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viernes, octubre 29, 2010



NECROFILIA





Dos textos sobre necrofilia en los 30/40 del siglo pasado. Uno, de Ramón Doll:


"Seamos justos. La afición al velorio, a llorar a moco tendido por la muerte de hombres que se ignoraron en vida, no es monopolio de las clases populacheras sino de todas. Al argentino de hoy -especialmente al porteño- es fácil provocarle el prurito lacrimatorio; y hasta ama las escenas de circunstancias -abrazo al ataúd, "trémolo" en los saludos de pésame, etc.-. Veinte y tantos años de tango con bandoneón, embadurnado de melaza y azúcar gorda, han contribuido seguramente a degradar el fondo patético de la raza, cuyos resortes emocionales eran y son todavía de superior calidad; pero la falta de grandes ideales nacionales y una vida social que asfixia toda sublimación de los buenos instintos hacen del argentino un hombre sobrecargado de melodía afectiva, sin adecuada orquestación. Por eso tiene el hábito de agigantar los méritos de los finados y se anega en los mortuorios, dando juego a un desahogo sensiblero y geidor, como quien se sangra para aliviar la congestión. No es mala señal, ¡vive Dios!, porque prueba que no nos helaron del todo las entrañas con el cierzo extranjerizante que viene malogrando la floración de la nacionalidad. En éste como en otras actitudes del pueblo argentino, la música es buena pero la letra mala, tal sucede con los payadores de poco léxico y mucha inspiración".



De Leonardo Castellani, con referencia al anterior, el otro:



"Nuestro compañero de tareas, Ramón Doll; ha llamado repetidamente la atención hacia ese fenómeno argentino que él llama “la manía de los velorios”. Nosotros nos habíamos olvidado de cuando murió Yrigoyen, pero ahora hemos tenido ocasión de recordarlo y es realmente sorprendente.El entierro del doctor Alvear (q.e.p.d), ha dado salida a una explosión de afectividad dirigida, que, salvo el respeto al difunto, rayaba en muchos puntos con la payasada. De golpe el pobre difunto se ha convertido en un receptáculo de las más excelsas y raras virtudes (“democráticas”) en la boca incluso de los que ayer nomás no se hartaban de chistes atroces a costa suya. En este coro de superaciones ditirámbicas, nada hubo tan notable como los “solos” de Roosevelt y de Cordell Hull. El Gobierno se conmueve todo y comunica su temblor a al Iglesia; se cierran las clases, incluso universitarias, las niñitas de las escuelas ( y los sacerdotes) son usados como plañideras, llueven coronas de bronce, manifestaciones altisonantes, ditirambos de una falsía grotesca, oraciones fúnebres, honores por decreto, gestos figurónicos, acompañados por movimientos indecisos del pueblo movido de una religiosidad vaga. Pérdida enorme de tiempo. En todo ello, en insistente retañir de una nota falsamente religiosa y la intención aprovechadora en pro de la “democracia”. El sermón de “circunstancias” estuvo a cargo del doctor Miguel Culiaciati (ministro del interior del Presidente Castillo y prototipo del liberal bienpensante). Cuando enterraron a Yrigoyen, al Doctor Alvear le robaron una cartera con 73 pesos, así como una cruz de oro al féretro. Uno de los que ayer se llenó la boca con “las virtudes cívicas y raciales de quien fue uno de los mas grandes estadistas de América”, hizo en aquel entonces un chiste cínico acerca de “cómo los rateros se aprovechan de los cadáveres”. De la parte de esos buitres, que son perfectamente insinceros –como aquel que ayer nomás sobre el cadáver del paracaidista inmolado en la propaganda política ensartaba otro discurso de propaganda política-, la actitud es manifiestamente repugnante y clara. Pero el fenómeno es demasiado complejo para poder explicarse con esta sola causa, sobre todo de parte del pueblo. Merece que lo observemos. Si: un miembro del gobierno, desamparado de opinión visible, adula a los radicales, evidentemente… Si, los politiqueros aprovechan la ocasión de hacerse la publicidad, en una incontinencia hotentote de oratoria necrológica. Si, los tiburones y los zorritos saben que al pueblo hay que distraerlo lo más posible para que no piense en el triste estado del país y sus problemas. Si, la Iglesia Curial, reducida por anemia cerebral después del triunfo del Liberalismo a Gran Ceremoniera de la Democracia, se mueve dócilmente y prodiga bendiciones que no pueden hacer mal a nadie, y hacen el bien de mantener la religiosidad del pueblo, al menos en figura. Pero todo eso es poco para explicar por entero esa especie de masoquismo colectivo, ese desborde de lloroneo y llanto y ese sentimentalismo enfermizo llevado al extremo de hacer posible la ingestión de las mentiras más gruesas envueltas en toneladas de palabrería huera. Fue un espectáculo bastante humillante para nosotros. Es imposible imaginarse una Nación realmente grande entregada a este frenético can-cán fúnebre. Buenos Aires tiene poco que hacer y se ha olvidado de sus grandezas".



