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lunes, marzo 11, 2013


EL LORO DE CHÁVEZ, O DE LOS CAMINOS EXTRAVIADOS DE LA AMÉRICA HISPÁNICA

 

Hugo Chávez era un cristiano y, por lo tanto, de acuerdo con sus creencias,  habrá sido sometido a su juicio particular. La pietas más elemental exige el respeto por nuestro semejante ya finado y pide decoro en el  momento final de sus días mortales. Esta exigencia se vuelve más imperiosa cuando se observa la impiedad con que sus favoritos han manipulado constantemente su enfermedad,  su agonía, el momento y lugar imprecisos de su muerte y las liturgias profanas que se le prodigaron,  destinadas en buena parte a encubrir la lucha intestina entre sus pretensos delfines  y, por otro lado, a poner bajo su advocación una campaña electoral en marcha, para que el triunfo permita la continuidad de la nomenklatura revolucionaria.

Esto dicho, corresponde, ya bajo el ángulo político,  un examen de Chávez y el chavismo en el ámbito de nuestra ecúmene hispanoamericana.

En Chávez y en su producto político, el chavismo o “socialismo del siglo XXI”, hay elementos originales, propios del personaje y su peripecia,  y otros elementos que provienen de más lejos, de la historia y hábitos propiamente hispanoamericanos. Estos últimos, los de entorno y herencia, una vez apartados algunos rasgos folklóricos, donde el loro del título vendrá a cuento, resultan los de mayor peso e importancia.

Nuestro único régimen político subcontinentalmente aceptable resulta puramente europeo y mediterráneo: el despotismo ilustrado. Populismo con caudillo, cesarismo democrático: por siempre Borbones.

El populismo latinoamericano, es decir, caudillos que concentran en su persona todos los poderes en nombre del pueblo, al que sienten representar de modo unipersonal y absoluto, es la forma de democracia propia de nuestra ecúmene hispanoamericana. La democracia liberal, con la matriz constitucional del Estado de Derecho, nunca llegó a cuajar del todo en las costumbres políticas de nuestro lugar en el mundo. No han faltado períodos y países en que ella pareció haber dejado atrás definitivamente el populismo, cuyas raíces se hunden aquí más en lo profundo que la matriz de cuño británico del constitucionalismo clásico. Pero la "intrahistoria", el subsuelo político hispanoamericano, irrumpe cada tanto por entre las costuras institucionales, y reclama por sus fueros, maquillado apenas con los colores y mal recubierto con los ropajes que los tratadistas caracterizan como propios del Estado de Derecho liberal burgués. Como adoptamos la matriz del constitucionalismo liberal sin demasiada convicción ni mucho respeto, se manifiestan fenómenos continuos de resistencia y rechazo de aquella horma institucional, hasta convertirse tal desfasaje entre ficción y realidad constitucional en uno de los síntomas más evidentes de una “mentira vital” que descalifica nuestras instituciones.

Bien miradas, las repúblicas americanas mantienen profundos contenidos monárquicos. Y la institución presidencial, entre nosotros, recoge una fortísimas tradición realista, apoyada en incoercibles hábitos populares. Pero no de cualquier monarquía. Es curioso que en América Hispana el culto por el rey se fue formando poco a poco. El respeto a la autoridad del monarca -como Marius André señalaba hace mucho- comenzó a generalizarse a principios del siglo XVIII, cuando los Borbones llegan -peleando- al trono. Ese prestigio todavía estaba vigente a principios del siglo XIX, hasta el punto que hubimos de alcanzar el autogobierno bajo la "máscara de Fernando". El principio monárquico, como Schmitt señala, es el de representación absoluta: el monarca representa íntegramente a la comunidad política que gobierna. Aunque Luis XIV quizás jamás haya pronunciado aquello de que "el Estado soy yo", la expresión corresponde exactamente al subsuelo doctrinario de la monarquía.

En la segunda mitad de siglo XVIII, los ilustrados habían descubierto el pueblo como público de sus ideas y de la vida política. Un público virtual, auditorio ideal, al que se dirigían con una mezcla de afecto y desprecio. Las damas de alcurnia y los señoritingos podían disfrazarse de majas y majos, como un "ir al pueblo" que no pasaba de la imitación distante y risueña, como surge de las pinturas de Goya. El "filosofismo" debía educar al pueblo ignorante, al "vulgo idiota" que decía Jovellanos, sacándolo de la "noche de ignorancia", mientras en sus escritos y en sus cartas aparece un intercambio entre iniciados y esclarecidos, con signos secretos de reconocimiento. Ese "todo por el pueblo, sin el pueblo" requería un fortísimo poder real, propicio a sus iniciativas. Un texto de la época -"Cartas al Conde de Lerena"- resume muy bien esta postura:


"Para el logro de las grandes cosas es necesario aprovecharnos hasta del fanatismo de los hombres. En nuestro populacho está tan válido aquello de que el rey es el señor absoluto de la vida, las haciendas y el honor, que el ponerlo en duda se tiene por una especie de sacrilegio, y he aquí el nervio principal de la reforma. Yo sé bien que el poder omnímodo del monarca expone la monarquía a los males más terribles, pero también conozco que los males envejecidos de la nuestra sólo pueden ser curados con el poder omnímodo".

Ernesto Laclau, el actual ideólogo del subpopulismo cristinista,  podría suscribir el párrafo. Los ilustrados, los esclarecidos, el grupo revolucionario, saben muy bien qué es lo que necesita el pueblo, al que hay que liberar de las fuerzas del oscurantismo y el retraso. Pero el pueblo sólo sirve como número electoral: sabe lo que quiere si no se le pregunta, pero no lo sabe si le preguntamos directamente. Al servicio del pueblo, sin el pueblo, ponemos el poder real y la sabiduría del grupo ilustrado.


Por otra parte, los monarcas ilustrados borbónicos, especialmente los que, como Carlos III, había pasado la experiencia napolitana, sabían hacerse amar, sabían ser "populares". El hijo de Carlos III, Ferdinando de Borbón, fue rey de Nápoles y de Sicilia: il re Nasone, il re Lazzarone, que se mezclaba con pescadores y mendigos, capaz de ganarles una competencia de remo o de competir en La N'Segna, un palo enjabonado metido en el puerto de Santa Lucía, donde todos, y el rey primero, terminaban cayendo al agua. Recordemos la "triple F": festa, la diversión, el fútbol para todos -y todas-; farina, el pan/pizza/pasta; forca, el espectáculo de la obra del verdugo en la plaza pública, que expresa el núcleo del poder -dar muerte legalmente-, que hoy más hipócritamente se expresa a través del linchamiento mediáticos y de los encarcelamientos ejemplares por aplicación del "derecho penal del enemigo". Roberto Aizcorbe, en "La Crisis Argentina", es quien mejor ha retratado este trasfondo del despotismo ilustrado, que ha dejado un sedimento de súbdito en el ciudadano, y su permanencia bicentenaria. Por esa ecúmene borbónica, que abarcaba América, España, el sur de Italia, las islas griegas, factorías africanas y en la India, circulaban franceses, como Jacques de Liniers, italianos, como los Castelli y los Belgrano, las principales comunidades -genoveses, napolitanos, catalanes, bearneses, griegos, la grey judía- que vendrían a reencontrarse en la inmigración argentina siglo y medio después. El poder omnímodo del monarca aquí se fracturaba en una serie de lealtades intermedias, verticales y horizontales, cada cual con su antiguo privilegio, su exención o derecho. Y una suerte de alianza del trono, la ilustración y el altar, con la religión que más que como dogma y martillo de herejes aparece como pompa y como rito. La plaza, un espacio cerrado dentro de otro espacio cerrado de la ciudad, era un foro que vivía en continuado las veinticuatro horas del día, bajo los edificios cívicos con su balcón destinado a la arenga. Allí se desenvolvían la música, los bailes, el reparto de la harina, la emoción del cadalso. Allí se hacían visibles los vaivenes del poder, el ascenso y caída de ministros y poderosos. En esta matriz latina de la vida institucional, el contacto del pueblo con sus gobernantes es bivalente: amor u odio. Quien manda debe seducir: el "saber" sólo no basta. Sin amor no hay "contacto", no pasa la corriente. En la matriz anglosajona el elemento básico es la utilidad. El político tiene que interesar al otro.

