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martes, julio 29, 2014


 

 

BYE BYE BARING (VIII y IX)

Última entrega de la serie sobre Baring y la deuda, que muestra qué poco ha cambiado en tanta agua pasada...

 


No fue con aquel empréstito de 1824, finiquitado en 1901, con el que nos despedimos de la casa Baring. Tuvimos con ella, en realidad, un largo romance financiero, con peleas y reconciliaciones, hasta que un día, hace poco, cuando ya era apenas un recuerdo de los últimos memoriosos, Nick Leeson, un yuppie de suburbio, hundió ese refugio de la sangre azul de las finanzas (que había sobrevivido incólume a los requerimientos de cinco generaciones de argentinos, lo que ya es decir), a fuerza de maniobras que las revistas especializadas llaman straddles y derivatives [1].

 

El 15 de junio de 1824, cuando Félix Castro había apenas desembarcado en Londres, y John Parish Robertson veía acercarse a buen puerto sus trabajos de internediación en el primer empréstito, sir Alexander Baring, first Baron of Ashburton, firmaba con otros 117 banqueros y comerciantes una petición que sir James Mc Intosh leería en la Cámara de los Comunes, instando a George Canning a reconocer la independencia hispanoamericana. Pocos días más tarde, se firman los documentos del primer empréstito, historia no muy afortunada en cuanto nos toca, salvo su aplicación a financiar la guerra con el Brasil, y tampoco demasiado brillante para los primeros suscriptores londinenses, que debieron aceptar un "agujero negro" en el pago de 1828 a 1844. En 1866, Norberto de la Riestra, en nombre del gobierno del general Mitre, contrata el segundo empréstito con la Baring, muy trabajosamente colocado, por  £ 200.000, que consumió la guerra del Paraguay. Pertenece a la paradójica congruencia del mundo financiero, no siempre comprensible desde otros enfoques, anotar que el Brasil la financió con un empréstito de su proveedor tradicional, la banca Rothschild, y que el Paraguay de Francisco Solano López había ya acudido a la misma famosa casa [2] para proveerse del suyo, en 1865, por valor de £ 5.000.000, con vistas al esfuerzo bélico propuesto: l'argent fait la guerre, hacen decir a Napoleón [3]. En 1868, la Argentina contrató un tercer empr-estito con la Baring, por un valor nominal de £ 2.500.000, de las cuales llegaron el 70%: 1.735.000.

 

Saltemos unos años. Estamos en 1880. Don Vicente Fidel López es presidente del Banco de la Provincia de Buenos Aires. Eduardo Madero, uno de los directores. Madero tiene muy buenos contactos con la Baring, especialmente con su cabeza de aquel entonces, Edward Charles Baring, first Baron of Revelstoke (los Baring llegaron a reunir tres títulos nobiliarios). Lucio Vicente, el hijo del viejo Vicente Fidel que escribirá m s tarde "La Gran Aldea", está por partir a Inglaterra, y Madero, a pedido del padre, lo provee de cartas de presentación para la casa de Bishopsgate Street 8. La correspondencia entre López viejo en Buenos Aires y López mozo en Londres es muy interesante. El padre le cuenta los terribles días del alzamiento de Tejedor, con un gobierno "de adentro" y otro "de afuera". Y por allí le dice: "háblale al sr. Baring de la gran adhesión de mi padre, y mía, a su casa por los grandes servicios que el país le debe desde 1824. Cuéntale que aunque mi padre peleó contra Beresford y Wittelok (sic), y fue herido, cuando viejo decía que habíamos hecho una barbaridad, porque ¨¿dónde estaríamos si desde entonces hubiésemos sido colonia inglesa? Claro es que te lo digo como episodio humorístico de la conversación, y no como arrepentimiento serio" [4]. La opinión sobre la Baring del hijo de la autor del Himno y del "Triunfo Argentino", poema sobre las invasiones inglesas, era compartida por casi toda nuestra clase dirigente de entonces. Y apuntemos, de paso, que Eduardo Madero, tres años m s tarde, podrá  iniciar las obras del puerto, superando la propuesta de su rival el ingeniero Huergo, sobre todo por la financiación obtenida de los Baring.

 



                                                                                  Vicente Fidel López

Las primeras manifestaciones antibritánicas intensas, como no las hubo cuando el bloqueo en la ‚poca de Rosas, fueron a causa de la crisis del 90. Contar la historia de aquella crisis y el casi desmoronamiento de la Baring, llevaría otros tantos artículos. Contentémonos con un simple resumen. Cualquiera que tenga algunos años habr  vivido y sufrido en carne propia la impresionante dedicación de nuestro país a los experimentos monetarios. En 1887, dentro de esa constante nacional, se establecieron los "bancos libres", que podían emitir papel moneda y debían, en teoría, entregar oro al gobierno a cambio de títulos públicos que respaldarían los billetes. Fue un carnaval de balances falsos, emisiones clandestinas, billetes supuestamente quemados que seguían circulando y préstamos incobrables a los amigos políticos. Nada nuevo, como se ve. A eso se le sumaban los Bancos Hipotecarios, nacional y provincial que, también en teoría, emitían cédulas al deudor por el valor de tasación de su tierra y éste podía negociarlas en el mercado abierto, tan abierto que se expandió a Europa. Pero, las tasaciones, no siempre de buena ley, crearon una inmensa especulación en los precios de los bienes raíces, la que incitó a los deudores, en su mayoría no colonos chacareros -para quienes en los papeles se habían creado las cédulas- sino propietarios de vastas extensiones, a jugar a la baja, para terminar pagando el crédito con moneda depreciada. Ello sin contar las cédulas emitidas sin la hipoteca o a favor de muertos y personas inexistentes. En la Bolsa, por fin, todo el mundo especulaba locamente con el oro. Era la Argentina de Juárez Celman,  de los inmigrantes por doquier y del mantillo donde fermentaría la Unión Cívica. La euforia argentina era compartida por los extranjeros que hacían fabulosas diferencias en poco tiempo. Entre 1888 y 1889, el 25% de las nuevas emisiones en la plaza financiera de Londres corresponden a  empresas en la Argentina. Entraban más bienes y dinero que lo que se exportaba: en algún momento, los acreedores extranjeros cesarían de prestar y querrían cobrar. Peor, cobrarse en oro.

