Ya he señalado, en entradas anteriores, que a mi juicio la democracia en la versión canónica liberal se encuentra en crisis terminal, y sólo exuda reacciones populistas que, si bien muestran el alcance de aquella crisis, no alcanzan a superarla, siendo sólo las sombras chinescas de aquel fracaso, válidas en cuanto plantean las preguntas que en el callejón sin salida corresponden, y eluden responder las clases dirigentes, pero siendo incapaces de edificar una contestación superadora. De todos modos, en este berenjenal nuestro país descuella, ya que hemos inaugurado la novedad de las elecciones donde nada se elige, pero capaces de desencadenar un sunami político, entre un presidente virtual que no tiene titularidad institucional alguna y un presidente actual que no tiene credibilidad alguna desde su sillón institucional. Cuando el papa Pío VII, luego de firmar un concordato con Napoleón y ser testigo de su autocoronación, fue desalojado en 1808 de Roma, en sus calles se fijó una pasquinada que comparaba esta situación con la de su antecesor Pío VI, secuestrado y desalojado en 1799 por las tropas revolucionarias francesas: "Pío VI per conservar la fede, perde la sede/Pío VII per conservar la sede, perde la fede". Digamos que entre Albertito y Mauricio puede haber seguramente un cambio de personal en la sede, pero de fede, nada, en ninguno de los dos casos. Mauricio despotricó un día contra los resultados, afirmando que los electores no comprendieron: como los malos directores de cine echan la culpa de su fracaso a que el público no fue de su agrado. Y Albertito tampoco se siente arropado en la fe ciudadana, porque no es ella la que se ha expresado, sino el fastidio de tener que escoger entre dos impresentables. Siendo nuestras elecciones eternas opciones en las que votamos por quien nos gusta poco para que no gane el que nos gusta menos, era bastante esperable que muchos de los que en 2017 y 2017 optaron en un sentido, ahora hayan ahora escogido el otro. Por cierto, esto simplemente nos recuerda el fracaso monumental de la numerocracia de recuento instaurada en 1983 -sobre otras ruinas, claro- y de la clase política que se conformó en consecuencia. La democracia liberal es la aritmética del voto traicionada por la geometría variable de la representación, montada sobre la ilusión de la identidad de gobernantes y gobernados, o monarquía del pueblo. El genio nacional, como se ve, ha ido más lejos. Sin el consuelo momentáneo de una reacción populista que amague un pasajero "¡que se vayan todos!".
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sábado, agosto 17, 2019
DESPUÉS DEL RECUENTO
Ya he señalado, en entradas anteriores, que a mi juicio la democracia en la versión canónica liberal se encuentra en crisis terminal, y sólo exuda reacciones populistas que, si bien muestran el alcance de aquella crisis, no alcanzan a superarla, siendo sólo las sombras chinescas de aquel fracaso, válidas en cuanto plantean las preguntas que en el callejón sin salida corresponden, y eluden responder las clases dirigentes, pero siendo incapaces de edificar una contestación superadora. De todos modos, en este berenjenal nuestro país descuella, ya que hemos inaugurado la novedad de las elecciones donde nada se elige, pero capaces de desencadenar un sunami político, entre un presidente virtual que no tiene titularidad institucional alguna y un presidente actual que no tiene credibilidad alguna desde su sillón institucional. Cuando el papa Pío VII, luego de firmar un concordato con Napoleón y ser testigo de su autocoronación, fue desalojado en 1808 de Roma, en sus calles se fijó una pasquinada que comparaba esta situación con la de su antecesor Pío VI, secuestrado y desalojado en 1799 por las tropas revolucionarias francesas: "Pío VI per conservar la fede, perde la sede/Pío VII per conservar la sede, perde la fede". Digamos que entre Albertito y Mauricio puede haber seguramente un cambio de personal en la sede, pero de fede, nada, en ninguno de los dos casos. Mauricio despotricó un día contra los resultados, afirmando que los electores no comprendieron: como los malos directores de cine echan la culpa de su fracaso a que el público no fue de su agrado. Y Albertito tampoco se siente arropado en la fe ciudadana, porque no es ella la que se ha expresado, sino el fastidio de tener que escoger entre dos impresentables. Siendo nuestras elecciones eternas opciones en las que votamos por quien nos gusta poco para que no gane el que nos gusta menos, era bastante esperable que muchos de los que en 2017 y 2017 optaron en un sentido, ahora hayan ahora escogido el otro. Por cierto, esto simplemente nos recuerda el fracaso monumental de la numerocracia de recuento instaurada en 1983 -sobre otras ruinas, claro- y de la clase política que se conformó en consecuencia. La democracia liberal es la aritmética del voto traicionada por la geometría variable de la representación, montada sobre la ilusión de la identidad de gobernantes y gobernados, o monarquía del pueblo. El genio nacional, como se ve, ha ido más lejos. Sin el consuelo momentáneo de una reacción populista que amague un pasajero "¡que se vayan todos!".
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domingo, junio 09, 2019
VOTACIONES…. ¿PORQUÉ NO SORTEOS?
Aunque
todavía no se han abierto legalmente las gateras para soltar los pingos en la
campaña política, estamos realmente en carrera. Y es en “modo campaña” como el
costado oscuro de nuestro sistema político se muestra más claro. Nada de lo que
diremos a continuación es nuevo. Los maestros del realismo político lo vienen
afirmando desde largo. Su mensaje, sin embargo, ha ido quedando sepultado bajo
un alud declamatorio que en los intervalos de campaña, que son casi la estofa
ordinaria de nuestra vida pública, se intensifica hasta el aplastamiento bajo
el fastidio y la náusea. Vamos a la cartilla, pues, aunque se deba infligir al
lector una entrada algo extensa.
Buscando la forma de gobierno
Fue
tradición de la teoría política, en busca de la fórmula para la organización
ideal que diese lugar a la “vida buena”, discurrir sobre las formas de gobierno.
También tradicional fue su catalogación tripartita (el número tres ejerce un
atractivo irresistible para nuestro espíritu): monarquía, aristocracia, democracia
obediente a las leyes o república. Las formas degeneradas respectivas se
elencan también en tríptico: tiranía, oligarquía y democracia despectiva de las
leyes o demagogia. Surge luego, en la
consideración dinámica de aquellos tres formatos básicos, sucedidos en ciclo descendente
cuando las formas puras degeneran, la propuesta de combinar adecuadamente, en
un sistema mixto o moderado, los elementos básicos de aquellas tres
primordiales, esto es, el gobierno de uno, de los pocos y de los muchos, de
modo de conjurar las situaciones
críticas que acompañan la degradación de
la rectitud original. Para
completar estas nociones rudimentales, debemos tener en cuenta que este
discurrir sobre las “formas de gobierno” se dio originalmente en el marco una
“forma política”, la polis, la
ciudad. Las formas políticas son las figuras en que la materia permanente de lo político,
en que se expresa la politicidad humana, se ha ido volcando a lo largo de la
historia. En general se identifican tres
formas políticas tradicionales: la ciudad, el imperio, el reino y una cuarta
forma política, el Estado nación, producto de la racionalidad occidental, que
toma impulso a partir del siglo XVI. La globalización o mundialización, con su
implícito planteo de gobernanza planetaria,
podría considerarse la última forma política surgente. En nuestro tiempo, la discusión sobre las formas de gobierno
está clausurada, estableciéndose la democracia como única aceptable, dentro la
forma política estatal, teóricamente la única vigente.
La democracia no es solución sino
problema
La
democracia, como ya hemos anotado en otras entradas, presenta el problema de
que el gobierno por el pueblo se
ejerce sobre el mismo pueblo, que
resulta a la vez, idealmente, gobernante
y gobernado. La democracia directa sólo puede tener andamiento en comunidades
muy pequeñas (por eso que aquellos griegos que comenzaron a pensar sobre qué
hacían cuando hacían política se plantearon ante todo el problema del tamaño). La
representación política se adiciona entonces a la democracia, y desde el
momento en que el mandato imperativo a quien lleve la voz de un grupo
determinado se convierte en mandato representativo global, es decir, el representante lo es de
la totalidad de la nación y sujeto, en todo caso, a la disciplina partidaria,
la expresión “democracia representativa” se convierte en un oxímoron, ya que el
elemento representativo consiste en lo no democrático de la democracia. Más
tarde, ya en nuestros días, cuando cobra cuerpo la llamada “democracia
constitucional”, donde se continúa proclamando en las cartas magnas la “soberanía del
pueblo” como principio en cuyo nombre los representantes deciden, pero se
agrega otro cerrojo no democrático al anterior del sistema representativo. Tal
ocurre cuando se deja al criterio de tribunales supremos establecer sobre qué los
representantes pueden decidir y sobre qué no, con la facultad contramayoritaria
de apartar del ordenamiento normativo aquello en que los órganos electivos se
hayan expedido sobre materia establecida como indecidible por el órgano
judicial.
