso a los EE:UU. de extranjeros provenientes de siete países del Mediterráneo oriental donde se profesa la fe islámica. La justificación del decreto era la seguridad nacional, para prevenir actos de terrorismo. Los jueces cautelantes consideraron que la medida  traslucía un prejuicio contra el Islam antes que una defensa del país y resultaba, en consecuencia, inconstitucional.  El presidente de los EE.UU. criticó los fallos y manifestó que iba a apelarlos. Sin perjuicio de ello, emitió el 6 de marzo una nueva orden ejecutiva, la 13780, donde se aclaraba la anterior en el sentido de considerar caso por caso cuando el extranjero tuviese un vínculo previo con los EE.UU.  Quedaba firme la prohibición para aquellos que no pudiesen acreditar relación previa alguna con la Unión.


Pero el 15 de marzo, un juez federal del distrito de Honolulu del Estado de Hawaii, rechazó los argumentos del Ejecutivo de que las restricciones contenidas en la nueva orden ejecutiva 13780 tuvieran por objeto la seguridad nacional, sino que las consideraba motivadas por sentimientos antiislámicos. Otro juez federal, esta vez de Maryland, a instancias  de una demanda presentada por la Unión Americana de Libertades Civiles y por otras organizaciones en representación de inmigrantes, refugiados y sus familias,  también ordenó la suspensión del mismo decreto por iguales razones.

El 26 de junio último, la Corte Suprema de los EE. UU. (Supreme Court of the United States- acrónimo SCOTUS) falló en “Donald Trump v. International Assistance Project”, confirmando la constitucionalidad del decreto, más allá de las particularidades del caso, que concernía a ciudadanos de los países afectados que habían sido previamente aceptados como estudiantes por  una institución universitaria de Hawaii, para los que no lo consideró aplicable, en razón del vínculo previo,

“La propia orden ejecutiva distingue entre extranjeros que tienen algún tipo de conexión con este país y quienes no la tienen, estableciendo un sistema de excepción por caso dirigido fundamentalmente a los individuos situados en la primera categoría”, dice el fallo. Y, respecto del caso, establece:

“Un extranjero que desee la entrada en territorio estadounidense para visitar o incluso vivir con un miembro de su familia, claramente posee dicho vínculo. En lo que respecta a la relación con personas jurídicas, el vínculo debe ser formal, documentado y efectuado de forma ordinaria, no con la finalidad de evadir el cumplimiento de la orden. Los nacionales de los países mencionados en dicha Orden que han sido admitidos como estudiantes por la Universidad de Hawaii ostentan dicha relación, de la misma forma que lo hacen los trabajadores que hayan aceptado una oferta de empleo de una empresa estadounidense, o quien haya sido invitado a impartir una conferencia en territorio americano.”

Se trata de un fallo elaborado per curiam, es decir, como una expresión impersonal del tribunal en su integridad. Pero el voto coincidente con disidencia pacial de los tres miembros “conservadores” de la Corte –Clarence Thomas, Samuel Alito y Neil Gorsuch, este último designado durante el actual mandato presidencial – resulta ilustrativo.Este voto particular considera que debió revocarse la medida cautelar en su integridad, y no parcialmente. Acoge para ello los argumentos del gobierno utilizando el argumento de la salus publica: “ponderando el interés del gobierno en preservar la seguridad nacional y los daños que podría causar a los recurrentes la ejecución del acto, ha de prevalecer el interés público.” No obstante, el voto particular manifiesta a continuación que: “Habría sido, quizá, razonable que el Tribunal mantuviese la suspensión únicamente en lo que respecta a las partes recurridas. Pero se extiende la medida a partes sin identificar, integrantes de un grupo no identificado de nacionales extranjeros. Y no consta que ninguna parte procesal haya solicitado la medida que el Tribunal adopta hoy. El voto particular imputa a la sentencia, pues,  incongruencia al  fallar más allá de lo peticionado. Los disidentes parciales parecen prever que, con el criterio adoptado, se plantearán en el futuro nuevos casos, ya que el nudo de  la controversia se trasladará ahora a verificar si se cumple o no en cada caso el requisito de la conexión previa con los EE.UU.

Por otra parte, la expresión del tribunal per curiam señala que los cuatro miembros adscriptos al ala liberal de la Corte, esto es, Ruth Gisburn, Stephen Breyer, Sonia Sotomayor y Elena Kagan, apoyaron el decreto en la sustancia, respecto del argumento basal de la seguridad nacional frente al ingreso de extranjeros provenientes de países donde la recluta del terrorismo fundamentalista islámico suele ser más nutrida.

