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martes, noviembre 29, 2016

ALGUNAS HISTORIAS DE ESPÌAS





El discreto encanto de las historias de espías. John Le Carré, Eric Ambler, páginas devoradas que están en algún lugar de la biblioteca, pidiendo un safari para convertirse otra vez en blanco de lecturas. Los espías reales, que remiten a Mata Hari. Una historia real de espías que pide un gran novelista es la de África de las Heras y Felisberto Hernández. Hernández fue uno de los escritores más notables y extraños del Uruguay. Bicho raro más insólito que Onetti, por ejemplo, que vivía en la cama. Fue un pianista al parecer muy ducho en su arte, que tocó en pueblos y tugurios de la Argentina y de la Banda Oriental para sobrevivir malamente. Escribió cuentos fantásticos que asombran por su trama y el peculiar lenguaje del autor -dicen que influyó en Julio Cortázar.  Murió a los sesenta dos años, en 1964, con una obesidad deforme producida o agravada por su última enfermedad, una suerte de leucemia. No pudieron pasar su cadáver por la puerta y lo sacaron por una ventana. El féretro era una mala caja de pino. Ya en el cementerio, varias de estos cajones identificados sus ocupantes con su nombre en tiza, quedaron apilados, mientras los sepultureros trataban de ahondar la fosa para Felisberto, que había sido mal calculada. Se largó entonces una  lluvia rabiosa que borró las precarias anotaciones. No se pudo identificar ya cuál caja contenía sus restos, o los hombres de la pala no se preocuparon mucho por averiguarlo; lo cierto es que dónde reposa sólo es conocido por Dios.

Si esto no le parecido al lector suficientemente fantástico, agregaremos que se casó con una espía soviética, sin saber que lo era. Fue, creo, en su único viaje a Francia, con una beca que apenas le permitía sobrevivir, bajo la protección de su amigo el poeta Jules Supervielle.  Allí, corriendo el año 1947, en el Pen Club de París,  le presentaron a una atractiva morena, de acento andaluz,  María Luisa de nombre, aparentemente modista de alta costura. Felisberto, ya divorciado dos veces, se enamoró de ella. Se casaron en el Uruguay. Ella era África de las Heras, hija de un general español, educada en un colegio de monjas y espía reclutada por la entonces NKVD -luego KGB- con la misión de introducirse en Montevideo. Su nombre de guerra, o por lo menos uno de los tantos que usó en su carrera, era "Patria". Patria, que alcanzó el grado de coronela del Ejército Rojo, era una experta en comunicaciones. Felisberto, ese bohemio, además anticomunista notorio, era la fachada ideal, y además estaba relacionada con los círculos sociales e intelectuales de donde extraer e introducir información.  Había sido parachutada en Ucrania, durante la Segunda Guerra, detrás de las líneas alemanas, para transmitir datos. Luego había estado en México, tratando de introducirse en el círculo íntimo de León Trotsky, para facilitar el camino de su ejecución -que más tarde concretaría Alfaro Siqueiros con el auxilio de Ramón Mercader. El matrimonio duró poco. Ella culminó su misión y se separó de Felisberto. Volvió a casarse con un italiano que también espiaba para Stalin y que moriría casi al mismo tiempo que nuestro escritor. Regresó a la Unión Soviética, se jubiló como heroína y en el cementerio donde reposa una escultura la recuerda.   Como en un cuento.

Otra novela ejemplar con espías reales.  Cambiamos el escenario. Estamos en Chile. El cubano Luis Fernández de Oña, casado y con familia en la isla, oficial del Departamento América de Cuba, al que nos referimos en el post anterior, recibe órdenes de festejar a la hija mayor de Salvador Allende, Beatriz, familiarmente conocida como Tati, la confidente de su padre. El cubano se casó con ella por obediencia debida. Pasó a ser secretario privado y jefe de la seguridad del presidente chileno, prácticamente cercado por los servicios cubanos. Caído Allende, el matrimonio viaja a Cuba y allí Fernández de Oña revela a su mujer su verdadera condición y, finalizada la tarea encomendada,  vuelve con su primera familia. La desdichada Tati se suicidó con la pistola de su esposo putativo (algunos afirman que la ejecutaron). Poco tiempo después, su hermana se suicidó también arrojándose desde uno de los últimos pisos del hotel Riviera. Aires de tragedia alrededor del incansable espionaje cubano.


sábado, abril 18, 2009




EMBARGO, NO BLOQUEO


En su discurso en Trinidad-Tobago, lady Cri-Cri pidió el levantamiento del bloqueo a Cuba. "El bloqueo a la hermana Cuba es un anacronismo y pedimos su levantamiento", reclamó a Obama, dice Clarín. Pero Cuba, la hermanita perdida y medio jinetera ella, cuando no se dedica a revolucionar, no está bloqueada, sino embargada por los EE.UU. El embargo, como medida de retorsión política, es la interdicción del comercio de exportación hacia el país afectado. El bloqueo, medida bélica, es la interrupción total del comercio marítimo y aéreo que se dirige a un país enemigo, a través de naves y aeronaves del bloqueante. Napoleón impuso el bloqueo continental a Inglaterra en 1805 y nosotros sufrimos un bloqueo francés en 1838, cuando el jefe de la escuadra, almirante Leblanc, dirigió un ultimatum al Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación, Juan Manuel de Rosas. Se levantó en 1840 (convención Mackau-Arana, luego de una mediación inglesa). En 1845, las escuadras británica y francesa impusieron un nuevo y rigurosos bloqueo. Intentaron luego el paso por el Paraná y se produjo, el 20 de noviembre, el forzamiento de las cadenas tendidas en el recodo de la Vuelta de Obligado. En 1850 quedaron resueltas con honor, a través de dos convenciones entre los países involucrados, las injustas pretensiones europeas. Sin llorar la carta.


Confundir embargo con bloqueo, algo muy del gusto de la momia de La Habana, es una astucia cubana, en todo caso. Pero que la nuestra la recoja es ignorancia, y ya no sofisticada, como a veces intenta con éxito.