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viernes, enero 04, 2019

¿ADÓNDE VA EL BRASIL? (II)


 

 

Como el periodismo argentino repite a la letra la videología globalista socialdemócrata y propicia a la “revolución de los deseos”, no estamos comprendiendo el fenómeno que encarna Jair Bolsonaro en Brasil, que va más allá de su persona. Lo “normal” entre nosotros, incluso en aquellos comentaristas que presumen de actividades sucedáneas del pensamiento, es –por una parte- aplicarle el conocido recurso de la reductio ad hitlerum: fascista, totalitario; incluso ven asomar detrás del brasileño a -¡horror!- la síntesis schmittiana de amigo/enemigo.  Por otro lado, es un fundamentalista religioso, un homófobo declarado y un Savonarola tropical. Mientras se dicen tranquilizados porque la economía estará a cargo de Paulo Guedes (aunque el mayor referente en esa materia de Bolsonaro es el actual Secretario de Política Económica. Adolfo Sachsida[1], no registrado entre nosotros), también manifiestan temor por lo que pueda sucederle al Mercosur. Aunque ahora es la oportunidad de revisar esa aparente unión aduanera (aparente porque nunca se creó una tarifa aduanera única frente a los productos de origen exterior al acuerdo) que favoreció hasta el presente al Brasil, con mudanza de las grandes multinacionales a ese país, sin perder el mercado argentino,  y beneficios exclusivos para las terminales automotrices, que supuestamente exportan a Brasil y nos obligan a pagar más caro que en origen autos salidos de matrices viejas. Recobrar el dominio de nuestra política aduanera frente a terceros países externos al Mercosur, redimensionado a zona de libre comercio y, por ejemplo, recuperar nuestras industrias lácteas y de maquinaria agrícola, hoy doblegadas por la orientación mercosuriana, serían de gran efecto positivo. No hay que descuidar que detrás de Bolsonaro se mueven los discípulos de la doctrina de desenvolvimiento geoestratégico surgida en los años 60 del siglo pasado en la Escola Superior de Guerra (llamada “la Sorbonne”), cuyos adalides fueron Golbery Couto e Silva, Humberto Castelo Braco y Ernesto Geisel, entre otros. Desde allí se vio con ojo crítico la posible fusión de Embraer con la Boeing (Embraer es una industria estratégica para la conducción militar brasileña), reserva ratificada por las últimas declaración es de Bolsonaro presidente.  Mientras las fuerzas armadas gozan en Brasil de una alta consideración pública, y un presidente asume con un gran desfile militar, entre nosotros no existe un horizonte geoestratégico y los hombres de armas, prácticamente privados de ellas,  son vistos como pedisequos de la tortura y su oficio está proletarizado. La dirigencia política argentina, que había apostado sus fichas a Lula y al Foro de San Pablo, comenzó con mal pie al no acudir nuestro presidente, sin ningún compromiso a la vista, a la jura de Jair Bolsonaro (mientras que sí lo hizo Evo Morales, velando por el negocio del gas boliviano). Aún está a tiempo de corregir el rumbo, siempre que se dé cuenta a tiempo que un escenario probable es que el gigante despierte, y a que esté preparada apuntan los elementos que se aportan en este blog. En este caso, una entrevista a Olavo de Carvalho, aparecida en el Jornal do Commercio de Recife antes de la elección presidencial. Olavo, radicado en los EE.UU., es profesor de filosofía especializado en el pensamiento de Aristóteles, aunque incursionó también en el de René Guénon. Nuestros analistas más perspicuos lo definen como “astrólogo”. No es Lopecito, por supuesto. Son nuestros analistas los que están al nivel del “Hermano Daniel”...
 

  

ENTREVISTA A OLAVO DE CARVALHO

 


Durante la entrevista, hecha por Skype, Olavo de Carvalho dice que la izquierda erró en no prestarle atención: para él, la izquierda eclipsó la pauta proletaria con deseos subjetivos, y, si antes era la enemiga número uno del capitalismo, hoy anda de la mano con los dueños del poder y del capital (…) Tachado de “gurú” e “ideólogo”, Olavo acata apenas el título de escritor. “¡Yo no participé de ninguna campaña!” (…) A pesar de eso, indicó dos ministros, el de Educación, el colombiano Ricardo Vélez Rodríguez, y el de Relaciones Exteriores, Ernesto Araújo (…)

El señor afirma que todo lo que aparece en la política aparece antes en la cultura, en la literatura, en los círculos intelectuales. Con base en eso y en los últimos cambios, ¿qué cree usted que podemos esperar del futuro político del Brasil?


 A partir de 1964, la gente de izquierda, liderada por el partido comunista, se dedicó a conquistar todos los canales de cultura –Medios, universidad, instituciones federales y estaduales de cultura—y dominar el debate cultural. Ellos consiguieron eso con un éxito estruendoso. Entre los años 70 y 80, ya dominaban el panorama enteramente y habían conseguido excluir del debate a todas las personas que no le interesaban políticamente (…) Entonces los izquierdistas quedaron solos (…) Todo lo que sucede en la política es ya posible verlo en círculos intelectuales muy discretos, pequeños, y de a poco va creciendo. Por un motivo muy simple, aquello que usted no consigue pensar usted no consigue hacerlo. Todo es pensado antes de ser hecho. Y la función de los intelectuales es pensar la sociedad y poner en circulación sus ideas. Algunas pegan, otras no. Si algunas pegan en el medio intelectual, en la clase hablante, con seguridad, día más día menos va a pegar en la sociedad entera. Y fue eso lo que sucedió. Como ahora la cosa cambió, la hegemonía intelectual fue efectivamente quebrada. Fui yo quien quebró la hegemonía intelectual y cultural, solito, quien quiera que diga “ah, pero yo también”, el resto entró en escena 10 años después y no se enfocaron en la lucha cultural. Se enfocaron apenas en la actualidad superficial, corrupción, mensalão. Yo estaba desde comienzos de los años 90 analizando los debates entre intelectuales. Entonces, cuando se quebró la hegemonía, comenzaron a aparecer otras ideas en circulación (…) 


¿Cuándo la izquierda abandonó esa ocupación de espacios, considerada por usted, exitosa por medio de la literatura, de la intelectualidad? 


Ella abandonó los deberes elementales de la vida intelectual. Yo documenté eso extensamente en el libro O Imbecil Coletivo, de 1996. ¿Y qué es O Imbecil Coletivo? Es una descripción humorística, pero que debía ser hecha de todos modos, de los debates que ocurrían en los medios culturales, sobre todo en los suplementos culturales de los grandes diarios y revistas. Tome eso como muestra del estado de espíritu de la cultura. En O Imbecil Coletivo, como el nombre lo indica, estaban todos imbecilizados, mi Dios del cielo, ya en la década del 80. 


¿Fue en el pasaje de generaciones que se perdió aquélla propuesta? 