 

Algo parecido ocurrió en nuestro siglo, avanzados los 70, cuando los bancos, atiborrados por el dinero que les caía a pala proveniente de las plusvalías del petróleo disfrutadas por los socios de la OPEP, se lanzaron a prestarlo al entonces llamado Tercer Mundo, donde, las más de las veces, se lo despilfarró en proyectos alocados, en comprar armas de todo tipo, o pasó directamente a las cuentas que en Suiza o en las islas Caimán poseían los infatigables líderes de los pueblos oprimidos, junto a sus cortesanos de confianza. Un día, los saudíes comenzaron a exigir el retorno de sus inversiones, los bancos descubrieron que sus prestatarios no eran confiables, México, que en este tipo de crisis suele jugar el papel de gallo madrugador, se despertó un día proclamando su insolvencia, y todo el mundo comenzó a oír hablar de una cosa llamada "deuda externa". En la Inglaterra de la vieja Victoria, emperatriz de la India, después de la fiesta de bonos, de títulos, de compañías a crear y engordar en el Río de la Plata, un día comenzó la duda y la corrida. Sólo la fiel Baring, piloteada por barón de Revelstoke, seguía creyendo sin fisuras. En abril de 1890, cuando las manifestaciones de los "cívicos" sacudían Buenos Aires, la Baring contrata con la "Buenos Aires Water Supply & Drainage Co" y la "Buenos Aires Waterwork" un empréstito de 25.000.000 millones de pesos oro para las obra de salubridad porteñas. Sin embargo, la desconfianza ya había cundido entre los inversores, no se logra colocar buena parte de la emisión, que queda en cartera de la Baring, y ésta obligada como underwriter. La Argentina, sacudida por la revolución de julio, entra en cesación de pagos; en 1891, los dos principales bancos, el de la Nación y el de la provincia de Buenos Aires, cierran sus ventanillas. Y a Bishopsgate Street 8 le llegó también la noche. El Banco de Inglaterra se lanzó, tardíamente, a sostener a la vieja casa, para que todo el edificio financiero no se viniese abajo, pero se dio cuenta que no le alcanzaban los fondos. El gobierno británico comprometió reservas del Tesoro -diecisiete millones de libras- para sostener al Banco de Inglaterra, que intentaba sostener a la Baring. En un momento, parecía que todo se venía abajo. Se habló de intervenir militarmente con los casacas rojas, unidos a los norteamericanos, para poner orden y extraer recursos de los díscolos sudacas del Río de la Plata. Hasta se llegó a mandar un barco de guerra para defender a los galeses, supuestamente a punto de ser sacrificados. El marqués de Salisbury, al frente del Foreign Office, se negó a esos pedidos: dijo textualmente que la reina Victoria no se iba a convertir en "la Divina Providencia de Sudamérica". Se formó un pool de banqueros internacionales presidido por Lord Rothschild (refinado desquite de una vieja casa sobre otra similar en desgracia), para cumplir, en cierto modo, el papel que jugó Jacques de Larosière desde el FMI cuando la crisis de la deuda externa en 1982. Pellegrini [5] giró a la Baring todo nuestro stock en oro, acto que puso en quiebra a los bancos que todavía aguantaban. Don Victorino de la Plaza viajó a Londres para ofrecer sangre, sudor y lágrimas (en Buenos Aires, el diario de Mitre decía mientras tanto que si la Baring había hecho un mal negocio, sobornando de paso a medio mundo, no éramos los argentinos quienes debíamos pagarlo; otros rescataron una frase de Sarmiento sobre "la lima de Baring"). No bastaba. En 1893, Juan José Romero, el ministro de Hacienda de Luis Sáenz Peña, llega a un acuerdo con el consorcio de acreedores Rothschild.

Nosotros, entre otras cosas, nos hicimos cargo de la deuda de las compañías de salubridad, segundo acto que, con el anteriormente referido del giro del oro en tiempos de Pellegrini, salvó definitivamente a la Baring,  pudiéndose decir desde entonces, como en el tango de Celedonio Flores, que "mano a mano hemos quedado".

 

Baring Brothers era una sociedad colectiva, con responsabilidad ilimitada, lo cual hacía el desastre más denso. El pobre lord Revelstoke fue obligado a renunciar. Su cuarto hijo, Maurice, luego segundo lord Revelstoke, fue un buen diplomático y finísimo escritor, amigo de Hilaire Belloc y de Gilbert K. Chesterton. En su autobiografía -titulada "The Puppet Show of Memory", El Teatro de Títeres de la Memoria-, que se extiende por dos tomos, Maurice, que estaba en Eton y tenía dieciseis años cuando el crack, despacha en estas pocas líneas aquel decisivo episodio:

"En el otoño [boreal] de 1890, Hugo [su hermano] y yo fuimos a Londres con un largo permiso. Mis padres pasaban ese tiempo en casa de mi hermana Elizabeth, en Grosvenor Place, y allí oímos hablar de la crisis financiera de la firma "Baring Brothers", que estuvo a punto de terminar en un gran desastre". Nada más. Ejemplo de flema británica con el que se cierra este artículo, antes de la última entrega.-

 
 
Retrato de Gilbert K.Chesterton e Hilaire  Belloc, sentados, y Maurice Baring, de pie
 

[1] Straddles: contratos a futuro con la opción de comprar o vender a precios previamente estipulados, apostando a que un índice bursátil ha de mantenerse en un nivel determinado. Derivatives: arbitrajes de futuro derivados, que intentan aprovechar las diferencias de precio entre dos mercados. Un instrumento derivado es un instrumento cuyo valor depende de otro, como puede ser un bono estatal, una acción de una empresa o el tipo de cambio entre dos monedas.

[2] No siempre, sin embargo, los paraguayos acudieron a los Rothschild ante dificultades financieras. En carta a Josefa Gómez, dirigida desde Burgess Farm el 4/XII/1864, Rosas le cuenta que unos años antes, en vida de Carlos Antonio López, su hijo Francisco Solano lo había visitado en su retiro; al mismo tiempo, "uno de los principales de la casa Baring Hermanos", inquirió al desterrado si era conveniente, a su juicio, prestarle al joven 40 o 50 mil libras para que comprase unos vapores, habiéndole dado Rosas seguridades de que su padre haría honor al préstamo.

[3] La frase es eficaz, pero en realidad no es de Bonaparte, quien, más poéticamente, afirmaba que en la guerra como en el amor es indispensable verse de cerca. Que el dinero, y en cantidades desmedidas, es el nervio de la guerra, lo dijo Cicerón: nervus belli, pecuniam infinitam. La frase se atribuye antes a Bión, un filósofo griego nacido en Asia, pero la versión de Diógenes de Laercio resulta más amplia: el dinero es el nervio de todas las cosas.

[4] cf. "Revista Histórica", año 1, nro. 3, p. 179.

[5]  Juan B. Justo dijo de él: “tenía el alma de un cartaginés, y más que un caudillo fue un comerciante”.
 
 
BYE BYE BARING (IX y final)
 
 
Portada de la primera edición de "El Hombre que está solo y Espera", donde el dibujante José Sebastián Tallón trazó    un   retrato de Raúl Scalabrini Ortiz
 
 
 
La Baring, convertida en sociedad por acciones y debidamente monitoreada luego del desatre del 90, continuó como una reserva de sangre azul en el mundillo, tan propenso al arribismo, de las finanzas internacionales. Entre 1900 y el estallido de la Primera Guerra Mundial, 1300 millones de libras esterlinas se prestaron a gobiernos o se colocaron en empresas en el extranjero. Además de los también tradicionales Rothschild, otros nombres se sumaron al mercado inglés del dinero: Lazard, Hambros, Schroeder & Stern, Guinness, etc.
 
Con la Argentina, aquellos firmes vínculos trabados desde 1824 con la casa de Bishopsgate Street n§ 8 se fueron desdibujando, aunque no perdiéndose del todo. A partir del proceso desatado por la crisis mundial de 1929, el nombre Baring volvería a pronunciarse entre nosotros, esta vez belicosamente, en nuestras disputas políticas.
 