Chávez es casi una caricatura del déspota ilustrado, con antecedentes en su terruño, apenas muerto Bolívar,  en José Antonio  Páez  y los hermanos Judas Tadeo y José Gregorio  Monagas, alternativamente por sí o por sus criaturas (Maduro tiene precursores), Antonio Guzmán Blanco también con idas y vueltas de 1873 a 1888, la tiranía de Cipriano Castro a principios del siglo XX, y el desemboque en  Juan Vicente Gómez,  el que gobernó con mano dura desde 1908 hasta 1936, ese "dictador necesario en una república inestable" que llevó a Laureano Vallenilla Lanz a postular, con agudeza, el "gendarme necesario" bajo un "cesarismo democrático" como forma política básica continental. Estos hijos póstumos del “Tirano Banderas” de Valle Inclán, responden a lo que Spengler llamaba "seudomórfosis", expresión tomada de la mineralogía, donde se aplica a formas que adoptan apariencias ajenas. Formas, en general, sin contenido auténtico, pero con la apariencia de lo que intentan manifestar. Martínez Estrada hablaba de "sustitutos ortopédicos". Aquella matriz latina y borbónica resultó aplastada en el proceso histórico hispanoamericano, que tomó la forma aparente, la seudomórfosis, del Estado de Derecho liberal. Pero su fracaso, en el caso venezolano, reflejado en la corrupción del pacto bipartidista adeco-copeyano, el Pacto del Punto Fijo (1958, a la caída del dictador Marcos Pèrez Jiménez), llevó a Chávez al poder, como el déspota gárrulo y colorinche, más allá de todo sentido del ridículo, que siente, entiende y, en definitiva, es el pueblo. Todo en nombre de un Bolívar también él caricaturizado, ya que se lo cruza con Marx, el que en su entrada referida al venezolano en la New American Cyclopaedia lo calificó de cobarde, brutal y miserable canalla, además de enemigo de cualquier esfuerzo prolongado. Precisaba allí el Moro –el sobrenombre de Carlos Marx- que el deseo secreto de don Simón fue erigirse en el dictador de toda América del Sur, aunque tal designio se le escapó de las manos. Aunque, a diferencia del Libertador, el Comandante se sentó sobre una renta petrolera, la tercera o cuarta que derrocha Venezuela. En nombre de Bolívar y Marx, el finado Chávez  inauguró la fase superior del subdesarrollo político para el siglo XXI hispanoamericano.


Los líderes populistas asumen, pues, como monócratas, la íntegra representación del pueblo, en general a partir de una crisis de la ficción que encierra la representación política partidocrática como forma indirecta de "gobierno por el pueblo". La representación congresista o parlamentaria es lo no democrático de la democracia. La hiperrepresentación populista, que se presenta como su opuesto, lleva el elemento representativo a su punto extremo.

 

Se advierte cuál es el círculo vicioso hispanoamericano actual: democracias demoliberales, donde el pueblo “gobierna” bajo el engaño de la representación partidocrática (como el “puntofijismo venezolano hasta 1999), y populismos donde el pueblo “gobierna” bajo el engaño de la representación absoluta en la persona del líder.  En ambos casos,  ello ha sido posible por la desaparición del pueblo, entendido como cuerpo político formado por todos aquellos que no desempeñan magistraturas electivas, no ejercen funciones orgánicas de autoridad, los que no gobiernan[1].  Quienes lo integran pueden no ser prósperos, pero deben ser libres, como sus antepasados los politái griegos o los cives romanos. O los que los hermanos Reyes trajeron caminando desde Berisso y Ensenada un 17 de octubre de 1945. Hoy no existe el “pueblo”, ni siquiera la “masa”.  En el extremo del subjetivismo, los neoconstitucionalistas nos dicen que las sociedades civiles son un adunamiento de biografías, de proyectos individuales, de constelaciones singulares de deseos que se traducen en reivindicación de derechos. Existen “redes sociales” de contacto virtual, en la medida de coincidencia de intereses entre estos proyectos individuales, que deben maximizarse.  Y tenemos una explosión de minorías organizadas y demandantes: homosexuales, barras bravas, veganos, y toda una indefinida serie de particularidades más o menos estructuradas, entre las que se destaca el “partido único de los políticos”, los “sospechosos de siempre” que se turnan en los programas del ramo. A la seudo democracia liberal y a la seudo democracia populista se les ha perdido el pueblo y no saben dónde está.  Tampoco quieren saberlo, en verdad. Les basta con los agregados clientelistas que sucesivamente han ido componiendo, a costa de la pérdida de la libertad; en otras palabras, de la reducción a la esclavitud de una parte importante de la población, mediante el congelamiento en la marginalización y el mantenimiento mínimo con planes sociales de reparto, sin los cuales sucumbirían. Nuestras dirigencias políticas, los jueces de los tribunales supremos, las capas superiores empresariales, quizás  sin saberlo, comparten con el viejo Aristóteles la idea de que hay algunos que nacieron para obedecer. Y mantienen así a aquellos marginales, condenados a no poder salir de tal condición,  hasta el momento de arrearlos a las liturgias o a las votaciones. Con una ventaja suplementaria: al resto del pueblo, al que todavía puede considerarse libre, se lo atemoriza –en esta “posdemocracia” que nos ha tocado en suerte- con que, si no soporta las exacciones y demasías de las nomenklaturas y sus grupos favorecidos, se les soltará la bestia enjaulada: la plebe esclava que barrería con todo si no se le asegura su subsistencia. De hecho, para que se la tenga bien presente, esta amenaza se concreta continuamente a cuentagotas de delincuencia desorbitada, batallas campales en los estadios, piquetes de enmascarados que anuncian lo que podría pasar alguna Gran Noche, etc.

 

El populismo no es, pues, como aseguran las homilías del constitucionalismo y sus repetidores periodísticos subsidiarios, una degeneración de los buenos usos constitucionales. El populismo es la reacción anunciada ante los cadáveres exquisitos del constitucionalismo clásico: representación política como panacea; separación “geográfica” e inútil de “poderes”; poder constituyente confiado a un clero contramayoritario de juristas que operan como “guardianes de Platón” –cuando no son manipulados directamente desde los ejecutivos, como el Tribunal Constitucional venezolano. A esto el neoconstitucionalismo ha agregado el superderecho cosmopolítico global, la “gobernanza”, mando de expertos sin contaminación politiquera, desparramado por todo el planeta,  asegurado, si llega el caso, por fuerzas de intervención “humanitaria”. Allí aparece entonces  el líder populista y planta bandera. En ambos casos, el pueblo ausente, pero sufriente.   