Eso, eso, eso. La verdad no hubo transmisión de cultura de generación a generación. Hay una cosa confusa porque vea usted, cuántos medios en los años 60 o más todavía 68, reflejando sobre todo la influencia de la Escuela de Frankfurt, ellos comenzaron a privilegiar –en lugar de la antigua idea de la revolución proletaria de la clase pobre—todo tipo de insatisfacción que existía y que pudiese ser explotada por la propaganda. Eran insatisfacciones que antiguamente, en los años 30, 40 y 50, la intelectualidad marxista despreciaba, consideraba revuelta pequeño burguesa. Era la esposa que estaba revuelta con el marido. Era el sujeto gay que quiere que todo el mundo sea gay. Los abortistas. Todas esas cuestiones subjetivas que no tienen nada que ver con la lucha del proletariado. Gracias a la escuela de Frankfurt ellos abandonaron esa crítica del proletariado y adoptaron ese discurso, solo que ese discurso incentiva a las personas a vivir en busca de satisfacciones subjetivas, y eso las destruye intelectualmente. Yo supongo que usted practique la vida gay, no la lucha política gay. Feministas, del mismo modo. Vea, la mujer feminista está interesada en aquello que llama su “empoderamiento”. O sea, ella quiere subir en la vida. Subir en la vida en primer lugar, vida cultural en segundo lugar. Entonces ellos crearon un montón de parásitos de ellos mismos. Parásitos de la lucha política. Perdieron fuerza, evidentemente. El militante proletario es serio y da la vida por la causa. Cuando el PT comenzó, lo hizo como partido proletario, allá en el ABC. La gente de ahí daba 10, 20, 30 por ciento de su salario miserable al PT. Ellos morirían por la causa. Pero eso, los proletarios. Estudiantes, gente gay, mujer abortista, no. Los proletarios mueren por la causa proletaria, ¿pero usted cree que los gay van a morir por la causa gay? Ahora, la causa gay es un tipo de placer. ¿Cómo un tipo muerto va a continuar disfrutando de algún tipo de placer? Entonces, el deseo de placer se opone a la lucha política. Es una cosa bastante obvia. Los de la Escuela de Frankfurt, Horkheimer y otros, ellos corrompieron la mente de la izquierda al punto que el propio Lenin quedaría escandalizado. Transformaron a la izquierda en una banda de bebés llorones. Todos hijos de papá queriendo el sexo gay, queriendo abortismo, sexo en las escuelas. Eso hace mucho barullo y corrompe a la sociedad. ¿Qué consiguen? ¿Implantar el socialismo? No. Ellos consiguen transformar el capitalismo en un infierno. Ellos viven dentro de ese infierno. ¿Y quién es la principal víctima de todo eso? Ellos mismos. Ellos se corrompen. 




En los años 60, la intelectualidad de las grandes fortunas, gente tipo Zuckerberg, gente del grupo Bilderberg –son 200 grandes grupos—percibieron esa transformación. Percibieron que la izquierda, desde el punto de vista de la lucha anticapitalista, se había hecho inofensiva. La izquierda estaba luchando contra otros objetivos que no eran el capitalismo. Al contrario. Objetivos como abortismo, causa gay, liberación sexual, todos necesitaban del capitalismo. En ningún régimen socialista esas cosas prosperan. ¿Había movimiento gay en Cuba? Nada de nada. Los tipos eran enviados todos al campo de concentración. Entonces, los megacapitalistas percibieron que la izquierda podría ser instrumentalizada. Y de hecho ellos la instrumentalizaron. Por todas partes usted ve un capitalismo cada vez más fuerte, más indestructible, y la izquierda, también cada vez más fuerte. Ella ocupa todos los espacios, pero no hace ningún mal al capitalismo. Ella solo hace mal a los valores culturales antiguos. Familia, religión, todo eso. ¿Cuál es el efecto? Destruyendo todos los valores culturales, solo resta un principio organizador de la sociedad: la economía. Eso ahí es todo el poder de las megafortunas. Ellas deciden todo. Hoy usted hace todo lo que Zuckerberg quiere, lo que George Soros quiere. (…)

Todos los que me entrevistaron son así. Preguntas idiotas basadas en estereotipos fantasmagóricos. Es el “gurú” de Bolsonaro, es el Steve Bannon, es el Maquiavelo, el Rasputín. Cosa absolutamente infantil, pueril. Yo no soy nada de eso. Conversé con Bolsonaro tres veces. Yo actúo exclusivamente a través de mis escritos que ustedes podrían leer, pero no leen y pretenden adivinar las cosas. En mi época usted no mandaba alguien analfabeto en música a entrevistar a un maestro. Usted es la única que leyó algo mío, ¡mi Dios del Cielo! Usted es la vigésima que viene aquí a entrevistarme y es la primera que leyó algo (…) En el imaginario político de nuestros Medios, de nuestros periodistas, que son personas de una incultura monstruosa, existen algunas figuras permanentes, por ejemplo: siempre tiene que haber el intelectual que planea todo por detrás, en estilo Bannon. Es el Maquiavelo, es el frei Betto, y ellos imaginan que yo soy eso y están completamente enloquecidos porque las personas que desempeñan ese papel están en contacto constante con organizaciones políticas y con líderes políticos y están siempre tramando cosas. Son figuras de dentro del juego político y yo no soy eso en hipótesis alguna. Ellos están inventando un personaje solamente para completar el imaginario de ellos. Para que la imagen de mundo que tienen permanezca relativamente coherente. Ellos tienen un enredo montado, una narrativa, y me están usando para completar el papel que falta. Solo que ese de hecho no soy yo. El periodismo brasileño es ridículo, es cosa de chiquilines y ahora ya contaminó al periodismo extranjero. Me están comparando con Steve Bannon, como si yo fuese estratega. Bannon participó de la campaña de Trump todo el tiempo. Yo no participé de campaña alguna y ni sé quiénes eran las personas que estaban en la campaña. El contacto que tuve con Bolsonaro, personalmente, fue tres veces: una vez fue un hangout que yo tuve con él y dos o tres veces que conversé por teléfono; una de ellas cuando estaba en el hospital







[1] ) Adolfo Sachsida, formado en los EE.UU. es mucho más mesurado en las privatizaciones que Guedes, con una clara noción de las industrias estratégicas, en consonancia con el pensamiento militar al respecto. Sobre Petrobras opina que pueden privatizarse algunas infraestructuras técnicas, pero sin abandonar el control estatal del grupo. Tampoco Bolsonaro ha hecho un misterio su preferencia por un Estado fuerte, ni por la defensa de los intereses de las sociedades brasileñas, sobre todo de las tenidas por estratégicas. Tampoco Sachsida se ha mostrado partidario de eliminar totalmente el sistema de subsidios del “Bolso Familia”, sistema clientelar del PT.   

miércoles, diciembre 19, 2018

¿ADÓNDE VA EL BRASIL?

Reproduzco sin comentario alguno este texto del que a partir del 1º de enero próximo será el nuevo canciller del Brasil. Quizás pueda servir para que el lector del blog pueda darse una respuesta a la pregunta del título. Y preguntarse, de paso, hacia adónde vamos nosotros...


Brasil en el barco de Ulises
 
 
 
 


(Preparé este texto hace unos cuatro meses, para una publicación que no se concretó, pero creo que todavía puede ser pertinente al debate sobre los rumbos de Brasil ante los horizontes que se abren con la elección de Jair Bolsonaro.)

En medio de las reflexiones sobre la inserción internacional de Brasil hay una cuestión adormecida, una pregunta incómoda, pero que necesita ser hecha - incluso porque a veces una pregunta puede ser más valiosa que muchas respuestas: ¿Brasil pertenece a Occidente?

En una perspectiva tradicional de los estudios de relaciones internacionales, formar parte de Occidente significaba, hasta hace algún tiempo, formar parte de un bloque geopolítico comandado por Estados Unidos, en una posición un poco clientelista que causaba aversión a un país con vocación de política exterior independiente como el Brasil. Afortunadamente esa perspectiva fue superada gradualmente después del final de la Guerra Fría, pero dejó tras de sí una cierta cautela en relación al concepto de Occidente, como si éste evocase necesariamente una relación centro-periferia incompatible con nuestra autopercepción.

