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domingo, noviembre 27, 2016

FIDEL: LA DEFUNCIÓN DE UN MUERTO




En twiter, declaraciones de famosos, avisos fúnebres, esquelas diplomáticas, gargarizaciones por los medios, nos participan a cada rato de la defunción de alguien muerto hace unos cuantos años ya: Fidel Castro Ruz, comandante supremo de la Revolución Cubana.  Fui un adolescente de la era de la Revolución, casi estuve a punto de entusiasmarme con ella, pero confieso que nunca me convenció ese proceso, ni tampoco su jefe. Errores que uno comete, seguramente, y lo acompañan toda la vida. Nunca admiré al Che o a Fidel, nunca fui de izquierdas ni progre; ni siquiera peronista he sido. Ya sé: una declaración de fracaso, porque tampoco fui liberal ni neoliberal, y creo que el más grande gobernante que nuestro país haya tenido, habiéndolo comprendido en todo el calado de su personalidad histórica y modalidad cultural, fue don Juan Manuel de Rosas. Comprenderá el lector que estas coordenadas no conducen a reunir muchas simpatías. Pero también entenderá por qué escribo este post aburrido hasta el hartazgo de tanta pavada, enorme sandez  y tamaña cursilería que sobre los restos de Fidel se descarga por minuto. "Se cierra una etapa histórica y se abre otra", anuncian por doquier, principiando por nuestra canciller, a la que no hay pokemón de lugar común que se le escape. Nadie dice qué se cierra y qué se abre, pero la expresión permite salir del aprieto con aire de suficiencia.

Voy a resumir algunos puntos que desde largo tengo anotados sobre la "mística de la Revolución".

Cuba no tuvo ningún progreso significativo a partir de la Revolución. Tenía ya envidiables desenvolvimientos del punto de vista económico, social y educativo. Había prostitutas, corruptos, ricos y pobres, como hoy, y talvez menos, en cuanto a los últimos, que hoy. Jineteras hubo, hay y habrá, mal que le pese a un cierto prohibicionismo. Cierto que existía un triángulo turístico importantísimo entre Las Vegas, Miami y La Habana, por donde transitaron "Lucky" Luciano, Meyer Lanski o Vito Genovese, jefes mafiosos.   También había un desarrollo fenomenal de la música, el cine y el espectáculo: el Babalú donde triunfaron Xavier Cugat y Desi Arnaz; el famoso "Tropicana"; Amelita Vargas y Blanquita Amaro, actrices y bailarinas que triunfaron en Buenos Aires. La escolaridad tenía muy altos niveles. El Colegio de Belén, de los jesuitas, formó a Fidel y a Raúl y, más tarde, las aulas de la Facultad de Derecho de La Habana vieron pasar al futuro  Big Brother. La arquitectura cubana marcaba tendencias hacia el futuro modernismo latinoamericano.  Recibía Cuba inmigración  e inversiones norteamericanas y europeas y también exportaba empresas locales a los EE.UU.  Era un mundo brillante y animado, con problemas bajo la superficie que podían irse componiendo razonablemente.

El problema era político. Fulgencio Batista, un ex sargento, asumido el poder por segunda vez en 1952, se convirtió en un dictador, con prisiones arbitrarias y torturas a opositores. Fulgencio, que en 1933 había encabezado una "Rebelión de los Sargentos" que destituyó al dictador de la época, Gerardo Machado, se convirtió en jefe de las fuerzas armadas y presidente informal del país. Fue apoyado entonces por el partido Comunista, al que legalizó en 1938 (ver Hugh Thomas, "Cuba o los Caminos de la Libertad"). Cuando en los 50 retomó el poder, se había aparentemente apartado de sus aliados rojos. Pero en 1956 (3 de julio, revista "Bohemia"), una voz clara y valiente afirmó: "qué derecho moral tiene el señor Batista para hablar sobre comunismo, cuando fue candidato presidencial del Partido Comunista en las elecciones de 1940,  cuando sus eslóganes electorales se presentaban bajo la hoz y el martillo y cuando buena parte de sus actuales ministros y colaboradores  confidenciales son miembros importantes del Partido Comunista". La voz denunciante era de un tal...Fidel Castro.

