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martes, julio 09, 2019

AUTOGOBIERNO, EMANCIPACIÓN; INDEPENDENCIA





Lo que trato de distinguir y separar son tres conceptos que muchas veces aparecen mezclados, o hasta considerados sinónimos, a saber: autogobierno o gobierno propio, en primer lugar; en segundo lugar, independencia y, en tercer lugar, emancipación.  Estas confusiones tienen asidero en la circunstancia que los argentinos celebramos, con igual pompa, el 25 de mayo de 1810 y el 9 de julio de 1816, esto es, el primer gobierno patrio, por un lado, y por otro la declaración de independencia “del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli” –con el agregado posterior, sugerido por el diputado Medrano en la sesión secreta del Congreso del 19 de julio, “y de toda otra dominación extranjera”-por parte de las “Provincias Unidas de Sudamérica”.  La cuestión se complica aún más si agregamos la declaración de independencia de 1815 formulada en el Congreso de Oriente, ocurrido en el Arroyo de la China, Concepción del Uruguay (también en Paysandú), en junio de 1815, por los representantes de la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe y Córdoba, bajo la inspiración del Protector de los Pueblos Libres, don José Gervasio de Artigas, de la que no ha quedado acta alguna, con lo que llegaríamos a dos declaraciones de independencia. En fin, tenemos también la idea de “emancipación”, que tiene su formulación más ilustre en Bartolomé Mitre: “Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina, “Historia de San Martín y de la Emancipación Sudamericana”. ¿Son equivalentes estas tres  expresiones: “gobierno propio”; “independencia”, “emancipación”?

El darnos un gobierno propio, esto es, elegir por los propios gobernados la autoridad que reemplazaría a la del virrey, rompiendo la lógica de los antecedentes, que exigían la designación por la metrópoli, pero ante una situación excepcional, que producía la caducidad de ese mandato, la vacancia de los órganos de la metrópoli y la consiguiente reasunción por parte de los “pueblos”, esto es, de la “parte sana del vecindario”, con casa poblada y obligado al tributo y a la defensa, de cada una de las ciudades –la fundación española en América había tenido como núcleo político institucional las ciudades y sus cabildos- del básico derecho político de tener un gobierno, no conlleva la independencia política. No se había conformado una nueva unidad política soberana que reemplazase a la anterior, sino que dentro de aquella unidad política originaria se había establecido, por la situación extraordinaria, en nombre la suprema lex de la salus publica, según la mente romana, un nuevo gobierno en forma desligada de la metrópoli vacante, disuelta la Junta Central de Sevilla de la que emanaba el nombramiento de Cisneros. Desde luego que paso por alto circunstancias y peripecias, como que este movimiento del año X, entre nosotros, fue producto de una alcaldada porteña, que tuvo por sede un cabildo abierto reunido en congreso general  que ya tenía un antecedente en el Cabildo abierto del 14 de agosto de 1806 y la Junta de Vecinos convocada por el Cabildo el 10 de febrero de 1807, donde se depuso a un virrey, Sobremonte, del mando militar y político, algo sin precedentes hasta ese momento en la América española. Paso por alto también que esta porteñada contenía elementos predisponentes a la concentración y homogeneización del poder político sobre el territorio virreinal en Buenos Aires, lo que daría lugar a asimetrías con el interior, de base estructural, que todavía no hemos logrado satisfactoriamente resolver. Paso por alto si el solemne juramento prestado de rodillas sobre los Evangelios de los miembros de la Primera o Segunda Junta (como se quiera) cada uno, a partir de Saavedra, colocando la mano sobre el hombro del otro, “de conservar íntegramente esta parte de América a nuestro augusto soberano el señor don Fernando VII y a sus legítimos sucesores” contenía en todos o algunos una reserva mental: si hubo o no “máscara” y se “fernandeó”, o si fue sincero, porque hay que hacer aquí un juicio político y no moral, respecto de un grupo de hombres que actuaba al compàs de los acontecimientos, reactivamente.  Destaquemos que Fernando, mientras tanto, reposaba en el castillo de Valençay, escuchando la guitarra española, consolándose con la ex señora de Talleyrand, que éste le ponía gustosamente a disposición y haciendo calceta y bordado, además de dar su enhorabuena a Napoleón por haberlo sucedido con el rey José e intentar, incluso, emparentarse con la familia Bonaparte.  Hasta aquí tenemos gobierno propio sin acompañarlo de independencia. El 25 de mayo de 1836 don Juan Manuel de Rosas en su discurso ante el cuerpo diplomático manifestó que fue el primer acto de soberanía popular, no para sublevarse, sino para suplir la falta de autoridades, caducadas de hecho y de derecho, en situación de acefalía; hasta que, ante la ingratitud del rey repuesto que nos hizo la guerra, nos declaramos independientes. Julio Irazusta decía que esa interpretación era la única que nos salvaba de una suerte de tacha de perfidia colectiva (hoy vuelve). “Jamás el Estado argentino se pensó a sí mismo por el órgano de uno de sus magistrados supremos, con más nobleza y racionalidad”.