Nihil novum...

martes, febrero 24, 2009










RADOWITZKY




Apenas terminado el post anterior, un amigo me pregunta: ¿quién fue Radowitzky?



Simón Radowitzky, jovencito anarquista de origen judío, nacido en Ucrania, metalúrgico de oficio. Inflamado de pasión ácrata, a los dieciocho años, el 1º de mayo de 1909, arroja una bomba al paso del carruaje que conducía al coronel Ramón Falcón, entonces jefe de la polícia y a su secretario, Alberto Lartigau. Ambos mueren en el atentado. Radowitzky huye e intenta suicidarse al verse rodeado, mientras grita "¡viva la anarquía!", creyendo que sería ejecutado en el acto. Pero no eran las tierras del zar. Detenido y juzgado, se salva de la pena de muerte por ser menor de edad (lo que se acredita dramíticamente durante el juicio, cuando ya el fiscal había pedido la pena capital) y es condenado a reclusión perpetua a cumplir en el penal de Ushuaia (cada aniversario del atentado debía ser recluido en celda solitaria a pan y agua) . Fue indultado por el presidente Hipólito Yrigoyen en abril de 1930, cuando ya estaba a punto de obtener la libertad condicional. Deportado de inmediato, llegó a participar de la guerra civil española.



Quien más valientemente planteó que su pena fuera conmutada o derechamente se lo indultase, en atención al carácter político del delito y los años pasados en reclusión, fue un abogado, periodista combatiente de pluma demoledora, que atravesó un arco desde el anarquismo al nacionalismo, pasando por el socialismo, llamado Ramón Doll. Como nacionalista, fue excluido del panteón de los héroes de la progresía, aunque -como se verá- se jugó por una causa bien difícil y repudiada por la mayoría. En 1928, Doll redacta un alegato en favor de Radowitzky. Ante todo, califica el delito como "crimen repugnante y estúpido". Y añade: "no es un crimen pasional o de un mercenario; es un crimen social, nace o, mejor dicho, aborta como cuerpo amorfo y monstruoso engendrado en esa escisión honda que trasciende a todas las sociedades y que la hiende en la moderna guerra de clases". En tal guerra, el anarquismo ha escogido la vía extraviada, cruel y necia del atentado. Ahora bien: los ejecutores de tales crímenes, ¿pueden tener un juicio mínimamente imparcial, como se asegura que todos deben aguardar? "He aquí pues que los jueces de estos casos judiciales -que se presentan como ineludibles aberraciones de todo fenómeno social pero que aún así anuncian el despertar de las clases explotadas y el futuro vuelco de todo el contenido social en los moldes del nuevo estado y del nuevo derecho- suelen encararlos con doble severidad: primero por ser crímenes y después porque son cometidos por un individuo de la clase adversaria a la que pertenece el juzgador. Es evidente que un juez pertenece siempre a la burguesía y que por lo tanto sus intereses, prejuicios, su comodidad misma lo llevarán a solidarizarse con su clase y no con los de la clase proletaria, de tal modo que a la intolerancia que debe tener para todo crimen dóblase lo que puede tener para el criminal que además es un adversario". "El proletariado -agrega Doll- tiene personería propia en el pleito económico y político: nadie se asusta de la lucha de clases sino tal vez los parásitos que bajo la ruda ley del trabajo se encuentran indefensos y atrofiados. Ya no hay machete ni nadie lo pide contra los socialistas, comunistas y anarquistas, y los estudiantes de Derecho que en 1909 se presentaban babeantes de servilismo a pedir puestos honorarios de pesquis en el Departamento, para incendiar bibliotecas, hoy en plena Facultad han manifestado su repugnancia por la intromosión 'académica' de los militares en las aulas". Agrega que el "crimen de Radowitzky no es ni más ni menos horrendo que los crímenes que a diario se someten en las luchas electorales argentinas". Y, sin embargo, nadie que intervino en esos crímenes recibió ni la cuarta parte de la pena impuesta a Radowitzky. "Obsérvese -finaliza- la actitud de la burguesía frente a dos crímenes igualmente nauseabundos: un atentado anarquista y un asesinato nocturno. En el caso del asesinato por robo se comenta, se critica quizás apasionadamente pero siempre se termina dejándolo librado a la 'serena majestad de la justicia'; en el atentado anarquista, la burguesía toma parte en su represión, se producen razzias policiales, se agitan las guardias blancas. Y parece que mientras el crimen común obra en la digestión de los satisfechos como amable distracción que la facilita, el atentado anarquista produce asientos, perturba el trabajo gástrico y origina dificultades posteriores. Reconocido que entre uno y otro no hay, no puede haber ninguna diferencia, que los dos son igualmente brutales (que, como decía un diputado en el Congreso Nacional al discutirse la nueva ley de defensa social, uno no debe perturbar más que el otro), el reconocimiento por parte de Presidente de que ello sea realmente así dentro de la masa del pueblo aunque entre los banqueros, los obispos y los generales ocurra algo distinto, permitirá reconsiderar el caso Radowitzky". Y remata: "si el presidente indultara hoy (1928) a Radowitzky no haría más que adelantarse a conceder por gracia lo que en rigor podría obtener Radowitzky por derecho en 1930 solicitando su libertad condicional".