 Más recientemente, sospechábamos que Occidente estuviera en inevitable decadencia, en un escenario donde el futuro pertenecía a Asia, a China, a la India, a los países francamente no occidentales, y así resistíamos decirnos francamente occidentales para no apostar al caballo débil. Hoy no se habla ya tanto de esa emergencia de un mundo post-occidental. Supongo que la razón de ese súbito silencio se encuentra en la reacción exacerbada de los formadores de opinión a la figura de Donald Trump. Continuar propagando la idea de un mundo ya no regido por Occidente alimentaria, en la visión del establishment, las pretensiones de Trump de revertir ese cuadro, de contraponerse al poder de China y restaurar la centralidad de una América great again. El establishment anti-Trump intenta hoy difundir la imagen de que está todo bien, todo normal, de que el único problema de Occidente es el propio Trump, intentando ocultar algo que hasta ayer parecía obvio: la enorme pérdida de poder relativo - económico, diplomático y militar- de los occidentales en favor de los no occidentales a lo largo de las últimas dos décadas, principalmente durante el gobierno de Obama. La elite político-económica internacional -incluso en Estados Unidos- quería que el presidente de Estados Unidos fuera un afable gestor del declive, pues esa declinación está en la esencia del globalismo supranacional al que esa elite se adhiere, y no un restaurador del poderío americano y occidental. Viéndose confrontados por un líder que no está dispuesto a ceder el mando del mundo, procuran ahora mostrar que las amenazas a ese comando son puramente imaginarias.

También se debe recordar que, históricamente, el perfil internacional de Brasil siempre fue bastante dialéctico, el perfil de un país que buscaba formar parte de todo y colocar su traza en todas las geometrías, en un conjunto de pertenencias no excluyentes que, según algunos, representa la esencia de nuestra nacionalidad y de nuestra política exterior. No queremos estar fuera de ningún grupo y por lo tanto no podríamos tener una identidad exclusiva que nos alijara de otros escenarios y de otras áreas de actuación. En esta hipótesis, al admitir ser parte de Occidente, estaríamos automáticamente diciendo que no formamos parte del no-Occidente, y eso nos cerraría ciertas avenidas que queremos mantener abiertas, aunque, por el mismo motivo, no queramos tampoco decir explícitamente que no pertenecemos a Occidente.

Igualmente se podría argumentar que no somos de Occidente porque, en cierta visión, Occidente se confunde con los países ricos, con el "Primer Mundo", y siendo pobres necesariamente no podríamos ser occidentales. Curiosamente, la idea de convertirse en miembro del Primer Mundo nunca ha atraído nuestra política exterior. Este impulso permaneció durante mucho tiempo como un legado maldito de la era Collor, como si fuera un pecado querer convertirse en un país próspero y poderoso, como si fuera un absurdo tener objetivos ambiciosos y voluntariamente debiéramos condenarnos a un eterno "en desarrollo" donde el estado de desarrollo nunca se alcanza, un flagelo de Sísifo auto-impuesto o una suerte de voto de pobreza diplomático. Hoy abandonamos afortunadamente ese voto y pedimos adhesión a la OCDE, tradicional club de Occidente desarrollado (el Occidente en su dimensión económica, que incluye también algunos países asiáticos), una gran e importante innovación de la actual gestión de la política exterior brasileña. Pero la adhesión a la OCDE no significa todavía asumir nuestra alma occidental.

Brasil también resiste calificarse como occidental por el hecho de que nunca quiso asociarse a la llamada "alianza atlántica", ni siquiera explotar esa posibilidad-incluso poseyendo, con sus 7.000 kilómetros de costa, el más largo litoral atlántico. Ante esta concepción militar o securitaria de Occidente, estructurado fundamentalmente como la alianza euroamericana que se oponía al bloque soviético, Brasil siempre prefirió mantenerse distante, admitiendo tener afinidades con el bloque occidental pero sin posicionarse decididamente en el conflicto Este-Oeste, creyendo que eso sería limitante y arriesgado, y que tendríamos más que ganar preservando nuestras ambigüedades.

Por otra parte, tal vez persista en nuestra actitud frente a la idea de Occidente un rancio antimonárquico. En cierto modo, en nuestro inconsciente histórico, Occidente es Europa y Europa es todavía aquel conjunto de casas reales con las que nuestra casa imperial se relacionaba y se correspondía como parte de la misma familia. La instauración de la república en 1889 hizo anatema cualquier tipo de lazos de ese tipo, cortó una línea de identidad auténtica y la sustituyó a la fuerza por una fraternidad americanista un poco artificial. (En esto como en tantas cosas -por ejemplo, al intercambiar la cruz de la Orden de Cristo en el centro de la bandera por el lema que consagra otro orden, en este caso positivista- la proclamación de la república fue un duro golpe simbólico sobre el Brasil profundo. Lo bueno es que, a lo largo del tiempo, el espíritu conciliador brasileño apagó ese trauma y reató algunas antiguas líneas, tanto que hasta hoy, al vestir la camiseta de la selección brasileña, cargamos en el pecho, sin darnos cuenta, la vieja cruz de la bandera imperial, la misma cruz de las carabelas, la misma de los bandeirantes y de los caballeros templarios.)

La suma de esos miedos, rupturas, tergiversaciones y rechazos no nos permite aún una respuesta clara sobre nuestra occidentalidad. Aparentemente, optamos siempre por definiciones de Occidente que nos excluyen, para no tener el trabajo de investigar nuestra propia identidad y a partir de ella -no a partir de criterios ajenos- definir esa pertenencia. Si por varias razones tenemos tanta dificultad en reconocernos como occidentales, tampoco estamos preparados para pronunciar claramente un "no" a Occidente. Nos resistimos a cerrar detrás de nosotros la puerta de la casa occidental y quedarnos fuera de algo que vagamente percibimos como nuestro. Se encuentra tal vez aquí la semilla de otra respuesta, por la intuición de una identidad mucho más profunda que las consideraciones geopolíticas, económicas o étnicas de las que hablamos arriba.

II.

 Hay que recomponer el problema de Occidente. Si la duda existencial en cuanto a ser o no ser Occidente siempre ha sido una cuestión espinosa para los brasileños, hoy lo es también para aquellos que siempre se consideraron indiscutiblemente occidentales, los europeos y los norteamericanos del norte. La pertenencia a Occidente dejó de ser obvia para los occidentales. Reprogramada por el marxismo cultural, la mentalidad de europeos y norteamericanos pasó por rechazar su propia herencia cultural e histórica, identificando a Occidente exclusivamente con los males del colonialismo, del racismo, del imperialismo. La mayoría de los europeos y los "liberales" norteamericanos, incluyendo evidentemente la elite intelectual, pasaron a sentir a Occidente no más como una experiencia multisecular arraigada en las cien mil carreteras de la historia, sino apenas como una opción moderna y aséptica por lo que llaman la "democracia liberal". Entrevén apenas un Occidente caracterizado por “valores” y no por una cultura, no por el gigantesco y magnífico tejido de mitos y sentimientos que comenzó tal vez todavía antes de los griego, tal vez en Creta, a donde Zeus, transformado en Tauro, llevó a la princesa Europa (y es curioso, a propósito, mirar la escuálida representación de Europa montada en Zeus-Tauro en la escultura colocada frente al Consejo de la Unión Europea en Bruselas, obra extremadamente representativa de una civilización que no se aferra a sí misma, una Europa sin rostro y hueca sobre un toro igualmente hueco y esbelto). Nada de mitos, nada de historias, sólo "valores" abstractos, los famosos "valores democráticos" nunca suficientemente definidos (pues examinar valores para intentar definirlos ya es un poco cuestionarlos). Por otra parte, si la búsqueda de definiciones a partir del examen lógico de los conceptos es marca fundamental del pensamiento occidental, la elevación de los "valores" al nivel de lo indiscutible atestigua cuánto el Occidente actual se aparta de sus propias tradiciones intelectuales. Lo cierto es que Occidente no nació con la Guerra Fría. Hay que ir mucho más lejos para poder discutir lo que está en juego. En las antiguas tradiciones paganas de Europa, quedaba siempre en el Oeste la tierra de la felicidad, las islas afortunadas, los Campos Elíseos de donde sopla el viento Zéfiro que alegra a los hombres, el jardín de los pomos de oro (el jardín de las Hespérides, donde el griego hesper corresponde al latin vesper, la tarde, la dirección de la puesta de sol, Occidente, de la misma raíz del germánico west de donde proviene a través de los visigodos el portugués oeste). Aquí se puede señalar una diferencia determinante entre los paganismos europeos (griego, germano, celta) y los del oriente antiguo, pues para estos últimos la dirección más sagrada siempre fue el nacimiento, el Oriente. En cierto modo, el Occidente nació con los griegos no sólo por la fundación de todas las tradiciones culturales que se conocen, sino también por ser el primer pueblo que conscientemente identificó lo sagrado, el numinoso, al menos en parte, con la dirección del sol poniente. Bajo el riesgo de generalizar barbaramente las complejas cuestiones de la arqueoastronomía y de la arquitectura religiosa antigua, se puede decir que los griegos hicieron un giro de 180 en dirección de lo sagrado, y con eso redireccionaron la historia.