Bajarse de este ciclo de caídas y recaídas requeriría una reinvención de la democracia, para hacerla realmente participativa de abajo hacia arriba y de la periferia local al nudo central de poder. Exigiría el hallazgo  de formas eficaces de oponer contrapoderes al poder. En lo inmediato, a través de formas negativas, impedientes, tribunicias al modo romano, plantearse cómo limitar y recortar el poder activo, que tiende a ser omímodo y vitalicio, del cabecilla populista. No es con la separación "geográfica" de poderes, que nunca funcionó entre nosotros, ni ha podido expresarse en un mecanismo continuado de pesos y contrapesos; ni con el recurso a los "guardianes platónicos" en que se convierten los jueces constitucionales. Liquidados por sus extravíos los contrapoderes tradicionales -fuerzas armadas, Iglesia-. pulverizada la mediación de los partidos políticos, sólo aparecen entre nosotros las grandes movilizaciones como obstáculos efímeros, pero que apuntan a una participación que no encuentra otros canales expresivos.  Todo ello sostenido por una renovación de raíz de los conceptos jurídico-políticos repetidos como mantras inútiles, que conduzca a un posconstitucionalismo superador de las viejas recetas de un derecho de matriz subjetivista y contractualista.

Chávez no innovó en esta materia con sus consignas de la “revolución” y del “socialismo del siglo XXI”: dar vuelta como un guante el sistema clientelístico y prebendario a partir de PDVSA, incorporando a los que estaban afuera y expulsando a los que estaban adentro, mientras se le venden a míster Danger –el aliado de aquella doña Bárbara que ayer pudo llamarse Carlos Andrés Pérez y hasta el 5 de marzo Hugo Chávez Frías- un millón de barriles diarios de petróleo, difícilmente pase el examen de las materias “revolución” y “socialismo” según la cartilla de Marta Harnecker[2].  Liquidar una renta petrolera, los “veneros del diablo”[3], no es una novedad “revolucionaria” en Venezuela. Arturo Uslar Pietri, ese fino intelectual venezolano, alertó a su país  sobre la necesidad de “sembrar el petróleo”. Fue en un artículo publicado el 14 de julio de 1936, y fustigaba así a los que querían “llegar a hacer de Venezuela un país improductivo y ocioso, un inmenso parásito del petróleo, nadando en una abundancia momentánea y corruptora y abocado a una catástrofe inminente e inevitable”.

Sobre los miñangos a que había quedado reducido el pacto partidocrático del Punto Fijo, primero, y por la disparada del precio internacional  del petróleo, después,  Chávez levantó su tinglado “revolucionario”.  Fabricó diestramente un mito sobre el mito ya existente de Bolívar. Lo descubrió antipitiyanqui, cuando el Libertador lo fue por su reverencia hacia Inglaterra, la que debía mantener siempre “el fiel de la balanza”. Contaba con los casacas rojas no sólo como poder protector sino, incluso, como tropa invasora de los EE. UU. de  Norteamérica, coloso naciente que estaba en el centro de sus preocupaciones.

Bolívar, por cierto, era un hombre genial pero un padrecito algo inmaduro, que debió hacerlo todo a los apurones, perdiendo la mayor parte de su tiempo en luchar contra su propia gente y –además- contra aquella molesta “pardocracia” que veía dibujarse en el porvenir continental[4].  En Angostura, hacia 1819, propone para la Gran Colombia una constitución que conjuntaba la presidencia vitalicia (tomada de Haití), el Senado hereditario (tomado de Sieyès) y el poder moral (tomado del censor de la Roma republicana), además de una articulación unitaria del poder territorial. Años más tarde, cuando los rivadavianos le regalaron el Alto Perú, le dio a ese rompecabezas, que llamaron en su honor Bolivia, una constitución con un presidente vitalicio, acompañado de un vicepresidente, nombrado por él, que será su sucesor  (he aquí, más allá de los molestos impedimentos del texto actual bolivariano, la fuente de la unción de Maduro). Intentaba, con este modelo de gobierno monocrático y –diríamos hoy- “reaccionario”[5], conjurar el fantasma que horrorizó a toda la primera generación independiente: la anarquía.

Chávez apoyó económicamente a Lula da Silva en 2002 para su llegada a la presidencia al año siguiente. Del mismo modo –aunque no siempre gratis data-  derivó fondos en recordadas valijas al  kirchnocristinismo.  Suministra casi cien mil barriles diarios de petróleo a los Castro en Cuba –a cambio de un flujo de médicos y pedagogos cubanos, tropa ideológica disfrazada. Se sirvió de las FARC como longa manus en Colombia y maniobró parecidamente en Paraguay. Puso el hombro a López Obrador en México.  Ya se olvidó que Chávez era muy amigo del “Chino” Fujimori y que denunció en su caída la mano negra del imperialismo. De algún modo –y por cierto no es el único en la región- intervino en el negocio de la droga, la supervisión de cuyo manejo no sería justo que quedase en las mallas imperialistas de la DEA.  Digámoslo sin tapujos: estas maniobras no son pecados exclusivamente chavistas; resultan recursos “normales” en la guerra oculta de este tiempo,  ardides de los que ningún estado que quiera intervenir en el gran tablero mundial puede prescindir. Lo curioso, en el caso de Chávez, es que tales maniobras no le han dado mayor poder a la Venezuela bolivariana en aquel juego. El reino chavista depende políticamente de las directivas de la inteligencia cubana. Más arriba de Bolívar y su espada replicada está el habano de Fidel Castro, aun en su estadio senil actual, que permanece como el gran político hispanoamericano del siglo XX, perpetuándose por falta de relevo en el XXI, siempre queriendo escapar  a la estrechez de su estuche isleño, una especia de ogro en una caja de zapatos, el monstruo de Loch Ness en una pecera. Y sentado al tablero del gran juego, Brasil, por su parte, mueve sus fichas sabiendo que Venezuela ha reconocido su liderazgo continental, trocado el ALBA tan poetizado por el MERCOSUR amputado de Paraguay y, en definitiva, aceptado allí su tutela colosal.

En la mesa de juego de la mundialización política y la globalización técnica sólo hay lugar para los grandes espacios. Aunque Chávez encaró para el lado erróneo, acertó en que nuestro continente debe participar, con la conciencia de sus limitaciones, en aquel gran juego, si no quiere simplemente ser arrastrado por el ventarrón de los acontecimientos.  Desde el Brasil, a través del Foro de San Pablo, se difunde por nuestra ecúmene una versión más o menos puesta al día de la “revolución” y del “socialismo”, para uso del resto. Cuba, que de ambas nociones y de su fracaso sabe demasiado, acompaña a su modo esta deriva, que favorece la continuidad del actual régimen. Los presidentes y personalidades de la región, rindiendo guardia de honor al féretro del paracaidista de la Sabaneta, de algún modo reconocían que, bajo discursos quizás más velados o menos estridentes, el mascarón de proa de la “revolución” y el “socialismo del siglo XXI” es más vistoso que otras formulaciones.  Se ha constituido en nuestra ecúmene una especie de sindicato de presidentes que, fuera de “controles” legislativos o de “soberanías jurídicas” de tribunales constitucionales, vela por la permanencia  sin sobresaltos de los titulares de los ejecutivos (casos testigo: Honduras y Paraguay). En buena parte, esto se debe al discurso amplificado del Comandante que se nos ha ido al otro barrio. Quizás, por esas astucias de la razón, resulta que este éxito no juega a favor de Venezuela, sino de una isla y de un país continental. Sic vos non vobis mellificates apis: así, abejas chavistas,  no hacéis la miel para vosotras, en traducción puesta aquí y ahora de Virgilio. 