Porque Fidel no arrancó como comunista; más bien, lo hizo como enemigo del socialismo. Hasta casi un año después de tomar el poder, declaraba (abril de 1959, "New York Times": "no estoy de acuerdo con el comunismo. Somos democráticos. Estamos contra todo tipo de dictaduras. Por eso, estamos contra el comunismo"). El comunista, el que había leído sobre marxismo, era el hermanito, Raúl. El que pacta con los EE.UU. El que abre una hendija a los negocios capitalistas. El que comprende que la Revolución es un tortuoso y áspero camino hacia la "cópula necrófila" con el gran dinero. La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida ¡Ay Dios!, cantaba un panameño...

Como John Reed con la Revolución   Rusa en 1917 (con su famoso libro reportaje "Diez días que Conmovieron al Mundo"), fue un periodista norteamericano, Herbert Matthews,  el que catapultó a Fidel para instalarlo ante la opinión mundial, con un reportaje publicado en "New York Times" cuando aún estaba en Sierra Maestra, donde se lo presentaba como "radical, democrático y, por ello, anticomunista". Esta  pifia informativa le valió que el nuevo régimen le otorgara una medalla como héroe de la prensa de Sierra Maestra. Fidel, en un rapto sincero, dijo al condecorarlo que sin su ayuda y la del "New York Times", "la revolución en Cuba no habría acontecido"

Seis meses después de llegar al poder, Fidel y el Che iniciaron su contrarrevolución de signo marxista-leninista. Los viejos camaradas fueron encarcelados (como Huber Matos, que pasó veinte años en prisión) o ejecutados bajo forma de un accidente (como Camilo Cienfuegos). Menudearon los fusilamientos sumarios y la torturas. Comenzó un masivo exilio ("cuando salí de Cuba/dejé enterrado mi corazón", cantaba Celia Cruz). Castro profesó su nuevo credo de esta manera:

"Juré ante un retrato del viejo camarada  Stalin no descansar hasta haber aniquilado a estos pulpos capitalistas".


No voy a hacer aquí un recuento de las muertes provocadas tanto en su país, como en el resto de Hispanoamérica, como en África, por la acción del hombre ya fósil que está pasando a la inmortalidad del siglo,   Stéphane Courtois, un investigador venido de la izquierda, en su "Libro Negro del Comunismo", editado en el octogésimo aniversario de la Revolución Rusa, proveyó esa estadística y señaló que todos los regímenes comunistas han "erigido el crimen de masas en verdadero sistema de gobierno", de 1917 en adelante. Desde Cuba, bajo el mando de Fidel y del Che, en 1964 comenzó  la acción guerrillera y terrorista en nuestro país, que dejó un saldo de miles de muertos, una generación tronchada, dolor por doquier, una respuesta contrainsurgente que no pudo esquivar la criminalidad, un derrumbe por vía judicial del edificio clásico de las garantías penales, una vampirización constante de los muertos que pesa aún sobre las generaciones posteriores a la lucha armada, y otros males que sería fatigoso enumerar. Todos los demás países de nuestra ecúmene iberoamericana, salvo México, sufrieron la misma plaga. Sin embargo, ante  las cenizas del hombre que llevó adelante esa empresa sangrienta y fallida, alguien que no presidía ya su Estado, van a inclinarse reverentes dignatarios venidos de diversos  países, en hipócrita condolencia. Nuestro gobierno enviará a la canciller, para poner los ojos en blanco ante los despojos de quien, entonces al frente omnímodo de su Estado, desde 1964, cuando gobernaba Arturo Illia, ordenó el despliegue de elementos guerrilleros en las zonas selváticas de Córdoba, Salta, Tucumán, Santiago del Estero y Jujuy, que fueron puestas bajo la dirección de Jorge Masetti, el "comandante Segundo" -se aguardaba al "comandante Primero", esto es, el Che-, instructor principal y comisario político de esos grupos fue el oficial cubano Hermes Peña, que se destacaba por imponer una disciplina de hierro -fusiló a elementos díscolos de la propia tropa-, mató el primer gendarme caído frente a la guerrilla, Juan Adolfo Romero, y finalmente fue muerto en combate, enterrado en el monte y sus restos descubiertos poco ha, siendo exhumados y trasladados a Cuba, donde recibió tratamiento de héroe.  Las acciones continuarían intermitentemente hasta 1989 -ataque al cuartel de La Tablada. Y el peso de la dirección estratégica de esta guerra revolucionaría estuvo a cargo del Departamento América, dependiente del Comité Central del Partido Comunista cubano, dirigido por Manuel Piñera, alias "comandante Barbarroja", casado con Marta Harnecker, cuyo manual de vulgarización marxista fue algo así como el "¡Upa!" donde hicieron sus primeros pininos nuestros antiguos combatientes irregulares.