El fallo, más por su oportunidad y alcances que por la novedad de su doctrina,  da para muchas reflexiones, de las que solo apuntaré dos.  La primera se refiere a SCOTUS y su indudable función política –reflejada, entre otros aspecto, en las tendencias encontradas en su composición-  que intenta no expresarse en un registro partisan, esto es, partidario de estricta observancia. Aunque no siempre en su larga historia el alto tribunal  lo ha conseguido, dispensa cada tanto lecciones de prudencia tanto judicial como propiamente política, y la resolución de este caso es buen ejemplo de ello. Obsérvese el chirlo ejemplarizador que el plenario le aplica a tanto juez federal apresurado y partisan, de esos que crean inmediato regocijo y  expandido rataplán en la videología mediática –“justicias legítimas” se cuecen en todos lados. SCOTUS sabe echar mano y matizar adecuadamente el argumento primordial de la seguridad interior, y sabe también cómo  poner orden en la tropa inquieta de los jueces federales.  Les señala que hay trances en que deben mirar más lejos que las jaculatorias de los manuales, compuestas para los quehaceres de la normalidad. Les recuerda que el sostén de las murallas de la ciudad, donde se encierra el buen orden que las constituciones propician,   es un deber más importante que los quince minutos de notoriedad que se regalan a cualquier beligerancia activista.  Ello  sin perjuicio de las diversas y hasta opuestas ecuaciones personales  y visiones del mundo que los justices poseen.  Todo en trece páginas, más tres de la disidencia parcial, y tres meses y medio, transcurridos en tres instancias, desde el dictado de la medida cautelar.

La segunda reflexión  nos recuerda una oposición entre levantar muros o tender puentes, que se planteó hace un tiempo, con protagonismos encontrados de Donald Trump y el papa Francisco, alrededor de las migraciones masivas, el alud de refugiados y el ingreso de terroristas mezclados entre aquéllos. Ambas arquitecturas –muros y puentes- han acompañado desde muy lejos la peripecia humana, y sería tan arduo como inútil  convertirlas en banderas para un choque de opuestos. Quizás por ese fragor sin sentido se olvidaron de una tercera, y también imprescindible, necesidad arquitectónica. Me refiero a las puertas.  El adentro y el afuera, delimitación imprescindible para señalar los ámbitos de la vida: lo público y lo privado; lo nuestro y lo del otro; lo común y lo propio. Estamos ante un problema de puertas: cuán abiertas pueden estar, cuánto entornarlas, qué problemas abre su cierre. SCOTUS se ha pronunciado al respecto.

Sólo queda agregar que este pronunciamiento no ha merecido la atención de las jaurías mediáticas siempre afanándose dcon el colmillo a la vista detrás de la “posverdad”.  Tanto esfuerzo y justo vino a escurrírseles  este ejercicio de puesta en claro  de aquí y ahora.-