La
democracia, en su formulación teórica y en tanto única forma de gobierno
admisible, se opone a la autocracia en la vulgata constitucionalista. La
autocracia es el gobierno absoluto de uno solo cuya voluntad es ley
suprema. La evidencia empírica demuestra
que tanto la democracia concebida por la teoría, esto es, la monarquía del
pueblo, como la autocracia concebida por la teoría, esto es, el máximo de
absolutismo en un poder unipersonal, en la práctica jamás han existido. Existen
numerosas democracias en el mundo, y tanto los emperadores bizantinos como los
zares de Rusia llevaron el título de “autócratas”, pero en ningún caso la
realidad ha correspondido a la teoría. El poder, aún el más absoluto, tiende a alguna forma de difusión y es
compartido por algunos. La experiencia enseña que nunca mandan ni el uno ni los
muchos; siempre mandan unos pocos, una minoría más o menos jerarquizada. Es la
“ley de hierro de las oligarquías”, entendiendo aquí la expresión oligarquía
no en sentido peyorativo o relacionado
exclusivamente con el mando de los pudientes, sino en su acepción etimológica
de gobierno de los pocos. Tal es la ley férrea de la política y de cualquier
agrupamiento humano: “quien dice organización, dice oligarquía”. La enunció el
sociólogo alemán Robert Michels (1876-1936), pero reconoce sus antecedentes en
el también sociólogo ruso Moisés Ostrogorski (1854-1919), que describió la oligarquización de los partidos políticos
al despuntar el siglo XX, en el jurista y teórico político italiano Gaetano
Mosca (1858-1941), que acuñó el término “clase política”, y encontró en otro
italiano, economista y sociólogo, Vilfredo Pareto (1848-1923) la formulación de
la teoría de las élites y su circulación.
La ley de hierro de las oligarquías
En
síntesis, estos pensadores señeros del realismo nos dicen que en todas las
sociedades humanas aparece una minoría de los que gobiernan y de los que intentan llegar al gobierno en un próximo
turno, y mayorías que son gobernadas. La “clase política” o élite, tanto
gobernante como opositora, es la que triunfa en la lucha general por la notoriedad,
que en las sociedades humanas tiene un papel más importante que la lucha por la
vida. La masa de los hombres resulta persuadida, generalmente, por actitudes
primarias, no lógicas, que se presentan bajo la forma de discursos lógicos. Las
élites políticas no se cristalizan sino que circulan: la historia política es
un cementerio de élites. Las instituciones políticas tienden a ser más
duraderas donde este proceso de circulación es más abierto: la élite dominante
debe tratar de incorporar a las rivales o está destinada a perder el poder. En
cuanto a la mayoría de los hombres, desean ser dirigidos. Las élites políticas,
a través de sucesivas incorporaciones de sus grupos rivales, tienden a
perpetuarse oligárquicamente en el poder. Una vez llegados a éste, se produce
en los dirigentes que ayer fueron opositores una “metamorfosis psicológica” que asegura aquella perpetuación.
La
ley de hierro desenmascara las pretensiones de toda política que no se atenga a
la “verdad efectiva” de lo concreto factible y agible en un momento histórico
determinado. Lo bueno y lo posible son sinónimos en política. Lo imposible, sea
que resulte expuesto en el efímero eslogan del marketing electoral -“pobreza cero”- o se estructure en la
rigidez de un discurso ideológico
-“sociedad sin clases”-, como todo sueño de la razón, conduce al
desastre. “Exijamos lo imposible”, el lema de Marcuse que se le cuelga al Che,
tiene el paredón a la vuelta de la esquina. La ley de hierro tiene, por lo
tanto, un efecto saneador. Pulveriza las teorías universales, los “grandes relatos” ideológicos, la conversión
de los deseos en efectividades que reclamar como derechos y
fuerza a la prudencia política a adecuarse a la realidad monda y lironda. Si la
única verdad es la realidad de las cosas, como enseñó San Agustín a Jaime
Balmes y este último a Perón, no transige con las ensoñaciones. Hallar la
verdad de la materia política puede ser duro, lo que no significa que sea
negativo. El inconveniente, señala Dalmacio Negro, es que, si se lleva hasta
sus últimas consecuencias, puede
conducir a la conclusión ácrata de que el poder es malo -sobre todo el poder de
los que no nos gustan, como ocurre con las conclusiones de Michel Foucault.
Esto es peligroso, agrega Negro Pavón, y está en la base de la mayoría de los
sistemas liberales que nacieron en el siglo XIX. Supone que, en definitiva, la libertad
del hombre es riesgosa porque su poder es malo y porque la razón del hombre es
incapaz de conocer el bien y la verdad. Pero la ley de hierro de las
oligarquías resulta escéptica sólo en el sentido etimológico del término –“el
que mira alrededor”- y se concentra en despabilar la naturaleza de las cosas
políticas, única manera válida de actuar en ellas de modo conducente a la
finalidad de la vida buena.
Sobre partidos, partidocracia y teatrocracia
Los
partidos políticos están sometidos a la ley de oligarquización. La clase
política, que surge de la dirigencia de estos partidos, mantiene, por debajo de
las rencillas del espectáculo, una
solidaridad en resguardar y perpetuar su
situación oligárquica, que he denominado en otras ocasiones “partido único de
los políticos”, para el caso argentino con su acrónimo: PUPA.
Nuestra constitución, a partir de
1994, proclama en su artículo 38: “los partidos políticos son instituciones
fundamentales del sistema democrático”. La enfática declaración ya era rancia cuando se sancionó, más que muchos artículos originarios de 1853. Porque en el mundo, los partidos políticos se
mostraban ya como formatos de organización que no se correspondían con las
exigencias del tiempo. El tipo de organización partidaria o, lo que es lo
mismo, la oligarquización que ella produjo,
estaba ligada a la fábrica con cadena de montaje y a una burocracia
estatal con roles y funciones también estandarizados. El partido de masas con
impostación ideológica, que había tomado el lugar del partido parlamentario de
notables, encontraba allí su lugar, que
en su lado oscuro lo mostraba como máquina para adquirir y gestionar la renta
política, esto es, el botín de cargos y despojos; el reparto de beneficios,
prebendas y sinecuras entre la
clientela; el cobro de un “peaje” por el dictado de las normas orientadas al
incremento de la renta económico-financiera, etc. La deslocalización
industrial, la revolución digital, el individualismo narcisista, el crepúsculo
de las ideologías rampantes y su sustitución por una ideología light donde el turbocapitalismo
planetario se disimula al presentarse junto a la “revolución de los deseos” de
la izquierda caviar –los deseos individuales surgidos de tu proyecto biográfico
son realidad y tienes derecho a exigir su concreción a como dé lugar-, subordinan
la político al espectáculo de entretenimiento (entre-tener: tener en
suspenso entre dos intervalos, impidiendo toda concentración), de puro
esparcimiento (esparcir: derrame constante de minucias). De modo constante, la
materia de lo común, el espacio ciudadano, se reduce a la anécdota
(¿corresponde a un precandidato presentarse a las fotos vistiendo zoquetes con
chancletas? –comidilla de varios días para todas la formas de prensa y redes
sociales). El público –la “gente”- no sólo absorbe sino también
“participa”, a su modo (Byung-Chil-Han dice que el sujeto actual no actúa: sólo
teclea y se hace la ilusión de participar), dentro del ruido insoportable de
las redes sociales. El mismo autor
afirma que el ejercicio despótico del poder no resulta hoy necesario: el hombre
de las redes se explota a sí mismo mientras cree “realizarse”. Es –dice- su
propio Big Brother. Y agrega que a estos males se une el de la “transparencia”:
bajo el shock de presente, la estrategia política, que requiere tiempo y
secreto (los arcana imperii) desaparece, y los políticos, partiquinos
del espectáculo, actores antes que autores, se convierten en deficientes
administradores del desencanto. Los partidos, ya de antes convertidos en
empresas de maximización del voto del sufragante consumidor hacia la oferta de
candidatos producto del marketing, cuyo principal insumo eran las encuestas y
su finalidad maximizar beneficios por la
obtención de mecanismos de poder y el manejo de la caja de dineros públicos, se
transforman en agrupaciones biodegradables. La masa a que apuntaban es hoy un ”enjambre digital
de individuos aislados” y los “representantes” no se asumen ya como peones del
sistema –como era su apariencia anterior- sino directamente como elementos
autorreferenciales que se representan a sí mismos en el gran espectáculo de la
política, sin sujetarse a ninguna lealtad sino apenas a guiones momentáneos
dictados por el marketing de circunstancias. La democracia de partidos, la
partidocracia, es hoy la teatrocracia que entrevió Platón hace mucho: una
democracia de espectáculo, de público virtual e imágenes de candidatos, de “espacios”
cambiantes donde los elencos de personajes se intercambian constantemente sin
sonrojarse -¿adónde va Victoria Donda? ¿de dónde viene Sergio Massa? ¿encaja en
algún lado Roberto Lavagna?-. Lo mismo ocurre con las dirigencias oligárquicas
sindicales, lobbies empresariales o mandarinatos culturales progresaurios. Lo
único que permanece en este espectáculo cambiante es, entre nosotros, un tercio
de la población reducida a miseria sin
retorno –la movilidad social de veinte años atrás hoy es impensable para ese
sector reducido a servidumbre- encuadrada en “organizaciones sociales” por
punteros de barrio, piqueteros pontificios, clasistas vociferantes cuando han
desaparecido las clases, y demás parásitos que administran los masivos
subsidios que el Estado (el Estado “ellos”, esto es, la oligarquía
política que usufructúa su turno) otorga (extrayéndolo del Estado “nosotros”).