Recordemos un poco aquella crisis. La bancarrota de Wall Street, el "viernes negro" del 24 de octubre de 1929, tomó a la Gran Bretaña, acostumbrada hasta entonces a ser la acreedora del resto del mundo, en el papel de deudora neto de créditos a corto plazo por 300 millones de libras. La depresión económica había puesto en la calle a un millón de personas, que en 1931 se convertirían en dos millones y medio. Al mismo tiempo, se advertía un déficit en el balance de pagos. La recaudación impositiva se redujo drásticamente, elevándose al mismo tiempo el costo del seguro de desempleo. El gobierno laborista de Ramsay MacDonald se encontraba amenazado por la inflación, el caos monetario y la agitación social. Los proveedores extranjeros de créditos a corto plazo entraron en pánico y produjeron una corrida al no renovar sus operaciones, llevándose el dinero. El Banco de Inglaterra intentó en vano obtener fondos en el exterior, en un momento en que las otras bancas se aferraban celosamente a sus reservas. La Gran Bretaña, en septiembre de 1931, devalúa la libra en un 30% y abandona el patr¢n oro. En las elecciones de 1932, los conservadores arrasan a liberales y laboristas. Ese mismo a¤o, la Gran Bretaña abandonó moment neamente el credo del libre comercio internacional e impuso barreras proteccionistas. Llamados los miembros de la Commonwealth a la Conferencia de Ottawa, se establecieron tarifas preferenciales para los integrantes de pleno derecho del imperio. La Argentina, que integraba extraoficialmente dicho imperio por la vinculación de su comercio exterior con el mercado inglés (el 90% de sus exportaciones eran, entonces, de cereales y carnes; el 96% de la carne enfriada argentina lo compraba el mercado inglés), se encontró, luego de Ottawa, económicamente a la intemperie. Habíamos abandonado también el patrón oro, e instaurado el control de cambios, pero, para comprar manufacturas en el exterior se necesitaban divisas, y las divisas se obtenían sólo de nuestras colocaciones en granos y carnes. Estas últimas, especialmente, parecían quedarse sin mercado. Por otra parte, en Inglaterra, las viudas, los militares retirados y los pequeños inversores que confiaban en la renta puntual sus cupones accionarios de los ferrocarriles angloargentinos, vieron cortados bruscamente sus ingresos por nuestro control de cambio, que impedía remesas en oro. Con 450 millones de libras invertidas en el país, los británicos también estaban preocupados. Como se sabe, una misión encabezad por el vicepresidente, Julio A. Roca (h), Julito Roca, viajó a la isla y celebró el Convenio de Londres, más conocido como Pacto Roca-Runcimann, el 27 de abril de 1933.
 
Scalabrini investiga
 
Durante esos años, sacudida nuestra relación con el imperio por la crisis económica, y puestas al descubierto, pues, nuestras debilidades como hijos adulterinos de la Commonwealth, no protegidos en su  área de librecambio reservado, un vasto movimiento político y cultural, englobable bajo el rótulo general de "nacionalismo", comenzó a remover nuestro pasado, es decir, la historia recepta más o menos acríticamente aceptada hasta entonces, para averiguar por qué estábamos así. El nacionalismo extrajo de ese ejercicio revisionista, la conclusión que el imperio imperio británico, desde los inicios de nuestra vida independiente, había impedido que se levantara a orillas del Plata la gran nación que estaba prometida en nuestro destino.
 
En ese trabajo de investigación, se destacó Raúl Scalabrini Ortiz, un hombre joven (había nacido casi al filo del siglo, en 1898), bajo de estatura, torso de boxeador, frente amplia, mirada firme en los ojos oscuros y gran despeje intelectual. Aunque correntino de origen, creía encontrar en Buenos Aires y en el porteño, hijo no de sus padres sino del "espíritu de la tierra", los prototipos de un nuevo curso de la nacionalidad. Aplicó su lucidez y claridad a un intento de desenmarañar las cuentas con el imperio inglés. En algún momento, creyó haber encontrado la clave: el endeudamiento. Por obra y gracia del pacto Roca-Runcimann, 9 millones de libras bloqueadas en la Argentina por el control de cambios se convirtieron se convirtieron en un empréstito de desbloqueo por 13 millones de libras en bonos emitidos por el gobierno nacional, a pagar en 20 años. Scalabrini viajó a las fuentes: el empréstito Baring de 1824. En 1936, en un folleto de FORJA aparece la primera redacci¢n de "Política Británica en el Río de la Plata". La ecuación scalabriniana fue empréstito = sujeción. El empréstito había sido y era el arma absoluta del dominio imperial. Y el origen de todo tenía un nombre y -junto al séquito nativo- una responsable: la casa Baring.
 
El nacionalismo creyó, por aquellos años, que bastaba para el despegue de la "grande Argentina", hasta entonces sometida al dominio inglés, retomar el manejo del comercio exterior y salir de la rueda del interés compuesto de los empréstitos externos, entendidos como máquinas de colonizar.
 
El esquema scalabriniano, cierto en los detalles, erraba sin embargo en el conjunto. Como sospechara Bruno Jacovella, el nacionalismo en general, y Scalabrini con él, habían encontrado en el imperio inglés el mito del Gran Seductor y Gran Culpable, que impide con malas artes a la muchachita de extramuros una vida plena, honrada e independiente. En 1947 se firma el Convenio Andes y se compran los ferrocarriles argentinos con libras bloqueadas, de las que éramos acreedores, que aparecen como un empréstito inglés al país (Gran Breta¤a nos pagaba así por adelantado exportaciones y nos reconocía otros gastos). El "espíritu de la tierra", según Scalabrini, encarnado en quienes proclamarían en 1949 la "independencia económica", mostraba también una irrefrenable tendencia a endeudarse afuera. En 1945 teníamos un saldo  acreedor de 1697 millones de dólares y 290 de la misma moneda como de deuda externa, la que fue abonada en su casi totalidad con aquella acreencia. En 1955, debíamos 757 millones de dólares. Cuenta que hemos ido acrecentando incesantemente hasta hoy. La única diferencia es que ahora no hay un solo acreedor, el imperial, ni la Baring, señora bien muy venida a menos, es su comisionista.
 