viernes, enero 20, 2017

Santo Súbito



La canonización relámpago o panteonización de alta velocidad que las grandes cadenas informativas han ido desarrollando desde días atrás respecto de Barack Obama -así como la progresiva puesta en valor candidateable de su esposa Michelle- culmina en estos momentos en que veo entrar en la Casa Blanca a Donald Trump y su mujer, antes de marchar ambos, el saliente y el entrante POTUS, hacia el Capitolio, me han producido y producen una marea de fastidio que indica la necesidad de no postear in extenso por ahora, buscando al efecto futuras y más calmas ocasiones.  El "velo de ignorancia" que usualmente nos mostraba a la prensa como un sitio de relativa imparcialidad, ha caído por completo desde la campaña y posterior victoria electoral de Trump, hasta un punto que sorprende aun a aquéllos que con el tiempo hemos ido desarrollando un instrumental para precavernos de la habitual manipulación que atraviesa el sector informativo. Asoma el rostro de la Gorgona del poder y del desprecio por las mentalidades que se consideran imbéciles, retrógradas y condenadas a la "espiral del silencio".  Separo la anécdota de la categoría, la persona de Trump del fenómeno mucho más vasto que lo arrastra y supera las fronteras de su país. El coro de plañideros del cambio y alabanciosos del saliente, elevado a "santo súbito", es tan compacto y recurrente que aburre y abruma. "Post-truth: art of the lie", que se traduce como:  la única verdad posible es la que yo miento desde mi trono mediático.  Y el resto no sólo engaña o acepta estúpidamente la mentira, sino que sólo puede ser objeto de desprecio: los "deplorables". Chantal Delsol -"Populismos, una defensa de lo Indefendible"- dice bien: "no conozco una brutalidad mayor, en nuestras democracias, que la utilizada contra las corrientes populistas. La violencia que se les reserva excede todo límite. Se han convertido en los enemigos mayúsculos de un régimen que pretende no tener ninguno. Si fuera posible tal cosa, clavarían a sus partidarios en las puertas de las granjas". Esta intolerancia absoluta resulta la respuesta manifiestamente errónea a la rampante pérdida de credibilidad de la clase política, intelectual, empresarial, sacerdotal, de nuestra época. Tengo en claro cuál es el talón de Aquiles de la reacción populista, especialmente en lo que se refiere a la capacidad de gobierno sobre situaciones complejas, porque parte de una visión hipersimplificada de la realidad y  suele fracasar y fragmentarse ante los obstáculos puestos por los poderes financieros, las burocracias, el show-bussines y los mandarinatos intelectuales dominados por la progresía. A lo que se añaden los problemas surgentes de liderazgos que tienden a ser monolíticos. De todos modos, en el gris panorama actual de uniformización monocolor y discursos de expertocracia, en el pantano adonde conduce la destrucción de todo límite y el hachazo a todo arraigo, frente a la exaltación de un monoteísmo individualista exacerbado en que desemboca la modernidad, la reacción populista es la única que altera por el momento las reglas de juego impuestas e introduce, sin necesidad de dejarse sugestionar por ella, una bocanada de aire fresco  en las miasmas del anegamiento. Mientras tanto, observo con distancia y una punta de mordacidad, la santificación de Barack Obama -o Barry Soetoro, según los malignos rebuscadores de archivos.
 

miércoles, noviembre 16, 2016

ABOUT TRUMP? SAY NO MORE, FAM




Marine Le Pen pidió "ne pas racialiser" la elección de Trump. Tiene razón, ante todo pensando en Francia, donde el vocablo tiene su dimensión particular. Pero la "racialización" está en el orden del día del periodismo vernáculo, cuando cesan las meditaciones profundas sobre el seleccionado.  Con este post cierro mis notas sobre Trump y el trumpismo porque entre comentaristas y politólogos, ambas layas con apenas  dos o tres rudimentales consignas repicándoles constantemente en la calota craneana, he alcanzado un cierto nivel de tedio. Cualquiera se da cuenta que  no es principalmente racial sino ante todo  social la línea de corte del conflicto, pero ocurre en una sociedad donde, bajo el vínculo unitivo de la constitución, cada grupo étnico tiende al cocoon,  a encerrase en su propia cápsula, con un tacto de codos muy limitado con los integrantes de otros grupos, mantenido bajo el lenguaje políticamente correcto. No el melting pot,  reflejado en aquella vieja película  "¿Sabes quién viene a cenar?", con Spencer Tracy -que moriría dos semanas después del rodaje- y Sidney Poitier.  La discriminación positiva, la reivindicación permanente y expansiva de derechos de las minorías,  a través de un proceso  de mayor intervencionismos del gobierno central y de un proceso interpretativo judicial de la constitución -de allí la reacción "originalista" -desequilibró aquel tinglado de una democracia diferencialista de comunidades de base predominantemente étnica. Especialmente, cuando la minoría más desprotegida es una que no cuenta como tal: la del blanco, gordo (excluido Michael Moore), heterosexual, patriota tomada a la chacota, condenada al silencio porque si habla rompe los tabúes de lo correcto, traicionada por la dirigencia política, en especial la republicana y empobrecida en un  deslizamiento que no revierte para ella.  Pero no toda la  white trash ha votado a Donald, aunque buena parte, ni todo el black people a Hillary, aunque el grueso, ni todo el latin people -cubanos por ejemplo- a la fórmula demócrata.  La constitución norteamericana, en la mente de Hamilton, nace con tres cerrojos al gobierno popular -el peligro electoral de los granjeros empobrecidos que querían condonación hipotecaria y seguir con la inflación de los continentals- que son la presidencia, el Senado y la revisión judicial de las leyes que más tarde Marshall pone a punto. A partir de allí  se maneja la metáfora mecánica de los checks and balances, fórmula inexportable y de geometría variable. Woodrow Wilson, que fue profesor de derecho constitucional, siendo representante, sostuvo que el núcleo del gobierno norteamericano era "congresional", esto es, residía en el Capitolio. Cambió de idea cuando fue presidente y se quejó amargamente de que la Corte Suprema funcionara como una "convención constituyente en sesión permanente".  Los checks and balances están ahí y tomarán su particular impostación durante el gobierno de Trump. Cuando Obama creía que no iba a pasar el filtro de la Corte su Obamacare, desde México se mandó un discurso tomado de la escuela crítica -la del profesor Mark Tushnet, con quien recuerdo haber tomado unas buenas copas en un congreso en Natal, divagando sobre el tema- donde abominó de la facultad de la revisión judicial, juicio que cambió al elogio opuesto cuando triunfó con el voto ondulante del presidente conservador del alto tribunal. Hay quien grita  que Trump no podrá cumplir sus promesas (Obama no pudo cerrar Guantánamo, me parece), pero la cuestión no está ahí. Trump le ganó a lo que la prensa y la mostacilla intelectual dice que hay que pensar -y votar-; ahí está su revolución o como quiera el lector llamarla, cualquiera sea su suerte política. Mientras tanto, ha surgido un antitrumpismo periodístico y de un bajo clero académico que, bajo la bandera del antipopulismo, manifiesta un rechazo esnob, si no guarango, por el sufragio universal. Para criticar el sufragio universal, muchachos, tienen que tener la estatura de un Charles Maurras. Si no, mejor se callan.