¿Qué quedó de aquella revolución barbuda? Promesas de negocio concertadas con el viejo hermano sobreviviente, que los 86  intenta, como los Kim. que continúe la dinastía ("que no acabó la diversión/murió el Comandante y mandó seguir"), cuando el ya no esté, con su hijo Alejandro, su hija Mariela o su yerno, el general Luis Alberto Rodríguez López-Calleja, padre de sus dos nietitos. Y como fiel discípulo, acude a las exequias el hombre venido desde la última colonia que conquistó Cuba: Nicolás Maduro de Venezuela. Del joven y arrogante Fidel al rumbero Nicolás que confunde en acto fallido "peces" con "penes".  Pidámosle prestada a Carlos Marx la frase que repiten todos los que nunca le han pasado la vista a "El Dieciocho de Brumario de Luis Napoleón": la revolución se inicia como tragedia y se repite como farsa. De la Sierra a la urna lagrimeada;  del guerrillero al bufón. Y para los muertos, torturados y humillados en el medio siglo intermedio, para todos los "daños colaterales", el silencio plomizo de los que han decidido que es más diplomático no acordarse.

En fin, un presidente electo, casi el único a contracorriente, tuiteó apenas difunto el ícono caribeño: "Castro is dead!". Está muerto. Terminado. Acabado. La Revolución bajo el pie forense de una necropsia.-

miércoles, agosto 17, 2016

FIDEL Y EL PROCESO: CUANDO VIDELA ERA CHÉVERE...





Recuerde el alma dormida...Jimmy Carter, presidente de los EE:UU; sufre una iluminación súbita y se lanza a defender los derechos humanos violados por el oso ruso. Con eso se rompía la distensión y coexistencia pacífica de ambos grandotes, mientras los muertos se apilaban en las periferias existenciales, que diría hoy el Papa. El cerebro de esta jugada fue el entonces consejero de seguridad, Zbigniew Brzezinski. Y así se excluyó a la URSS de los Juegos Olímpicos de 1980. Y así, también, se prohibió al resto de países "occidentales y cristianos" exportarles commodities. Pero la mayor entrada de divisas de nuestro país era por la venta de cereales, especialmente trigo, a la URSS -el socialismo real había acabado con un producto que los hórridos zares exportaban antaño. Entonces, Videla y Martínez de Hoz y toda la cohorte de sanguinarios represores se volvieron nacionalistas enragés y dijeron a la prohibición del Tío Sam: nones, tomad de acá. Y fuimos entonces, en cierto modo, aliados de la URSS y de su satélite Cuba, desde cuyo Departamento América del PC cubano se manejaba el entrenamiento, la estrategia y la táctica de los movimientos insurreccionales en nuestra ecúmene. Los que en aquel tiempo denunciaban ferozmente esta componenda eran los maoístas y  "troscos". Se estableció una cierta entente cordiale con el PC, sección argentina: la condición era que sus cuadros no participaran en la lucha armada; de allí su número muy bajo de desaparecidos en relación con los otros maximalistas de izquierda. Cuba se abstenía de votar contra la Argentina en la ONU y en el Politburó se pronunciaba con respeto el nombre de Jorge Rafael Videla. Esto es muy sabido pero, dentro de la asnal deformación de nuestra historia reciente, a los más jóvenes parecerá muy extraño. Cosas más raras se han visto, muchachos. Hace poco aprendí , transitando de lurker en la red, que Fálix Salten, el autor de "Bambi, una vida en el bosque", la tierna historia que Walt Disney vertió al dibujo animado, fue también exitoso con una novela porno; "Josephine Mutzenbacher", publicada en 1906, autobiografía ficticia de una prostituta vienesa. La vida te da sorpresas.
  