El giro de la dirección sagrada de este a oeste guarda relación con el fundamental cambio en la vivencia del tiempo que diferencia a los griegos de las civilizaciones medio-orientales. La primacía simbólica del este tiende a colocar el centro de gravedad de una cultura en el pasado, en el origen del día eternamente repetido; la primacía del oeste desplaza el centro hacia el futuro, el destino del sol siempre buscado y nunca alcanzado. Con el giro, nace el sentimiento histórico. Al arrojarse al mar los griegos se lanzan también al tiempo. La historia como sensación de estar dentro de una marcha hacia lo desconocido y de poder influenciarla, la expectativa permanente de lo nuevo por oposición al "eterno retorno": se trata aquí también de una invención griega. Los griegos no crearon sólo la palabra "historia" y la narrativa histórica, trajeron al mundo el propio contenido de ese concepto. Como en tantos otros ejemplos, la palabra griega aquí es creadora e instauradora de una realidad, y no simplemente designadora. La historia, por lo tanto, es una idea esencialmente occidental y el Occidente es esencialmente histórico, una milenaria epopeya dialéctica donde se contraponen, conviven y se recombinan el Ser y el Tiempo. No por casualidad los grandes proyectos de aniquilación o superación de Occidente -el marxismo y su actual reconfiguración en el globalismo- predican y desean el fin de la historia.
(El Occidente también es esencialmente histórico gracias a sus raíces bíblicas. La Biblia es básicamente la historia de la salvación, en una estructura dramática donde todo se relaciona con todo y donde la relación del hombre con Dios se ejerce en la historia, en el tiempo: he aquí la gran innovación del judaísmo que transforma la divinidad en algo histórico y la historia en algo divino. Esa concepción se traspone desde el inicio al cristianismo pero viene siendo olvidada en nuestra pobre visión de mundo contemporánea donde todo es compartimentado, donde la política y la fe no se tocan, donde nada se relaciona con nada y donde el tiempo deja de ser la palpitante vivencia del destino para tornarse apenas en conteo de minutos. Como dice san Agustín, prefigurando la moderna cosmología, el mundo fue creado con el tiempo, no había tiempo antes de la creación. En cierta forma, el tiempo-vivido como historia- es la creación misma, por lo que la historia tiene origen divino, y así el proyecto del fin la historia constituye un gran ataque contra la divinidad creadora.)

La fe cristiana da continuidad a esa reorientación de la simbología sagrada hacia el oeste. A diferencia de la mayoría de los templos paganos, orientados hacia el naciente, la mayoría de las iglesias cristianas se construyen frente al poniente. El giro occidental se manifiesta igualmente en el culto a María: a la hora del atardecer los católicos cantan en alabanza a la Virgen, identificada con la estrella vespertina, o sea, el planeta Venus que brilla poco encima del horizonte occidental en la puesta del sol, a Stella Maris que indica a la humanidad navegante el camino de Cristo.

El anhelo inextinguible de los griegos por el mar los conducía necesariamente hacia el oeste a partir de su canto en el mediterráneo oriental. Una leyenda cuenta que Ulises, muchos años después de regresar a Ítaca y reencontrarse con Penélope, decidió lanzarse nuevamente a la pasión del mar, llamó a los amigos y se aventuró hacia el Océano más allá de las columnas de Hércules, llegando a fundar, en el extremo oeste del continente, la ciudad que llamó Ulissipo, nombre que más tarde se convirtió en Ulissipona, Lissipona, Lisboa. Fernando Pessoa recuerda esta leyenda fundacional de la lusitanidad y asevera: "el mito es la nada que es todo". Ulises o no, los portugueses han heredado este deseo Occidental y Brasil es el fruto. Somos el extremo occidente de aquella "occidental playa lusitana". ¿Somos otras cosas también? Ciertamente. Pero sin el origen no somos nada, un ser cortado de su origen no es ser, apenas subsiste. Si el mito es la nada que es todo, los brasileños somos griegos por canon, somos hijos de las Lusíadas y nietos de la Odisea, herederos legítimos del milagro griego, romano, europeo, ibérico, occidental.///////////////////// (Cabe aquí una nota sobre Donald Trump y Europa. No sé si el presidente Trump leyó a Homero, me imagino que sí, pero de todos modos el Occidente que él concibe tiene lugar para Homero, a diferencia del Occidente derivado de la crítica cultural y del marxismo de la escuela de Frankfurt, al contrario también de Occidente de los "valores liberales" de algunos estadistas europeos. La dialéctica de la Ilustración de Adorno y Horckheimer, texto fundamental del marxismo cultural, en gran parte es un intento de deconstruir y condenar a la Odisea como una celebración del machismo y del colonialismo. Y con la Odisea, tiran todo a la basura, Platón, Aristóteles, San Pablo, San Agustín, toda la cultura y tradición e historia, todos los reyes y hechos y pueblos y batallas, todo para ellos no pasa de un engaño burgués. ¿Cuántas de nuestras instituciones occidentales dichas liberales caen, sin darse cuenta, en esa autoconcepción suicida? ¿Los estadistas europeos leyeron a Adorno y Horckheimer? Aunque no los hayan leído, parecen seguir inconscientemente su camino. Trump desafía a los europeos a reanudar con su historia, sus héroes, sus orígenes, a cerrar los libros de la Escuela de Frankfurt y reabrir las epopeyas - por eso tantos europeos lo detestan, algunos otros lo admiran.)

Muchos hoy ven en el nacionalismo, en el sentimiento nacional, peligros horribles y se alejan atemorizados. ¿Hay peligro? Claro que sí. Siempre hay peligro en ser lo que se es. Pero la alternativa es no ser nada, es reducirse a un esquema políticamente correcto, un estado sin nación, un país sin pueblo. Dice Hölderlin: Wo aber Gefahr ist, wächst da Rettiende auch, "Pero allí donde hay peligro, allí también surge lo que salva." ¿Estamos entrando en un mundo más peligroso? Sí, afortunadamente. En Brasil como en todo Occidente, nuestras raíces demandan esa aventura. Abandonemos nuestra zona de confort como Ulises cuando salió de su jubilación en Ítaca para fundar la epopeya atlántica y afrontar nuestra complicada occidentalidad.