Vamos ahora a “independencia”. La independencia política, que supone la proclamación de una nueva unidad política soberana, que se declara tal y ha elegido su órgano de gobierno, es una constante en la historia, no reservada exclusivamente a la era contemporánea, especialmente desde que, a partir del la Revolución Francesa, el concepto de “nación” , hasta entonces referido al lugar de nacimiento, toma una central dimensión política: independencia nacional; independencia de un Estado nacional soberano. (Antes había ocurrido en poleis y en reinos). Tenemos el 4 de julio de 1776 la independencia de los EE.UU. Y el 1º de enero de 1804 la de Haití, ambas con una formulación republicana (presidente vitalicio, luego emperador, luego asesinado, Jean-Jacques Dessalines). El 14 de mayo de 1811, el Paraguay de Rodríguez de Francia se proclamó independiente de España y de Buenos Aires. Junta de Gobierno, Cónsul, dictador a la romana, Supremo Dictador  Perpetuo del Paraguay. El 5 de julio de 1811 se definió a Venezuela como “república federal”. También se estableció en ese tiempo una república en Nueva Granada (Cundinamarca). Ambas serían de corta existencia. Entre nosotros, como es sabido, hacia 1808 existía un partido al que sus enemigos acusaban de querer promover la independencia, encabezado por Martín de Álzaga. Recordemos también a Artigas y las instrucciones a los diputados orientales para la Asamblea del año XIII: “deberán pedir la declaración de la independencia absoluta de estas colonias”.


Nuestra declaración de independencia , en medio de una caótica situación interna y de un sombrío panorama externo, sin lograr ser acompañada de una formulación de la forma de gobierno, fue también en una situación de necesidad y urgencia, después de que el Congreso eligiera a  Pueyrredón como Director Supremo, lo que exigía una decisión oficial que declarase a las Provincias Unidas una sola y única nación independiente (la declaración parcial a instigación de  Artigas, no cubría ese aspecto, no hay acta ni autoridad nacional; no hay que contraponerlas). De ese modo, la hasta entonces guerra civil pasaba a ser una guerra exterior, y comenzaba la carrera hacia el reconocimiento y el tramado de difíciles aunque necesarias alianzas y protectorados.

Por último, la “emancipación”. Mientras que el autogobierno y la independencia son actos políticos, la “emancipación”, filiada en la Luces, en Kant, es ideología. Una ruptura intelectual que tiene, a mi juicio, como antecedente la “Carta a los españoles americanos” del jesuita arequipeño Viscardo y Guzmán. Con fuentes en Montesquieu, Rousseau y Raynal, que establece una divisoria de aguas entre las fuentes propiamente hispánicas y las tomadas del mundo ideológico francés y, posteriormente, anglosajón. La ideología de la emancipación de la nación fue la primera de las grandes ideologías políticas, que funcionaron como religiones de la política, para representar y guiar la consciencia colectiva. La ideología de la emancipación acompañará nuestra independencia política, manifestándose en las corrientes liberales, primero, luego extrapolándose el concepto de emancipación a otros sujetos colectivos, como la clase  o, en nuestro tiempo, a la autorrealización individual, superación de los soportes naturales, de base biológica, como la diferenciación sexual, etc.   La tensión entre “independencia” y “emancipación” es un hilo rojo que recorre nuestra historia.-  



martes, julio 12, 2016


                                                      