                                    Bueno, no es vienesa pero da la idea...

 

martes, agosto 16, 2016

EL ABUELITO DE LA REVOLUCIÓN CUMPLIÓ AÑOS





Fidel sopló las velitas de sus noventa: un abuelito en jogging y guardapolvo blanco, rodeado de otros abuelitos, en el teatro Karl Marx de La Habana -la edad no da para celebraciones al aire libre- donde una compañía infantil ponía en escena una simpática obra: "La Colmenita", recomendada por UNICEF. ¡Y le regalaron un puro de 90 metros!  Todos se rieron: no estaba obligado a fumarlo, claro está.

Este hombre de la barba cana y la mirada ya un poco extraviada, presidió el lanzamiento, en 1962, de una declaración de guerra continental,  que debía desarrollarse bajo la modalidad de la guerra revolucionaria (febrero de 1962, Declaración de La Habana, convertir Latinoamérica en una gran Sierra Maestra). La lucha revolucionaria estaba impulsada desde Moscú y su vector era Cuba. Se trataba de un escenario secundario, un episodio de arrabal del enfrentamiento global entre los EE.UU. y sus aliados y la URSS y sus aliados, donde los dos grandes contrincantes no podían venirse a las manos directamente: era la mutua destrucción asegurada.

En Hispanoamérica, Iberoamérica, Latinoamérica, Indoamérica, América Románica o como prefiera el lector, el único santuario libre de enfrentamientos fue México: "en el único lugar donde no intentamos promover la revolución fue en México. En el resto, sin excepción, lo intentamos" (palabras del nonagenario y valetudinario de las velitas. del 5 de julio de 1998).

En 1966 se reúne en La Habana la "Primera Conferencia de Solidaridad con los Pueblos de Asia, África y América Latina", más conocida como la Tricontinental, para organizar la lucha armada en los escenarios secundarios. En 1967 el órgano específico para nuestra ecúmene, la OLAS (Organización Latinoamericana de Solidaridad), donde estuvimos representados por John William Cooke. Su declaración final se expresa por la "lucha armada", "la guerra de guerrillas como genuina expresión" de aquélla, en el marco de la "guerra revolucionaria" y culmina: "el proceso violento hacia el comunismo es inevitable y exige la existencia de un mando unificado político y militar como garantía de su éxito". El mando unificado al comandante; el mando a Fidel: "llegó el comandante mandó parar", como decía la rumba de época.

Era obvio que una operación de guerra revolucionaria de carácter continental vía Cuba iba a levantar una respuesta contrainsurgente también continental, vía la doctrina dela "seguridad hemisférica". En 1975, en Santiago, Argentina, Brasil; Bolivia, Chile, Paraguay y Uruguay cierran el "Plan Cóndor", con un diseño de "guerra de baja intensidad". Todos los jugadores están en la cancha: íncipit tragedia; mejor, la tragedia ya había comenzado diez años antes.

Lo patético es ver ahora al abuelito con las velitas, consumiendo obritas infantiles -lo patético de un líder, sobre todo cuando chorrea sangre, es no morirse a tiempo y sobrevivirse momificado. Muerte, sangre, destrucción, quedaron como saldo. No me refiero sólo a civiles inermes, a militares y policías, sino también a una generación de combatientes que, en algún momento, creyó que estaban cambiando el mundo, tomando "el cielo por asalto", según la frase que Marx desliza en su correspondencia a propósito de los comuneros de París (1). Vicente Massot ha escrito un texto muy esclarecedor al respecto.