Un Brasil desprendido de Occidente es un Brasil artificial, superficial, un Brasil de plástico. Guimarães Rosa, entre otros, cultivó la mística de un Brasil profundo y necesariamente ligado a los manantiales europeos, el gran sertão como una inmensa Iberia, lo cultivó y lo reinventó en su lengua laberíntica y en las extrañas correspondencias que hacen las figuras del viejo mundo resurgir en nuestra vastedad. Ariano Suassuna con su Pedra do Reino buscó el sueño de una monarquía cabocla vinculada a las profundidades del tiempo mítico. A lo largo de la historia brasileña, sólo los nacionalismos más superficiales y caricaturescos (como el de Policarpo Cuaresma en Lima Barreto) rechazaron la herencia occidental./////////////////////////// Las otras herencias, como la amerindia, la africana, la japonesa o la libanesa, no deberían ser vistas como algo que nos desconecta de la herencia occidental, sino como parte de un destino que la potencia. Es preferible hablar de aventura occidental, más que de herencia, pues la "herencia" trae una connotación estática, de algo a ser simplemente gestionado, mientras que la "aventura" nos lanza en el ámbito de la vida en permanente creación, de algo generado, un proceso orgánico en el que confluyen todos los linajes. Brasil y las Américas en general representan, quizás, no un mero accidente, sino la clave esencial de esta aventura.

De hecho, el "proyecto América" del que Brasil forma parte surge en el inicio de la civilización occidental, nuevamente en el canto de Homero, cuando los héroes primero empujaron sus quillas hasta el mar salado y tocaron las olas divinas, néas men pámproton erýssamen eis hayla dian (Odisea, IV, 577). El impulso occidental no nace en la ganancia de riqueza, sino en el deseo de aventura y trascendencia, de la aventura como trascendencia y viceversa, de rumbear hacia lo sagrado a través de lo desconocido que en sí mismo es sagrado, pues el océano que esconde las islas afortunadas es también lo que las proporciona y revela. Por eso el mar y la navegación constituyen uno de los más poderosos símbolos ancestrales de Occidente, una civilización marítima por vocación inextricable.//////////// Decir que Occidente está basado en la democracia hasta puede ser correcto, pero es muy incompleto. El Occidente está basado en Homero y en todo lo que vino después, y un aspecto de esa tradición es la democracia, creación del genio griego no por casualidad, sino como congénere de las otras creaciones. La democracia es esencial para el occidente de hoy porque forma parte de aquella esencia original que irrumpió con los griegos y que produjo, junto a la democracia, también la filosofía, la ciencia, las artes, la teología cristiana, el derecho, la propia lengua griega que todavía hablamos todos los días cuando decimos por ejemplo "lógica" o "misterio" y sin la cual la vida del espíritu sería imposible - todo ello fruto del mismo impulso de asombro y libertad. No podemos, o no debemos, quedarnos sólo con la democracia y tirar todo el resto, toda la cultura occidental íntimamente vivida a través de veinte y tantos siglos, pues el sentimiento democrático es sólo parte de una pasión y de una novela mucho más grande.
(No cabe abordar aquí la apremiante cuestión relativa a la capacidad de otras civilizaciones para la democracia. El orden liberal global presupone, en principio, la capacidad universal para la democracia, y en ese punto yo, personalmente, estoy de acuerdo. El problema es que el mismo orden liberal no vive de acuerdo con ese principio, podemos discutirlo en otro momento.)

En suma, por más que se debata si Brasil pertenece plenamente a Occidente en una concepción político-diplomática, es innegable que pertenece a Occidente, de manera íntima e ineludible, en el plano cultural-simbólico. La concepción de Occidente como un conjunto de "valores" debería estar incrustada en la concepción cultural-simbólica, porque no se sostiene sola. Hay que reasignar a Occidente en el terreno cultural-simbólico, fertilizando el terreno político-diplomático, cuya actual aridez, al lado de una confianza excesiva en "valores" asépticos, no permite sostenernos en el curso de esta aventura ancestral.

El Occidente es como un barco de Ulises abandonado en la playa (o, para nosotros brasileños, una balsa de Ulises, retomando el título de la novela de Viana Moog), un barco que tal vez todavía podamos empujar de vuelta al divino mar salado, eis hála dían.

Ernesto Araújo, Canciller de Brasil desde el 1 - 1 -2019.

 

martes, octubre 09, 2018

CÓMO OBTENER 50 MILLONES DE VOTOS CON UN CELULAR










Sin dinero, sin equipo de comunicación -filmó sus últimas aparciones nacionales con celular-, sin tiempo de TV ni radio, sin estructura partidaria, sin empresa ni experto en marketing alguno, sin alianzas partidarias de envergadura y contra todas las encuestas y los medios; como si fuera poco, un atentado político lo elimina de la campaña activa durante las últimas tres semanas, Jair Bolsonaro arrasó con el 46 % de los votos e hizo relucir todo lo que tocó. 

Los candidatos a gobernadores indicados por el líder de la derecha que no eran parte de sus listas (el mínimo partido que aloja al capitán no presentó candidatos de gobierno estadual) ganaron o revirtieron las encuestas al momento de declarar el apoyo a Bolsonaro, quedando primeros para disputar el segundo turno.  

Solamente 8 de los 54 senadores en disputa fueron reelegidos. Las figuras locales del PT fueron derrotados en todo el país. Los políticos que buscaban refugiarse en el “foro privilegiado” de las cámaras fueron expulsados ipso facto

La revolución brasileña entró en las instituciones representativas de la República Nova. 
La canarinha va al segundo turno con 50 millones de votos a su favor.





(Iba a escribir un post sobre el triunfo en las elecciones brasileñas de Jair Bolsonaro, pero preferí transcribir, del blog O Mito (El Mito) -www.bolsomitoamlat.blogspot.com- el breve e incisivo texto anterior. Más allá del personaje Bolsonaro, aflora un  proceso, con manifestaciones sísmicas, que recorrre la sociedad brasileña y encarna en buena parte de su juventud, de hartazgo de la clase política, de la partidocracia sin partidos pero con uniones transitorias  alrededor de personajes exaltados por el marketing; de conformación, bajo el pabellón de "democracia" de un complejo político-empresarial signado por el saqueo de los dineros públicos; de la imposición de lo "correcto"  por parte de minorías del tipo LGBT; de la ruptura con lo profundo, indisponible y trascendente. Populismo reactivo, si se quiere, cuyo surgimiento entre nosotros el kirchnerismo con su ideología de volido corto pero uña rapaz (Cristina puesta bajo la protección del sindicato de ex presidentes beneficiarios en su momento del Foro de São Paulo), el peronismo raciocinante con su búsqueda de centrismo deshidratado y el macrismo (al que el populismo de clase media llevó a la Rosada en 2015) entregado a la cópula entre revolución cultural y cobijo tutelar de los "mercados", ha impedido manifestarse hasta ahora. La llaman "a revolução canarinha". A tener en cuenta).

NB:  "Canarinha" es el apelativo de la camiseta amarilla de la selección brasileña

martes, septiembre 29, 2009


PERDIENDO PIE EN HONDURAS





En una entrega anterior –“Metiéndose en Honduras”- especulé, a partir de unas declaraciones de Mel Zelaya en que le pedía a Barak Obama medidas de retorsión contra su país, con que se intentase constituir una nueva Santa Alianza contra el Congreso y la Corte hondureñas, con los EE.UU y la UE como partícipes. Al fin, la Santa Alianza se formó realmente, con Lula da Silva como nuevo Metternich, y el propio Zelaya, “abrigado” en la embajada de Brasil en Tegucigalpa, esperando ser restaurado con gloria y majestad en su trono tropical, una vez depuestos y castigados los usurpadores. Todo con el aplauso europeo, el visto bueno del presidente norteamericano, que quiere sacarse cuanto antes este incordio de encima, y un coro de partiquinos regionales, donde descuella nuestra presidente.