Como estos grupos fueron asumiendo su propia personalidad presentándose como
partidarios de la revolución, según resulta de sus cánticos y banderas, se
asiste a un nuevo invento aborigen, parangonable al del dulce de leche y del
colectivo: el del revolucionario subsidiado con dineros públicos. En puridad,
resultan la masa servil, excluida de la ciudadanía, que se arrastra a votar en los turnos
electorales, para decidir los resultados en los grandes centros urbanos. Cuando
se intercambian denuncias sobre ejercicio de “populismo económico”
distributista, tanto los críticos como los criticados reiteran sin cesar,
cuando el turno les toca, el mismo mecanismo objeto de sus denuestos, como
puede ver cualquiera que examine la composición del gasto público de turno a
turno. La crisis de la representación ha dejado de ser visible porque los
representantes autorreferenciales viven en otro mundo incomunicable con el de sus
aparentes representados. La
clase política reside en y perora sobre la cosa pública desde otra dimensión,
como los dioses de Epicuro, que moraban en los intermundia más allá de nuestro cosmos, sin preocuparse de nuestro
mundo y de sus habitantes. La única
representación más o menos eficaz en nuestra política está en las "organizaciones sociales", correas
de transmisión de las demandas del pobrerío marginal reducido a
servidumbre clientelar. Los happy few de la clase globalizada no
necesitan representantes, o los influyen por los lobbies correspondientes,
llegado el caso. La clase media, identificada con la marka del CUIT o CUIL,
residuo del arraigo, es la verdadera gleba de la globalización, a la que
se mantiene entretenida con los sex toys
de la revolución cultural, mientras se la confina en la absoluta carencia de
representación y participación política.
Continuidad de las oligarquía, pero fin del partido
político como “institución fundamental”, etc. Final de un juego, en puridad. Habrá que pensar en qué
campo y con qué jugadores se reanudará el eterno espectáculo de la política. Contribuyo
con una propuesta.
Elección,
subasta, sorteos
Como hemos visto, bajo una ley
inexorable, todas las estructuras políticas existentes (partidos, sindicatos,
el Estado) se manejan por oligarquías. La real forma de gobierno, y la forma
política real, se manifiestan en el mando de unos pocos. La oligarquía, afirmó
Gonzalo Fernández de la Mora, “es la forma trascendental de gobierno”. No se
pueden eliminar tales oligarquías; a lo sumo, procurar que no sean siempre las
mismas. Las utopías se han estrellado en
vano contra este duro macizo de realidad, y cuando han intentado sortearlo, el
precio se ha pagado con sacrificios en los altares del miedo. La democracia
representativa permite a las oligarquías operar a voluntad y vampirizar a la
sociedad hasta agotarla. La reacción populista (me refiero al populismo
político; sobre la fantasía de eliminar el populismo económico ya nos hemos
referido más arriba), justificado en su inicio, termina generando nuevas oligarquías.
Entonces, si las oligarquías no pueden eliminarse, hay que encontrar regímenes
políticos que permitan atemperarlas y controlarlas mejor que los hasta ahora
ensayados.
Nuestras oligarquías se han vuelto autorreferenciales, separadas
de la ciudadanía, del pueblo, entendido como quienes no gobiernan ni ejercen
funciones orgánicas de autoridad. Una ideología básica y cerrada une al “partido único de los políticos”, más
allá de la dicotomía de antigualla entre izquierda y derecha, y consiste en asegurar su reproducción y supervivencia. La instancia electoral, donde normalmente se
debe optar entre la oferta monopolizada por cambiantes “espacios” con caducos
rótulos partidarios, pocas veces deja lugar a la función que Ostrogorski
asignaba al voto, esto es, que sirviera de instrumento del ciudadano para
intimidar a la clase política. El sistema político arranca a los ciudadanos el
poder de intimidación social y lo vuelve contra ellos: los intimidados son
ahora los propios ciudadanos, en nombre de la continuidad del sistema. A veces,
esta función intimidatoria se manifiesta y su mensaje no es recogido por sus
destinatarios. El 14 de octubre del 2001, en las elecciones de renovación legislativa durante
el gobierno de Fernando de La Rúa, se produjo lo que entonces llamé una “huelga
electoral”: votó el 50% del padrón nacional y el otro 50% se abstuvo, votó en
blanco o anuló a sabiendas su voto. Fue un primer registro de la aguja del
sismógrafo, que las voces oficiosas insistieron en minimizar. En diciembre de 2001 estalló el grito: “¡que
se vayan todos!”. Un grito ingenuo, si se quiere, ya que –y sobre todo en
política- nadie se va sin que lo echen. Esta vez, sin embargo, el sismo fue
perceptible y se conmovieron las estanterías de la clase política, que hasta
ensayó gestos de reforma (pero se sabe, como enseña el refrán, que el que a sí mismo se capa, buen par de
compañones se deja). Los partidos políticos, en su versión habitual, como
vimos, quedaron pulverizados. Podemos extraer de allí una consecuencia importante:
el sistema electoral, cualquiera sea modalidad, tiende a impedir que el
ciudadano ejerza su único poder, esto es, intimidación social sobre las
oligarquías en riña que conforman la clase política. ¿Hay otra manera de
escoger candidatos que dé al ciudadano algo más que optar por el menos malo por
temor al triunfo de alguien peor?
Podemos encontrar un antecedente
orientador en una vieja institución americana: el cabildo indiano. Los cargos
capitulares se escogían por elección, por tirar a suertes –a veces combinando
ambas formas y, luego por venta en pública subasta de las funciones concejiles,
adjudicadas al mejor postor. Esta última forma, que procuraba ingresos al
erario público, concentró más la oligarquización consecuente, ya que los
privilegiados adquirentes solían desvincularse absolutamente de los intereses
públicos. De modo clandestino, bajo forma de licitación de candidaturas,
también se dio entre nosotros en nuestro tiempo –así se supone que Néstor
Kirchner consiguió el favor de Eduardo Duhalde para la carrera presidencial,
empinándose sobre otros candidatos más notorios. Dejando de lado esta modalidad
más bien espuria de acceder a magistraturas públicas, nos quedan las otras dos:
elección y tirar a suertes. Sobre la
elección ya vimos que el sistema de monopolización de la oferta por rótulos
partidarios biodegradables la reduce a una opción entre lo malo y lo peor,
quitándole al voto la posibilidad de intimidación social sobre la clase política,
única herramienta capaz de otorgar un asomo de poder al votante. La teoría representativa dice que yo,
ciudadano elector, decido sobre quién decidirá por mí. La “verdad efectiva” de
la representación es que se nos da una opción entre males, para establecer
quiénes, dentro del partido único de los políticos, decidirán por sí y ante sí supuestamente en mi nombre. Queda el tirar a
suertes. Así se elegían las
magistraturas ordinarias en la antigua Atenas, poniendo, según Platón, “la
elección en manos del divino azar”. Se extraía de una urna la tablilla con el
nombre del candidato y de otra un haba; si ésta era blanca, quedaba elegido el
individuo cuyo nombre se hubiera sacado al mismo tiempo. En la Florencia de los
siglos XIV y XV también se utilizó: los nombres de los candidatos se
insaculaban, esto es, se colocaban en una bolsa, de donde se extraían –desinsaculaban,
expresión que se utiliza aún hoy en el lenguaje forense- los electos. Los cargos municipales en la
corona de Aragón se elegían por el mismo método, y éste fue trasladado,
combinándose con el voto, como hemos visto, a los cabildos de las fundaciones
hispánicas en nuestra ecúmene. La
cuestión de la elección por sorteo, una corrección democrática de nuestros usos
electorales actuales, vuelve a plantearse hoy y podrá ser objeto de alguna futura
entrada. Combinada con los mandatos imperativos, la posibilidad de revocabilidad
permanente y discrecional de los mandatos, los referendos de iniciativa
ciudadana y los controles tanto previos como pendiente el mandato y cumplido
éste, son posibles instrumentos de mitigación y más eficaz control de los efectos de la ley
de hierro de las oligarquías que los mandatos representativos hoy en crisis.
El espectáculo de desprecio, pitorreo
y tomadura de pelo que los cínicos integrantes de nuestra clase política, sin
acepción de corrientes o rótulo
partidario vencido presentan hoy ante
nuestra pánfila mirada ciudadana -¡y aún la campaña no se largó!- es de tal vileza que sólo lo emparejan
aquellos recuerdos del 2001 y 2002, cuando surgió lo de “que se vayan todos”.