El videojuego financiero
 
Lo que se juega en las finanzas internacionales de nuestro tiempo es un videogame en realidad virtual, desde las pantallas de las computadoras, destellando veinticuatro horas al día, donde todo el mundo muestra tendencia hacia la irresponsabilidad y donde la "racionalidad" proclamada no se ve. La crisis de la deuda externa de 1982 demostró que eran igualmente irresponsables los bancos prestamistas y los gobiernos y empresas prestatarias Todos los días, otros tantos Nick Leeson hacen transitar por las pantallas del videojuego entre dos y tres billones de dólares, de los cuales apenas el 1% corresponde a transacciones reales de intercambio de bienes y servicios. Los bancos y grandes casas financieras, como la venerable firma de Bishopsgate Street n§ 8, pierden la plata de sus clientes y los Estados se la hacen pagar a los contribuyentes. En 1990, la Reserva Federal de los EE.UU., para salvar el sistema bancario norteamericano y relanzar la economía, redujo espectacularmente las tasas de interés: el dinero, por fin, era casi gratuito. Los capitales a corto t‚rmino emigraron rápidamente a los mercados emergentes, que ofrecían mejores ganancias: México, Brasil, Singapur, Argentina. Nos sirvieron, entonces, para sostener la convertibilidad. En 1994, la Reserva Federal, para prevenir los riesgos de la inflación, produjo el movimiento inverso y aument las tasas. Los capitales a corto término volvieron a casa, dej ndonos los efectos "tequila", "caipirinha", "tetrabrik" y otros. Los contribuyentes argentinos deben, pues, de alguna manera, integrar los 7.500 millones de dólares que los inversores cortoplacistas se llevaron a causa del pánico. En el mundo de las finanzas en videojuego, la Baring, pese a los esfuerzos emprendedores de Nicholas William Leeson en materia de contratos de futuro, reaccionó como una abuelita con mal de Alzheimer avanzado. Nosotros, sus clientes desde 1824, seguimos todavía en carrera, con unas cuantas hiperinflaciones a cuestas y ya -lamentablemente- sin el Gran Seductor a quien echarle la culpa. Such is life.-
 
 
 

 

miércoles, julio 16, 2014

RETOMANDO EL VIEJO ASUNTO DE LA DEUDA
 
 
BYE BYE BARING (VII)

 

                                                                
                                                                        Norberto de la Riestra
 

Caído Rosas, la Baring (privada ya de Alexander, el primer barón de Ashburton, fallecido en 1848, habiendo quedado sus hermanos Thomas y Henry al frente de la casa), envía a Buenos a un mayor retirado, Ferdinand White, para informarse sobre el terreno de las consecuencias que, para el pago del empréstito, tendría la caída del antiguo encargado de las relaciones exteriores de la Confederación, ahora desterrado en la Gran Bretaña. Debe tenerse en cuenta que la cotización en Londres de los bonos era del 20% antes de la misi¢n Falconnet, habiendo crecido desde allí hasta poco más del 70%, a la época del viaje del nuevo enviado, sin haberla afectado la caída de Rosas, lo que demostraba en los bonholders un optimismo que la casa de Bishopsgate Street nro. 8 estaba lejos de compartir. White ha dejado un diario de su misión, bien reflejado en la obra de Fitte, con interesantes apreciaciones sobre los acontecimientos políticos ocurridos en nuestro país desde mayo de 1852, en que arriba, hasta abril de 1853, en que se embarca de vuelta para Inglaterra.

 

El acontecimiento principal ocurrido durante la gesti¢n de White es la revolución del 11 de septiembre de 1852, cuya consecuencia sería  la división del país entre en el Estado de Buenos Aires y la Confederación Argentina. El empréstito había sido contraído por la provincia de Buenos Aires, dando en garantía sus rentas y tierras públicas. Convertido luego, al establecerse la presidencia unitaria según la Constituci¢n de 1826, en deuda nacional, sus servicios se interrumpen en 1828 por imposibilidad de pago de la provincia, desaparecida la autoridad nacional. Y es la provincia, con su gobernador encargado de las relaciones exteriores de la Confederación  (confederaci¢n "empírica", como gustaba decir Julio Irazusta, plasmada en pactos), la que, con fondos propios, encara los módicos pagos resultantes del convenio con Mr. Falconnet, interrumpidos a partir de Caseros. La cuestión principal, para el acreedor, pues, resultaba quién se haría en definitiva de la deuda.

 

Las tratativas de White

 

A fines de mayo de 1852, White se reúne en Montevideo con el doctor de la Peña, ministro de Relaciones Exteriores de Urquiza, por entonces a punto de ser designado, en el Acuerdo de San Nicolás, Director Provisorio de la Confederación Argentina. White le pasa a de la Peña un estado de la deuda a ese momento, que montaba, según el acreedor, a £ 2.335.410, es decir, a casi tres veces y media lo efectivamente recibido. De la Peña le manifestó que, habiendo sido gastado el empréstito en la pasada guerra con el Brasil, se haría cargo de él la nación; precavidamente, agregó que de no ser viable ese expediente, la provincia de Buenos Aires quedaba siempre obligada "por su honor y por los términos del empréstito", es decir, por la garantía de sus renta y tierras. Alrededor de de la Peña se movía un personaje -ya recomendado a White en Río de Janeiro por Henry Southern, ex embajador de la Corona en Buenos Aires, a la sazón representante ante la Corte del Brasil- llamado Francisco Casiano Beláustegui. Según Ferns, este hombre era un aventurero y hasta se lo tachaba de proxeneta, oficio este último con el que, por su esmero, se habría ganado la confianza y estimación de Southern. Beláustegui, a modo de condecoración, le mostró a White las pruebas epistolares de sus gestiones ante Rosas para lograr el pago del empréstito, frente a las cuales el Restaurador había mostrado su sorpresa ante la circunstancia de que un argentino fuese el abogado oficioso de los bonoleros. Ahora, le susurraba el influyente a White, que cada vez le tomaba mayor recelo, un arreglo definitivo estaba mucho más próximo. A condición de reconocerle un fee de punto sobre todas las sumas a cobrar después del ajuste definitivo de cuentas, y ser designado agente de la Baring en Buenos Aires, en lugar de la firma norteamericana Zimmermann y Frazier, que se desempeñaba en tal carácter hasta ese momento. En junio de 1852 White es recibido por Urquiza en Palermo, siéndole presentado por el gobernador Vicente L¢pez. Cuando el entrerriano oyó que se hablaba de una deuda "nacional", apretó los labios y no pronunció palabra hasta el fin de la entrevista. A White no le costó demasiado entender que la Confederación estaba muy lejos de querer pagar la deuda, exclusiva de los porteños, a juicio del Director Provisorio. En esa entrevista, quedó, pues, perdido para siempre ese punto sobre el saldo y la calidad de agente de los Baring con que Beláustegui ensoñaba beneficiarse. Pero Beláustegui tenía el optimismo propio de todo vendedor de humo, y aunque White, evidentemente, ya no le creía palabra, afirmaba que el negocio andaba sobre ruedas, que Urquiza al final iba a influir a favor del acuerdo, que todo estaría resuelto para los primeros días de septiembre y anunciaba las primeras remesas llegando a Londres hacia febrero del otro año.

 

Lo único que estuvo resuelto en septiembre fue la revoluci¢n del día 11 contra Urquiza. White debió convertirse en un observador de los sucesos, forzado a esperar que las cosas se aclarasen, y convirtiéndose, de paso, en hooligan de Buenos Aires en su disputa política con la Confederaci¢n. Mientras tanto, él y su secretario hacían cuentas. Las rentas genuinas de Buenos Aires alcanzaban, a ese momento, a $ 3.250.000 anuales. La deuda total de la provincia, a $ 29.964.950. Un tercio de ella, $ 11.777.050, equivalentes (al cambio de 4 a 1) a las £ 2.355.410, correspondían al saldo del empréstito. El servicio de esa deuda insumiría aproximadamente, según los diligentes cálculos de White, la cuarta parte de los ingresos públicos. La situación, pues, no era brillante.