Cualquier observador con libertad íntima e independencia práctica, examinados los hechos, concluye que en Honduras no hubo un golpe de torvos militares para echar a un presidente regularmente electo, sino un fallido golpe de un presidente regularmente electo para fabricarse una reelección prohibida por el texto constitucional de aplicación (art. 239). Ello llevó a un conflicto de poderes entre el presidente, de un lado, y el Congreso y la Corte Suprema por otro, que –en un país que no cuenta con el instrumento del juicio político- condujo a la destitución del titular del Ejecutivo por el Congreso, lo que fue ratificado por la Corte que, además, inició una causa contra aquél. El mismo Zelaya renunció a la presidencia y un destacamento militar lo apresó y lo expatrió de hecho, metiéndolo en un avión rumbo a Panamá. Que esto último fue contrario a derecho, también es claro, ya que correspondía, en todo caso, ponerlo derechamente a disposición de los jueces de su causa. Por otra parte, la propia constitución hondureña, en su art. 10, prohíbe que un ciudadano sea expatriado. En resumen, ante el intento del presidente de violar la constitución en cuanto quería introducir la reelección y el cese de la alternabilidad en el ejercicio del poder ejecutivo (cuya infracción en el art. 4º de la citada constitución es considerada traición a la patria), se procedió a su destitución por vía legal, incurriéndose luego en una antijurídica deportación de Zelaya en lugar de someterlo a sus jueces naturales. Así las cosas, es obvio que se trataba de una cuestión del resorte de los hondureños y que sólo estos estaban en condiciones de resolver, máxime cuando, en el próximo mes de noviembre, deben realizarse elecciones para la renovación presidencial, que el gobierno provisorio no ha suspendido ni postergado. A los demás países sólo les correspondía respetar los principios de autodeterminación y no intervención en los asuntos ajenos. No “meterse en Honduras”, expresión que en nuestra lengua significa que alguno se inmiscuye en lo que no le importa. Lo más indicado, en todo caso, era procurar, por medio de los buenos oficios diplomáticos, ya por la OEA o por los principales países de la región, que el entuerto discurriera por vías pacíficas.

Nada de esto ocurrió. La situación fue pintada por Zelaya, en versión inmediatamente recogida por los medios, los gobiernos y la propia OEA, como un inaceptable atentado a la regularidad democrática hondureña. Los “golpistas” fueron acusados de usurpar el poder por las armas y de desencadenar una persecución contra el “pueblo hondureño”, que se decía añoraba al caudillo talludo de pelo teñido bajo el sombrero ranchero, como los americanos decíamos añorar a Fernando VII, el “Deseado”, hace doscientos años. Obama, preocupado por el embrollo afgano, los bombardeos a Pakistán (treinta y siete hasta el 27/09) y por perpetrar en la cárcel de Bagram (Afganistán), a escondidas, lo mismo que salió a la luz en Guantánamo o en Abu Ghraib, encontró un alivio inmediato en condenar el “golpe” ante los micrófonos. Hugo Chávez, seguido de cerca por Evito, Correa y Ortega, celebró denostar a unos villanos que lo eximen momentáneamente de desempeñar ese papel algo fatigoso. Los capitostes de la UE festejaron encontrar un chivo expiatorio en área bananera, y contribuyeron al barullo para olvidarse un rato de sus propios problemas. Nuestra presidente, ya se sabe, de la boca y del país para afuera, compra todos los discursos propicios a las almas bellas, en la onda de los salmos edificantes que entona el bajo clero de la progresía. En fin, todo el mundo se pudo crear, a bajo costo, una buena conciencia y rehacer una virginidad a partir de unos honduqué? perdidos en el mapa de tierras calientes. Hasta la OEA, templo de la inutilidad y asiento de la ineptitud, por secretario general interpuesto desenvainó la faca y se le fue al humo a los honduritas, expulsando al país de la organización, propiciando sanciones que recaen en el pueblo afectado, exigiendo restituciones y otras demasías, que –casualmente- son del mismo tenor que las que, por resultar atentados al buen sentido, la autodeterminación y la no intervención, fueron levantadas a Cuba, por el mismo organismo, en junio de este año. Mayor coherencia, don Insulza, imposible.

Cuando Zelaya paseaba su sombrero y su tintura por diversas tribunas de la región, un poco a la manera de aquel Bertoldo medieval que buscaba un árbol para ahorcarse y no encontraba ninguno satisfactorio, y el coro se había puesto de acuerdo en la barbaridad de no reconocer siquiera las elecciones de noviembre, a las que concurre el propio partido del Mel, como si fuésemos pocos, alumbró el Brasil. O simpático malandro Zelayita apareció arropado en la embajada brasileña en Tegucigalpa, desde donde incita a la batalla final contra los usurpadores, mientras su legítima denuncia que Micheletti manda gas venenoso por las cañerías al reducto, a la manera de un Putin subtropical y, visiblemente, con escaso efecto. Hugo Chávez se parachutó sobre la iniciativa y dijo que era de él, que los bolivarianos lo habían llevado, con lo que no le hizo ningún favor a Lula, si es que los venezolanos pueden utilizar las embajadas de la República Federativa del Brasil a manera de albergues transitorios para políticos centroamericanos defenestrados. Supongamos que no es así y Huguito, como siempre exagera: va embora. Supongamos que Brasil, líder regional aspirante a quinta potencia mundial y a su sillita en el Consejo de Seguridad, salió a la cancha. Sale, pasándose por el arco de triunfo la autodeterminación de los pueblos y el principio de no intervención, a convertir su sede diplomática en tribuna de Zelayita. Sale a designar oficialmente como usurpador al actual gobierno. Sale a decir que las elecciones –el recurso para apaciguar el conflicto- no tendrán lugar. Sale a propiciar algo que se llama “intervención”, o casi mejor invasión. Crea el estado de excepción con el albergue a Zelayita y se queja después del estado de sitio como respuesta. Pero, garotos, ése es el libreto de la USA, Yanquilandia, Gringolandia o Invadoladia, como me apunta el compañero Pino Solanas. Campeones en el fútbol, desde luego. Líderes regionales, de acuerdo. ¿Pero la de Harrison Ford y Bruce Willis también? ¿Se vienen con la dirección de Tarantino? ¿Se les perdió en Tegucigalpa algún soldado Ryan de Copacabana? Pare la mano, don Luiz Inacio. Si no, ¿qué nos deja a los progres? ¿Vamos a tener que renunciar al samba, a la caipirinha y a Sonia Braga por “imperialistas”? Pare la mano, amigo Lula.-
En la imagen, estatuta de Zelaya provisoriamente trasladada

lunes, marzo 03, 2008

LA UNIÓN SUDAMERICANA ENTRE EL SUEÑO Y LA PESADILLA

Luis María Bandieri

Desde lejos los suramericanos nos engolosinamos con la referencia al “sueño de San Martín y Bolívar”. El sueño, claro está, de la unión continental, que tantas proclamaciones sucesivas han intentado trasladar a la vigilia. La última fue la Comunidad Suramericana de Naciones, constituida en Cusco en diciembre de 2004. Como siempre que se adjudican premoniciones a próceres máximos, conviene –para que la poesía de aquellos sueños pueda volverse prosa efectiva algún día- efectuar algunas precisiones.