viernes, noviembre 11, 2016

EL VOTANTE DE TRUMP (según Hughes, del "ABC")




 
                                            
 
 
 
 
 
 

Se mentía con ganas, más allá de lo imaginable, mucho más allá del ridículo y del absurdo, en los periódicos, en los carteles, a pie, a caballo, en coche. Todo el mundo se había puesto manos a la obra. A ver quién decía mentiras más inauditas. Pronto no quedó verdad alguna en la ciudad.

         Céline  

 
Ha prosperado el estereotipo del votante trumpiano blanco, paleto e ignorante. “Los blancos sin estudios”. Blanco, sin estudios, heterosexual y gordo es casi lo peor que se puede ser en la vida. Se insiste tanto que a veces parece que se está queriendo decir algo más, como si sus votos fueran de menos calidad. Lo dicen con retintín: “Mira, toman crack mientras escuchan música de banjo y planean votar a Trump”. Aquí no he leído a los mismos analistas incidir en la naturaleza rural del voto socialista, por poner un ejemplo. O en el voto interior, rural, inamovible de los nacionalistas. El voto es voto, y ya.

 

Pero incluso ese perfil puede que tampoco sea del todo preciso. Del votante de Trump se sabe bastante, y también que algo va evolucionando. Por ejemplo, ayer daban un dato sobre el incremento en apoyo femenino. Ya no está tan lejos Hillary. Y en mujeres blancas ganaba Trump.

 

El votante de Trump cree mayoritariamente que EUU está peor que hace cincuenta años. Es nostálgico. Camille Paglia decía que Trump tenía el “bling” Sinatra. Realmente, los 50 y 60 son una idelogía. La nostalgia por la Edad de Oro (Trump es oro) podría ser un horizonte político. Además, es un votante que cree que la próxima generación estará objetivamente peor; esto es, pesimista. Muy lejos de la idea de progreso, su votante tipo ve la historia como un tobogán y Estados Unidos como una decadencia.

 

Es inferior al 10% la población que piensa en la diversidad como algo negativo. Va con el país. Sí es cierto que los votantes de Trump tenían, al menos en verano, un porcentaje más acusado de personas inclinadas a desear el especial “escrutinio o vigilancia” de los musulmanes. También eran mayoritarios entre quienes consideraban la inmigración como un problema nacional, y eran menos optimistas sobre los efectos de los tratados comerciales. Eso aumentó mucho en el 2015. Esos rasgos existen, es verdad. Pero el perfil del votante guarda alguna sorpresa. Por ejemplo, Hillary es más fuerte en votantes de rentas bajas. Con una diferencia casi del doble. Esto no se suele destacar como algo negativo, lo que sí sucede con Trump. Este tipo de sesgos son continuos.

 

Con datos de esta semana: el votante de Trump es mayor en el Medio Oeste y el Sur, varón, blanco, pero no pobre. Tiene más ingresos que el de Hillary, que se impone en los segmentos más bajos. El 60% de los votantes con ingresos menores son clintonianos. Trump tiene más entre los niveles más altos.