¿Y el loro del título? podría preguntar alguien a esta altura. Pues aquí está: 



El loro, que en la India es el pájaro simbólico que sirve de cabalgadura al dios del amor, y que en Occidente fue considerado largo tiempo como un ave maravillosa, disputándole al búho el emblema del conocimiento,  fue tomado por Chávez como su animal totémico –nada extraño en un país tropical.  En la página oficial del chavismo –www.chavez.org.ve – Carola, hija del fallecido, posteó en septiembre pasado una “Serenata con Loro” que muestra la afección que aquél tenía por el ave habladora.  En el loro –con su correspondiente boina roja- está la novedad del chavismo: una personalidad arrolladora, una verba oceánica, un capacidad de perforar los techos del ridículo, cualidades todas preciosas en un líder político.  Chávez, indudablemente, les transmitió un orgullo hablador a los miles y miles de seguidores que sacó de la exclusión previa; y cosechó y alimentó un repudio semejante en los que derribó a una exclusión de signo contrario. Fue más allá de las fronteras de su patria y creó un nuevo ídolo para los mochileros altermundistas  europeos, ya un poco cansados del gadget del Che y olvidados del subcomandante Marcos.  ¿Alcanza con eso? ¿Alcanza con proyectar a los  los EE. UU. de Norteamérica  como la “sombra” jungiana, la imagen obscura y densa que impide nuestra realización colectiva, con efectos paralizantes y deletéreos?


 Hasta ahora, criticando a los EE.UU. porque no nos prestan atención, para luego denostar a los gringos porque se ocupan de nosotros demasiado, o imputando a la invasión europea de 1492 el origen de nuestros males presentes, los latinoamericanos hemos vivido, en general, como el puer aeternus, el eterno muchacho. Somos los perpetuos adolescentes, aun en la edad madura; siempre nuestra vida resulta provisional, porque falta algo, o alguien impide, que nos incorporemos al mundo real. La revolución, con su cortejo de sangre y su séquito de miseria, fue uno de los tantos recursos del pibe eterno para eludir la historia de todos los días. Las bravatas con las que solemos acusar a los poderes forasteros como causantes exclusivos de nuestros males, deberían ser matizados con un examen de conciencia a través del cual no tendremos otro remedio que advertir nuestra inmensa inmadurez.

Algún día, no lejano quizás, nos elevaremos del puer al vir. La historia nos pondrá entonces otras cuestiones sobre el tapete, graves y no tan fútiles como estas por las cuales amenazamos matar y  matarnos. Mientras tanto, esperemos que el puer, ahora que se nos ha ido una de sus grandes personificaciones,  deje de ser por demás pueril.



[1] ) “Pueblo son, en una significación especial de la palabra, todos los que no son señalados o distinguidos, todos los que no son privilegiados, todos los que no se  destacan por razón de propiedad, posición social o educación” (Carl Schmitt)
[2] )  Fue asesora de Chávez hasta el 2006
[3] )  Referencia al  gran poeta mexicano, López Velarde, que escribió que a su país "el niño Dios le escrituró un establo/y los veneros de petróleo el diablo". El petróleo tiene algo de endiablado y suele alucinar a los disfrutadores de su renta
[4] ) “Pardocracia”, vocablo discriminatorio cuya autoría pertenece en exclusiva al Libertador, que habría de tener en nuestro tiempo descendencia tan remota como impensable para los emancipadores.
[5] ) “Republicano, aristocrático, autoritario y antidemocrático”, lo resume Marius André, “Bolivar et la Démocratie”. Paris, 1924, p. 215

jueves, enero 17, 2013

 
 
 
Declaración sobre la no comparecencia del Presidente electo a la toma de

posesión de su cargo y la irregular pretensión de prorrogar las funciones de los

integrantes del actual gobierno sin fundamento jurídico alguno



El Grupo de Profesores de Derecho Público de las Universidades de Venezuela, se siente

obligado a denunciar la grave inconstitucionalidad que se derivaría de una eventual ausencia

de juramentación del Presidente electo el próximo 10 de enero de 2013 y de la irregular

prolongación de las funciones de los integrantes del actual gobierno, sin fundamento jurídico

alguno.

1.

En nuestro país el período presidencial es de seis años, tal y como dispone el

artículo 230 de la Constitución, período que comienza “el día 10 de enero del primer

año”, según establece el artículo 231 de la misma Constitución. Por lo tanto, para el 10

de enero de 2013 ya habrá culminado el período presidencial para el cual el ciudadano

Hugo Chávez fue electo en 2006 y cuya toma de posesión tuvo lugar el 10 de enero de

2007.

2.

Para tomar posesión del cargo para el nuevo período que se inicia el 10 de enero

de 2013, el Presidente electo deberá prestar juramento ante la Asamblea Nacional,

como exige dicho artículo 231 constitucional. El juramento del Presidente electo no

es una mera formalidad; por el contrario, es condición exigida por la Constitución para

que el candidato electo pueda tomar posesión del cargo. Por ello, la falta de juramento

imposibilita al Presidente electo convertirse en Presidente en ejercicio.

3.

La reelección presidencial no altera la estricta aplicación de los artículos 230 y

231 de la Constitución, que no establecieron excepción alguna en caso de reelección.

Por tanto, el Presidente, habiendo sido reelecto, deberá prestar juramento para

tomar posesión del cargo para el nuevo período, sin que sea admisible considerar la

“continuidad” o “extensión” del período anterior, supuesto que no permite, de ningún

modo, la Constitución ya que los períodos presidenciales son fijos e improrrogables.

4.

La reelección no supone, por tanto, la continuación del período presidencial

anterior, que constitucionalmente es de seis años. La reelección simplemente supone

que quien finaliza un período presidencial puede, inmediatamente, tomar posesión del

cargo para el nuevo período, siempre y cuando cumpla con las formalidades impuestas

por la Constitución, y en concreto, con el juramento, mediante el cual tomará posesión

del cargo para el nuevo período.

5.

Al no prestar juramento ante la Asamblea Nacional el próximo 10 de enero y

al no tomar posesión del cargo para el cual fue electo el ciudadano Hugo Chávez Frías,

debe entenderse –por aplicación analógica del artículo 233- que el Presidente de la

Asamblea Nacional – única autoridad legitimada constitucional y popularmente para

ello- debe asumir temporalmente el cargo de Presidente de la República, cumpliéndose

las condiciones previstas para las faltas temporales del Presidente (artículo 234

constitucional). Esa condición podrá mantenerse por un máximo de noventa días,

prorrogables por fecha igual mediante decisión de la Asamblea Nacional.

6.

Es importante aclarar que al ausentarse el Presidente del país, el pasado mes de

diciembre, para atender su tratamiento médico, se ocasionó una situación de hecho que

generó una falta temporal, frente a la cual, sin embargo, no se ha procedido conforme

a lo estipulado en la Constitución. En todo caso, las condiciones que determinaron esa

falta temporal del Presidente en ejercicio, cuyo período está a pocos días de vencerse, se

mantienen aún, imposibilitando al Presidente electo para prestar juramento y, mediante

esa formalidad esencial, asumir el cargo para el nuevo período. Por ello, ante esa

situación no prevista gramaticalmente en la Constitución, pero si en su contexto, objeto

y fines, debe asumir el cargo interinamente el Presidente de la Asamblea Nacional.

7.

El permiso que la Asamblea Nacional otorgó al Presidente Hugo Chávez para

ausentarse del país, no puede implicar la extensión del período presidencial más allá

del 10 de enero. Ese permiso habilitó al Presidente para ausentarse del país por más

de cinco días (artículo 235 constitucional), pero sin que ello pueda extender el período

del Presidente que, por imperativo constitucional, vencerá el 10 de enero de 2013. Por

corresponder al período constitucional en curso ese permiso decaerá también en esa

fecha.

8.

Debemos ser muy enfáticos en esto: la solución constitucional pasa por

reconocer una situación de hecho, esto es, la ausencia temporal del Presidente electo,

pero en modo alguno permite afirmar el decaimiento de tal condición ante la falta de

juramentación, pues ello solamente es posible ante alguna de las expresas y taxativas

causas de ausencia absoluta que la Constitución dispone. Pese a no juramentarse, el

ciudadano Hugo Chávez mantiene, sin dudas, su condición de Presidente electo.

9.