San Martín, en nombre de la ideología de la “emancipación” –la independencia fue un acto político, la “emancipación” una soflama ideológica inspirada en la filosofía de las Luces- proyectó una Suramérica repartida entre varías monarquías, cada una de ellas con un dinasta europeo a la cabeza. Con todo lo que puede atribuirse a cálculo de negociador, la propuesta que le hizo a Laserna en Punchauca de una monarquía con cabeza en Lima, que abarcaría prácticamente el territorio del antiguo virreinato del Río de la Plata, era expresión fiel de su pensamiento. Que, a esa altura, desde el Rímac se pudiese gobernar Buenos Aires, resultaba, sin embargo, algo más que aventurado.

Bolívar pensó en un anfictionado que abarcase idealmente tanto Sudamérica como Centroamérica. La clave de este proyecto era que la Gran Bretaña tuviese “el fiel de la balanza”. Contaba con los casacas rojas no sólo como poder protector sino, incluso, como tropa invasora de los EE. UU. de Norteamérica, coloso naciente que estaba en el centro de sus preocupaciones. Era también muy aventurado suponer tal escenario[1]; en los hechos, los norteamericanos avanzaron en las Antillas y la Gran Bretaña afirmó su hegemonía sobre la cuenca del Plata, remachándola con la independencia de la Banda Oriental, sin que entre aquellos y ésta ocurriese ninguna colisión.

Sin ánimo de establecer ninguna competencia procerística, orientaciones quizás más efectivas hacia una confederación suramericana pueden encontrarse en José Gervasio de Artigas o Juan Manuel de Rosas. Pero –repito- aquí se trata más bien de examinar de cerca un lugar común -el “sueño de San Martín y Bolívar”- proferido ritualmente por burócratas de la política o parásitos de la diplomacia, que oscurece y desorienta, más que aclarar y conducir a una unión política efectiva, frente a la cual ningún suramericano puede ser indiferente.

Bolívar, por cierto, era un hombre genial pero un padrecito algo inmaduro, que debió hacerlo todo a los apurones, perdiendo la mayor parte de su tiempo en luchar contra su propia gente y –además- contra aquella molesta “pardocracia” que veía dibujarse en el porvenir continental. “Pardocracia”, con perdón del vocablo discriminatorio cuya autoría pertenece en exclusiva al Libertador, que habría de tener en nuestro tiempo descendencia tan remota como impensable para los emancipadores.

En Angostura, hacia 1819, propone para la Gran Colombia una constitución que conjuntaba la presidencia vitalicia (tomada de Haití), el Senado hereditario (tomado de Sieyès) y el poder moral (tomado del censor de la Roma republicana), además de una articulación unitaria del poder territorial. Años más tarde, cuando los rivadavianos le regalaron el Alto Perú, le dio a ese rompecabezas, que llamaron en su honor Bolivia, una constitución con un presidente vitalicio, acompañado de un vicepresidente, nombrado por él, que será su sucesor. Coloca a su lado un cuerpo legislativo tricameral de elección indirecta: Cámara de los Tribunos, Senado, Cámara de los Censores. Se apartaba así en mucho de la matriz constitucional anglosajona que John Locke prefiguró y los constituyentes de Filadelfia consagraron en 1787. Intentaba, con este modelo de gobierno monocrático y –diríamos hoy- “reaccionario”[2], conjurar el fantasma que horrorizó a toda la primera generación independiente: la anarquía. Nuestros padres de las muchas patrias sentían a flor de piel que, al darnos la independencia, con ese regalo nos traían también la ingobernabilidad y el desmanejo político. Para ellos, los dos conceptos –independencia/anarquía- forman un matrimonio indisoluble. ¿Por qué? La respuesta más a la mano es que, en nuestros pueblos, había en el año X, aún, un fuerte sentido de pertenencia a la monarquía hispánica. El titular de la corona española, aunque fuese un Borbón taimado y subnormal, como Fernando VII, seguía siendo el padre común. La causa de la “emancipación” era minoritaria, cenacular y oligárquica en casi todas las ciudades del continente, salvo contadas excepciones. Esa situación de círculos conspirativos invitaba al disimulo, la máscara y el secreto de las logias. Cortándole simbólicamente la cabeza a aquel padre común, el rey, aparecerían numerosas cabecitas aspirantes a sucesoras, transformándose una unidad política trimembre –virreinatos de Nueva Granada, Perú y del Río de la Plata- en un espejo roto de diez repúblicas (si excluimos las tres Guayanas), como el mismo Bolívar presagiaba ya en 1815. Los suramericanos resultamos hijos de aquella obra, la independencia, y para aquellos que las realizaron cabe nuestro invariable reconocimiento. Nuestra historia política, desde entonces, ha sido procelosa. Muestra una tendencia periódica hacia la inestabilidad, producto, en buena medida, de lo dificultoso de hallar principios de legitimación de los gobiernos que mantuvieran un buen grado de continuidad y aceptabilidad en el tiempo. Adoptamos, en general, la matriz del constitucionalismo liberal, sin demasiada convicción ni mucho respecto, manifestándose en ese punto fenómenos continuos de resistencia y rechazo de aquella horma institucional, hasta convertirse tal desfasaje entre ficción y realidad constitucional en uno de los síntomas más evidentes de una “mentira vital” que descalifica nuestras instituciones. Esta bufera dantesca de la inorganización política aún nos arrastra, con señales de alarma encendidas especialmente en el transcurso de los primeros años del siglo XXI. Y esta historia circular y reiterada nos golpea donde más nos duele, que es la diferencia, en este punto, con los EE. UU. de Norteamérica, que los suramericanos, y los latinoamericanos en general, nos obstinamos en proyectar, del punto de vista político, como la “sombra” jungiana, la imagen obscura y densa que impide nuestra realización colectiva, con efectos paralizantes y deletéreos.

Ahora bien, el “sueño de San Martín y Bolívar”, esto es, el de una unidad política suficientemente extensa y poblada que pudiera equilibrar en el Sur la arrogancia de la América sajona, se cumplió en nuestro continente. Pero no con los herederos de la corona española. Fue en el Brasil, con los primos cachorros del león ibérico. Este 2008 se cumplen doscientos años de la fuga de los Braganza desde Lisboa a su destino final en Río de Janeiro. Recordemos las circunstancias. La reina María de Portugal, enferma mental, dejó el poder en manos de su hijo, el futuro Juan VI, a título de regente. Juan de Braganza estaba casado con Carlota Joaquina de Borbón, hija de Carlos IV. Portugal era, por entonces, una especie de factoría inglesa: Lisboa y Oporto eran grandes almacenes de la mercadería que el comercio inglés introducía en el continente. El reino no se plegó al bloqueo continental decretado por Napoleón. Un ejército francés atravesó entonces España e invadió tierra portuguesa. Cuando llegaron a Lisboa, la corte se había embarcado rumbo al Brasil, junto con un gran número de funcionarios[3], en una maniobra cuidadosamente planeada. Desde luego, un rey es simbólicamente el padre de su pueblo. Los portugueses se consideraron abandonados por la dinastía y los lisboetas no se privaron de fulminar a la familia de “cagoes” que se había largado a la “terra dos macacos”. Esto explica cómo tres mil franceses pudieron mantenerse en una ciudad de trescientos mil habitantes. La fuga obedeció a una estrategia para no caer en manos de Napoleón –como Carlos y Fernando en Bayona, poco después. El plan, visto en perspectiva, tuvo sus aciertos, ya que don Juan volvió más tarde a reinar en Lisboa. Mientras la corte estuvo de este lado del charco, el Brasil fue un reino independiente con su monarca y su corte. La guerra de la independencia que afectó a los virreinatos hispanoamericanos no lo golpeó, pues. En la mente de su monarca desarrolló, en cambio, dos ideas principales: la primera, la necesidad de mantener férreamente la unidad territorial; la segunda, la de extenderla hacia el virreinato del Río de la Plata, continuando una política ya planteada en ese sentido desde el siglo XVIII. A la caída de Napoleón, Juan VI regresó a Portugal y dejó en su lugar a su hijo Pedro. El último consejo recibido por éste de su padre fue que, en caso de que los vientos de independencia se desarrollaran en el Brasil, se pusiera él mismo a la cabeza de ese movimiento. Cuando se le exigió el regreso a él también, como príncipe heredero, proclamó en 1822 la independencia y tomó el título de emperador del Brasil[4], organizando el país en una federación. La sumisión de las provincias se obtuvo por medio de la fuerza, conservándose la unidad territorial. Ocho años después del grito de Ipiranga, solo y desterrado, moría Simón Bolívar. En los finales, dejó escrito que la América española era ingobernable por sus hijos, que hacer una revolución en nuestras tierras equivalía a arar en el mar, que lo mejor que se podía hacer aquí era emigrar y que el poder en las nuevas repúblicas se lo disputarían tiranuelos imperceptibles.

