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domingo, julio 23, 2017

LA CORTINA DE NOPAL








El  3 de julio pasado falleció el pintor, escultor, grabador, fotógrafo y escritor mexicano José Luis Cuevas, nacido en 1934. Sé que no digo mucho al lector argentino, salvo  -quizás- al especializado  en las artes plásticas. Tampoco  este cronista bloguero  cuenta con  esa especialización. Quiero destacar, en cambio, un rasgo de este artista ya ido que considero muy importante: su  impugnación  de una escuela artística, el muralismo mexicano, que aunque había producido obras de excepcional valor,  con la carga ideológica  comunista de buena parte sus cultores  y con la pareja facilidad de la mano abierta del sostén estatal para aquellos,  había entrado en la decrepitud de un arte oficial y oficialista, “revolucionario” de proclama y “popular” por imposición.

En 1951, el jovencísimo Cuevas escribe un certero panfleto, bajo el título de la “La Cortina de Nopal”. Eran tiempos de la guerra fría, cuando se hablaba de una “cortina de hierro” que circundaba el espacio soviético y, también, de una “cortina de bambú” que encerraba el mundo maoísta. En México,  sostenía Cuevas, se vive en el arte tras una “cortina de nopal” –el nopal es lo que aquí llamamos la tuna.  





David Alfaro Siqueiros,  ese Sileno subtropical, capitoste de la corriente muralista, famoso además por haber  fracasado en su intento, ordenado por Stalin, de liquidar al  desterrado León Trotsky, había sentenciado para uso de futuros artistas: “no hay más ruta que la nuestra”. 





 No se me escapa que toda nueva orientación en arte acusa a la  hasta entonces existente de no ser acabadamente artística, hasta llegar a nuestro punto actual en que destruida la base y asiento de todo arte, hemos llegado al tiempo  de las meras “intervenciones” (donde León Ferrari ha descollado); pero esta es otra historia y, quizás, otro post. Volviendo a Cuevas, que habrá de encabezar la “generación de la ruptura”,  da en el blanco  con su denuncia, escrita bajo la  crónica satírica de un joven artista que debe resignarse, siguiendo la “única ruta” establecida tras las espinas del cerco de tuna,  a producir maquinalmente mamarrachos murales revolucionarios y comunoides,  para recibir el correspondiente estipendio gubernativo.

El muralismo mexicano nació en el primer cuarto del siglo pasado con la finalidad de instruir visualmente al pueblo sobre una interpretación  de la historia mexicana que,  como se afirma en el excelente blog “El Mundo según Yorch”, intentaba mostrar “la imposible continuidad  entre época prehispánica-independencia-liberales-revolución-PRI”,  de acuerdo con la inspiración del gran educador que José Vasconcelos. Una Biblia mural de la mexicanidad que, pasado su apogeo, terminó siendo una fábrica de adefesios reiterativos.  Sus figuras, especialmente en la obra de  Siqueiros y Diego Rivera,  se fueron asentando en la ideología del marxismo que tiñó la reivindicación nacionalista e indigenista de lucha de clases  con final feliz para  el  PRI, hasta establecerse como dogma oficial monocolor  financiado con los dineros públicos saqueados desde la nomenklatura gobernante. 







Octavio Paz, que llamó a ese Estado mexicano  “el ogro filantrópico”, señalaba su “repugnancia moral” frente al “arte comprometido”, que simplemente era arte oficial y literatura de propaganda.  De los grandes muralistas, Paz rescata a José Clemente Orozco, precisamente por su carencia de ideología y su expresión, ante la revolución “institucionalizada” y gobernante, de  desilusión, sarcasmo y búsqueda. Cuevas también rescatará la figura de Orozco y la de su maestro, Rufino Tamayo, que lo impulsó a hacer algo diferente. Recíprocamente, Paz señaló en un poema, con referencia a Cuevas, que “desde el fondo del tiempo, desde el fondo del niño, cada día, José Luis dibuja nuestra herida".