Sin embargo, aún sin la juramentación del Presidente electo –y lo que es más

grave sin que se conozca cuál es la voluntad expresa del ciudadano Hugo Chávez

Frías- funcionarios del Gobierno correspondiente al período presidencial que está por

culminar el 10 de enero pretenden mantenerse en ejercicio de sus cargos, incluido el

Vicepresidente de la República, ciudadano Nicolás Maduro, sin fundamento jurídico

alguno válido. A tal fin se ha pretendido explicar que hay una continuación del período y

que, por lo tanto, el ciudadano Hugo Chávez Frías mantiene su condición de Presidente,

hasta que pueda tomar posesión del cargo mediante juramento.

10.

El ejercicio temporal de la Presidencia por el Presidente de la Asamblea

Nacional, es por tanto una solución apegada a la Constitución que respeta la voluntad

popular expresada el pasado 7 de octubre. Además, ese ejercicio asegura el normal

funcionamiento de las instituciones del Gobierno Nacional y la constitucional

continuidad de la Presidencia. Por el contrario, una solución distinta resulta contraria a

la Constitución, al extenderse un período presidencial ya vencido, que además, genera

una innecesaria incertidumbre que afecta la seguridad jurídica y la estabilidad del

régimen constitucional.

Caracas, 08 de enero de 2013

Allan R. Brewer Carías

1.861.982

Alfredo Morles Hernández

226.817

Andrea Santacruz

16.815.026

Armando Rodríguez García

3.226.091

Antonio Silva Aranguren

9.435.159

Asdrúbal Aguiar

3.410.477

Carlos Ayala Corao

4.767.891

Carlos Weffe

12.389.691

Cecilia Sosa G.

2.935.735

Claudia Nikken

10.810.802

Daniela Urosa

12.384.779

Enrique J. Sánchez Falcón

2.104.359

Flavia Pesci-Feltri

6.346.183

Freddy J. Orlando S.

2.144.294

Gerardo Fernández

5.531.007

Gustavo Briceño Vivas

3.665.011

Gustavo Grau Fortoul

6.867.497

Gustavo Tarre Briceño

3.183.649

Humberto Angrisano Silva

6.500.463

jueves, octubre 11, 2012


SOBRE CHÁVEZ ETERNO Y OTROS DESBARROS EN NUESTRA ECÚMENE HISPANOAMERICANA



Consideremos, más allá de la anécdota y de la coyuntura, el significado de este suplemento de seis años a los catorce que ya sumaba, que los venezolanos parecen haber otorgado al comandante Hugo Chávez Frías, cuyo único límite todo indica va a ser  el biológico, común a todos los mortales, providenciales incluidos.

En los comienzos de este blog, allá por el 2004, hice esta anotación:

"Nuestro único régimen politico subcontinentalmente aceptable resulta, despues de todo, puramente europeo y mediterráneo: el despotismo ilustrado. Populismo con caudillo, cesarismo democrático. Con su vieja oferta de festa, farina e forca, como anota Roberto Aizcorbe. Fidel Castro y José Vicente Gómez. Mejor, Fidel Castro y Trujillo. Herederos, todos, del muy racional Carlos III, ex virrey de Nápoles. Por siempre Borbones".

El populismo latinoamericano, es decir, caudillos que concentran en su persona todos los poderes en nombre del pueblo, al que sienten representar de modo unipersonal y absoluto, es la forma de democracia propia de nuestra ecúmene hispanoamericana, que otros llaman América Románica.  La democracia liberal, con la matriz constitucional del Estado de Derecho, nunca llegó a cuajar del todo en las costumbres políticas de nuestro lugar en el mundo. No han faltado períodos y países en que ella pareció haber dejado atrás definitivamente el populismo, cuyas raíces se hunden aquí más en lo profundo que la matriz de cuño británico del constitucionalismo clásico. Pero la "intrahistoria", el subsuelo político hispanoamericano, irrumpe cada tanto por entre las costuras institucionales, y reclama por sus fueros, maquillado apenas con los colores y mal recubierto con los ropajes que los tratadistas caracterizan como propios del Estado de Derecho liberal burgués.

Bien miradas, las repúblicas americanas mantienen profundos contenidos monárquicos. Y la institución presidencial, entre nosotros, recoge una fortísimas tradición realista, apoyada en incoercibles hábitos populares. Pero no de cualquier monarquía. Es curioso que en América Hispana el culto por el rey se fue formando poco a poco. El respeto a la autoridad del monarca -como Marius André señalaba hace mucho- comenzó a generalizarse a principios del siglo XVIII, cuando los Borbones llegan -peleando- al trono. Ese prestigio todavía estaba vigente a principios del siglo XIX, hasta el punto que hubimos de alcanzar el autogobierno bajo la "máscara de Fernando".  El principio monárquico, como Schmitt señala, es el de representación absoluta: el monarca representa íntegramente a la comunidad política que gobierna. Aunque Luis XIV quizás jamás haya pronunciado aquello de que "el Estado soy yo", la expresión  corresponde exactamente al subsuelo doctrinario de la monarquía.

En la segunda mitad de siglo XVIII, los ilustrados habían descubierto el pueblo como público de sus ideas y de la vida política. Un público virtual, auditorio ideal, al que se dirigían con una mezcla de afecto y desprecio.  Las damas de alcurnia y los señoritingos podían disfrazarse de majas y majos, como un "ir al pueblo" que no pasaba de la imitación distante y risueña, como surge de las pinturas de Goya.  El "filosofismo" debía educar al pueblo ignorante, al "vulgo idiota" que decía Jovellanos, sacándolo de la "noche de ignorancia", aunque en sus escritos y en sus cartas aparece también un intercambio entre iniciados y esclarecidos, como signos secretos de reconocimiento. Ese "todo por el pueblo, sin el pueblo" requería un fortísimo poder real, propicio a sus iniciativas. Un texto de la época -"Cartas al Conde de Lerena"- resume muy bien esta postura:

"Para el logro de las grandes cosas es necesario aprovecharnos hasta del fanatismo de los hombres. En nuestro populacho está tan válido aquello de que el rey es el señor absoluto de la vida, las haciendas y el honor, que el ponerlo en duda se tiene por una especie de sacrilegio, y he aquí el nervio principal de la reforma. Yo sé bien que el poder omnímodo del monarca expone la monarquía a los males más terribles, pero también conozco que los males envejecidos de la nuestra sólo pueden ser curados con el poder omnímodo".

Ernesto Laclau podría suscribir el párrafo.  Los ilustrados, los esclarecidos, el grupo revolucionario, saben muy qué es lo que necesita el pueblo, al que hay que liberar de las fuerzas del oscurantismo y el retraso. Pero el pueblo sólo sirve como número electoral: sabe lo que quiere si no se le pregunta, pero no lo sabe si le preguntamos directamente. Al servicio del pueblo, sin el pueblo, ponemos el poder real y la sabiduría del grupo ilustrado.