 

Hillary se impone en el voto urbano, casi un 60%; no se alejan mucho en el suburbano, pero Trump se impone en el rural con un 55% del total.

 

A Trump le votan más los padres y madres, más las mujeres casadas, mientras que las solteras se inclinan por Hillary.

 

Trump se impone mayoritariamente entre los protestantes, con un 52% (38% Hillary, 10% el resto de candidatos), y Hillary en el mundo de los no religiosos. Un 60% de las personas que no creen en Dios votará a Hillary (como no podía ser de otra manera).

 

Tampoco hay grandísimas diferencias en la edad.

 

En cuanto a los estudios. Aquí se asoma otro matiz. Con High School se impone Trump. También en la categoría de “some College”. Clinton en “College degree or more”: 47% ella, 39% Trump, pero tampoco son diferencias tan grandes como las de otros ámbitos. Hillary triunfa 3 contra 1 en doctorados (y esto no sorprende).

 

El votante de Trump ve más la tele. 35 horas a la semana.

 

Por tanto: votante blanco, varón, nostálgico, pesimista, probablemente gordo y con el mando a distancia en la barriga, de ingresos medios más altos, del Medio Oeste o del Sur, de entorno rural, con estudios medios, convicciones religiosas, y más probablemente entre los protestantes. A un ser así, ¿le podemos entender del todo? ¿Y juzgarle con nuestra miopía y criterio hispano?

 

El entorno rural se trata en España de un modo asombroso. Se tiene interiorizado el éxodo, como si fuera una situación de paso, y no se menciona la importancia de lo rural como plano filosófico, y como comunidad. ¿Por qué lo rural no puede ser sujeto político?

 

Hemos conocido reportajes sobre el incremento en consumo de drogas y el descenso en el nivel de vida de la población blanca. No se me ocurre una razón más legítima para reaccionar políticamente. Uno de los legados de Obama ha sido dejar candente la cuestión racial. Se hace raro escuchar la segmentación racial de los mensajes. Un “logro” de Obama, el Black Lives Matter. Pero sobre ello, en un mundo complejo, sobre la raza, debería haber otras cosas. Los expertos hablan del lugar, del grado de conexión con lo global como aspecto principal.

 

Serían personas en las que se darían dos circunstancias: una visión distinta, más marcadamente nostálgica de la vida política y social (una visión concreta del pasado); y los efectos, también más marcados de la globalización (un presente intenso).

 

Es decir, que el votante de Trump no es la raza. Es algo más. Es una manera distinta de entender el pasado, de sufrir el presente (la crisis) y de enfrentarse a un futuro en el que no cree.

Es un hombre blanco y un eje temporal completo.

 

Juzgar a estas personas con el instrumental español se hace arriesgado. Así puede suceder que los mismos que toleran el nacionalismo en España hablen con asco del posible nacionalismo trumpiano. O que unos votantes no más pobres que los de Hillary, y con estudios medios, hayan sido simplificados desde el principio como “blancos sin estudios”. Rasgo que, por cierto, no se resalta de ningún otro grupo étnico; y en cuya insistencia se demuestra un democratismo entre ligerísimo y sórdido.

 

A veces, y considerando que Trump es también una reacción a la Prensa y los Medios , este menosprecio al votante parece una excusa, una disculpa, como si dijeran: “Mantenemos aún nuestra influencia, pero es gente que no lee”. No somos nosotros, son ellos.

 

El votante de Trump, de todos modos, mañana puede que ya sea otra cosa. No un caso clínico necesitado de explicación, sino un gran movimiento nacional.


                                        
 
 

martes, octubre 11, 2016

EL SEXO, TRUMP, CLINTON Y OTROS AMENOS DEVANEOS



 


Este blog no se priva de nada. Nuestra última fresca entrega de este feriadito del 10 de octubre estará dedicado al sexo. Todo comenzó con la elección norteamericana y el debate  Clinton-Trump, que en segunda edición derivó a la pelea de conventillo: un Trump en pijama y una Hillary con ruleros, cruzándose chismes venéreos.  Y este jocundo material sicalíptico cruzado por el fantasmón de lo políticamente correcto y socialmente establecido, que resulta más inquisitorial y fulminatorio que lo que alcanzan mis recuerdos de niñito católico en aquellos años de Pío XII pontífice y María Goretti santificada como ejemplo para las jovencitas de aquel tiempo.
 