México, como otros tantos países de nuestra ecúmene hispanoamericana, incluido el nuestro,  ha vivido también, desde el punto de vista político y cultural, tras una “cortina de nopal”.  Ahora fue la cortina del TLCAN, Tratado de Libre Comercio de la América del Norte. Veintitrés años después de su firma,   se comprueba que a cambio de una industria de maquiladora, que representa nula inversión real, destrozó su mundo agrícola,  y obligó a casi tres millones de compatriotas a intentar la entrada a los EE.UU. a como diera lugar. El “beneficio” de esta sangría demográfica consistía en las remesa de los emigrados. Vasto programa “revolucionario” al que Donald Trump, que propicia la revisión del convenio, quiere ponerle fin. Ofrenda  inesperada  que viene del norte del Río Bravo para la recuperación de las raíces permanentes del México hispanoamericano.




domingo, noviembre 27, 2016

FIDEL: LA DEFUNCIÓN DE UN MUERTO




En twiter, declaraciones de famosos, avisos fúnebres, esquelas diplomáticas, gargarizaciones por los medios, nos participan a cada rato de la defunción de alguien muerto hace unos cuantos años ya: Fidel Castro Ruz, comandante supremo de la Revolución Cubana.  Fui un adolescente de la era de la Revolución, casi estuve a punto de entusiasmarme con ella, pero confieso que nunca me convenció ese proceso, ni tampoco su jefe. Errores que uno comete, seguramente, y lo acompañan toda la vida. Nunca admiré al Che o a Fidel, nunca fui de izquierdas ni progre; ni siquiera peronista he sido. Ya sé: una declaración de fracaso, porque tampoco fui liberal ni neoliberal, y creo que el más grande gobernante que nuestro país haya tenido, habiéndolo comprendido en todo el calado de su personalidad histórica y modalidad cultural, fue don Juan Manuel de Rosas. Comprenderá el lector que estas coordenadas no conducen a reunir muchas simpatías. Pero también entenderá por qué escribo este post aburrido hasta el hartazgo de tanta pavada, enorme sandez  y tamaña cursilería que sobre los restos de Fidel se descarga por minuto. "Se cierra una etapa histórica y se abre otra", anuncian por doquier, principiando por nuestra canciller, a la que no hay pokemón de lugar común que se le escape. Nadie dice qué se cierra y qué se abre, pero la expresión permite salir del aprieto con aire de suficiencia.

Voy a resumir algunos puntos que desde largo tengo anotados sobre la "mística de la Revolución".

Cuba no tuvo ningún progreso significativo a partir de la Revolución. Tenía ya envidiables desenvolvimientos del punto de vista económico, social y educativo. Había prostitutas, corruptos, ricos y pobres, como hoy, y talvez menos, en cuanto a los últimos, que hoy. Jineteras hubo, hay y habrá, mal que le pese a un cierto prohibicionismo. Cierto que existía un triángulo turístico importantísimo entre Las Vegas, Miami y La Habana, por donde transitaron "Lucky" Luciano, Meyer Lanski o Vito Genovese, jefes mafiosos.   También había un desarrollo fenomenal de la música, el cine y el espectáculo: el Babalú donde triunfaron Xavier Cugat y Desi Arnaz; el famoso "Tropicana"; Amelita Vargas y Blanquita Amaro, actrices y bailarinas que triunfaron en Buenos Aires. La escolaridad tenía muy altos niveles. El Colegio de Belén, de los jesuitas, formó a Fidel y a Raúl y, más tarde, las aulas de la Facultad de Derecho de La Habana vieron pasar al futuro  Big Brother. La arquitectura cubana marcaba tendencias hacia el futuro modernismo latinoamericano.  Recibía Cuba inmigración  e inversiones norteamericanas y europeas y también exportaba empresas locales a los EE.UU.  Era un mundo brillante y animado, con problemas bajo la superficie que podían irse componiendo razonablemente.

El problema era político. Fulgencio Batista, un ex sargento, asumido el poder por segunda vez en 1952, se convirtió en un dictador, con prisiones arbitrarias y torturas a opositores. Fulgencio, que en 1933 había encabezado una "Rebelión de los Sargentos" que destituyó al dictador de la época, Gerardo Machado, se convirtió en jefe de las fuerzas armadas y presidente informal del país. Fue apoyado entonces por el partido Comunista, al que legalizó en 1938 (ver Hugh Thomas, "Cuba o los Caminos de la Libertad"). Cuando en los 50 retomó el poder, se había aparentemente apartado de sus aliados rojos. Pero en 1956 (3 de julio, revista "Bohemia"), una voz clara y valiente afirmó: "qué derecho moral tiene el señor Batista para hablar sobre comunismo, cuando fue candidato presidencial del Partido Comunista en las elecciones de 1940,  cuando sus eslóganes electorales se presentaban bajo la hoz y el martillo y cuando buena parte de sus actuales ministros y colaboradores  confidenciales son miembros importantes del Partido Comunista". La voz denunciante era de un tal...Fidel Castro.