Por otra parte, los monarcas ilustrados borbónicos, especialmente los que, como Carlos III, había pasado la experiencia napolitana, sabían hacerse amar, sabían ser "populares". El hijo de Carlos III, Ferdinando de Borbón, fue rey de Nápoles y de Sicilia: il re Nasone, il re Lazzarone, que se mezclaba con pescadores y mendigos, capaz de ganarles una competencia de remo o de competir en La N'Segna, un palo enjabonado  metido en el puerto de Santa Lucía, donde todos, y el rey primero, terminaban cayendo al agua. Ya recordamos la "triple F": festa, la diversión, el fútbol para todos -y todas-; farina, el pan/pizza/pasta; forca, el espectáculo de la obra del  verdugo en la plaza pública, que expresa el núcleo del poder -dar muerte legalmente-, que hoy más hipócritamente se expresa a través del linchamiento mediáticos y de los encarcelamientos ejemplares por aplicación del "derecho penal del enemigo". Roberto Aizcorbe, en "La Crisis Argentina", es quien mejor ha retratado este trasfondo del despotismo ilustrado, que ha dejado un sedimento de súbdito en  el ciudadano, y su permanencia bicentenaria. Por esa ecúmene borbónica, que abarcaba América, España, el sur de Italia, las islas griegas, factorías africanas y en la India, circulaban franceses, como Jacques de Liniers, italianos, como los Castelli y los Belgrano, las principales comunidades -genoveses, napolitanos, catalanes, bearneses, griegos, la grey judía- que vendrían a reencontarse en la inmigración argentina siglo y nedio después. El poder omnímodo del monarca aquí se fractuaraba en una serie de lealtades intermedias, verticales y horizontales, cada cual con su antiguo privilegio, su exención o derecho. Y una suerte de alianza del trono, la ilustración y el altar, con la religión que más que como dogma y martillo de herejes aparece como pompa y como rito. La plaza, un espacio cerrado dentro de otro espacio cerrado de la ciudad, era un foro que vivía en continuado las veinticuatro horas del día, bajo los edificios cívicos con su balcón destinado a la arenga. Allí se desenvolvían la mùsica, los bailes, el reparto de la harina, la emoción del cadalso. Allí se hacían visibles los vaivenes del poder, el ascenso y caída de ministros y poderosos. En esta matriz latina de la vida institucional, el contacto del pueblo con sus gobernantes es bivalente: amor u odio. Quien manda seducir: el "saber" sólo no basta. Sin amor no hay "contacto", no pasa la corriente. En la matriz anglosajona el elemento básico es la utilidad. El político tiene que interesar al otro.

Chávez es casi una caricatura del déspota ilustrado, con  antecedentes como Juan Vicente Gómez (1910-1936), ese "dictador necesario en una república inestable" que llevó a Laureano Vallenilla Lanz a postular, con agudeza, el "gendarme necesario" bajo un "cesarismo democrático" como forma polìtica básica continental. Responde a lo que Spengler llamaba "seudomorfias", expresión tomada de la mineralogía, donde se aplica a formas que adoptan apariencias ajenas. Formas, en general, sin contenido auténticos, pero con la apariencia de lo que intentan manifestar. Martínez Estrada hablaba de "sustitutos ortopédicos".  Aquella matriz latina y borbónica resultó aplastada en el proceso histórico hispanoamericano, que tomó la forma aparente, la seudomórfosis, del Estado de Derecho liberal. Pero su fracaso, en el caso venezolano, reflejado en la corrupción del pacto bipartidista adeco-copeyano, llevó a Chávez al poder, como el déspota gárrulo y colorinche cual guacamayo, más allá de todo sentido del ridículo, que siente, entiende y, en definitiva, es el pueblo. Todo en nombre de un Bolívar también él caricaturizado, ya que cruza con Marx, el que en su entrada referida al venezolano en la New American Cyclopaedia lo calificó de cobarde, brutal y miserable canalla, además de enemigo de cualquir esfuerzo prolongado. Precisaba allí el Moro  que el deseo secreto de don Simón fue erigirse en el dictador de toda América del Sur, aunque tal designio se le escapó de las manos. Como ya señalé en otro post  referido a Chávez, en nombre de Bolívar y Marx está  inaugurando,  quizás,  la fase superior del subdesarrollo político para el siglo XXI.

Los líderes populistas asumen, pues, como monócratas, la íntegra representación del pueblo, en general a partir de una crisis de la ficción que encierra la representación política partidocrática como forma indirecta de "gobierno por el pueblo". La representación congresista o parlamentaria es lo no democrático de la democracia. La hiperrepresentación populista, que se presenta como su opuesto, lleva el elemento representativo a su punto extremo.

Los problemas nodales del derecho político actual pasan por el reinvento de la democracia ante la crisis de la representación y por el hallazgo de una forma eficaz de oponer contrapoderes al poder, visto el fracaso de la "separación de poderes" y del "contrapoder antimayoritario" de la justicia constitucional.

El problema político hispanoamericano inmediato es cómo limitar y recortar este poder activo  que tiende a ser omímodo, del cabecilla populista. No es con la separación "geográfica" de poderes, que nunca funcionó entre nosotros, ni ha podido expresarse en un mecanismo continuado de pesos y contrapesos; ni con el recurso a los "guardianes platónicos" en que se convierten los jueces constitucionales. Liquidados por sus extravíos los contrapoderes tradicionales -fuerzas armadas, Iglesia-. pulverizada la mediación de los partidos políticos, sólo aparecen las grandes movilizaciones como obstáculos efímeros, pero que apuntan a una participación que no encuentra otros canales expresivos.

Dejemos aquí la ardua cuestión, por ahora.

martes, julio 07, 2009



METIÉNDOSE EN HONDURAS

El 3 de junio pasado la OEA dejó sin efecto su anterior resolución VI, adoptada el 31 de enero de 1962, por la cual se expulsó a Cuba de su participación en el sistema interamericano.

Manuel Mel Zelaya, entonces presidente de Honduras, presente en la convocatoria, saludó esta decisión como “histórica”. Tanto él como los demás países pertenecientes al ALBA –es decir, Venezuela, Nicaragua, Ecuador y Bolivia- subrayaron que la revocatoria de la expulsión resultaba de aplicar dos principios básicos del derecho internacional en general y del interamericano en particular: el de no intervención y el de autodeterminación de los países.

Por aplicación de estos principios, justamente, no se restituyó automáticamente a Cuba en el seno de la OEA, sino que se dejó librada tal posibilidad a la decisión soberana del gobierno de la isla. En una manifestación de amor no correspondido, tanto Raúl Castro oficialmente como su hermano Fidel desde su trono particular manifestaron su voluntad de no reintegrarse a una organización a su juicio inútil, nacida en la posguerra para salvaguardar los intereses de los EE.UU. en la región. Recordemos que la OEA., fundada en 1948 durante la Conferencia Panamericana de Bogotá, fue establecida de acuerdo con los principios del Acta de Chapultepec, del 20 de febrero de 1945, propuestos por los EE.UU., complementándose con el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, firmado en Río de Janeiro en 1947.

Para las generaciones actuales, desinformadas por la videología televisiva, cabe agregar que el principio de no intervención y su correlativo de autodeterminación de los pueblos fue calificado, a fines del siglo XIX, como “uno de los principios más sólidos de la política exterior argentina” por don Bernardo de Irigoyen, y que algunos de sus defensores más enconados fueron don Roque Sáenz Peña y don Luis María Drago, invocándolo para oponerse a intervenciones colectivas de otros países en débiles naciones hispanoamericanas. La no intervención y la autodeterminación no resultan una bandera de dirigentes revolucionarios progres (salvo sofísticamente por conveniencia), que se han pasado dichos principios por sus respectivos arcos de triunfo, así como el Departamento de Estado y las agencias de inteligencia norteamericanas, durante la guerra fría, lo primeros por obediencia a la URSS y los segundos en su propio beneficio. La vera historia de los sangrientos desgarramientos intestinos ocurridos en Hispanoamérica en la segunda mitad del siglo XX no está principalmente en los archivos nacionales sino en los de la URSS, de Cuba su satélite y de los EE.UU. Otros Pignas más concienzudos la darán a luz dentro de bastantes años.

Todo el sistema internacional se asienta en estos dos principios. La Carta de la ONU, que lo proclama en su art. 1º, 2, en su art. 2, 7, lo aplica expresamente: “ninguna disposición de esta Carta autorizará a las Naciones Unidas a intervenir en asuntos que son esencialmente de la jurisdicción interna de los Estados”.