En 1997, un grupo de historiadores presidido por Stéphane Courtois publicó "El Libro Negro del Comunismo", sobre el costo humano de su revolución: cien millones de muertos: "el mayor, el más sanguinario sistema criminal de la historia". El abuelito tuvo en él su contribución no pequeña. Pasará a la historia, por lo menos a la crónica actual, como una especie de Bolívar del siglo XX, admirado por el puer aeternus latinoamericano, inmune porque si mató fue con buenas intenciones -marxistas absolviendo las buenas intenciones es una inconsecuencia y una humorada- y solazándose, como un ogro domesticado y vegano, con el teatro infantil.-














(1) Marx la toma, a su vez, del romanticismo alemán y antes Hölderlin la usó para referirse a los titanes que asaltaban el Olimpo, y antes de ese antes Cervantes la puso en boca del Quijote (Segunda parte, cap. VIII) y antes aún puede relacionarse con Mateo 11,12: "el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan", que a su vez debe tener otras fuentes que se me escapan 

viernes, agosto 14, 2009



LA REVOLUCIÓN SERÁ CHIC O NO SERÁ




El artículo de Mauricio Crippa en Il Foglio, cuya versión les ofrezco más abajo, subraya una evidencia: para ser un buen revolucionario, uno que se destaque del pelotón, hay que resultar bastante snob. Atrás, en montón, cortejo anónimo, incauto y confianzudo, puede trotar la chusma nunca sagrada que habrá de ser ofrecida sin remordimiento en los altares de diosa Revolución. Pero adelante, que marche un tipo de mundo, mejor si linajudo, cachorro de bacán.


Ernesto Guevara de la Serna, como ha recordado muy bien y documentadamente Enrique Díaz Araujo[1], era de cepa aristocrática. Por los Guevara estaba emparentado con un virrey de México, don Pedro de Castro y Figueroa; por los Lynch con los Pueyrredón (y con José Hernández, por lo tanto) y por la rama materna, los de la Serna, con José de la Serna e Hinojosa, último virrey del Perú. Transcurrió el Che su infancia y adolescencia entre las copetudas familias de Alta Gracia y su círculo de visitantes. En los links del Hotel Sierras habrá aprendido a manejar los palos de golf, considerándose ya un chico mal de familia bien. Tendría ocasión de volverlos a tomar junto con el doctor Fidel Castro Ruz en 1961, época de las fotos que ilustran estas líneas, tomadas por otro no cualquiera, Alberto Korda (Alberto Díaz Gutiérrez), autor de la foto del Che como “Guerrillero Heroico” que hoy circula en todas las chucherías del mundo capitalista.


Desde luego que nuestros viejos revolucionarios sufren idéntica compulsión a considerarse y ser considerados entre los happy few. No basta, claro, con haber descubierto que los negocios son la continuación de la revolución por otros medios. Negocios por izquierda hace cualquier lumpenburgués. Por eso, en algunos casos se inventan abolengos y hasta un viejo “fusil de la Argentina” que hoy ya no ejerce de tal, olvidando su decoroso origen de clase media, romancea con antepasados terratenientes. Pero no alcanza. Tampoco es suficiente con ostentar lo comprado por “deme dos” en Rodeo Drive. D’Elia y Pérsico ni siquiera dan un perfil de sans culottes. Y encima viene el bolivariano con esa monserga del golf como deporte de burgueses y de flojos, y que el mejor campo con hoyos es el de maíz (con retenciones). Muchachos de los 60/70, a no aflojar: la revolución será chic o no será.

Luis María Bandieri





EL VIEJO HUGO COMBATE LOS GREEN Y LA SUBLIMACIÓN DEL VIAGRA

Maurizio Crippa-Il Foglio Cotidiano, 13 de agosto de 2009.-


Las revoluciones, aún las bolivarianas, resultan mercadería muy delicada como para que las manejen jornaleros de miras estrechas y limitada visión del mundo. Para quien lo haya olvidado, bastaría una mirada a aquellas fantásticas instantáneas en blanco y negro –el blanco y negro de Alberto Korda, no de un paparazzi cualquiera- del Che Guevara en uniforme de monte –lo sublime en punto a transgresión- en el lujurioso green de Villareal, en La Habana, mientras se arriesga en un encuentro con Fidel Castro, al que se le había metido en la cabeza, de puro fanfarrón que siempre ha sido, desafiar al enviado del gobierno norteamericano y quería ponerse en forma.