Un excursus sobre el segundo debate. Si tengo que atender a lo que se dice por aquí, y a lo que se recolecta de fuente externa, ya que esta vez me he movido con referencias,  no sólo Hillary tumbó al rijoso Donald y sus comentarios de ducha de club de suburbio, sino que casi resultaría inútil desenvolver un tercer debate y hasta la elección de noviembre, porque la suerte ya está echada y Trump por los suelos, parecer compartido -dicen-hasta por los más fieles y observantes seguidores del GOP. "Bájese, Donald, y déjele lugar a Pence" sería el grito de todos los que tienen al elefante como ícono. ¿Será que a Trump, excluidas las mujeres, los negros, los latinos, los blancos y anglosajones del partido del burro, sólo le quedarían los del Ku Klux Klan para votarlo? -extraña vuelta de tuerca, ya que los republicanos, desde Abraham Lincoln, fueron siempre antiesclavistas.  CNN y YOUGov, sobre todo la primera, señalaban que el triunfo de Hillary había sido masacrante. Salvo el focus group de Frank Luntz, en la CBS, uno de esos encuestadores reconocidos, aunque republicano, que en el primer encuentro había encontrado que Hillary crushed Donald,  ahora vio a Trump triunfar. Ya sabemos que los debates, antes que cambiar convicciones, refuerzan las previas del votante. Y que una histérica campaña de descalificación -como la que sufriera el "no" en Colombia-puede producir un resultado contrario en el elector, que además callará su decisión ante la pregunta del encuestador, porque no quiere ser automáticamente adscripto al bando de los villanos. Sea como fuere, me parece que Trump en calzoncillos salió con vida del debate, y que la moneda aún está en el aire. [post scriptum del 11 de octubre: al final vi el debate, porque esto de ser bloguero es como un sacerdocio: créanme, pasados los quince minutos de conventillo, Trump estuvo mejor ubicado y observé a Hillary algo nerviosa y mezclando cuestiones  dichas a toda velocidad. La retirada de la plana mayor republicana, especialmente la defección de Paul Ryan, me parece -paradojalmente- que obedece más que al temor de que Trump pierda, al miedo de que Trump pueda, efectivamente, ganar, lo que sería el final de los mandarines del GOP]

Los debates de candidatos, tan ensalzados aquí que hasta se tramita un proyecto de ley para hacerlos obligatorios, están alcanzando un nivel 0 del pensamiento en el país que los estableció y exaltó. Quizás vayamos a copiar ese avance aquí en nuestro próximo futuro.
 
Volvamos al sexo. Nelson Castro se escandalizaba, en TN, porque Donald atacaba al sesgo a su contrincante, trayendo a colación cuestiones de desarreglar sábanas atinentes a Bill, su esposo. Creo que Castro  pasa por alto que Hillary y Bill, como he dicho en otro post, son una sociedad política, cuya mayoría societaria corresponde ahora al partner femenino.   Los llamo los Kirchner de Arkansas, y no es un sarcasmo. Lo que encaja con uno, cabe al otro, y viceversa.
 
Siendo este blogger un buen hombre justo, para empardarle a los comentarios de mingitorio de Trump, exhumé este viejo artículo, creo que del 2004, publicado en "La Nueva Provincia" de Bahía Blanca, donde se hace referencia al instrumental de Bill y se rastrean las bases puritanas de estos cruces de acusaciones de fornicio en la arena política norteamericana.
 



CLINTON: SEXUALMENTE INCORRECTO

 

Hace muchos años, cuando este cronista transcurría el secundario, sesteando sobre algún fragmento complicado de Tácito o Suetonio, uno se preguntaba cómo podía funcionar aquel admirable Imperio Romano, con emperadores que, según esos sesudos historiadores, ocupaban más su tiempo en increíbles cachondeos que en las labores propias del gobierno. Aquella pregunta, sumergida en la corriente del tiempo, asoma ahora con un principio de respuesta, iluminada por las tribulaciones que sufre nuestro actual imperator mundi, Bill Clinton, a causa de un resonante braguetagate. Sabemos incluso mucho más acerca de la entrepierna de nuestro dominus orbis, sus adyacencias y concomitancias, que lo que nos transmitieron de los de su tiempo aquellos chismosos cronicones romanos. Merced a la memoria visual y habilidad comparativa de Paula Jones, se conoce que el apéndice viril del princeps, en erección, tiende a la forma de un mango de paraguas acostado. Una curiosidad: esta angulación anómala del pene se denomina en la literatura médica síndrome de La Peyronie. Cuenta la leyenda que François Gigot de La Peyronie, médico personal de Luis XIV, la descubrió durante un examen de las reales partes pudendas. La pequeña diferencia reside en que, entonces, el asunto se redujo a cuchicheos entre los nobles de la corte del Rey Sol; en el caso de nuestro divus augustus, ni siquiera podrá vanagloriarse en su círculo íntimo de manifestar un síndrome históricamente conspicuo: lo deberá exhibir oportuna y democráticamente ante el tribunal donde se ventila la causa de Paula Jones y, ¿por qué no?, quizás también ante la prensa acreditada, Chiche Gelblung incluído. De acuerdo con Mónica Lewinsky, apoyada en el punto por Jennifer Flowers y por la misma Paula Jones, el pacificator muestra cierta preferencia por la felación, actividad cuyo detalle. a fuerza de prensa, y debidamente matizado, claro está, ha debido saltar, en los EE.UU., de las páginas especializadas del Informe Kinsey al manual del alumno de primaria.