La Carta de la OEA establece en su art. 1º que la organización “no tiene mas facultades que las que le confiere la presente Carta, ninguna de cuyas disposiciones la autoriza a intervenir en los asuntos de jurisdicción interna de los Estados”. Los arts. 3º, “c” y 16 establecen el “deber” de los países integrantes no intervención en los asuntos de otros Estados, directa o indirectamente. Y el art. 2, “b”, fija como objetivo “consolidar la democracia representativa dentro del principio de no intervención. Por ello, el art. 10 establece que en el caso de la destitución de un gobierno legal por la fuerza, el país en cuestión “podrá ser suspendido del ejercicio del derecho de participación, Asamblea General, reuniones de consulta, consejos, conferencias especiales, comisiones, etc.”.

El actual conflicto hondureño, a cualquier observador desapasionado, se le presenta como un choque entre poderes constituidos: el presidente, por un lado, que pretendía imponer una reforma constitucional destinada a asegurarle reelección indefinida por medio de una consulta popular no vinculante, pero a la que atribuía ese carácter, por un lado, y el Congreso y la Corte Suprema, por otro, que llegan a destituir a aquél en virtud del art. 239 de la constitución del país centroamericano
[1]. No estoy en condiciones de dirimir el grado relativo de prolijidad o desprolijidad constitucional con el que cada uno de los contendientes se ha movido; más aún, nadie, desde afuera puede constituirse en juez de esa situación, que corresponde en exclusividad a los hondureños. Un conflicto de poderes puede ser calificado dramáticamente como “golpe de Estado” por ambas partes en pugna, y de hecho lo ha sido en este caso, pero lo que no ha ocurrido en absoluto es un “golpe militar” ni los uniformados hondureños se han hecho con el poder, como dicen por ahí. Este conflicto de poderes se ha trasladado a la población, manifestándose en choques callejeros. Que ellos hayan costado desgraciadamente algunas vidas no crea ilegitimidad política; con ese criterio debería destituirse a Evo Morales, cuya policía e incluso fuerzas irregulares han causado numerosas pérdidas de vidas en Bolivia, durante la militarización de prefecturas arrollando sus autonomías. Pero allí nuestra presidente no viajó. Si se examina la historia institucional reciente de Ecuador y de Guatemala se encontrarán conflictos semejantes y hasta destituciones presidenciales, como la de Lucio Gutiérrez en Ecuador, donde la vacancia del cargo fue declarada por el Congreso, como en el caso hondureño. No recuerdo que la OEA haya chistado.

En definitiva, lo que está pasando en nuestra ecúmene hispanoamericana es que los principios pilares de no intervención y autodeterminación han sido de hecho derogados, salvo para Cuba. No por los imperialistas yanquis, ya que el gobierno de Obama manifiesta una “espléndida indiferencia” por lo que aquí pasa, menos lo tocante a México. Los pisoteadores de tales principios están en el ALBA, con Venezuela a la cabeza. Chávez ha intervenido en todos los conflictos regionales y ha apoyado, con palabras desembozadas y dinero bajo cuerda a sus candidatos de preferencia en todas las elecciones que han tenido lugar en nuestra ecúmene. Evo Morales asedia a Perú y, en el caos actual de Honduras, se disputan intervencionismo el ecuatoriano Correa y el nicaragüense Ortega (además de Miguel d’Escoto con la “chapa” de la ONU). Se ha llegado a amenazar, desde Venezuela y Nicaragua, con intervenciones militares “liberadoras”. La Argentina, país insignificante de la ecúmene por voluntad propia, figura en todo este movimiento intervencionista a título de comparsa. Agrego que el propio Zelaya, después de su infructuoso intento de aterrizar en Tegucigalpa, exigió a Barack Obama y a las “diferentes potencias que se tomen medidas” contra su país (cable en INFOBAE del 5/06). Quizás Mel Zelaya quiera constituir una nueva Santa Alianza contra el Congreso y la Corte hondureñas, con los EE.UU, Rusia y la UE como partícipes. Me permito aconsejarle que no cuente con el canciller Taiana como otro Metternich.

Cuando en 1962 se debatió en la OEA la exclusión de Cuba, el entonces canciller argentino Miguel Ángel Cárcano dijo, oponiéndose, “los países no pueden imponer a otros su sola voluntad”. Confirmaba así una posición constante de nuestra política exterior. Nuestra actual posición constante es no tener ninguna y contribuir, con actitudes melodramáticas para la tribuna interna, a que otros se desangren.-


[1] ) ARTICULO 239.- El ciudadano que haya desempeñado la titularidad del Poder Ejecutivo no podrá ser Presidente o Designado.El que quebrante esta disposición o proponga su reforma, así como aquellos que lo apoyen directa o indirectamente, cesarán de inmediato en el desempeño de sus respectivos cargos, y quedarán inhabilitados por diez años para el ejercicio de toda función pública

martes, septiembre 16, 2008




RECADITO DE MAQUIAVELO (I)


"El usar palabras ofensivas contra el enemigo nace las más de las veces de la soberbia que la victoria engendra o de la falsa esperanza de vencer, falsa esperanza que hace errar a los hombres no sólo en lo que dicen, sino también en lo que hacen, porque al penetrar en su corazón les hace traspasar los justos límites y perder con frecuencia la ocasión de conseguir un bien seguro por ambicionar otro mayor, pero incierto".


Esto dice Maquiavelo y debería oír Chávez: "¡Yanquis de mierda, váyanse al carajo!". ¿O era "¡yanquis del carajo, váyanse a la mierda!"?

lunes, diciembre 31, 2007

EL REY ANDA DESNUDO

Opina Gente Publicado el 04.12.2005 14:29Por Jean Meyer

SE acordarán, estimados lectores, del cuento de Andersen y del rey que anda desnudo, engañado por un genial ilusionista que lo convence de que lo ha revestido con la ropa más ligera, más exquisita y por tanto más cara del mundo. Y todos los cortesanos lambiscones, y todo el pueblo abusado por tanta propaganda, creen o fingen creer el cuento bonito y se maravillan con grandes ¡oh! y ¡ah! de admiración cuando pasa el rey. Hasta que un niño dice: "El rey anda desnudo", y todos descubren (¿?) con asombro que, efectivamente, el rey anda desnudo.

El presidente Chávez es a la vez el rey y el ilusionista; él engaña a su pueblo y a sí mismo cuando luce su ligero, exquisito y costoso traje bolivariano. ¿Qué tiene que ver con Bolívar ese coronel golpista que se encamina hacia la dictadura vitalicia y despilfarra el recurso no renovable de los "veneros del diablo"? Nada. Pero todavía no ha llegado la hora de abrir lo ojos y de ver al rey desnudo. Tiene y conservará, mientras dure la renta petrolera y va a durar un rato, una sólida base popular, entre 30% y 40% de la población; frente a una oposición dividida y sin gran proyecto, puede ganar las elecciones repetidas veces, tan es cierto que la democracia no es perfecta, que demos puede escoger mal y transformar la democracia en despotismo democrático, en cacocracia, como decían los antiguos. Ni modo, es la regla del juego.

Si el último y más oscuro de los senadores o diputados estadounidenses hubiese proferido la cuarta parte de lo dicho por Chávez contra Fox, la nación mexicana hubiera rugido hasta hacer temblar la tierra. Muchos comentaristas nuestros se lanzaron contra Fox. Curiosamente un sondeo realizado en Venezuela señalaba en esos días que 70% de los venezolanos estaba en desacuerdo, en este caso, de su presidente. Eso no lo tomamos en cuenta, ¿por qué? ¿Será que Vicente Fox habló como el niño del cuento de Andersen? Diciendo en voz alta lo que muchos piensan y no se atreven a decir porque temen ser acusados de reaccionarios. Hace 60 años Jean Paul Sartre dictaminaba que "todo anticomunista es un perro". "Todo anticastrista, todo antichavista es un perro".