He perdido el rastro de quien, ante este desfile de imposturas, dijo que las
ratas habían dejado sus cuevas y se habían puesto a buscar comida campando en
las vidrieras. Ratas de la clase política; comida que es nuestro voto. Sin fe y
sin respeto, como dijo alguna vez José Antonio, este viejo profesor recordó
ciertas cosas que alguna vez enseñara y que, quizás, puedan ser de alguna
utilidad para sus compatriotas de a pie, tan chacoteados por la runfla de
siempre como él.-
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martes, mayo 21, 2019
UNA CANDIDATURA MORGANÁTICA O “¡ES LA DEMOCRACIA, ESTÚPIDO!”
Morganático: dícese
del matrimonio contraído entre un soberano o príncipe y una mujer de linaje
inferior, o viceversa, en el cual la persona de condición inferior no adquiere
la categoría de soberano o príncipe. Suele llamarse también “matrimonio de la
mano izquierda”
Se
produjo un matrimonio político de apuro y resultó un candidato morganático:
Alberto Fernández. El elegido protesta independencia: “no soy Cámpora”, les
dice a los de la Cámpora y agrega que “Cristina no es Perón”, lo que podría
interpretarse in malam partem, como que
no puede conducir sola, pero también in
bonam partem, esto es, como que goza de buena salud y le aguarda largo
trecho hasta el retiro. Pero, en realidad, Alberto es una versión posmoderna y
electoral del varón domado, aquella extraordinaria profecía que pronunció
Esther Vilar hace casi cincuenta años.
Alberto
Fernández, el morganático Albertone, es un swinger
–dicho sea en el mejor de los sentidos- que ha oscilado, vacilado y
traqueteado desde su militancia como jefe de la juventud del Partido
Nacionalista Constitucional de otro Alberto, Assef en este caso (dato que su CV
en Wikipedia ya no registra), pasando por Menem, Duhalde y Cavallo, hasta
anclar provisoriamente en el grupo Calafate (los
trepadores suelen tener estas iluminaciones de futuro). Desde allí se proyectó hasta la
jefatura de gabinete en el primer reinado de lady Cri Cri, entonces aún
orientada por el Néstor, que comandaba el país desde su reducto en Puerto
Madero. En ese momento utilizó sus artes que hoy llaman de “moderación” para
tratar de disolver el frente ruralista, metiendo púa en la Mesa de Enlace. Pero
no le salió la jugada, sucediéndolo otro artista de la garrocha, Sergio Massa,
que venía de la ANSeS. Uno de los servicios que prestó Albertone a la corte K
fue la de sus vínculos con la prensa, que siempre supo aceitar convenientemente.
Eran los tiempos en que el execrable monopolio Clarín hacía buenas migas con el
Eternéstor. Van der Koy tenía las novedades de la boca del caballo, por así
decirlo, y Morales Solá no le iba en zaga. Ninguno de los dos sufría entonces
de ningún sarpullido republicano. Después, algo oscuro pasó entre Magnetto y el
Eternéstor, y los chantres de la prensa venerable se ensabanaron con las togas
de Catón.
Pero
volvamos al Albertone. Cuando la estrella de Cristina pareció apagarse, desfiló
por los medios mostrándose crítico. Su modo de diferenciarse consistía en
señalar que Néstor fue la razón y Cristina una emoción mal orientada. Los
repúblicos del periodismo tomaron en parte esta idea del Eternéstor estadista,
hasta que emergió el verdadero rostro del nefasto santacruceño.
El
Albertone siempre ha sido un intermediario. Exitoso, por cierto. Abrepuertas en
los tribunales, donde comenzara como pinche en una fiscalía del crimen.
Funcionario en diversos gobiernos –Superintendencia de Seguros, vicepresidencia del
BAPRO- viviendo en toda ocasión del
sueldo del enchufe en el Estado. Será por eso que ahora los analistas se
preguntan cómo reaccionarán “los mercados” ante su morganática postulación. “Los
mercados”, como ya vimos en este blog citando a Guillermo Calvo, que algo sabe
de estas cosas, son unos muchachos esnifados delante de sus pantallas en J.P.
Morgan o similares, o recolectores de dudosos chismes para Bloomberg, que son capaces, de un dedazo, de
cambiar nuestro incierto destino colectivo. Estamos entre las decisiones
digitales de la reina, por un lado, y las de los fumados que quieren hacer
carrera en las finanzas, por otro. Entre ambos extremos del dedo, el moderato cantabile del Albertone. Enfrente,
Mauricio bajo conducción de Marquitos Peña y consejo sabio de Durán Barba. La
Argentina, a veces, parece sufrir un
ansia de disolución, una cupio dissolvi,
aunque a último momento una fuerza interior que no proviene de la dirigencia,
sino de los estratos medios donde se asienta lo local, lo propio, el arraigo,
verdadera sustancia del populus, se
moviliza y aleja el peligro, como ocurrió en 2001/2, aunque haya dirigentes que
dragonean aún hoy de haber sido pilotos de tormenta.
En
fin, la reina decidió matrimoniarse morganáticamente con un varón sin aparato,
sin votos ni territorio. Cristina había sufrido con Cobos –el vicepresidente es
un traidor en potencia- y ahora inventa una vicesoberanía absoluta, designando
el candidato a la presidencia. Me estaba preguntando de dónde podía surgir este
esperpento, cuando una voz me gritó ”¡es
la democracia, estúpido!”. Gracias, no me había dado cuenta.-
lunes, abril 29, 2019
¡JODEROS, NOSOTROS TAMBIÉN SOMOS EL CAOS!
En una portada de "Hermano
Lobo", una revista satírica española que apareció entre 1972 y 1976,
tomando el lugar legendario de "La Codorniz", una caricatura, creo
que debida a Chumy Chúmez, mostraba a un político que se dirigía a su audiencia
planteándole el dilema: "¡O nosotros o el caos!". La gente reunida,
fuenteovejunamente respondía: "¡el caos, el caos!". A lo que el
orador retrucaba -y hago más realistas sus términos: "Joderos, porque
nosotros somos también el caos". Es lo malo de plantear
en política estos dilemas, cuando en el fondo se intuye que ambos cuernos del
mismo son idénticos. Más criollamente: anuncia cada postulante que va a
salir suerte, pero la taba está cargando culo por ambos extremos. La Argentina
electoral de este 2019 se parece a la sarcástica portada peninsular de casi
medio siglo atrás. Estamos atascados en la alternativa del 2015, esto
es,"o Macri o Cristina", pero frente a una caja de Pandora donde la
esperanza que quedaba en el fondo se ha tomado el olivo. Modesta alternativa: o
Venezuela por autopista o Venezuela por colectora.
Podríamos extendernos en anécdotas y
pronósticos sobre qué ocurrirá cuando se vote, cuánto influirá la cotización
del dólar o la inflación venideras en los resultados, o cómo se compondrán en
definitiva las fórmulas en competencia. Pero para ese menester hay mucho
personal idóneo en reseñar trascendidos, en revelar o participar en
"operaciones" cruzadas donde cobran notoriedad embaucadores
vinculados al bajo fondo de los "servicios", y denuncias mutuas
que se dirimen en un también bajo fondo tribunalicio. Tomando distancia y
relativa altura, lo que aparece manifiesto es el descalabro terminal del sistema
político inaugurado el 10 de diciembre de 1983; esto es, del régimen
democrático liberal que emitió en aquella fecha su primer vagido, en medio de
la expectativa general. La esperanza, era lo que quedó, entonces, en el fondo
de las urnas, una vez vaciadas de las papeletas electorales. Reinó lo que pudo,
con algunos episodios de estirón y etapas prolongadas de desaliento, hasta que hoy se
yergue más bien su contracara, un conjunto de de expectativas negativas acerca
del futuro, de anticipaciones tendientes a un "sálvese quien
pueda" individualista generalizado, con su cortejo de melancolía,
depresión y angustia que puede derivar en pánico -comenzando, obviamente, por
los "mercados". Magro consuelo: no nos pasa sólo a
nosotros, los que habitamos en esta cauda draconis austral. En
buena parte del planeta, la democracia se está convirtiendo en material
biodegradable. Escrutemos serenamente por qué.
¿Cuántas democracias caben dentro de la
democracia? Tal la primera pregunta que debemos
formularnos para ensayar una respuesta adecuada a aquel porqué .
Enumeremos al barrer y sin pretensión de agotar el elenco: democracia directa,
democracia representativa, democracia republicana, democracia
plebiscitaria, democracia popular, democracia liberal, democracia
orgánica, democracia formal, democracia delegativa, democracia deliberativa,
democracia participativa, democracia de consenso, democracia líquida,
democracia digital, incluso democracia totalitaria, como se titulaba
un notable ensayo de J.L.Talmon[1].