 

Todo esto ocurre en la primera y única superpotencia del mundo globalizado, cuando los indicadores económicos, según los augures y arúspices más notorios, se muestran en extremo favorables, la popularidad del Caesar bate records de permanencia en la opinión pública y, a mayor abundamiento, se prepara a darle una nueva y buena tunda al hostis diabolicus Saddam, que se permite algún rezongo desde  Babilonia, en el limes imperial.

 

Por cierto, otros presidentes de los EE.UU., en tiempos más difíciles, pusieron de manifiesto ecuaciones personales entre lo político y lo amatorio más brillantes que la que muestra Clinton. Para ceñirnos a los surgidos de las filas de su propio partido, el demócrata, baste recordar a Franklin Delano Roosevelt, que debió hacer frente a millones de obreros desocupados tras la Gran Depresión, a granjeros con las tierras a punto de ser rematadas por los bancos que, como en Kansas, izaban la bandera roja y saqueaban los drugstores, y a otras formas de parecida desesperación social. Roosevelt -que mantenía una querida conocida en todos los mentideros de Washington- puso en marcha el New Deal, con un sistema de seguridad y asistencia social cuyas últimas trazas borró, justamente, la política clintoniana. Va sin decir que las aventurillas amatorias de Clinton no pueden -aún- parangonarse con las de John F. Kennedy, que en la mejor línea del sueño americano mantuvo un romance con Marilyn Monroe (los Kennedy, en cuestiones tocantes al desarreglo de colchas, se comportaron  como eternos niños mal de familia bien). Si prestamos oídos a las chicas que pasaron por su cama, Bill echa mano al personal subalterno para conseguirse mujeres subalternas y su mejor recurso de tenorio consiste en soltarse los pantalones. Para “las cosas del querer”, talvez no sea más que un cultivador de sandías de Arkansas con el inmejorable valor agregado de la púrpura imperial.
 
Pero no se critica hoy a Clinton por razones de estética o de buen gusto. La enemiga contra los hábitos galantes del actual presidente de los EE.UU. tiene, en buena parte, raíces religiosas. Los EE.UU. conforman una nación donde lo religioso permea casi todas las actividades y corrientes de pensamiento; en puridad, y aunque parezca asombroso a la observación superficial, resulta tan difícil hallar una esfera propiamente “laica” en la vida norteamericana, es decir, un ámbito donde lo religioso esté definitivamente neutralizado, como encontrarlo en el área de los países de confesión islámica. La religión en los EE.UU. parte de dos pilares históricos fundamentales: el puritanismo calvinista de los padres fundadores y el entusiasmo cuáquero y wesleyano. El componente puritano, como estudió Max Weber en una obra famosa, contribuyó a motorizar el éxito del capitalismo en los EE.UU. y en el mundo. El puritanismo, según Weber, propiciaba el trabajo duro y continuado, corporal y espiritual, como medio ascético (ascesis=ejercicio) para combatir la unclean life, la vida impura, especialmente en la esfera sexual. El comercio sexual, durante el matrimonio, y sólo dentro de él, sólo es lícito para la procreación, siguiendo en este punto una cierta lectura de los evangelios, de ciertas epístolas paulinas y de su desarrollo en los textos agustinianos. Weber comenta:

“Contra la tentación sexual, como contra la duda o la angustia religiosa, se prescriben distintos remedios: dieta sobria, régimen vegetariano, baños fríos; pero, sobre todo, esta máxima: trabaja duramente en tu profesión”. Receta de transmisión weberiana que quizás sirva en adelante a nuestro Bill. [agregado actual: también a Donald]