¿Por qué no tomar en serio el artículo de Raúl Tortolero y la entrevista paralela que le hizo al entonces embajador venezolano en México, Vladimir Villegas? (larevista, suplemento de EL UNIVERSAL, 14 de noviembre). ¡Tiempo perdido! Contestan nuestros bolivarianos, vil bazofia, pura calumnia, pero no cabe duda que el requisitorio es duro: hablando del embajador, dice: "Este hombre es acusado de televisar grabaciones ilegales para atacar a opositores, de crear redes de espionaje internacional, de ser el artífice del financiamiento venezolano a Lula (entre julio de 2002 y su llegada a la presidencia en 2003), de asesorar y proporcionar fondos para las campañas de Marcelo Ebrard y Andrés López Obrador. Ah, y otro detalle: la PGR lo investiga en relación con cargamentos de armas provenientes de Venezuela supuestamente destinados al EPR".

Se sabe que Chávez financia movimientos en varios países de América Latina. Eso es de buena guerra y no debería sorprender a nadie, ni en Colombia, ni en Ecuador, ni en Perú (por cierto, todo el mundo olvidó que Chávez era muy amigo del Chino Fujimori y que denunció en su caída la mano negra del imperialismo), ni en México. El embajador Villegas reconoce, en la entrevista citada, la existencia de "círculos bolivarianos" en México, pero afirma que "sirven sólo para la solidaridad con Venezuela". Que la solidaridad con la Venezuela de Chávez le sirva a la vez a López Obrador sería algo perfectamente normal; lo que sería más desagradable sería eventuales conexiones con grupos armados mexicanos o con el narcotráfico. Ahora bien, para desgracia nuestra, todos los flujos de la droga se concentran sobre México porque es la antesala de EU, el centro desde el cual se despacha la mercancía a los cuatro vientos del vecino del norte. Pero, una cosa es la actividad de los narcos, otra cosa es el uso de su actividad por un Estado. El Estado de Fidel Castro lo hizo durante muchos años y eso está de sobra documentado cuando culminó con los "procesos" del general Ochoa y de los hermanos La Guardia.

No hay que ser miembro de la camarilla de Bush o panista para saber que Hugo Chávez, antes que trabajar para el bien de su pueblo, tiene un plan calculado y ambicioso para toda América Latina, que retoma el proyecto de su padrino y asesor, Fidel Castro.

El petróleo de Chávez, en nuestra época de precios altos, le permite no sólo subvencionar a Cuba, sino alargar su largo brazo en muchas partes del continente y sobrearmar a su ejército. Así Chávez ha revitalizado a Fidel y resucitado al El Che y a causas populistas que parecían muertas.

Les ha devuelto la esperanza a los mochileros europeos que ya se cansaron del subcomandante Marcos y que han descubierto el camino de la peregrinación a la nueva meca: Venezuela. Así Jean Paul Sartre visitó a Cuba por 1961 ó 62 y publicó en el cotidiano parisino de mayor tiraje una serie de reportajes titulada "Huracán sobre el azúcar". No me río de los peregrinos altermundistas de la vieja Europa; su fe busca un soporte hasta encontrarlo, no es diferente de la necesidad nuestra, pero me preocupa su ceguera, la facilidad con la cual se dejan seducir, hasta creer que ese rey que anda desnudo, luce las mejores vestimentas del mundo. Las podría en efecto lucir, él y todo el pueblo venezolano, si el petróleo las exportaciones dejaron en 2004 algo como 35 mil millones de dólares fuese sembrado de manera constructiva en el desarrollo de un país que sigue marcado por una profunda desigualdad.

¿Será el bolivarismo del presidente Chávez el más alto estadio del subdesarrollo?

(El artículo del historiador mexicano Jean Meyer merece reproducción, ciertamente)

domingo, diciembre 30, 2007

SOBRE EL ARTE DE ROMPER LOS HUEVOS

El gran novelista rumano Panait Istrati, a finales de los años veinte del siglo pasado, comenzó muy tempranamente a criticar los métodos totalitarios de la URSS de Stalin[1]. Sus contemporáneos comunistas de estricta observancia como, por ejemplo, el bueno de Romain Rolland, la pluma “oficial” del PC Henri Barbusse o hasta su amigo Nikos Kazantzakis, le decían: “esto es pasajero; de últimas, para hacer una tortilla se necesita romper los huevos”. Istrati replicaba: “los huevos rotos los veo por todas partes. Pero ¿dónde está la tortilla?”. Su actitud a contracorriente le valió el destierro intelectual, la conspiración del silencio y el desprecio de los revolucionarios bien pensantes. Tener ideas contrarias a la corriente principal, al main stream de la progresía de cualquier tiempo, se paga con el propio cuero. Juan Gelman, con una parva obra literaria, puede ser Premio Cervantes por la dolorosa intercesión de un hijo y una nuera asesinados. Pero María Elena Walsh, extraordinaria maestra del idioma desde aquel lejano “Otoño Imperdonable”, fue arrojada a las tinieblas exteriores por haber criticado la “carpa blanca” y atreverse a decir que Carlos Menem no era el único villano de nuestra historia reciente.

Volvamos a Istrati. Su respuesta puede aplicarse al “Gran Showmatch Gran” en que se ha convertido una buena causa, como es la liberación de una ínfima parte de los prisioneros que las FARC colombianas mantienen en la selva. A la cabeza se ha puesto Chávez, un gárrulo de tierras calientes que parece, para seguir en los carriles de la literatura, un hijo póstumo del “Tirano Banderas” de Valle Inclán. Chávez se empecina en aparecer como un mediador. Pero un mediador, ante todo, debe ser un tercero imparcial. Y nuestro teniente coronel es un aliado de las FARC (que le entregan los secuestrados “en desagravio”). Secuestren las FARC en sus operativos de “pesca milagrosa”, que el Comandante Hugo te devuelve al prisionero ante las cámaras, parecen decirnos los organizadores de este ejercicio tinelliano. El “liberando por un sueño” cuenta con una presencia de lujo, la de Sarkozy. El pequeño gran Sarko, maestro de la política espectáculo, dejando por un ratito de que Carla Bruni le cante en la oreja, consigue un episodio típico del gran relato con el que los europeos creen entender a los latinoamericanos: el buen salvaje revolucionario lagrimea un poco y afloja el abrazo sobre la presa cuando el culto francés sabe tocarle su íntima fibra libertaria. Nosotros, que pudimos poner el know how de Marcelo Tinelli al servicio de esta buena obra (Olivier Stone le roba cámara), mandamos a nuestro ex, un simple comparsa. Para los organizadores de “liberando por un sueño”, como ocurre en cualquier Showmatch que se respete, lo importante no es la vida de los rescatados sino aparecer en televisión y, sobre todo, humillar al gobierno y al pueblo de Colombia, el tercero sufriente en la obra. En otras palabras, la cháchara bolivariana, de unión continental y socialismo liberador siglo XXI, se reduce a la capacidad de hacer trizas cualquier concordia posible entre los cachorros del ibérico león, sea en Perú, en Ecuador, en Bolivia, en la Argentina, en el Uruguay o en Colombia. Por las armas o por las valijas, por la fuerza o por los dólares. Y siempre en un reality sin fin. Recordando a Istrati, cualquiera puede romper los huevos: hasta un ex paracaidista de Sabaneta o un ex intendente de Río Gallegos. Un guacamayo o un pingüino. Lo que no aparece por ningún lado es la tortilla.-



[1] ) Véase “Confesión para Vencidos”, de 1929. Junto con Víctor Serge, sería, al precio arriba señalado, uno de los primeros denunciantes del stalinismo. Más tarde, se les uniría Arthur Koestler.