INDEPENDENCIA, AUTOGOBIERNO, EMANCIPACIÓN


Lo que trato de distinguir y separar son tres conceptos que muchas veces aparecen mezclados, o hasta considerados sinónimos, a saber: autogobierno o gobierno propio, en primer lugar; en segundo lugar, independencia y, en tercer lugar, emancipación.  Estas confusiones tienen asidero en la circunstancia que los argentinos celebramos, con igual pompa, el 25 de mayo de 1810 y el 9 de julio de 1816, esto es, el primer gobierno patrio, por un lado, y por otro la declaración de independencia “del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli” –con el agregado posterior, sugerido por el diputado Medrano en la sesión secreta del Congreso del 19 de julio, “y de toda otra dominación extranjera”-por parte de las “Provincias Unidas de Sudamérica”.  La cuestión se complica aún más si agregamos la declaración de independencia de 1815 formulada en el Congreso de Oriente, ocurrido en el Arroyo de la China, Concepción del Uruguay (también en Paysandú), en junio de 1815, por los representantes de la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe y Córdoba, bajo la inspiración del Protector de los Pueblos Libres, don José Gervasio de Artigas, de la que no ha quedado acta alguna, con lo que llegaríamos a dos declaraciones de independencia. En fin, tenemos también la idea de “emancipación”, que tiene su formulación más ilustre en Bartolomé Mitre: “Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina, “Historia de San Martín y de la Emancipación Sudamericana”. ¿Son equivalentes estas tres  expresiones: “gobierno propio”; “independencia”, “emancipación”?



El darnos un gobierno propio, esto es, elegir por los propios gobernados la autoridad que reemplazaría a la del virrey, rompiendo la lógica de los antecedentes, que exigían la designación por la metrópoli, pero ante una situación excepcional, que producía la caducidad de ese mandato, la vacancia de los órganos de la metrópoli y la consiguiente reasunción por parte de los “pueblos”, esto es, de la “parte sana del vecindario”, con casa poblada y obligado al tributo y a la defensa, de cada una de las ciudades –la fundación española en América había tenido como núcleo político institucional las ciudades y sus cabildos- del básico derecho político de tener un gobierno, no conlleva la independencia política. No se había conformado una nueva unidad política soberana que reemplazase a la anterior, sino que dentro de aquella unidad política originaria se había establecido, por la situación extraordinaria, en nombre la suprema lex de la salus publica, según la mente romana, un nuevo gobierno en forma desligada de la metrópoli vacante, disuelta la Junta Central de Sevilla de la que emanaba el nombramiento de Cisneros. Desde luego que paso por alto circunstancias y peripecias, como que este movimiento del año X, entre nosotros, fue producto de una alcaldada porteña, que tuvo por sede un cabildo abierto reunido en congreso general  que ya tenía un antecedente en el Cabildo abierto del 14 de agosto de 1806 y la Junta de Vecinos convocada por el Cabildo el 10 de febrero de 1807, donde se depuso a un virrey, Sobremonte, del mando militar y político, algo sin precedentes hasta ese momento en la América española. Paso por alto también que esta porteñada contenía elementos predisponentes a la concentración y homogeneización del poder político sobre el territorio virreinal en Buenos Aires, lo que daría lugar a asimetrías con el interior, de base estructural, que todavía no hemos logrado satisfactoriamente resolver. Paso por alto si el solemne juramento prestado de rodillas sobre los Evangelios de los miembros de la Primera o Segunda Junta (como se quiera) cada uno, a partir de Saavedra, colocando la mano sobre el hombro del otro, “de conservar íntegramente esta parte de América a nuestro augusto soberano el señor don Fernando VII y a sus legítimos sucesores” contenía en todos o algunos una reserva mental: si hubo o no “máscara” y se “fernandeó”, o si fue sincero, porque hay que hacer aquí un juicio político y no moral.  Destaquemos que Fernando, mientras tanto, reposaba en el castillo de Valençay, escuchando la guitarra española, consolándose con la ex señora de Talleyrand, que éste le ponía gustosamente a disposición y haciendo calceta y bordado, además de dar su enhorabuena a Napoleón por haberlo sucedido con el rey José e intentar, incluso, emparentarse con la familia Bonaparte.  Hasta aquí tenemos gobierno propio sin acompañarlo de independencia. El 25 de mayo de 1836 don Juan Manuel de Rosas en su discurso ante el cuerpo diplomático manifestó que fue el primer acto de soberanía popular, no para sublevarse, sino para suplir la falta de autoridades, caducadas de hecho y de derecho, en situación de acefalía; hasta que, ante la ingratitud del rey repuesto que nos hizo la guerra, nos declaramos independientes. Julio Irazusta decía que esa interpretación era la única que nos salvaba de una suerte de tacha de perfidia colectiva (hoy vuelve). “Jamás el Estado argentino se pensó a sí mismo por el órgano de uno de sus magistrados supremos, con más nobleza y racionalidad”.