A principios de los 60 conocí a Doll, compañero de luchas de Ernesto Palacio y de los Irazusta, miembro distinguido del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, crítico implacable de la mediocridad intelectual y política. Estaba ya viejo y carcomido por el Alzheimer, y lo encontré en una confitería "La Fe", que estaba, por entonces, en avenida Santa Fe y Junín. Lo cuidaba su hija y, a veces, surgía algún destello de su verba demoledora. Siempre me atrajeron sus trabajos recopilados en libro ("Acerca de una Política Nacional", "Lugones el Apolítico", "Policía Intelectual", "Las Mentiras de Sarmiento") y me tocó prologar uno de los reunidos en el volumen que le dedicó la "Biblioteca Nacionalista". Existe aún una gran masa de material inédito, disperso en diarios y revistas de la época, parte del cual había reunido Jorge Castellani para un segundo volumen de la "Biblioteca", que nunca se publicó. Hay una sabrosa anécdota dolliana que debo a otro gran amigo ausente, Roque Raúl Aragón. Raúl Scalabrini Ortiz venía de publicar en 1933 "El Hombre que Está Solo y Espera". Este gran correntino, Scalabrini, había quedado encandilado por las "luces del centro", por el Buenos Aires bohemio de la época, y creía encontrar en cada varón solitario que mataba el tiempo en un café el elemento germinal del país. Tengo en la biblioteca la primera edición del libro, en cuya tapa dibujó José Sebastián Tallon los rasgos del solitario que espera: son, muy logrados, los del propio Scalabrini. Una noche, en un café, Doll y Scalabrini se cruzan y el primero manifiesta su poca atracción por el libro; Raúl lo desafía a realizar una crítica. Entonces, en "Claridad", publicación socialista, Doll se despacha contra esa búsqueda del "espíritu de la tierra", al que le fija domicilio en la esquina de Corrientes y Esmeralda, propiamente en el sótano del "Royal Keller". Y el implacable gordo decía:


"Chorro grueso de sensiblería, como esos beodos que se abrazan y se llaman "hermanos" al rato de conocerse... chorro grueso de lamentos macarrónicos en notas de bandoneón, cercano al que puede sentir el robusto ciudadano después de una "reunión" en que ha dejado el alquiler de su casa o el pipiolo de 18 años cuando ha perdido Racing... Ya tenemos el substrato afectivo del hombre de Corrientes y Esmeralda: es un pobre mozo sin vida interior alguna, de una vaciedad espiritual casi polar y que de tan vacío se aburre y de tan aburrido, se entristece y de tan triste se va al café. (¡Oh, paño de lagrimas, oh catedral, oh biblioteca y Universidad del hombre!) y allí, en el café, sigue bostezando frente a dos o tres marmotas, tan vacíos... y tristes como él. En los cafés no se aprende nada, ¡desengáñese de una buena vez, Scalabrini!. Esto es una biblia para el zonzaje"


¡Biblia para el zonzaje! Scalabrini (el "Petizo Bernini" de Adanbuenosayres, la novela de Marechal) se sulfuró y retó a duelo al gordo. El encuentro fue en la clásica quinta de Delcasse, la "casa del Angel", donde hoy funciona un shopping, en el barrio de Belgrano (Cuba y Sucre). Doll era alto y pesado; Scalabrini, petizo y ágil; además, gran tirador de sable, arma elegida para el lance. Raúl, al salir para el duelo, prometió a su mujer traerle las orejas del gordo en un frasco; Ramón, fiel a su estilo, nada le dijo a su familia. Doll sólo sabía parar y presentar; se planta pétreo y aguanta a un Raúl que salta y ataca desde todos los ángulos. El lance se prolonga y, finalmente, Doll resulta herido en el antebrazo. El médico certifica que el desafío no puede seguir. Finale: Ramón Doll meando pacíficamente entre los arbustos, con su brazo vendado; más lejos, Scalabrini mandando al aire una puteada fenomenal, porque la presa se le había escapado y mantenía aún las orejas pegadas al cráneo. La historia cuenta que, aunque ese día no hubo reconciliación, al final fueron amigos.



Raro itinerario de divagación bloguística me ha llevado de Williamson a Radowitzky, de Radowitzky a Doll, de Doll al petizo Bernini y, de paso, a la juventud, al nacionalismo, a los héroes intelectuales de ciertos sueños lejanos.



(Simón Radowitzky en un retrato al tiempo de cometer el atentado)