Porque Fidel no arrancó como comunista; más bien, lo hizo como enemigo del socialismo. Hasta casi un año después de tomar el poder, declaraba (abril de 1959, "New York Times": "no estoy de acuerdo con el comunismo. Somos democráticos. Estamos contra todo tipo de dictaduras. Por eso, estamos contra el comunismo"). El comunista, el que había leído sobre marxismo, era el hermanito, Raúl. El que pacta con los EE.UU. El que abre una hendija a los negocios capitalistas. El que comprende que la Revolución es un tortuoso y áspero camino hacia la "cópula necrófila" con el gran dinero. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida ¡Ay Dios!, cantaba un panameño...

Como John Reed con la Revolución   Rusa en 1917 (con su famoso libro reportaje "Diez días que Conmovieron al Mundo"), fue un periodista norteamericano, Herbert Matthews,  el que catapultó a Fidel para instalarlo ante la opinión mundial, con un reportaje publicado en "New York Times" cuando aún estaba en Sierra Maestra, donde se lo presentaba como "radical, democrático y, por ello, anticomunista". Esta  pifia informativa le valió que el nuevo régimen le otorgara una medalla como héroe de la prensa de Sierra Maestra. Fidel, en un rapto sincero, dijo al condecorarlo que sin su ayuda y la del "New York Times", "la revolución en Cuba no habría acontecido"

Seis meses después de llegar al poder, Fidel y el Che iniciaron su contrarrevolución de signo marxista-leninista. Los viejos camaradas fueron encarcelados (como Huber Matos, que pasó veinte años en prisión) o ejecutados bajo forma de un accidente (como Camilo Cienfuegos). Menudearon los fusilamientos sumarios y la torturas. Comenzó un masivo exilio ("cuando salí de Cuba/dejé enterrado mi corazón", cantaba Celia Cruz). Castro profesó su nuevo credo de esta manera:

"Juré ante un retrato del viejo camarada  Stalin no descansar hasta haber aniquilado a estos pulpos capitalistas".


No voy a hacer aquí un recuento de las muertes provocadas tanto en su país, como en el resto de Hispanoamérica, como en África, por la acción del hombre ya fósil que está pasando a la inmortalidad del siglo,   Stéphane Courtois, un investigador venido de la izquierda, en su "Libro Negro del Comunismo", editado en el octogésimo aniversario de la Revolución Rusa, proveyó esa estadística y señaló que todos los regímenes comunistas han "erigido el crimen de masas en verdadero sistema de gobierno", de 1917 en adelante. Desde Cuba, bajo el mando de Fidel y del Che, en 1964 comenzó  la acción guerrillera y terrorista en nuestro país, que dejó un saldo de miles de muertos, una generación tronchada, dolor por doquier, una respuesta contrainsurgente que no pudo esquivar la criminalidad, un derrumbe por vía judicial del edificio clásico de las garantías penales, una vampirización constante de los muertos que pesa aún sobre las generaciones posteriores a la lucha armada, y otros males que sería fatigoso enumerar. Todos los demás países de nuestra ecúmene iberoamericana, salvo México, sufrieron la misma plaga. Sin embargo, ante  las cenizas del hombre que llevó adelante esa empresa sangrienta y fallida, alguien que no presidía ya su Estado, van a inclinarse reverentes dignatarios venidos de diversos  países, en hipócrita condolencia. Nuestro gobierno enviará a la canciller, para poner los ojos en blanco ante los despojos de quien, entonces al frente omnímodo de su Estado, desde 1964, cuando gobernaba Arturo Illia, ordenó el despliegue de elementos guerrilleros en las zonas selváticas de Córdoba, Salta, Tucumán, Santiago del Estero y Jujuy, que fueron puestas bajo la dirección de Jorge Masetti, el "comandante Segundo" -se aguardaba al "comandante Primero", esto es, el Che-, instructor principal y comisario político de esos grupos fue el oficial cubano Hermes Peña, que se destacaba por imponer una disciplina de hierro -fusiló a elementos díscolos de la propia tropa-, mató el primer gendarme caído frente a la guerrilla, Juan Adolfo Romero, y finalmente fue muerto en combate, enterrado en el monte y sus restos descubiertos poco ha, siendo exhumados y trasladados a Cuba, donde recibió tratamiento de héroe.  Las acciones continuarían intermitentemente hasta 1989 -ataque al cuartel de La Tablada. Y el peso de la dirección estratégica de esta guerra revolucionaría estuvo a cargo del Departamento América, dependiente del Comité Central del Partido Comunista cubano, dirigido por Manuel Piñera, alias "comandante Barbarroja", casado con Marta Harnecker, cuyo manual de vulgarización marxista fue algo así como el "¡Upa!" donde hicieron sus primeros pininos nuestros antiguos combatientes irregulares.