 

De todos modos, White se entrevistó con el nuevo "gobernador propietario" de Buenos Aires, don Valentín Alsina. Iba acompañado de Mr. Zimmermann, aquél a quien el afanoso Beláustegui quería sustituir. La conversación fue cortés, pero las posibilidades de arreglo eran, por el momento, en plena guerra entre Buenos Aires y la Confederación, muy lejanas. Lo único que obtuvo fue la seguridad de que la provincia, en la medida de sus capacidades, haría frente a su compromiso, y que se retomarían los pagos de cinco mil pesos mensuales del arreglo Falconnet. White, observador de nuestras luchas civiles e investigador de nuestros presupuestos, había llegado al fin de su misión, con el íntimo convencimiento de que sólo de una Buenos Aires pacificada y dedicada a desarrollar sus riquezas naturales podía pagar la deuda pendiente. Se embarcó, pues, el antiguo colonial de Bombay, para informar a sus principales de Londres que nada se podía hacer por el momento. Al tocar puerto en Montevideo el vapor que lo llevaba, lo abordó su compatriota don Samuel Lafone, que unos años antes protagonizara un curioso episodio de aplicación del Tratado de 1825, en el caso de matrimonios de mixta religión, por su casamiento con una dama argentina de apellido Quevedo. Lafone, dedicado al comercio exportador de cueros por cuenta de una firma de Liverpool, tenía su propio plan para hacer honor al empréstito, consistente en: a) abono del millón de libras inicial con los recursos propios del gobierno; b) el saldo, de un millón y medio acumulados por mora, se abonaría con una concesión de tierras no menor a dos mil leguas cuadradas, de las cuales, aconsejaba, la mitad convendría venderla a su vez a colonos alemanes, para hacer subir inmediatamente el valor de la mitad restante. Fue el último proyecto que White agregó a su abultada cartera de documentos de viajero que vuelve, en términos de tango, con la frente algo marchita.

 

Buenos Aires y la Confederación

 

Los bonholders están que trinan ante las noticias aportadas. Pero la política exterior inglesa, siguiendo el rumbo de "espléndido aislamiento" señalado por lord Palmerston, tan admirado por Rosas desde Burgess Farm, es de no inmiscuirse por las armas en los malos negocios de sus súbditos. Posición apoyada por el Times desde su línea editorial, y por la casa Baring, que no en vano posee una parte del famoso periódico. Además, la situación es algo curiosa: se sabe que si alguien está en condiciones de pagar, es  Buenos Aires; sin embargo el Foreign Office apoya al gobierno de Paraná , sede de la Confederación y no reconoce al Estado de Buenos Aires. Juan Bautista Alberdi, en nombre de Paraná , quería acelerar la inversión brit nica en la Confederación, especialmente la ferroviaria, a través de su amigo Wheelwright, mientras se autorizaba a Buschental a organizar en Europa una compañía para financiar el tendido de la línea Rosario-Córdoba. El Estado de Buenos Aires, mientras tanto, advertía que podía autosostenerse con sus exportaciones agrícolas, de ganado en pie, y las rentas de la aduana. La Confederación no podía pensar, aunque contase con una cabeza tan sólida como la de Mariano Fragueiro, que se plante¢ la cuestión, en procurar por sí sola el capital necesario a su desarrollo. Sí lo podían pensar, y de hecho lo hicieron, los porteños. Así nació en 1853 el Ferrocarril Oeste, en cuya sociedad se codeaban argentinos con ingleses afincados, que tuvo principio de ejecución con un buen negocio sobre las tierras destinadas a la traza y su momento de gloria cuando, en 1857, "La Porteña", con su cartelito "Voy a Chile", pitó en su primera salida desde donde hoy está  el Teatro Col¢n, para recorrer diez kil¢metros de "camino de hierro" colocados por 160 obreros ingleses contratados al efecto.
 
 
                                       La Porteña y la Estación del Parque (hoy Teatro Colón)
 
Quizás ese fue el momento clave para lograr lo que un tal Carlos Marx estaba entonces entreviendo desde la biblioteca del British Museum, en la Inglaterra victoriana: la acumulaci¢n "primitiva" de capital, función propia de la clase capitalista, para su reproducción volcada en un desarrollo autónomo. Buenos Aires habría podido hacerlo, en ese momento, sin recurrir a los onerosos empréstitos extranjeros, a los cuales estaba, en cambio, obligada fatalmente la Confederación.

 
Frank Parish, el hijo de Woodbine, había sido designado vicecónsul ingl‚s ante el Estado de Buenos Aires, modesto cargo que mostraba bien a las claras la voluntad de no reconocimiento. Los informes de Parish a lord Clarendon, titular del Foreing Office, reflejan la preocupación de este funcionario porque el presupuesto 1854/55 del nuevo estado destinase el 4% a obras públicas, antes que al pago de la "justa deuda" contraída con los bonholders en 1824. La política del gobierno británico tendía a presionar al gobierno de Buenos Aires a unirse a la Confederación, y no proseguir por el camino trazado. La Baring mandó a un nuevo representante, James Giro, a fines de 1853. Giro y Parish hicieron causa común. El ministro de Hacienda, Juan Bautista de la Peña, propuso pagar las casi £ 2.800.000 a que montaba entonces la deuda del empréstito con una quita de un 25%, a raz¢n de œ 60.000 anuales, y cesando el curso de los intereses. Ello fue objeto de rechazo por parte del enviado. Una tratativa igual y paralela celebrada por Adolfo Van Praet en Londres llegó  a igual resultado nulo. En 1855, Norberto de la Riestra [1], nuevo ministro de Hacienda, hace aprobar por la Legislatura una ley que establece la duplicación -$ 10.000- de la cantidad mensual que se giraba a la Baring por el acuerdo Falconnet. Giro y Parish toman este gesto como una maniobra para apaciguar a los bonholders, ocultando la voluntad de no pagarles jamás. Giro hace publicar en la prensa las cláusulas originarias del empréstito, y obtiene el repudio de la opinión pública. Se opone, en nombre de los acreedores, a ventas de tierras públicas, debiendo Parish legalizar su protesta, ya que no encontró escribano en Buenos Aires dispuesto a hacerlo. En realidad, el gobierno de Buenos Aires quería llegar a un acuerdo satisfactorio, pero Giro era propenso a embrollar las cosas. Una carta altisonante dirigida al gobernador de la provincia le fue dada por no recibida y obligado a retirarla. Decidió entonces embarcarse para Londres, mientras el gobierno anunciaba que sólo trataría directamente con la casa Baring. Mientras tanto, en 1856, se hacía cargo de representación de la reina Victoria ante el gobierno de Paraná   Mr. W.D. Christie. Christie era partidario, y lo manifestó abiertamente, de presionar a Buenos Aires para que cesase su actitud "anómala", e incluso escribi¢ a Lord Clarendon sobre la necesidad de una demostración naval frente a los díscolos porteños. Alberdi, en carta a Urquiza dirigida desde París en diciembre de 1857, teoriza sobre la absoluta necesidad para la Confederación de que Buenos Aires sea obligada a pagar sin remisiones ni quitas, ya que dedicarla a cubrir la deuda le quitaría dinero que de otro modo destinaría "para anarquizar al país".