Vamos ahora a “independencia”. La independencia política, que supone la proclamación de una nueva unidad política soberana, que se declara tal y ha elegido su órgano de gobierno, es una constante en la historia, no reservada exclusivamente a la era contemporánea, especialmente desde que, a partir del la Revolución Francesa, el concepto de “nación” , hasta entonces referido al lugar de nacimiento, toma una central dimensión política: independencia nacional; independencia de un Estado nacional soberano. (Antes había ocurrido en poleis y en reinos). Tenemos el 4 de julio de 1776 la independencia de los EE.UU. Y el 1º de enero de 1804 la de Haití, ambas con una formulación republicana (presidente vitalicio, luego emperador, luego asesinado, Jean-Jacques Dessalines). El 14 de mayo de 1811, el Paraguay de Rodríguez de Francia se proclamó independiente de España y de Buenos Aires. Junta de Gobierno, Cónsul, dictador a la romana, Supremo Dictador  Perpetuo del Paraguay. El 5 de julio de 1811 se definió a Venezuela como “república federal”. También se estableció en ese tiempo una república en Nueva Granada (Cundinamarca). Ambas serían de corta existencia. Entre nosotros, como es sabido, hacia 1808 existía un partido al que sus enemigos acusaban de querer promover la independencia, encabezado por Martín de Álzaga. Recordemos también a Artigas y las instrucciones a los diputados orientales para la Asamblea del año XIII: “deberán pedir la declaración de la independencia absoluta de estas colonias”.  (Recordemos, de paso, que fue Juan Manuel de Rosas quien instituyó como "día festivo" el 9 de julio).




Nuestra declaración de independencia , en medio de una caótica situación interna y de un sombrío panorama externo, sin lograr ser acompañada de una formulación de la forma de gobierno, fue también en una situación de necesidad y urgencia, después de que el Congreso eligiera a  Pueyrredón como Director Supremo, lo que exigía una decisión oficial que declarase a las Provincias Unidas una sola y única nación independiente (la declaración parcial a instigación de  Artigas, no cubría ese aspecto, no hay acta ni autoridad nacional; no hay que contraponerlas). De ese modo, la hasta entonces guerra civil pasaba a ser una guerra exterior, y comenzaba la carrera hacia el reconocimiento y el tramado de difíciles aunque necesarias alianzas y protectorados.




Por último, la “emancipación”. Mientras que el autogobierno y la independencia son actos políticos, la “emancipación”, filiada en la Luces, en Kant, es ideología. Una ruptura intelectual que tiene, a mi juicio, como antecedente la “Carta a los españoles americanos” del jesuita arequipeño Viscardo y Guzmán. Con fuentes en Montesquieu, Rousseau y Raynal, que establece una divisoria de aguas entre las fuentes propiamente hispánicas y las tomadas del mundo ideológico francés y, posteriormente, anglosajón. La ideología de la emancipación de la nación fue la primera de las grandes ideologías que funcionaron como religiones de la política, para representar y guiar la consciencia colectiva. La ideología de la emancipación acompañará nuestra independencia política, manifestándose en las corrientes liberales, primero, luego extrapolándose el concepto de emancipación a otros sujetos colectivos, como la clase  o, en nuestro tiempo, a la autorrealización individual, superación de los soportes naturales, de base biológica, como la diferenciación sexual, etc.   La tensión entre “independencia” y “emancipación” es un hilo rojo que recorre nuestra historia.-  


sábado, julio 10, 2010


LA OTRA INDEPENDENCIA, O DE CÓMO EVADIR LA TORTURA DEL DESFILE



Ví por la tele la tortura infligida a nuestro matrimonio presidencial por un mega desfile en San Miguel de Tucumás, el 9 de julio. Cuando parecía que todo iba acabar, aparecía otra agrupación, carroza o murga con alguna particularidad festiva. Podría sospecharse, como en "Aída", de sucesivos trasvestimientos del mismo grupo de actores, que unas veces aparecían como granaderos de a pie, luego se convertían en infernales también pedestres, se mudaban más tarde a Fuerza Bruta o a las empanaderas de Famaillá. Y había que sonreírles a todos y agitar la manito. Atroz y violatorio del bloque de constitucionalidad in toto.