¿Qué quedó de aquella revolución barbuda? Promesas de negocio concertadas con el viejo hermano sobreviviente, que los 86  intenta, como los Kim. que continúe la dinastía ("que no acabó la diversión/murió el Comandante y mandó seguir"), cuando el ya no esté, con su hijo Alejandro, su hija Mariela o su yerno, el general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, padre de sus dos nietitos. Y como fiel discípulo, acude a las exequias el hombre venido desde la última colonia que conquistó Cuba: Nicolás Maduro de Venezuela. Del joven y arrogante Fidel al rumbero Nicolás que confunde en acto fallido "peces" con "penes".  Pidámosle prestada a Carlos Marx la frase que repiten todos los que nunca le han pasado la vista a "El Dieciocho de Brumario de Luis Napoleón": la revolución se inicia como tragedia y se repite como farsa. De la Sierra a la urna lagrimeada;  del guerrillero al bufón. Y para los muertos, torturados y humillados en el medio siglo intermedio, para todos los "daños colaterales", el silencio plomizo de los que han decidido que es más diplomático no acordarse.

En fin, un presidente electo, casi el único a contracorriente, tuiteó apenas difunto el ícono caribeño: "Castro is dead!". Está muerto. Terminado. Acabado. La Revolución bajo el pie forense de una necropsia.-

martes, agosto 16, 2016

EL ABUELITO DE LA REVOLUCIÓN CUMPLIÓ AÑOS





Fidel sopló las velitas de sus noventa: un abuelito en jogging y guardapolvo blanco, rodeado de otros abuelitos, en el teatro Karl Marx de La Habana -la edad no da para celebraciones al aire libre- donde una compañía infantil ponía en escena una simpática obra: "La Colmenita", recomendada por UNICEF. ¡Y le regalaron un puro de 90 metros!  Todos se rieron: no estaba obligado a fumarlo, claro está.

Este hombre de la barba cana y la mirada ya un poco extraviada, presidió el lanzamiento, en 1962, de una declaración de guerra continental,  que debía desarrollarse bajo la modalidad de la guerra revolucionaria (febrero de 1962, Declaración de La Habana, convertir Latinoamérica en una gran Sierra Maestra). La lucha revolucionaria estaba impulsada desde Moscú y su vector era Cuba. Se trataba de un escenario secundario, un episodio de arrabal del enfrentamiento global entre los EE.UU. y sus aliados y la URSS y sus aliados, donde los dos grandes contrincantes no podían venirse a las manos directamente: era la mutua destrucción asegurada.

En Hispanoamérica, Iberoamérica, Latinoamérica, Indoamérica, América Románica o como prefiera el lector, el único santuario libre de enfrentamientos fue México: "en el único lugar donde no intentamos promover la revolución fue en México. En el resto, sin excepción, lo intentamos" (palabras del nonagenario y valetudinario de las velitas. del 5 de julio de 1998).

En 1966 se reúne en La Habana la "Primera Conferencia de Solidaridad con los Pueblos de Asia, África y América Latina", más conocida como la Tricontinental, para organizar la lucha armada en los escenarios secundarios. En 1967 el órgano específico para nuestra ecúmene, la OLAS (Organización Latinoamericana de Solidaridad), donde estuvimos representados por John William Cooke. Su declaración final se expresa por la "lucha armada", "la guerra de guerrillas como genuina expresión" de aquélla, en el marco de la "guerra revolucionaria" y culmina: "el proceso violento hacia el comunismo es inevitable y exige la existencia de un mando unificado político y militar como garantía de su éxito". El mando unificado al comandante; el mando a Fidel: "llegó el comandante mandó parar", como decía la rumba de época.