 

El arreglo de la Riestra

 

Pero el gobierno de Buenos Aires ya había decidido consolidar su crédito en Londres. Propuso pagar el capital de £ 1.000.000 en cuotas anuales que arancarían de £ 35.000 en 1857 hasta alcanzar la suma de œ 65.000 en 1860, y así hasta su definitiva cancelación. La deuda por intereses atrasados, consolidada en £ 1.641.000 se pagaría con bonos, luego llamados "bonos diferidos", que redituarían un interés anual del 1%  de 1861 a 1865, del 2% desde 1866 a 1870 y del 3% desde 1871 hasta su total rescate. Los tenedores de bonos estuvieron de acuerdo, ya que el arreglo se acercaba bastante a su propia propuesta. La legislatura de Buenos Aires lo hizo ley en octubre de 1857.

 

Luego de la crisis de 1890, el gobierno de Luis Sáenz Peña tuvo que negociar, a través de su embajador Luis L. Domínguez, algunos reajustes con el Comité de Tenedores, entonces presidida por lord Rothschild, a raíz de la crisis de la Baring por aquellos años. Como se diría hoy, se reestructuraron pagos de diversos empréstitos, comprendido el de 1824, y el de los intereses. Hay que anotar, además, que la ley 206, de 1866, puso a cargo de la nación, desde 1867, el empréstito inglés de 1824.

 

El rescate definitivo del empréstito se produjo en 1901. Según el clásico cálculo de Pedro Agote, se pagó, por los $ 5.000.000, pactados, y $ 2.800.000 realmente recibidos, un total de $ 23.734.766, o sea ocho veces más en setenta y siete años. Milagros del interés compuesto.-

 

[1] Antes de asumir el ministerio, era socio de la firma Nicholson, Green & Co, de Liverpool. adonde se había dirigido de joven por su disidencia con el gobierno de Juan Manuel de Rosas. Ni siquiera este antecedente tranquilizó a Giro y Parish, que lo sospechaban partidario de repudiar la deuda.

jueves, julio 10, 2014


Y SIGO ENTREGANDO SOBRE LA DEUDA…

 

 

 

BYE BYE BARING (VI)

 

 

Dejamos en 1842 al enviado de la Baring, Francis Falconnet, encontrándose aquí en Buenos Aires con un compatriota, don Pedro de Angelis (recuérdese que el enviado, aunque súbdito británico, era napolitano de nacimiento). Falconnet obtuvo, como se verá, un pequeño avance hacia el restablecimiento del crédito del gobierno de la Confederación y, a la vez, un buen argumento para tranquilizar en algo a la siempre cargante "Comisión" londinense de bonoleros. Pero el nombre de Falconnet está  unido, en nuestra historia, a otro episodio, más significativo: a la negociación paralela, emprendida por el gobierno de la Confederación ante el gabinete inglés, destinada a trocar la renuncia a la reclamación de derechos o indemnizaciones por la ocupación británica del archipiélago de Malvinas, a cambio de la cancelación total del saldo del empréstito de Baring.

 

A fines de 1838, se habían impartido instrucciones al ministro argentino acreditado ante la corte británica, don Manuel Moreno, para que, al momento de reanudar su reclamo por el despojo de las Malvinas, explorase prudentemente cuál podría ser la respuesta inglesa ante una proposición semejante a la arriba expuesta, definida en el texto como "transacción pecuniaria". Ya con Falconnet en el país, el ministro encargado de las relaciones exteriores de la Confederación, Felipe Arana, se dirige al cónsul argentino en Londres, el comerciante inglés George Frederick Dickson [1], informándole sobre la presencia y actividad del enviado de la Baring e indicándole que, al mismo tiempo que don Manuel Moreno debía proceder de acuerdo con sus antiguas instrucciones frente al gobierno de Su Majestad Británica, el cónsul debía defender dicha postura ante lo que hoy llamaríamos la "comunidad de negocios", es decir, en especial ante el Committee de acreedores de la fundida Hispanoamérica, presidido por el barón Alexander Baring.

 

Mientras tanto, a mister Francis Falconnet, amurado en Buenos Aires, debía dársele el aviso correspondiente. Le llegó por medio del ministro de Hacienda, don Manuel Insiarte, quien anoticia al enviado de la gestión iniciada ante el gabinete inglés -donde lord Aberdeen había reemplazado a lord Palmerston en el Foreign Office, siendo primer ministro Robert Peel, con el apoyo de los tories. Se le requería a Falconnet una respuesta de sus mandantes acerca de la propuesta.

 

El comisionado la hizo saber a los pocos días: no tenía viabilidad la propuesta, puesto que el gobierno inglés había desconocido ya oficialmente la legitimidad del reclamo argentino y, por lo tanto, de allí ninguna indemnización podía esperarse, de la cual pudiesen cobrarse los acreedores.

 

Las contestaciones de Dickson y Moreno fueron en el mismo sentido. El primero recordaba que tanto Palmerston como Aberdeen habían negado públicamente títulos argentinos a las islas. Tampoco podía esperarse -agregaba- una gestión oficial del gobierno británico por una deuda contraída con una banca particular, habiéndose ya negado en otros pedidos formulados por otros Estados deudores. Moreno, por su parte, aunque hallaba la idea justa y razonable, no la veía en absoluto practicable. Primero, porque las autoridades inglesas se resistían a reconocer soberanía argentina en la zona disputada, premisa necesaria para que se hiciese lugar a la indemnización. Segundo, porque en el improbable caso de que accediesen a entrar en tal negociación, montando la deuda acumulada de capital e intereses por el empréstito, a esa altura, a un millón novecientas mil libras -según el cálculo de Moreno- era muy dudoso que la indemnización que ofreciesen los británicos por las Malvinas se acercase siquiera a esa cifra. Más aún, agregaba, cualquier erogación por esa causa habría de pasar por la aprobación del Parlamento, tan difícil de obtener que seguramente impediría el proyecto. Terminaba informando que ni los representantes de la Comisión de bonoleros, ni del Committee de acreedores, ni de la misma casa Baring, todos ellos seguramente anoticiados de la gestión por el propio Falconnet, se habían presentado ante él requiriéndole información alguna.

 

 
El arreglo con Falconnet

 
 
 

Con Falconnet, a través del ministro Insiarte, se llegó al siguiente arreglo: una vez terminado el pago de las indemnizaciones a los franceses por el conflicto de 1838, lo que tendría lugar el 1§ de abril de 1844, a partir del 1º de mayo siguiente, el gobierno de Buenos Aires destinaría mensualmente 5.000 pesos fuertes, es decir, £ 1.000 mensuales, con imputación al pago de los intereses y del principal de la deuda devengada por el empréstito. Luego de una sesión de la Legislatura que sirvió para hacer el juicio al partido unitario como gestor del empréstito, se aprobó el acuerdo. En Octubre de 1844, míster Francis Falconnet se presentó en la "London Tavern" e informó a los miembros de la Comisión de bonoleros que "el presidente Rosas y el Estado de Buenos Aires" descontarían la deuda a razón de £ 12.000 anuales, hasta tanto pudiera conseguirse un arreglo definitivo, y que la casa Baring ya había recibido cuatro de los pagos mensuales comprometidos. Era mejor que nada, y los bonholders encargaron a la Baring una nota de agradecimiento al encargado de las relaciones exteriores de la Confederación.