La revolución es materia para el comportamiento aristocrático, y es necesario saber desenvolverse a gusto tanto el club house como en la Sierra Maestra. Se puede abolir cualquier diferencia social, excepto aquella entre quien maneja los palos y el que tan sólo puede oficiar de caddie. El golf resulta esencial para la lucha de clases, como, y aún más que los misiles de Jruschov, como y aún más que el encendedor sin el cual el mejor Partagás resulta una inútil hoja muerta. Y puesto que la revolución, como la herrumbre, no para nunca, un par de años atrás el hermano Raúl, apenas recogida la llave del comando que se le resbalara de la mano al Líder Máximo, aterrizó sorpresivamente, en helicóptero, junto al Argentario Golf Resort de Puerto Hércules, con el tiempo justo para un cocktail cubano (pero preparado como Dios manda y los capitalistas saben hacerlo) e interesarse sobre cómo se organiza un paraíso de dieciocho hoyos para turistas de divisa fuerte.

Esta sí que es límpida conciencia de clase. En vez, sólo a un bolivariano ordinario como Hugo Chávez, uno que respecto a la visión revolucionaria es como un pucho de toscano frente a un Montecristo, le puede venir en mente la banalidad de que el golf es un “deporte burgués”.

Y ha impuesto por decreto, como con mala uva suelen hacer los dictadores, la clausura inmediata de dos campos de golf, los dos primeros de una larga lista de proscripciones de hoyos y pelotitas. “Para levantar viviendas populares”, justificó. Una simpleza a ras del piso de caudillo aldeano. “Sólo un pequeño burgués puede jugar al golf”, ha tronado el presidente de Venezuela, demostrando con ello su escasa capacidad de aplicación del materialismo histórico y provocando las fáciles ironías de los oficinistas que ganan sus pesitos en Foggy Bottom[2], a las espera del viernes para largarse a los green de Virginia. “Se pasó de rosca”, han comentado con sorna. Va sin decir que a un patán mas apto para el arado que para el club, un verdadero dandy de la cordillera como el doctor Guevara no lo habría usado ni siquiera como caddie. A cortar caña de por vida.


De todos modos, en su baja astucia bertoldesca, el viejo Hugo algún rasgo del espíritu del tiempo ha intuido. Quizás no está del todo equivocado en convertir al golf en el nuevo enemigo del proletariado. Pero no porque sea el símbolo de la riqueza exclusiva y excluyente, de los odiosos yanquis repletos de dólares y, por lo tanto, de un refinado placer para exhibir al pueblo apenas conquistado el poder. Tampoco resulta ya un símbolo de la vida bella y de la perdición en Palm Spring, el campo de juego apto para intrigas entre altos funcionarios y sotanas que tanto le gustaba a monseñor Marcinkus. El golf se ha convertido hoy en el mercado global de un nicho de consumo. Resulta el status symbol para la vejez de una clase social que, allá en su juventud, fue influyente. El deporte envidiado de jóvenes, para poderlo practicar finalmente ya viejos, por Marbella y sus contornos, al llegar a los ochenta. Si el sexo es la sublimación del tennis, el golf es, después de todo, la sublimación del viagra. Una gran aldea global de vacaciones, una vuelta al mundo de campos y hoyos de Tailandia a California. (Y si hay una cosa que le da vueltas en la cabeza al consumidor del nicho, es descubrir que poniendo plata en él, puede adjudicarse un lugar en un club global donde aspirar a satisfacer la misma pasión exclusiva de un corredor de seguros jubilado de Carolina del Sur). Véase esa costa desde Marbella a Gibraltar, llena de green hechos en serie, con comodidades en hoteles de cuatro estrellas hechos en serie. Y donde se puede comprar por una suma abordable una propiedad “sobre el hoyo 9” o el 14. Sale por la mañana y ya comienza a tirar pelotitas. En la práctica, va uno de allí sólo para ir al cardiólogo. En la nueva lucha de clases, el golf, es, en suma, el distintivo y el galardón de quien logró –cuando aún se podía- hacerse una buena asignación de retiro por capitalización. O que tiene las jubilaciones de los grandes ejecutivos, de los médicos, de los odontólogos. Guevara les habría escupido encima el resto de su Montecristo. Él sí era un verdadero revolucionario.-