Era obvio que una operación de guerra revolucionaria de carácter continental vía Cuba iba a levantar una respuesta contrainsurgente también continental, vía la doctrina dela "seguridad hemisférica". En 1975, en Santiago, Argentina, Brasil; Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay cierran el "Plan Cóndor", con un diseño de "guerra de baja intensidad". Todos los jugadores están en la cancha: íncipit tragedia; mejor, la tragedia ya había comenzado diez años antes.

Lo patético es ver ahora al abuelito con las velitas, consumiendo obritas infantiles -lo patético de un líder, sobre todo cuando chorrea sangre, es no morirse a tiempo y sobrevivirse momificado. Muerte, sangre, destrucción, quedaron como saldo. No me refiero sólo a civiles inermes, a militares y policías, sino también a una generación de combatientes que, en algún momento, creyó que estaban cambiando el mundo, tomando "el cielo por asalto", según la frase que Marx desliza en su correspondencia a propósito de los comuneros de París (1). Vicente Massot ha escrito un texto muy esclarecedor al respecto.

En 1997, un grupo de historiadores presidido por Stéphane Courtois publicó "El Libro Negro del Comunismo", sobre el costo humano de su revolución: cien millones de muertos: "el mayor, el más sanguinario sistema criminal de la historia". El abuelito tuvo en él su contribución no pequeña. Pasará a la historia, por lo menos a la crónica actual, como una especie de Bolívar del siglo XX, admirado por el puer aeternus latinoamericano, inmune porque si mató fue con buenas intenciones -marxistas absolviendo las buenas intenciones es una inconsecuencia y una humorada- y solazándose, como un ogro domesticado y vegano, con el teatro infantil.-














(1) Marx la toma, a su vez, del romanticismo alemán y antes Hölderlin la usó para referirse a los titanes que asaltaban el Olimpo, y antes de ese antes Cervantes la puso en boca del Quijote (Segunda parte, cap. VIII) y antes aún puede relacionarse con Mateo 11,12: "el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan", que a su vez debe tener otras fuentes que se me escapan 

sábado, octubre 30, 2010


JUVENTUD MARAVILLOSA II




Hemos presenciado, durante las exequias de Néstor Kirchner, una olimpíada de la creación de "virtudes retroactivas" sobre la persona del difunto. Nadie hizo tanto por nuestra felicidad, en tan poco tiempo y contra tantos. Por un lado, contribuyó a ello la rudimental "videología" mediática, cuyos relatos sobre los grandes muertos no conocen matices entre la apoteosis y el escarnio, según que a quien haya pasado al otro barrio le encajen o no los baremos de la corrección política, para los que hay que contabilizar siempre en la columna del haber la "transgresión" y la "revolución". Por otro, a este coro se unieron de buena gana y justo sollozo los eventuales herederos de alguna porción del poder nestoriano, muchos de ellos humillados y ofendidos en vida por el mandamás y que añoran volver aunque más no sea colados en el cortejo de la Presidente viuda. Al lado de estas manifestaciones apareció, con partes iguales de belicosidad y congoja, un compacto de los de "menos de treinta", militante y fervoroso, con el estilo de "la Cámpora", grito y saludo, que coloca al santacruceño como la figura mítica de los anhelos de esa generación. Estudiantes de Sociales, lectores de "Página 12", enchufados en las administraciones, quizás algunas de estas caracterizaciones podrían caberles, pero sería error y pijotería reducirlos sólo a eso. Lo cierto es que un sector de la juventud actual ha encontrado un modelo y un guía imaginario en el político finado. ¿Nueva versión de la "juventud maravillosa"? Tienen los de ahora una característica que los separa de aquella versión de los setenta, aunque los una buena parte de la fraseología. Los de ahora son revolucionarios sin adrenalina. Cortar calles, ocupar colegios, escupir a la policía son actividades que rinden en imagen y están, en principio, a cubierto de riesgos. La revolución se hace cortando el tránsito pero conservando el empleo. Son revolucionarios curiosos, para los cuales la metodología airada está legalmente permitida y mediáticamente alentada. Para entender la diferencia: los de antes querían hacer la revolución (aunque terminaron haciendo los negocios); los de ahora no necesitan hacer nada: la revolución la compraron hecha (y los negocios también). Por eso, quizás, estos últimos neoguevaristas resulten potencialmente más peligrosos que sus abuelitos setentistas.