Y podríamos seguir adjetivando porque, para reconocerla, a la democracia hay
que calificarla siempre, o casi siempre: a cara limpia, sin el maquillaje de
los adjetivos, aparece borrosa, desenfocada. Además, cada una de
estas democracias, como cuadra a un concepto político, resulta un vocablo
polémico y bipolar, siempre enfrentado a su opuesto: democracia
directa/democracia representativa; democracia liberal/democracia
popular; democracia participativa/democracia delegativa, democracia republicana/democracia
plebiscitaria, etc. Cuando se afirma un tipo de democracia, simultáneamente se
está descalificando a su par contrario como “no democrático” y hasta
“antidemocrático”. La convicción del demócrata de estricta observancia es que quien no piensa como él es antidemocrático. Y hasta aquí estamos refiriéndonos a la
democracia principalmente como forma de gobierno, esto es, como concepto
jurídico-político. El problema se agrava cuando, como suele ocurrir,
se plantea la democracia como “forma de vida”, como manera de concebir la
existencia, de modo que impregne todo el quehacer individual y social. Cuando
al vocablo se le otorga ese alcance sin confines, se convierte en un totum
revolutum donde desaparecen los significados. Y se habla de democracia todo el día. Esa palabra fetiche no se cae de la
boca de ningún personaje que asome a la pantalla mediática. “Democracia”
resulta de este modo un término equívoco, en cuanto puede aplicarse a
significados no ya simplemente diferentes sino sin conexión alguna entre sí. La
extrapolación del término “democracia” fuera del ámbito jurídico y político que
como forma de gobierno le corresponde lo ha transfigurado
en una afirmación ideal de amplísimo espectro, que abarca desde las
relaciones personales hasta la esfera mundial, provista además de contenidos
morales y hasta cuasi religiosos. Así, por ejemplo, junto a la mención a una
convocatoria a “elecciones democráticas” en algún país, se habla de “llevar la
democracia” al seno del matrimonio, refiriéndose a la unión de personas del
mismo sexo. O, cuando en la Argentina se procedió a establecer el monopolio
oficial en la transmisión de los partidos del fútbol profesional, se lo
presentó como “un paso grande en la democratización de la sociedad argentina”.
Sobre términos equívocos, unidos por el sonido antes que por el sentido,
resulta imposible edificar un concepto. Respecto de esta dificultad, recuerdo
dos valiosas opiniones. La primera, de Bertrand de Jouvenel: “las discusiones
sobre la democracia, los argumentos a favor o en contra carecen de valor
intelectual desde que no se sabe de qué se está hablando”[2].
La segunda, de Giovanni Sartori: “con alguna inclinación a la paradoja, se
podría definir a la democracia como el nombre pomposo de algo que no existe”[3].
Si hay una definición de la democracia que podemos considerar de general aceptación, es la de gobierno del pueblo por el pueblo. Esto es, la identidad entre gobernantes y gobernados: una monarquía del pueblo donde el pueblo es, simultáneamente, monarca y súbdito. ¿Una ilusión? Desde luego: una ilusión que vive de una paradoja: "el más poderoso argumento a favor de la democracia es el fracaso de sus adversarios en hallar un sistema que la reemplace, a pesar de la impotencia de sus partidarios en descubrir razones válidas que la justifiquen". Paradoja puesta a luz por "don Colacho", "San Nicolás de Bogotá", en el mundo, Nicolás Gómez Dávila. Ahora bien, de todas las democracias que caben dentro del vistoso envase "Democracia", la que recibe más atención es la "democracia liberal". A ella, sobre todo, es a la que se le ha perdido el pueblo (el pueblo, el demos, que está en la raíz misma del término democracia) y no sabe dónde está. El demoliberalismo aparece acosado en todos lados por unos bárbaros vociferantes, los "populistas", que dicen saber dónde está el pueblo que se le perdió de vista a la vieja señora. Muchos críticos de la crítica situación actual apuntan hoy sus cañones sobre el demos. Yo prefiero apuntarlos sobre el adjetivo que califica al ejercicio de la supuesta soberanía del demos: "liberal". El elemento "liberal" es como enseñaba Carl Schmitt, lo no democrático de la democracia. La manera de corregir la aritmética del voto por la geometría variable de la representación o por las sentencia oraculares de los tribunales constitucionales. El pueblo, el populus al que los romanos atribuían maiestas, puede ser objeto de finos análisis, pero resulta, en definitiva, una "presencia real" insoslayable en cualquier régimen político. El elemento liberal, en cambio, resulta ser la pieza enferma en todo sistema político que la contenga, porque el liberalismo, en sus facetas económica, social y política es el que está en crisis. Su crisis es aún más profunda: es una crisis antropológica. El liberalismo actual no resulta tanto atacado desde afuera sino por factores endógenos que van más allá de los aspectos del "neoliberalismo" económico. Más que amenazada por la invasión "populista" (meramente reactiva y expresión de un síntoma de la crisis propia) la ciudadela liberal observa el resquebrajamiento de sus murallas y del solar donde se asienta. La antropología liberal, fundada sobre un individuo autorreferencial, al que se le generan indefinidamente deseos y expectativas siempre crecientes, hasta transformarlo en un huérfano sin ombligo, narciso patológico volcado hacia afuera y, por otro lado, una criatura centrípeta, completamente absorbida en los límites de sí mismo, en su autoafirmación, resulta sometido a una presión sistémica siempre más exigente, cuyo único fugaz alivio se halla en la farmacología antidepresiva, que deja como resaca el desencanto. El precio a pagar por la supuesta autorrealización que no conoce, una vez desterrada la idea misma de naturaleza humana, ninguna forma de límite, es la gran desilusión y el vómito del resentimiento.
En las votaciones por venir cada uno, escondiéndose un ratito, pondrá en un sobre aquella papeleta que le parezca que ha de conducir a algo menos malo que aquello peor que podría venir. Será una anécdota que no habrá de afectar la crisis categorial que venimos de apuntar brevemente.-
En las votaciones por venir cada uno, escondiéndose un ratito, pondrá en un sobre aquella papeleta que le parezca que ha de conducir a algo menos malo que aquello peor que podría venir. Será una anécdota que no habrá de afectar la crisis categorial que venimos de apuntar brevemente.-
[2] )
Bertrand de JOUVENEL, “Sobre el Poder”, trad. de Juan Marcos de la
Fuente, Unión Editorial ; Madrid, 1998, p. 366
miércoles, noviembre 16, 2016
ABOUT TRUMP? SAY NO MORE, FAM
Marine Le Pen pidió "ne pas racialiser" la elección de Trump. Tiene razón, ante todo pensando en Francia, donde el vocablo tiene su dimensión particular. Pero la "racialización" está en el orden del día del periodismo vernáculo, cuando cesan las meditaciones profundas sobre el seleccionado. Con este post cierro mis notas sobre Trump y el trumpismo porque entre comentaristas y politólogos, ambas layas con apenas dos o tres rudimentales consignas repicándoles constantemente en la calota craneana, he alcanzado un cierto nivel de tedio. Cualquiera se da cuenta que no es principalmente racial sino ante todo social la línea de corte del conflicto, pero ocurre en una sociedad donde, bajo el vínculo unitivo de la constitución, cada grupo étnico tiende al cocoon, a encerrase en su propia cápsula, con un tacto de codos muy limitado con los integrantes de otros grupos, mantenido bajo el lenguaje políticamente correcto. No el melting pot, reflejado en aquella vieja película "¿Sabes quién viene a cenar?", con Spencer Tracy -que moriría dos semanas después del rodaje- y Sidney Poitier. La discriminación positiva, la reivindicación permanente y expansiva de derechos de las minorías, a través de un proceso de mayor intervencionismos del gobierno central y de un proceso interpretativo judicial de la constitución -de allí la reacción "originalista" -desequilibró aquel tinglado de una democracia diferencialista de comunidades de base predominantemente étnica. Especialmente, cuando la minoría más desprotegida es una que no cuenta como tal: la del blanco, gordo (excluido Michael Moore), heterosexual, patriota tomada a la chacota, condenada al silencio porque si habla rompe los tabúes de lo correcto, traicionada por la dirigencia política, en especial la republicana y empobrecida en un deslizamiento que no revierte para ella. Pero no toda la white trash ha votado a Donald, aunque buena parte, ni todo el black people a Hillary, aunque el grueso, ni todo el latin people -cubanos por ejemplo- a la fórmula demócrata. La constitución norteamericana, en la mente de Hamilton, nace con tres cerrojos al gobierno popular -el peligro electoral de los granjeros empobrecidos que querían condonación hipotecaria y seguir con la inflación de los continentals- que son la presidencia, el Senado y la revisión judicial de las leyes que más tarde Marshall pone a punto. A partir de allí se maneja la metáfora mecánica de los checks and balances, fórmula inexportable y de geometría variable. Woodrow Wilson, que fue profesor de derecho constitucional, siendo representante, sostuvo que el núcleo del gobierno norteamericano era "congresional", esto es, residía en el Capitolio. Cambió de idea cuando fue presidente y se quejó amargamente de que la Corte Suprema funcionara como una "convención constituyente en sesión permanente". Los checks and balances están ahí y tomarán su particular impostación durante el gobierno de Trump. Cuando Obama creía que no iba a pasar el filtro de la Corte su Obamacare, desde México se mandó un discurso tomado de la escuela crítica -la del profesor Mark Tushnet, con quien recuerdo haber tomado unas buenas copas en un congreso en Natal, divagando sobre el tema- donde abominó de la facultad de la revisión judicial, juicio que cambió al elogio opuesto cuando triunfó con el voto ondulante del presidente conservador del alto tribunal. Hay quien grita que Trump no podrá cumplir sus promesas (Obama no pudo cerrar Guantánamo, me parece), pero la cuestión no está ahí. Trump le ganó a lo que la prensa y la mostacilla intelectual dice que hay que pensar -y votar-; ahí está su revolución o como quiera el lector llamarla, cualquiera sea su suerte política. Mientras tanto, ha surgido un antitrumpismo periodístico y de un bajo clero académico que, bajo la bandera del antipopulismo, manifiesta un rechazo esnob, si no guarango, por el sufragio universal. Para criticar el sufragio universal, muchachos, tienen que tener la estatura de un Charles Maurras. Si no, mejor se callan.