 
Al lado de este tradicional componente puritano, que sigue, en buena parte, regulando, por lo menos en apariencia,  el desempeño de los personajes destacados de la vida norteamericana, esfuma los límites y biombos entre la vida pública y la vida privada, pretendiendo que ambas se reflejen recíproca y constantemente, e invita a las confesiones en vivo y en directo cuando algún desajuste se ha producido entre ambos planos, entra en juego, en el caso de Clinton, un componente actual de gran efecto amplificador. Se trata de la “videología de la transparencia”, ínsita a los medios de comunicación y, sobre todo, al medium electrónico por excelencia: la televisión. En diversas ocasiones, he sostenido que existe una grave confusión entre publicidad de los actos de gobierno -condición sine qua non para que exista un sistema republicano- y transparencia de los actos de las personas famosas, funcionarios o no.  El imperativo dela transparencia, no escrito en ningún texto constitucional, resulta de la videología clandestina de los medios electrónicos: para ellos, todo debe ser transparente, menos el lugar desde donde esa transparencia emana, es decir, los medios mismos. La transparencia cumple una función de disimulación: oculta el poder informal e irresponsable en que el medio electrónico se sitúa y de que goza, a expensas de los mecanismos de poder institucionales. Como anota bien Milan Kundera, en la transparencia se han encontrado sin problemas la burocracia movida por la razón de Estado, y los medios de comunicación, bajo la misma finalidad de violación perpetua y constante de la intimidad del otro. Los métodos para alcanzar tal fin resultan, en ambos casos, más o menos los mismos: “pinchar” los teléfonos, grabaciones clandestinas, cámaras ocultas, sobornos y premios a la delación pública. Todo ello se justifica bajo el “derecho a la información”, considerado como el primero de los derechos humanos, y abrogatorio de todos los demás. “Derecho a la información”: privilegio de allanar de cualquier modo la vida privada del otro para exhibirla y negociarla como una mercancía mediática. La alianza de puritanismo y transparencia ha resultado terrible en el caso de Clinton y sus amoríos furtivos en la trastienda del poder imperial.

La intimidad arrebatada al poderoso resulta hoy un manjar mediático, y por lo tanto una mercadería bien pagada. Con las revelaciones, resurge la condena puritana, como en los tiempos que se suponían superados y abominados del maccarthysmo o del código Hays, y a la vez, en una asociación que hubiese complacido mucho a Weber, se redondea un buen negocio. Se consagra la indiferenciación entre lo público y lo privado, suplantando la decisión política por el juicio moral obtenido a través de encuestas. Ernst Kantorowicz dejó un precioso trabajo sobre la noción medieval de los dos cuerpos en la persona del rey: uno es el cuerpo político, público, supraindividual, donde se concentra la dignidad y responsabilidad del cargo; otro, el cuerpo físico, privado, individual, igual al de cualquier otro. La destrucción del cuerpo público y político por obra de la ideología de la transparencia mediática elimina la dignidad como atributo de las funciones,  desliga la responsabilidad política del cargo ejercido y suprime la res publica como esfera del ejercicio de la libertad ciudadana (se “participa” a través de la opinión estadística sobre la impresión moral que los actos del individuo a cargo del gobierno producen en el público mediático). Al reducirse lo público al escrutinio puritano sobre la intimidad de las vidas privadas, los medios establecen y confirman constantemente estándares acerca de lo políticamente correcto, sobre el pensamiento -único- correcto y, también sobre lo sexualmente correcto. Por un lado, se produce la necrosis de la vida republicana; por otro se impide la privacidad individual, sometiéndola a la transparencia. Un nuevo totalitarismo light se va difundiendo por el planeta, sin que Amnesty tome nota, llevado cada vez más lejos por buenos muchachos de la prensa con cámaras y grabadores aparentes y ocultos, enriquecido por el afán de notoriedad de quienes revolotean a cualquier título cerca de la fama y del poder, bajo el magno justificativo del “derecho a la información” y a mayor lucro de los oligopolios del ramo, cuyos directivos cuentan ganancias, pero -literalmente- no saben lo que hacen.
 
Así las cosas, hasta la bragueta de Clinton puede resultar punto de arranque de una reflexión provechosa. Salutem plurimam, Imperator.

 

 
Me disculpo con mis eventuales lectores por las ilustraciones, donde no aparece ninguna sex symbol de este momento, ni del estilo predilecto de Bill o Donald. Cada uno camina en la caravana de su tiempo...