Estos revolucionarios de plantilla venían sufriendo en los últimos tiempos, ya que se había generado una oposición que corría por izquierda al gobierno. Por un lado, había que bancar el veto al adecuamiento de las jubilaciones a la letra constitucional, que no era trago poco amargo. Por otro, los muchachos del PO y similares iban engrosando las filas en colegios, universidades y sindicatos desprendidos de los gremios tradicionales. El feroz y crudo correctivo a este avance del PO y semejantes no vino del gobierno, ni de la "juventud maravillosa" nueva versión, sino de uno de los reductos conservadores de la sociedad, esto es, el sindicalismo. En Barracas, unos camorreros al servicio de la Unión Ferroviaria, matando al joven Ferreyra, reduciendo al coma a una sexagenaria e hiriendo a dos más, enviaron este mensaje: "tomen colegios, destruyan universidades, apaleen a la policía, pero no toquen nuestros intereses, porque si no, balazo".


¿Ese futuro ya lo conozco? ¿Es el estadio repetitivo de la farsa después del original de la tragedia? La historia no se repite, pero existen correspondencias y analogías en su desenvolvimiento. No sabemos hoy hasta dónde llegarán.


viernes, agosto 14, 2009



LA REVOLUCIÓN SERÁ CHIC O NO SERÁ




El artículo de Mauricio Crippa en Il Foglio, cuya versión les ofrezco más abajo, subraya una evidencia: para ser un buen revolucionario, uno que se destaque del pelotón, hay que resultar bastante snob. Atrás, en montón, cortejo anónimo, incauto y confianzudo, puede trotar la chusma nunca sagrada que habrá de ser ofrecida sin remordimiento en los altares de diosa Revolución. Pero adelante, que marche un tipo de mundo, mejor si linajudo, cachorro de bacán.


Ernesto Guevara de la Serna, como ha recordado muy bien y documentadamente Enrique Díaz Araujo[1], era de cepa aristocrática. Por los Guevara estaba emparentado con un virrey de México, don Pedro de Castro y Figueroa; por los Lynch con los Pueyrredón (y con José Hernández, por lo tanto) y por la rama materna, los de la Serna, con José de la Serna e Hinojosa, último virrey del Perú. Transcurrió el Che su infancia y adolescencia entre las copetudas familias de Alta Gracia y su círculo de visitantes. En los links del Hotel Sierras habrá aprendido a manejar los palos de golf, considerándose ya un chico mal de familia bien. Tendría ocasión de volverlos a tomar junto con el doctor Fidel Castro Ruz en 1961, época de las fotos que ilustran estas líneas, tomadas por otro no cualquiera, Alberto Korda (Alberto Díaz Gutiérrez), autor de la foto del Che como “Guerrillero Heroico” que hoy circula en todas las chucherías del mundo capitalista.


Desde luego que nuestros viejos revolucionarios sufren idéntica compulsión a considerarse y ser considerados entre los happy few. No basta, claro, con haber descubierto que los negocios son la continuación de la revolución por otros medios. Negocios por izquierda hace cualquier lumpenburgués. Por eso, en algunos casos se inventan abolengos y hasta un viejo “fusil de la Argentina” que hoy ya no ejerce de tal, olvidando su decoroso origen de clase media, romancea con antepasados terratenientes. Pero no alcanza. Tampoco es suficiente con ostentar lo comprado por “deme dos” en Rodeo Drive. D’Elia y Pérsico ni siquiera dan un perfil de sans culottes. Y encima viene el bolivariano con esa monserga del golf como deporte de burgueses y de flojos, y que el mejor campo con hoyos es el de maíz (con retenciones). Muchachos de los 60/70, a no aflojar: la revolución será chic o no será.

Luis María Bandieri





EL VIEJO HUGO COMBATE LOS GREEN Y LA SUBLIMACIÓN DEL VIAGRA

Maurizio Crippa-Il Foglio Cotidiano, 13 de agosto de 2009.-


Las revoluciones, aún las bolivarianas, resultan mercadería muy delicada como para que las manejen jornaleros de miras estrechas y limitada visión del mundo. Para quien lo haya olvidado, bastaría una mirada a aquellas fantásticas instantáneas en blanco y negro –el blanco y negro de Alberto Korda, no de un paparazzi cualquiera- del Che Guevara en uniforme de monte –lo sublime en punto a transgresión- en el lujurioso green de Villareal, en La Habana, mientras se arriesga en un encuentro con Fidel Castro, al que se le había metido en la cabeza, de puro fanfarrón que siempre ha sido, desafiar al enviado del gobierno norteamericano y quería ponerse en forma.