Nuestra independencia, la independencia de "estas crueles provincias" de España y "de toda otra dominación extranjera" ¿se proclamó únicamente el 9 de julio de 1816? ¿Es la única fecha en que podemos celebrarla? Tenemos una data para el autogobierno, -25 de mayo de 1810- y otra para la independencia, que algunos todavía confunden. Pero el asunto es aún más enmarañado: hubo dos declaraciones de independencia. Una en 1815, otra en 1816. La declaración de independencia de 1815 fue formulada en el Congreso de Oriente, ocurrido en el Arroyo de la China, Concepción del Uruguay(también en Paysandú), en junio de 1815, por los representantes de la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe y Córdoba, bajo la inspiración del Protector de los Pueblos Libres, don José Gervasio de Artigas. Esto es, por representantes de estados provinciales pertenecientes a territorios que hoy forman parte de la Argentina, el Uruguay y el Brasil. Artigas había previsto, incluso, que cada pueblo indígena mandase sus representantes, aunque no aparecen en la reuníón, de cuyas sesiones no disponemos de actas. Estos pueblos eran, fundamentalmente, del ámbito guaranítico. En cambio, la declaración de Tucumán fue traducida al quechua y al aymara, porque contó con representantes del área altoperuana. Fueron dos congresos y dos declaraciones: una, inspirada en la forma republicana y el sistema de confederación de ciudades y ayuntamientos que las particularidades culturales y territoriales habían establecido desde dos siglos atrás; otra, que pretendía desde Buenos Aires mantener la unidad e indivisibilidad borbónica, bajo forma monárquica. Recuérdese, para entender lo que viene, que el agregado "y de toda otra dominación extranjera" fue realizado el 19 de julio, a pedido del diputado Medrano, "para sofocar el rumor de que existía la idea de entregar el país a los portugueses"


La Union de los Pueblos Libres, entró en conflicto con el Directorio porteño. Desde Buenos Aires, se procuró un entendimiento con los portugueses. El trato era considerar como no hostil el despliegue lusitano de las tropas de Juan VI en la Banda Oriental; en otras palabras, que desde Río de Janeiro les quitasen ese incordio de Artigas. Y los ejércitos portugueses marcharon hacia allí. El Uruguay fue ocupado por las tropas de la corona portuguesa y se convirtió en la Provincia Cisplatina -sería liberado por los Treinta y Tres Orientales, abriéndose la guerra con el Brasil en 1826. Tal fue el despliegue de la columna sur, fuerte de doce mil hombres, bajo el mando del general Lecor, luego barón de la Laguna. La columna norte de las fuerzas lusitanas se propuso cruzar el río Uruguay, tomar Corrientes, desplazarse al sur, cruzar el Paraná y ocupar Santa Fe. Entre ambas, encerrarían a Artigas. Lecor alcanzó sus objetivos, pero la columna norte tuvo graves problemas para internarse en Corrientes. El brigadier Chagas Santos sufre derrotas, debe replegarse, intentarlo de nuevo, lleva adelante una ocupación sangrienta y saqueadora de la margen derecha del Uruguay - ahí es donde se borra del mapa a Yapeyú, en la misma fecha, aproximadamente, de la batalla de Chacabuco - pero sus fuerzas son enfrentadas por el guaraní Andresito Artigas, esto es, Andresito Guazurari, lugarteniente de Artigas, caudillo de los misioneros, que termina derrotándolas en la batalla de Apóstoles. Guazurari incluso llega a montar un ofensiva, cruza el río pero es derrotado en Sao Borja, capturado y aparentemente llevado prisionero a Porto Alegre, acostado sobre un caballo y retobado en cuero crudo que se va secando al sol. No hay tumba de Guazurari. Y casi nadie sabe del Congreso de Oriente, de la Unión de Pueblos Libres, y de la primera declaración de independencia. Algún día -quizás en su próximo bicentenario- los argentinos memoriosos la celebraremos. Sin Fuerza Bruta, probablemente, y con algún desfile soportable.-