 

Se cumplió con el compromiso hasta que en octubre de 1845 las flotas británica y francesa iniciaron el bloqueo del Río de la Plata. A iniciativa de Rosas, la Legislatura decidió la suspensión de los pagos mientras durase el conflicto, reafirmando la voluntad de cumplir lo comprometido cuando fuese posible. En Londres, los bonoleros -con igual criterio que los comerciantes ingleses residentes en Buenos Aires- repudiaban el bloqueo, que perjudicaba sus intereses. El barón de Ashburton, Alexander Baring, presidente del Committee de acreedores, proclamó que bloquear al único gobierno que reconocía la deuda e intentaba pagarla autorizaría más bien un casus belli de la Gran Bretaña contra la Francia de los Orléans [2]. Los pagos se reanudaron a partir del 1º de enero de 1849, luego del tratado Arana-Southern. Esa continuación de lo pactado causó gran impresión en Londres y produjo un agradecimiento caluroso de la casa de Bishopsgate Street. Al caer don Juan Manuel, informa Fitte, se había acumulado un pequeño capital de £ 14.655, que se prorrateó entre 1954 bonholders, tocándole a cada uno 7 libras y diez chelines.

 

El guano inservible

 
 
Guaneras peruanas en la isla de Chincha


En 1847, Manuel Moreno le escribe a Rosas informándole sobre una serie de productos  que se estaban ensayando en la Gran Bretaña para abonar los cultivos, mencionándole entre ellos, especialmente, el guano. La deuda por el empréstito peruano (a cuyos dos encargados de comprometerla, García del Río y Paroissien [3], hemos recordado antes banqueteando en Londres, al tiempo de sus gestiones) estaba siendo cancelada por medio de concesiones hechas a los acreedores de la explotación de las guaneras situadas en las islas del Pacífico. Rosas lo instruye para que interese a la Baring en una concesión por quince años para disponer del guano, el salitre y la pesca de anfibios en la costa patagónica, a cuenta del pago del empréstito. La zona a conceder serla desde los 43º de latitud Sur hasta el estrecho de Magallanes. Más tarde, indicó incluir en la propuesta los yacimientos de carbón de piedra de esos parajes, sobre cuya existencia se llegó a conocer por informes del almirantazgo británico. Se sabe que es propuesta llegó a entusiasmar a los miembros de la Comisión de bonoleros, convertida luego en Committee of the Buenos Ayres Bonholders, bajo la presidencia de un tal David Robertson. La Baring no se mostró entusiasta, en cambio, porque tenían dudas sobre si el gobierno de Buenos Aires podía disponer de la Patagonia, entonces tan sólo jalonada por las rastrilladas de los indios, y suponía -según declaraba el mismo Robertson- que buscaba con la propuesta un reconocimiento oficial de los derechos de Buenos Aires sobre esas tierras. En la "London Tavern", en cambio, los bonholders pensaban distinto. En junio de 1852, aprobaron una proposición de que se promoviera la aplicación de la concesión del guano al pago de la deuda. Pero la Baring estaba mejor informada. El guano peruano, de cuya renta vivía prácticamente esa república desde 1840 [4], como el otro abono, el salitre, prosperaban en las islas del Pacífico por la gran sequedad del clima, que impedía que la lluvia arrastrase los depósitos al mar. El guano patagónico, sometido a la acción de las lluvias, se perdía en gran parte, y lo que quedaba era con fuerte disminución de sus bondades químicas para el enriquecimiento de la tierra. Varios comerciantes ingleses se habían arruinado en el empeño de explotarlo. No pudimos, por eso, pagar nuestra deuda con guano. La pagaríamos de la manera acostumbrada: en moneda contante y sonante.-

 

 

[1] Dickson aparece muy vinculado a personajes conspicuos de nuestra historia, en especial, aunque no exclusivamente, en lo relacionado con actividades comerciales, actividad esta última en que se demostró¢ muy emprendedor. Dickson es quien, como cónsul general de la Confederación Argentina en Londres, escribe a San Martín en 1845 inquiriéndole su opinión acerca de las probabilidades de éxito de una invasión y ocupación de Buenos por una fuerza conjunta francoinglesa. La respuesta de San Martín fue cursada desde Nápoles en diciembre de 1845.

 

[2] Según H.S. Ferns, "Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX", Solar/Hachette, Buenos Aires, 1968, p. 248.

 

[3] Diego Paroissien, médico nacido en Londres en 1783, amigo de Miranda, lautarino, arriba a Buenos Aires en 1811 y ese mismo año la Junta le concede carta de ciudadana. Presta servicios de su especialidad en la campaña del Alto Per£, destacándose en el desastre de Huaqui. Cirujano mayor del ejército de los Andes, luego de Chacabuco y Maipú es graduado como coronel. Pasa al Perú como general y edecán de San Martín y éste, en su carácter de Protector de aquel país, lo designa ministro plenipotenciario ante las cortes europeas, junto con García del Río. Con esa investidura, ambos gestionarán el empréstito a que se hace referencia en el texto.

 

[4] El guano peruano provocar  un ataque naval español a la zona productora, con ocupación de las islas en 1864. Los salitrales de Atacama (mientras el guano es un abono orgánico resultante del excremento de las aves, el salitre es abono inorgánico -nitrato de potasio-) provocarán en 1878 la guerra del Pacífico, cuyas consecuencias aún siente Bolivia, cerrada en su salida al Pacífico. La urgencia inglesa en abonos para mejorar la producción cerealera provenía del proyecto de Peel de derogar la corn law, ley de cereales proteccionista que impedía la importación de trigo a la Gran Bretaña. Derogada finalmente la corn law en 1846, y convertida la Argentina a partir de los 80 en un fuerte productor cerealero, merced a la inmigración especializada de origen campesino, se afirmará  nuestra complementariedad con la economía británica (y el reforzamiento de nuestra integración extraoficial en su  área imperial), que ahora requerirá  también nuestros cereales, ante la incapacidad de abastecérselos por sí misma.-

 

LA SAGA DE LA DEUDA CONTINÚA

 

 

Seguimos rescatando esta serie de viejos artículos sobre nuestro primer empréstito y su posteridad,  ya que iluminan suficientemente las peripecias actuales, que s manifiestan como en lo que, en términos clínicos, cabría llamar una neurosis de repetición

 

 

BYE BYE BARING (V)

 

 