La revolución es materia para el comportamiento aristocrático, y es necesario saber desenvolverse a gusto tanto el club house como en la Sierra Maestra. Se puede abolir cualquier diferencia social, excepto aquella entre quien maneja los palos y el que tan sólo puede oficiar de caddie. El golf resulta esencial para la lucha de clases, como, y aún más que los misiles de Jruschov, como y aún más que el encendedor sin el cual el mejor Partagás resulta una inútil hoja muerta. Y puesto que la revolución, como la herrumbre, no para nunca, un par de años atrás el hermano Raúl, apenas recogida la llave del comando que se le resbalara de la mano al Líder Máximo, aterrizó sorpresivamente, en helicóptero, junto al Argentario Golf Resort de Puerto Hércules, con el tiempo justo para un cocktail cubano (pero preparado como Dios manda y los capitalistas saben hacerlo) e interesarse sobre cómo se organiza un paraíso de dieciocho hoyos para turistas de divisa fuerte.

Esta sí que es límpida conciencia de clase. En vez, sólo a un bolivariano ordinario como Hugo Chávez, uno que respecto a la visión revolucionaria es como un pucho de toscano frente a un Montecristo, le puede venir en mente la banalidad de que el golf es un “deporte burgués”.

Y ha impuesto por decreto, como con mala uva suelen hacer los dictadores, la clausura inmediata de dos campos de golf, los dos primeros de una larga lista de proscripciones de hoyos y pelotitas. “Para levantar viviendas populares”, justificó. Una simpleza a ras del piso de caudillo aldeano. “Sólo un pequeño burgués puede jugar al golf”, ha tronado el presidente de Venezuela, demostrando con ello su escasa capacidad de aplicación del materialismo histórico y provocando las fáciles ironías de los oficinistas que ganan sus pesitos en Foggy Bottom[2], a las espera del viernes para largarse a los green de Virginia. “Se pasó de rosca”, han comentado con sorna. Va sin decir que a un patán mas apto para el arado que para el club, un verdadero dandy de la cordillera como el doctor Guevara no lo habría usado ni siquiera como caddie. A cortar caña de por vida.


De todos modos, en su baja astucia bertoldesca, el viejo Hugo algún rasgo del espíritu del tiempo ha intuido. Quizás no está del todo equivocado en convertir al golf en el nuevo enemigo del proletariado. Pero no porque sea el símbolo de la riqueza exclusiva y excluyente, de los odiosos yanquis repletos de dólares y, por lo tanto, de un refinado placer para exhibir al pueblo apenas conquistado el poder. Tampoco resulta ya un símbolo de la vida bella y de la perdición en Palm Spring, el campo de juego apto para intrigas entre altos funcionarios y sotanas que tanto le gustaba a monseñor Marcinkus. El golf se ha convertido hoy en el mercado global de un nicho de consumo. Resulta el status symbol para la vejez de una clase social que, allá en su juventud, fue influyente. El deporte envidiado de jóvenes, para poderlo practicar finalmente ya viejos, por Marbella y sus contornos, al llegar a los ochenta. Si el sexo es la sublimación del tennis, el golf es, después de todo, la sublimación del viagra. Una gran aldea global de vacaciones, una vuelta al mundo de campos y hoyos de Tailandia a California. (Y si hay una cosa que le da vueltas en la cabeza al consumidor del nicho, es descubrir que poniendo plata en él, puede adjudicarse un lugar en un club global donde aspirar a satisfacer la misma pasión exclusiva de un corredor de seguros jubilado de Carolina del Sur). Véase esa costa desde Marbella a Gibraltar, llena de green hechos en serie, con comodidades en hoteles de cuatro estrellas hechos en serie. Y donde se puede comprar por una suma abordable una propiedad “sobre el hoyo 9” o el 14. Sale por la mañana y ya comienza a tirar pelotitas. En la práctica, va uno de allí sólo para ir al cardiólogo. En la nueva lucha de clases, el golf, es, en suma, el distintivo y el galardón de quien logró –cuando aún se podía- hacerse una buena asignación de retiro por capitalización. O que tiene las jubilaciones de los grandes ejecutivos, de los médicos, de los odontólogos. Guevara les habría escupido encima el resto de su Montecristo. Él sí era un verdadero revolucionario.-