Marine Le Pen pidió "ne pas racialiser" la elección de Trump. Tiene razón, ante todo pensando en Francia, donde el vocablo tiene su dimensión particular. Pero la "racialización" está en el orden del día del periodismo vernáculo, cuando cesan las meditaciones profundas sobre el seleccionado. Con este post cierro mis notas sobre Trump y el trumpismo porque entre comentaristas y politólogos, ambas layas con apenas dos o tres rudimentales consignas repicándoles constantemente en la calota craneana, he alcanzado un cierto nivel de tedio. Cualquiera se da cuenta que no es principalmente racial sino ante todo social la línea de corte del conflicto, pero ocurre en una sociedad donde, bajo el vínculo unitivo de la constitución, cada grupo étnico tiende al cocoon, a encerrase en su propia cápsula, con un tacto de codos muy limitado con los integrantes de otros grupos, mantenido bajo el lenguaje políticamente correcto. No el melting pot, reflejado en aquella vieja película "¿Sabes quién viene a cenar?", con Spencer Tracy -que moriría dos semanas después del rodaje- y Sidney Poitier. La discriminación positiva, la reivindicación permanente y expansiva de derechos de las minorías, a través de un proceso de mayor intervencionismos del gobierno central y de un proceso interpretativo judicial de la constitución -de allí la reacción "originalista" -desequilibró aquel tinglado de una democracia diferencialista de comunidades de base predominantemente étnica. Especialmente, cuando la minoría más desprotegida es una que no cuenta como tal: la del blanco, gordo (excluido Michael Moore), heterosexual, patriota tomada a la chacota, condenada al silencio porque si habla rompe los tabúes de lo correcto, traicionada por la dirigencia política, en especial la republicana y empobrecida en un deslizamiento que no revierte para ella. Pero no toda la white trash ha votado a Donald, aunque buena parte, ni todo el black people a Hillary, aunque el grueso, ni todo el latin people -cubanos por ejemplo- a la fórmula demócrata. La constitución norteamericana, en la mente de Hamilton, nace con tres cerrojos al gobierno popular -el peligro electoral de los granjeros empobrecidos que querían condonación hipotecaria y seguir con la inflación de los continentals- que son la presidencia, el Senado y la revisión judicial de las leyes que más tarde Marshall pone a punto. A partir de allí se maneja la metáfora mecánica de los checks and balances, fórmula inexportable y de geometría variable. Woodrow Wilson, que fue profesor de derecho constitucional, siendo representante, sostuvo que el núcleo del gobierno norteamericano era "congresional", esto es, residía en el Capitolio. Cambió de idea cuando fue presidente y se quejó amargamente de que la Corte Suprema funcionara como una "convención constituyente en sesión permanente". Los checks and balances están ahí y tomarán su particular impostación durante el gobierno de Trump. Cuando Obama creía que no iba a pasar el filtro de la Corte su Obamacare, desde México se mandó un discurso tomado de la escuela crítica -la del profesor Mark Tushnet, con quien recuerdo haber tomado unas buenas copas en un congreso en Natal, divagando sobre el tema- donde abominó de la facultad de la revisión judicial, juicio que cambió al elogio opuesto cuando triunfó con el voto ondulante del presidente conservador del alto tribunal. Hay quien grita que Trump no podrá cumplir sus promesas (Obama no pudo cerrar Guantánamo, me parece), pero la cuestión no está ahí. Trump le ganó a lo que la prensa y la mostacilla intelectual dice que hay que pensar -y votar-; ahí está su revolución o como quiera el lector llamarla, cualquiera sea su suerte política. Mientras tanto, ha surgido un antitrumpismo periodístico y de un bajo clero académico que, bajo la bandera del antipopulismo, manifiesta un rechazo esnob, si no guarango, por el sufragio universal. Para criticar el sufragio universal, muchachos, tienen que tener la estatura de un Charles Maurras. Si no, mejor se callan.
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checks and balances,
Democracia,
Maurras,
Trump
domingo, noviembre 13, 2016
SOBRE LAS MINORÍAS, EL NARCISISMO, EL PUEBLO Y EL COMÚN
Siguen sin entender. Los supuestos expertos en "sentir crecer la hierba" de las tendencias de las masas continúan con el retornelo del antitrumpismo, por malas razones. Incluso echan mano de lo que Leo Strauss bautizó como reductio ad hitlerum: Trump es una especie de versión Queens del cabo de bigote breve nacido en Braunau am Inn y, como él, trae un mensaje irreversible de odio y muerte. Traten de ver por encima del cerco de su corral. Las manifestaciones en los grandes centros urbanos -por ejemplo, en Unión Square, en Nueva York- donde señalan que Donald "no es nuestro presidente", ¿provienen de una grieta que produjo Trump con su prédica? ¿No se les ocurre que esa grieta estaba de antes y ahora, simplemente, ha salido a la luz?
Pónganse en el caso de un deplorable blanco, busarda cervezófila y reflujo eructable, rutinario heterosexual que se ríe con ganas de las guarradas sobre el pussy, de clase media venida a menos por la caída constante del poder adquisitivo de su salario, que en el jardincito de su casa suburbana tiene la bandera de las barras y estrellas, por algún lado unas armas en forma destinadas a quien quiera penetrar en su inviolable recinto y, en un cajón del armario, un birrete de vet. "Resulta que había una rabia más profunda en la América blanca y rural de lo que yo creía", tuitea ahora, repentinamente avivado, Paul Krugman, premio Nobel de Economía. Los ocho años de Obama, como los ocho años de Bush el joven antes, no cerraron fosos, sino que ahondaron trincheras. Y el mundo jurídico del derecho global -el que conozco y por eso hablo de él- contribuyó a esa tarea constante de pala y excavadora. La sociedad no existe -lo dijo Margaret Thatcher y, al revés de los "asombrados" de ahora, sabía muy bien lo que decía-; el pueblo es un mito urbano para uso de líderes desagradables; lo común cuyo bien debemos procurar entre todos es una fantasía medieval en la que ya ni los curas creen. Lo que existe es una constelación de biografías, de proyectos individuales que deben ser realizados al máximo, con la carta de triunfo de los derechos. Los jueces que dicen lo que la constitución verdaderamente dice, están ahí para poner el brazo armado del derecho a disposición del deseo de cada uno. Pero no de cualquier "cada uno": hay que pertenecer a una minoría, a una de esas minorías "discretas y aisladas" -4a. nota al pie del Justice Stone en United States v. Carolene Products - o quizás difusas, que deben ser alzadas mediante medidas discriminatorias de acción positiva: LGBT, veganos, pro choice, coleccionistas de iguanas de compañía. El gordito aquél ¿es minoría discreta o aislada protegible? ¿tiene derecho a un proyecto biográfico más allá de ver deportes en la tele? ¿Cotiza en algún club de swingers? ¿Afirma el derecho a la fecundación asistida heteróloga? ¿Repudia la segunda enmienda? Negativo, no da el perfil. El gordito de los regüeldos siesteros vale, para decirlo en nuestros términos, como número de CUIT o CUIL: ese es el único rasgo identificatorio que de él interesa. Porque el panzón rupestre, en su carácter de mayoría disimulada en la espiral de silencio -mayoría siempre "ocasional" aunque él haya votado siempre lo mismo- tiene que contribuir a que los demás, los minoritarios de las discrete and insular minorities puedan cumplir acabadamente con los proyectos biográficos que encapsulan sus deseos. Por lo menos, debajo de su baseball cap el gordito ha empezado a ver las cosas así; se siente el paganini, el que tiene "formarse" con las cuentas de otros siempre sin que nadie le lleve el apunte a él. Percibe, sea votante del elefante o del burro o de ninguno de ellos, que las dirigencias partidarias endogámicas, autorreferenciales y hasta incestuosas han contribuido a que los ricos se hagan cada vez más ricos, las minorías cada vez más demandantes y que a él le han desdibujado hasta la desaparición el american dream: con su propio esfuerzo, cada generación avanzará unos escalones sobre la anterior.