Lo que se recibió del empréstito nominal de £ 1.000.000 fueron -se anotaba en la anterior entrega- de £ 560.000, es decir, al cambio de cinco pesos por libra, $ 2.800.000. El gobierno lo redondeó en $ 3.000.000 y designó una Junta que debía prestar ese dinero en plaza mediante descuento de letras. Recuérdese que el interés del empréstito era del 6% anual, y el vigente en Buenos Aires, a ese entonces, del 18 al 24% anual [1]. Cuando, en 1826, establecida -al menos en los papeles- la autoridad nacional "en unidad de régimen", se crea el Banco Nacional, tres millones de los diez de su capital estaban representados por los fondos del empréstito Baring. De este modo, la deuda provincial pasó a ser nacional (todos los recursos del Banco Nacional, por otra parte, provenían de la provincia). Pero ya estaban en curso las operaciones de guerra con el Brasil: había que improvisar un ejército y una escuadra capaces de hacer frente a las fuerzas del Imperio. El comercio, y las rentas de aduana consiguientes, quedaron reducidos al mínimo a causa del bloqueo de Buenos Aires por la flota imperial. Los gastos de la guerra, soportados casi exclusivamente por la provincia [2], fueron financiados  con las emisiones del Banco Nacional, del que  el gobierno central podía hacer retiros ad libitum, a cuenta de las rentas públicas. Se produjo el empapelamiento y la depreciación consiguiente, debiendo declararse el curso forzoso de los billetes a su valor nominal. En la financiación de la guerra con el Brasil por medio de billetes cada vez más depreciados, se disolvieron los fondos del primer empréstito.

 

Cómo no se pagó el empréstito

 

Como ya se ha dicho, con títulos del empréstito por £ 130.000 congelados en Londres, se pagaron de antemano los intereses y  amortización por los dos primeros años del empréstito. Las remesas por el segundo semestre de 1826 (con vencimiento el 12/I/27) y por el primero de 1827 (con vencimiento el 12 de julio del mismo año), lograron efectuarse, no sin esfuerzo. Pero en julio de 1827, la autoridad nacional presidencial cae. En agosto, Manuel Dorrego asume la gobernación de la provincia.

La convicción tanto del gobernador como de su ministro de Hacienda, Roxas y Patrón, era que no se podría cumplir con el servicio a vencer el 12 de enero de 1828. Esto también era ya una evidencia en Londres: ninguna de las antiguas colonias españolas que habían tomado empréstitos en aquellos tiempos de la "plata dulce" del primer lustro de 1820, estaban en condiciones de hacer frente a sus servicios. Todas ellas habían caído en mora. Se formó en Londres un Committee of Spanish American Bonholders, "Comité de Tenedores de Bonos de Empréstitos Hispanoamericanos" y Alexander Baring, barón de Aushburn, resultó electo para presidirlo.

 

Dorrego intentó hacer frente a la situación y sostener el crédito provincial autorizando a la Baring a vender las fragatas "Asia" (rebautizada "Buenos Aires") y "Chapman" (bajo el nuevo nombre de "Congreso"), que se hallaban surtas en el puerto de Londres, adquiridas por el gobierno nacional con la idea de formar con ellas una escuadrilla adicional para operar en la guerra contra el Brasil. El producto se aplicaría al servicio vencido del empréstito. Las fragatas tenían su pequeña historia: se había destinado a pagarlas el producto de lo que iba a ser un segundo empréstito, esta vez nacional, por £ 300.000, autorizado en  época de presidencia de Rivadavia. Pero los tiempos no eran de auge en la plaza europea, y Rivadavia fue de la opinión -"acto de estupidez", según lord Ponsonby- de ordenar gestionarlo a través de sus conocidos de la casa Hullet, dejando de lado a la casa Baring. Lo cierto es que cuando la Baring quiso realizar la venta, se topó con la oposición de la Hullet, que tenía los citados buques registrados a su nombre. Cuando pudo liberarse la oposición, otros acreedores cayeron sobre ellas: eran armadores extranjeros, británicos en su mayoría, con reclamos contra malas presas reales o supuestas efectuadas por corsarios argentinos durante la guerra con el Imperio. Se abrió allí otro capítulo de nuestros débitos exteriores, ajeno al empréstito.

 
Rosas y los Bonoleros

 


Lo cierto es que el servicio de la deuda se había interrumpido en enero de 1828 y así se mantuvo durante dieciséis años. Pero no sin algunos hechos de interés. Los bonholders, llamados aquí "bonoleros", constituyen en Londres una "Comisión Permanente de Tenedores de Bonos del Empréstito", que se reúne periódica y ruidosamente en la London Tavern, en la City. El barón de Aushburn, sir Alexander Baring, no cesa de mirar con un ojo atento las convulsiones hispanoamericanos, pero, casado con una rica heredera norteamericana, no deja de preocuparse también por el otro pedazo transatlántico. Como gobernador de Buenos Aires y encargado de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina, está  don Juan Manuel de Rosas. Manuel Moreno, embajador ante la corte de Londres, a fines de 1831 tiene una reunión con los bonoleros de la Comisión, a fin de tranquilizarlos un poco. Y asegura, siguiendo órdenes de su gobierno, al Committee presidido por sir Alexander, que los servicios de la deuda, y con ellos la confianza, se reanudarían en poco tiempo . En sus mensajes a la legislatura, ni el ministro Manuel José García ni el Gobernador dejan de recordar la deuda con los señores Baring. Pero nada era fácil en la tesorería de este lado del charco.

 

En 1842, la casa Baring envía a un representante para explorar la posibilidad de que de una buena vez se reanudasen los pagos. Se trata de Francisco de Palacieu Falconnet, nacido en Nápoles y súbdito británico. Las instrucciones de la casa de Bishopsgate Street, que se conservan, están orientadas a informarse si hay real voluntad de cumplir y, a falta de contante, qué otra cosa pueden ofrecer los rioplatenses: concesiones exclusivas para navegar el estuario y los ríos interiores con buques de vapor; un tanto por ciento de las rentas aduaneras (como México); el lanzamiento de una contribución especial a pagar por los ricos terratenientes y comerciantes, etc. El informe de Falconnet a sus mandantes respecto del juicio general acerca de su gestión no ha sido aún posible de consultar en los archivos de Bishopsgate Street, pero sí han quedado interesantes aspectos registrados en los repositorios nacionales. Que se verán en la próxima entrega.-

 

 

[1] Los intereses siempre fueron muy altos en Buenos Aires, hoy como ayer. La tasa del 1« al 2% mensual referida rigió¢ a partir de la creación del Banco de Descuentos, en 1822. Antes, se había cobrado hasta el 5% mensual. Era costumbre muy arraigada en las familias de pro colocar préstamos a interés.

[2] Durante la guerra con el Brasil, como se lee en la Memorias de Iriarte, muchas haciendas brasileras de la Banda Oriental y de Rio Grande do Sul fueron saqueadas y los ganados vendidos del otro lado del río Uruguay. Las provincias del Litoral, según Juan Álvarez, vendieron a alto precio sus caballadas y los pocos contingentes de efectivos enviados a territorio oriental. Según el mismo autor, en coincidencia con lo expuesto al principio de la nota, algunas acciones "importaron más que operaciones guerreras, simples arreos de hacienda, en los que aparecían interesados Santa Fe y Entre Ríos" ("Ensayo sobre la Historia de Santa Fe", Bs. As., 1910, ps. 280 y