[1] ) “Ernesto Guevara de la Serna, aristócrata, aventurero y comunista”, ed. del Verbo Encarnado, San Rafael Mendoza, 2008
[2] ) Antiguo barrio de Washington DC. Allí se encuentran la oficinas del Departamento de Estado y por eso la referencia del texto.

domingo, diciembre 30, 2007

SOBRE EL ARTE DE ROMPER LOS HUEVOS

El gran novelista rumano Panait Istrati, a finales de los años veinte del siglo pasado, comenzó muy tempranamente a criticar los métodos totalitarios de la URSS de Stalin[1]. Sus contemporáneos comunistas de estricta observancia como, por ejemplo, el bueno de Romain Rolland, la pluma “oficial” del PC Henri Barbusse o hasta su amigo Nikos Kazantzakis, le decían: “esto es pasajero; de últimas, para hacer una tortilla se necesita romper los huevos”. Istrati replicaba: “los huevos rotos los veo por todas partes. Pero ¿dónde está la tortilla?”. Su actitud a contracorriente le valió el destierro intelectual, la conspiración del silencio y el desprecio de los revolucionarios bien pensantes. Tener ideas contrarias a la corriente principal, al main stream de la progresía de cualquier tiempo, se paga con el propio cuero. Juan Gelman, con una parva obra literaria, puede ser Premio Cervantes por la dolorosa intercesión de un hijo y una nuera asesinados. Pero María Elena Walsh, extraordinaria maestra del idioma desde aquel lejano “Otoño Imperdonable”, fue arrojada a las tinieblas exteriores por haber criticado la “carpa blanca” y atreverse a decir que Carlos Menem no era el único villano de nuestra historia reciente.

Volvamos a Istrati. Su respuesta puede aplicarse al “Gran Showmatch Gran” en que se ha convertido una buena causa, como es la liberación de una ínfima parte de los prisioneros que las FARC colombianas mantienen en la selva. A la cabeza se ha puesto Chávez, un gárrulo de tierras calientes que parece, para seguir en los carriles de la literatura, un hijo póstumo del “Tirano Banderas” de Valle Inclán. Chávez se empecina en aparecer como un mediador. Pero un mediador, ante todo, debe ser un tercero imparcial. Y nuestro teniente coronel es un aliado de las FARC (que le entregan los secuestrados “en desagravio”). Secuestren las FARC en sus operativos de “pesca milagrosa”, que el Comandante Hugo te devuelve al prisionero ante las cámaras, parecen decirnos los organizadores de este ejercicio tinelliano. El “liberando por un sueño” cuenta con una presencia de lujo, la de Sarkozy. El pequeño gran Sarko, maestro de la política espectáculo, dejando por un ratito de que Carla Bruni le cante en la oreja, consigue un episodio típico del gran relato con el que los europeos creen entender a los latinoamericanos: el buen salvaje revolucionario lagrimea un poco y afloja el abrazo sobre la presa cuando el culto francés sabe tocarle su íntima fibra libertaria. Nosotros, que pudimos poner el know how de Marcelo Tinelli al servicio de esta buena obra (Olivier Stone le roba cámara), mandamos a nuestro ex, un simple comparsa. Para los organizadores de “liberando por un sueño”, como ocurre en cualquier Showmatch que se respete, lo importante no es la vida de los rescatados sino aparecer en televisión y, sobre todo, humillar al gobierno y al pueblo de Colombia, el tercero sufriente en la obra. En otras palabras, la cháchara bolivariana, de unión continental y socialismo liberador siglo XXI, se reduce a la capacidad de hacer trizas cualquier concordia posible entre los cachorros del ibérico león, sea en Perú, en Ecuador, en Bolivia, en la Argentina, en el Uruguay o en Colombia. Por las armas o por las valijas, por la fuerza o por los dólares. Y siempre en un reality sin fin. Recordando a Istrati, cualquiera puede romper los huevos: hasta un ex paracaidista de Sabaneta o un ex intendente de Río Gallegos. Un guacamayo o un pingüino. Lo que no aparece por ningún lado es la tortilla.-



[1] ) Véase “Confesión para Vencidos”, de 1929. Junto con Víctor Serge, sería, al precio arriba señalado, uno de los primeros denunciantes del stalinismo. Más tarde, se les uniría Arthur Koestler.