Insisto -lo he escrito y dicho muchas veces ya- que la raíz de estas situaciones se encuentra, cuando se lo enfoca desde el punto de vista jurídico-político, en la conformación de un sistema cuyo centro aparente es el "individuo soberano", dotado del derecho originario, en tanto miembro de la especie a reclamar derechos sin tener en cuenta ni la naturaleza de las cosas, ni el Derecho ni la Política, a la medida de su deseo, que se constituye en el único dínamo y el único límite de sus reivindicaciones. No hay ya sociedad sino un adunado de Narcisos reclamantes en busca de la realización de sus proyectos biográficos individuales, donde al cabo se encuentra un incesante "siempre más". No hay Derecho, sustituido por una totalitarización de la subjetividad, por "mi" derecho", distribuyéndose estos derechos como armas virtuales para la contienda entre minorías a ver cuál de ellas, y hasta qué punto, puede alzarse con el premio de la consagración por el legislador o el juez constitucional de su reclamo sin fin. No existe ya lo "común", ese descubrimiento de Atenas que se convierte en "público", cosa de todos, "res publica", en el mundo romano. El reclamo individual o de minorías se dirige contra el Estado, que en la constitución cosmopolítica global se convierte en el servus servorum del individuo -aparentemente- "soberano", bajo la mirada atenta de los órganos supranacionales del derecho global. No existe ya el pueblo, al que los romanos atribuían la maiestas en el orden jurídico-político. Curiosamente, el "pueblo" considerado en abstracto, sigue teóricamente siendo el soberano según los textos constitucionales de los cuatro rumbos (parece que we the people se ha despertado en USA de su sueño más que secular, como un fastidioso Rip van Winkle), pero sucesivamente fue despojado de esa corona por la clase política seudo representativa y la "democracia constitucional" de las cortes constitucionales. La referencia común hoy a una superstición estadística, la "gente", a partir de cuyos percentiles se fabrican y manipulan "consensos" para cada conflicto en particular, con una última instancia en los tribunales constitucionales como "fórum de la razón pública", los que a modo de nuevo clero ungirán sus decisiones con el óleo de los principios cosmopolíticos tallados en los tratados posmodernos de derechos humanos.
El pueblo, ah, esa abstracción. Loris Zanatta, a partir de sus estudios sin duda valiosos sobre el peronismo, ofrece una contraposición entre una especie de muñeco retórico, el populismo -muñeco construido con retazos en buena parte reales y verificables-, por un lado, y por otro una visión beatífica e irreal de las democracias liberales, con su "idea ilustrada de la modernidad", esto es, según nuestro autor, "una idea basada en el individuo, en la razón y en la heterogeneidad fisiológica de las sociedades humanas". Esta figura opuesta a la anterior no se funda en ningún dato real y verificable; es una sugestión de paraíso que en nada se parece a la verdad efectiva de las cosas en el mundo real. La civilización liberal, pues, se encuentra cercada por la barbarie populista; más aún, una quinta columna amenaza a aquel paraíso -no hay paraíso sin serpiente- desde adentro de sus murallas. Zanatta la emprende contra la noción del pueblo como sujeto jurídico-político, y lo declara una abstracción. Lo que ocurre es que su descripción del pueblo mezcla a designio diversas, muy variadas y hasta opuestas caracterizaciones del término, para concluir en su irrealidad. El "pueblo" termina siendo un significante sin significado que cada populismo se inventa, que a su vez corresponde a una comunidad territorial y cultural, de la que resulta aquél custodio de sus virtudes, de naturaleza homogénea y monolítica, fácilmente representable por el líder y, en definitiva, un mito que permite en el siglo XXI replantear un organicismo comunitario que mucho se parece a un fascismo más desestructurado.
Voy a repetirme en este punto, que considero de suma importancia aclarar. El pueblo, del punto de vista jurídico-político, no es una abstracción. Muy al contrario, resulta, junto con "gobierno", una "presencia real" en un campo donde menudean los conceptos abstractos, tales como Estado, libertad, bienestar, etc. Vamos a dejar de lado, ante todo, las acepciones del pueblo como entidad metafísica (el “pueblo de Dios”) o creación romántica (el “espíritu del pueblo”). De este modo, tenemos ante todo una significación de “pueblo” asociada a una comunidad histórica y cultural, que reconoce una continuidad, un “nosotros” en el tiempo, esto es, una tradición con raíces persistentes que lo diferencia e identifica con respecto a otros pueblos, a los que reconoce como tales, siendo que esa diferenciación no resulta de por sí beligerante. Otra acepción de “pueblo”, que suele prestarse a la manipulación ideológica, es la del conjunto de los trabajadores, los pobres, los desheredados. La plebe, la “chusma sagrada” de Almafuerte, contrapuesta a los poderosos que manejan las palancas del mando. Aquí hay un “nosotros” que se opone a un “ellos”, los que no son pueblo, y tal conflicto tiñe este significado de un componente político, aunque más asociado a su retórica que a su práctica. La tercera acepción, que es la que aquí interesa, es la del pueblo en sentido propiamente político, al que se le atribuye en casi todas las constituciones existentes, incluida la nuestra, el carácter de “soberano” virtual. En este sentido, el que más asemeja al demos o al populus del mundo antiguo, el pueblo es la misma sociedad política y, más específicamente, en ella, los que no gobiernan ni participan del gobierno de algún modo. Es el cuerpo cívico, no entendido como simple padrón electoral, elenco de todos aquellos que están habilitados como electores para votar por quienes se postulen como candidatos a magistraturas públicas. Más precisamente, lo consideraremos como el conjunto de hombres y mujeres libres que se dan entre sí el trato de ciudadanos y que pueden debatir y decidir también libremente sobre los asuntos públicos. El pueblo así considerado es la única presencia real en la política: no hay política sin pueblo ni hay pueblo sin política. Ninguna forma política ha podido prescindir del pueblo, porque su existencia es condición de la existencia de aquélla y, recíprocamente, por medio de ella es que el pueblo adviene a la dimensión superior donde puede hallar la realización de la vida buena. El pueblo político confirma al pueblo-comunidad y encauza las reivindicaciones del pueblo-plebe. El pueblo político configura la “cosa común”, la respublica, que no es de pertenencia estatal, ni tampoco la cosa nostra de los amigos del poder. La cosa de todos no pertenece a nadie en particular y requiere la buena y plena deliberación sobre sus asuntos, para obtener una acción adecuada en vistas del bien común, esto es, el que no podríamos alcanzar particularmente y es común a las partes y al todo. De acuerdo con un antiguo aforismo romano, lo que a todos afecta debe ser tratado por todos. En este tiempo de manipulaciones múltiples, el último recurso del pueblo es el voto. No ya en el sentido positivo de elección, sino, como ya lo había visto Ostrogorski en los albores del siglo XX, como medio de intimidación social contra la clase política: lo que ha ocurrido últimamente en la Argentina, Inglaterra, Colombia y los EE.UU. Aquel pueblo político es lo que se ha perdido en nuestro tiempo y nadie sabe dónde está, aunque a veces hace sentir su voz intimidatoria.
Siguen sin entender. Los supuestos expertos en "sentir crecer la hierba" de las tendencias de las masas continúan con el retornelo del antitrumpismo, por malas razones. Incluso echan mano de lo que Leo Strauss bautizó como reductio ad hitlerum: Trump es una especie de versión Queens del cabo de bigote breve nacido en Braunau am Inn y, como él, trae un mensaje irreversible de odio y muerte. Traten de ver por encima del cerco de su corral. Las manifestaciones en los grandes centros urbanos -por ejemplo, en Unión Square, en Nueva York- donde señalan que Donald "no es nuestro presidente", ¿provienen de una grieta que produjo Trump con su prédica? ¿No se les ocurre que esa grieta estaba de antes y ahora, simplemente, ha salido a la luz?