[1] ) “Ernesto Guevara de la Serna, aristócrata, aventurero y comunista”, ed. del Verbo Encarnado, San Rafael Mendoza, 2008
[2] ) Antiguo barrio de Washington DC. Allí se encuentran la oficinas del Departamento de Estado y por eso la referencia del texto.

martes, febrero 19, 2008

FIDEL CASTRO II



Logró un prodigio jamás alcanzado por gobernante alguno en América Latina y del que pueden preciarse escasísimos gobernantes en la larga y tumultuosa historia de la humanidad: gobernar a plenitud, de la manera más omnímoda y despótica imaginable, sin graves contratiempos y ni una sombra de competencia o alternativa durante cuarenta y nueve años. Medio siglo. Usando el garrote y la palabra, la metralla y la fascinación de su exhuberante personalidad. Una proeza verdaderamente bíblica. Si viviéramos en tiempos remotos, se le hubiera podido parangonar con Matusalén. O Salomón, el sabio. O Atila, más cercano a nosotros.
Tomó el poder en plena guerra fría y a escasos kilómetros del corazón del último imperio más poderoso conocido por la humanidad. Y en un despliegue de talento, astucia, perseverancia y habilidad sin límites blindó la pequeña isla del Caribe que le sirviera de escenario a la napoleónica exhibición de su inescrupulosa ambición como para que le sirviera de fortaleza y campo de experimentación a sus delirios. Talvez sea esa su más profunda contradicción y la mayor frustración imaginable para una vida destinada a alcanzar las alturas de un reinado extenso y vasto como el de Alejandro: fue un monstruo cuaternario, perverso e inconmensurable condenado a desplegarse dentro de un caparazón minúsculo, estrecho y asfixiante.
Hizo cuanto estuvo a su alcance para trascender los estrechos límites de su Barataria. En una desmesura sin par pretendió exportar su revolución y apoderarse de todo un continente para, desde allí, intentar la conquista del universo. Para lo cual debió enfrentarse no sólo a los Estados Unidos sino a los otros dos grandes poderes imperiales del planeta: China y la Unión Soviética. Tuvo el carisma, la tenacidad y la osadía como para intentarlo. Empujando de paso a varias generaciones a la hoguera del sacrificio ritual en homenaje a su megalomanía. Tantas generaciones sacrificadas en vano no le sirvieron de nada. Fue el artífice de una hecatombe: medio siglo de esfuerzos perdidos para un continente hoy sediento de sensatez, de paz y sentido común.
Genio de la manipulación mediática y mago de la impostura, logró vender su proyecto revolucionario a la inefable progresía mundial gracias a delirantes cifras estadísticas que maquillan una realidad pavorosa: Cuba es superada en ruindad, pobreza y miseria sólo por Haití. Pero en el colmo del realismo mágico convirtió a su hacienda privada, Cuba socialista Inc. en la principal exportadora de médicos o paramédicos, alfabetizadores y preparadores deportivos del tercer mundo. Rizando el rizo del absurdo y gracias a la fascinación que ejerciera sobre el teniente coronel Hugo Chávez, ha elevado a su pobre isla a la categoría de nación exportadora de petróleo.
Ha renunciado al Poder. En otras palabras: Castro, el tirano, ha muerto. Nos deja en herencia el despojo de Fidel, el revolucionario, para ser incinerado en el altar de la inmortalidad. Ya era hora.
CASTRO HA MUERTOAntonio Sánchez García
FIDEL CASTRO

"Fidel lascia dopo un solo mandato" Giuliano Ferrara