Pónganse en el caso de un deplorable blanco, busarda cervezófila y reflujo eructable, rutinario heterosexual que se ríe con ganas de las guarradas sobre el pussy, de clase media venida a menos por la caída constante del poder adquisitivo de su salario, que en el jardincito de su casa suburbana tiene la bandera de las barras y estrellas, por algún lado unas armas en forma destinadas a quien quiera penetrar en su inviolable recinto y, en un cajón del armario, un birrete de vet. "Resulta que había una rabia más profunda en la América blanca y rural de lo que yo creía", tuitea ahora, repentinamente avivado, Paul Krugman, premio Nobel de Economía. Los ocho años de Obama, como los ocho años de Bush el joven antes, no cerraron fosos, sino que ahondaron trincheras. Y el mundo jurídico del derecho global -el que conozco y por eso hablo de él- contribuyó a esa tarea constante de pala y excavadora. La sociedad no existe -lo dijo Margaret Thatcher y, al revés de los "asombrados" de ahora, sabía muy bien lo que decía-; el pueblo es un mito urbano para uso de líderes desagradables; lo común cuyo bien debemos procurar entre todos es una fantasía medieval en la que ya ni los curas creen. Lo que existe es una constelación de biografías, de proyectos individuales que deben ser realizados al máximo, con la carta de triunfo de los derechos. Los jueces que dicen lo que la constitución verdaderamente dice, están ahí para poner el brazo armado del derecho a disposición del deseo de cada uno. Pero no de cualquier "cada uno": hay que pertenecer a una minoría, a una de esas minorías "discretas y aisladas" -4a. nota al pie del Justice Stone en United States v. Carolene Products - o quizás difusas, que deben ser alzadas mediante medidas discriminatorias de acción positiva: LGBT, veganos, pro choice, coleccionistas de iguanas de compañía. El gordito aquél ¿es minoría discreta o aislada protegible? ¿tiene derecho a un proyecto biográfico más allá de ver deportes en la tele? ¿Cotiza en algún club de swingers? ¿Afirma el derecho a la fecundación asistida heteróloga? ¿Repudia la segunda enmienda? Negativo, no da el perfil. El gordito de los regüeldos siesteros vale, para decirlo en nuestros términos, como número de CUIT o CUIL: ese es el único rasgo identificatorio que de él interesa. Porque el panzón rupestre, en su carácter de mayoría disimulada en la espiral de silencio -mayoría siempre "ocasional" aunque él haya votado siempre lo mismo- tiene que contribuir a que los demás, los minoritarios de las discrete and insular minorities puedan cumplir acabadamente con los proyectos biográficos que encapsulan sus deseos. Por lo menos, debajo de su baseball cap el gordito ha empezado a ver las cosas así; se siente el paganini, el que tiene "formarse" con las cuentas de otros siempre sin que nadie le lleve el apunte a él. Percibe, sea votante del elefante o del burro o de ninguno de ellos, que las dirigencias partidarias endogámicas, autorreferenciales y hasta incestuosas han contribuido a que los ricos se hagan cada vez más ricos, las minorías cada vez más demandantes y que a él le han desdibujado hasta la desaparición el american dream: con su propio esfuerzo, cada generación avanzará unos escalones sobre la anterior.
Insisto -lo he escrito y dicho muchas veces ya- que la raíz de estas situaciones se encuentra, cuando se lo enfoca desde el punto de vista jurídico-político, en la conformación de un sistema cuyo centro aparente es el "individuo soberano", dotado del derecho originario, en tanto miembro de la especie a reclamar derechos sin tener en cuenta ni la naturaleza de las cosas, ni el Derecho ni la Política, a la medida de su deseo, que se constituye en el único dínamo y el único límite de sus reivindicaciones. No hay ya sociedad sino un adunado de Narcisos reclamantes en busca de la realización de sus proyectos biográficos individuales, donde al cabo se encuentra un incesante "siempre más". No hay Derecho, sustituido por una totalitarización de la subjetividad, por "mi" derecho", distribuyéndose estos derechos como armas virtuales para la contienda entre minorías a ver cuál de ellas, y hasta qué punto, puede alzarse con el premio de la consagración por el legislador o el juez constitucional de su reclamo sin fin. No existe ya lo "común", ese descubrimiento de Atenas que se convierte en "público", cosa de todos, "res publica", en el mundo romano. El reclamo individual o de minorías se dirige contra el Estado, que en la constitución cosmopolítica global se convierte en el servus servorum del individuo -aparentemente- "soberano", bajo la mirada atenta de los órganos supranacionales del derecho global. No existe ya el pueblo, al que los romanos atribuían la maiestas en el orden jurídico-político. Curiosamente, el "pueblo" considerado en abstracto, sigue teóricamente siendo el soberano según los textos constitucionales de los cuatro rumbos (parece que we the people se ha despertado en USA de su sueño más que secular, como un fastidioso Rip van Winkle), pero sucesivamente fue despojado de esa corona por la clase política seudo representativa y la "democracia constitucional" de las cortes constitucionales. La referencia común hoy a una superstición estadística, la "gente", a partir de cuyos percentiles se fabrican y manipulan "consensos" para cada conflicto en particular, con una última instancia en los tribunales constitucionales como "fórum de la razón pública", los que a modo de nuevo clero ungirán sus decisiones con el óleo de los principios cosmopolíticos tallados en los tratados posmodernos de derechos humanos.
8 de noviembre 2012 -cacerolazo en Buenos Aires y el interior
El pueblo, ah, esa abstracción. Loris Zanatta, a partir de sus estudios sin duda valiosos sobre el peronismo, ofrece una contraposición entre una especie de muñeco retórico, el populismo -muñeco construido con retazos en buena parte reales y verificables-, por un lado, y por otro una visión beatífica e irreal de las democracias liberales, con su "idea ilustrada de la modernidad", esto es, según nuestro autor, "una idea basada en el individuo, en la razón y en la heterogeneidad fisiológica de las sociedades humanas". Esta figura opuesta a la anterior no se funda en ningún dato real y verificable; es una sugestión de paraíso que en nada se parece a la verdad efectiva de las cosas en el mundo real. La civilización liberal, pues, se encuentra cercada por la barbarie populista; más aún, una quinta columna amenaza a aquel paraíso -no hay paraíso sin serpiente- desde adentro de sus murallas. Zanatta la emprende contra la noción del pueblo como sujeto jurídico-político, y lo declara una abstracción. Lo que ocurre es que su descripción del pueblo mezcla a designio diversas, muy variadas y hasta opuestas caracterizaciones del término, para concluir en su irrealidad. El "pueblo" termina siendo un significante sin significado que cada populismo se inventa, que a su vez corresponde a una comunidad territorial y cultural, de la que resulta aquél custodio de sus virtudes, de naturaleza homogénea y monolítica, fácilmente representable por el líder y, en definitiva, un mito que permite en el siglo XXI replantear un organicismo comunitario que mucho se parece a un fascismo más desestructurado.
Voy a repetirme en este punto, que considero de suma importancia aclarar. El pueblo, del punto de vista jurídico-político, no es una abstracción. Muy al contrario, resulta, junto con "gobierno", una "presencia real" en un campo donde menudean los conceptos abstractos, tales como Estado, libertad, bienestar, etc. Vamos a dejar de lado, ante todo, las acepciones del pueblo como entidad metafísica (el “pueblo de Dios”) o creación romántica (el “espíritu del pueblo”). De este modo, tenemos ante todo una significación de “pueblo” asociada a una comunidad histórica y cultural, que reconoce una continuidad, un “nosotros” en el tiempo, esto es, una tradición con raíces persistentes que lo diferencia e identifica con respecto a otros pueblos, a los que reconoce como tales, siendo que esa diferenciación no resulta de por sí beligerante. Otra acepción de “pueblo”, que suele prestarse a la manipulación ideológica, es la del conjunto de los trabajadores, los pobres, los desheredados. La plebe, la “chusma sagrada” de Almafuerte, contrapuesta a los poderosos que manejan las palancas del mando. Aquí hay un “nosotros” que se opone a un “ellos”, los que no son pueblo, y tal conflicto tiñe este significado de un componente político, aunque más asociado a su retórica que a su práctica. La tercera acepción, que es la que aquí interesa, es la del pueblo en sentido propiamente político, al que se le atribuye en casi todas las constituciones existentes, incluida la nuestra, el carácter de “soberano” virtual. En este sentido, el que más asemeja al demos o al populus del mundo antiguo, el pueblo es la misma sociedad política y, más específicamente, en ella, los que no gobiernan ni participan del gobierno de algún modo. Es el cuerpo cívico, no entendido como simple padrón electoral, elenco de todos aquellos que están habilitados como electores para votar por quienes se postulen como candidatos a magistraturas públicas. Más precisamente, lo consideraremos como el conjunto de hombres y mujeres libres que se dan entre sí el trato de ciudadanos y que pueden debatir y decidir también libremente sobre los asuntos públicos. El pueblo así considerado es la única presencia real en la política: no hay política sin pueblo ni hay pueblo sin política. Ninguna forma política ha podido prescindir del pueblo, porque su existencia es condición de la existencia de aquélla y, recíprocamente, por medio de ella es que el pueblo adviene a la dimensión superior donde puede hallar la realización de la vida buena. El pueblo político confirma al pueblo-comunidad y encauza las reivindicaciones del pueblo-plebe. El pueblo político configura la “cosa común”, la respublica, que no es de pertenencia estatal, ni tampoco la cosa nostra de los amigos del poder. La cosa de todos no pertenece a nadie en particular y requiere la buena y plena deliberación sobre sus asuntos, para obtener una acción adecuada en vistas del bien común, esto es, el que no podríamos alcanzar particularmente y es común a las partes y al todo. De acuerdo con un antiguo aforismo romano, lo que a todos afecta debe ser tratado por todos. En este tiempo de manipulaciones múltiples, el último recurso del pueblo es el voto. No ya en el sentido positivo de elección, sino, como ya lo había visto Ostrogorski en los albores del siglo XX, como medio de intimidación social contra la clase política: lo que ha ocurrido últimamente en la Argentina, Inglaterra, Colombia y los EE.UU. Aquel pueblo político es lo que se ha perdido en nuestro tiempo y nadie sabe dónde está, aunque a veces hace sentir su voz intimidatoria.
La desaparición del pueblo político da la razón a quienes señalan que nuestra era no sólo puede caracterizarse como posmoderna, posmetafísica y poscristiana, sino también como posdemocrática.-
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