El Brasil, con sus ocho millones y medio de kilómetros cuadrados y sus casi doscientos millones de habitantes es una gran república gracias a la monarquía y a aquel bon vivant de Juan VI. De otro modo, cabría suponer que en su territorio habrían surgido, por lo menos, tres repúblicas (nordestina, mineira y suleira) en guerra entre sí y con sus vecinos.

A poco de desembarcar en nuestro continente los Braganza, ante el sesgo de la política europea y sometida la corona española en Bayona, un grupo de notables rioplatenses solicitó a la infanta Carlota Joaquina de Borbón que bajase a Buenos Aires y asumiese como regente del trono. Fue el proyecto llamado “carlotista”, que dio a un teje y desteje diplomático entre don Juan, su mujer, el ministro Rodrigo de Souza Coutinho, el embajador inglés en Río de Janeiro, lord Strangford y el grupo porteño, proponente de esta suerte de Mercosur anticipado[5].

La relación con el Imperio brasileño pasaría por momentos de alta tensión en la disputa por el dominio de la cuenca del Plata, que se dirimiría en la Banda Oriental,. En 1826 estalla la guerra que finaliza en 1828 con el reconocimiento de la independencia de la República Oriental del Uruguay. En 1851, el pronunciamiento de Urquiza y su alianza con Brasil y Uruguay culminan en la derrota de la Confederación Argentina en Caseros. La guerra de la Triple Alianza, que tiene como causa inmediata la guerra civil en el Uruguay, marca un giro, ya que el gobierno argentino se puso al lado del Brasil, coligados ambos bajo un discurso ideológico: castigar las demasías del tirano Francisco Solano López. En las vistas de Mitre se anota también la de plantear una “causa nacional” llevada hasta la guerra –sirviendo muy a propósito para ello la invasión paraguaya a Corrientes- aunque, en los hechos, fuera librada aquélla principalmente por Buenos Aires. De todos modos, las tensiones con el Brasil, aunque amortiguadas, habrán aún de reaparecer. Cuando Roca, con el cañón y la corrupción establece en 1880 el Estado nacional, la atención se dirige más bien a la frontera chilena que a la guardia oriental, buscándose no abrir conflictos por dos frentes. Por otra parte, la inserción de la Argentina como porción extraoficial del Imperio británico, merced al intercambio de los frutos uterinos de la tierra por los elaborados por la industria inglesa, sin perjuicio de crisis y altibajos, produce un distanciamiento, en términos económicos, de la Argentina respecto del resto latinoamericano, a lo que se suma un aporte inmigratorio más importante, en relación con la población nativa, que el recibido en los EE.UU., por ejemplo. Hacia 1910, el 50% del PBI latinoamericano era producido por la Argentina, el 25% por el Brasil y el 25% restante por el todos los demás. A principios del siglo XX, tuvimos una situación prebélica con el Brasil, debido a una carrera armamentística y la suposición del canciller Estanislao Zeballos que los brasileños nos invadirían[6]. En esa oportunidad, mientras la Argentina buscaba el apoyo de Chile y Brasil obtenía el del Uruguay –gobernaban los “colorados” y nuestro gobierno apoyaba encubiertamente a los “blancos” revolucionarios- la Gran Bretaña operó para poner paños fríos en la cuestión, haciendo jugar la pax britannica en defensa de su aprovisionamiento de alimentos. El canciller brasileño, barón de Río Branco, consiguió también poner de su parte a los EE.UU. “Sigue siendo un hecho -decía en 1945 Gilberto Freyre- que similitudes y diferencias atraen Brasil hacia Estados Unidos de una manera especial y hacen que los países se complementen el uno al otro de una forma particular”[7]. Esa relación ha continuado, casi sin sobresaltos, en los mismos términos hasta hoy. En cambio, con la Argentina hubo más bien relaciones competitivas, mientras ello fue posible, y hoy está muy difundido un sentimiento antinorteamericano, una década después de que un canciller describiera el vínculo entre ambos países como “relaciones carnales”.

Satisfecho el interés brasileño de que la Argentina no armase coaliciones regionales en su contra, las relaciones se han mantenido en un nivel preponderante de colaboración o de competencia reglada. El despegue brasileño y la consiguiente ventaja adquirida sobre nosotros, visto a principios del siglo XXI, recuerda el sorpasso argentino de inicios del siglo XX. “Mientras nosotros nos concentramos en temas importantes pero menores en una escala de soluciones de largo plazo, los brasileños han confiado su futuro a llevar adelante otras categorías programáticas que en poco tiempo los habilitaron para ser considerados potencia en general y hegemónica en la región en particular. Ajustada la acción a un proyecto estratégico que parece haber sido compartido por Cardozo y Lula da Silva, los resultados, despejados de otros enfoques, son espectaculares. De aquí mi sorpresa ante la falta de consideración del tema por nuestra clase política presidenciable, sobre todo”, escribía Marcelo Lascano poco antes de nuestras elecciones presidenciales de 2007[8].

El Mercosur nació -Tratado de Asunción, 1991- como un proyecto protopolítico de integración continental de la cuenca del Plata con la olla amazónica. Subyace allí la intuición geoestratégica de fundir en una alianza perdurable lo que fue, antes de la independencia, y luego de ella, campo de enfrentamiento entre España y Portugal, primero, y entre la Argentina, Paraguay y los “blancos” uruguayos, de una parte, y el Brasil, luego. El antecedente de este intento es el audaz proyecto carlotista al que nos referimos antes. Si se piensa que el Virreinato fue establecido con cabeza en la Buenos Aires contrabandista para balancear el avance portugués encabezado por los bandeirantes, que esa disputa continuó sangrientamente en la Banda Oriental, que se llegó a una guerra entre la República y el Imperio y que Caseros es una continuidad y desquite de esta última, se comprenderá que un intento serio de cancelación del conflicto y la simultánea búsqueda de un interés común resulta cuestión de alta, hasta diré de altísima política continental. Ahora bien, los hombres de politiqueo que firmaron el acta de Asunción sintieron campanas, pero no sabían adónde repicaban. El modelo que se les impuso, obviamente, era el de la Unión Europea. La Unión Europea, en 1991, era una unión económica que marchaba a paso firme a la unión monetaria, y que esperaba concluir en la unión política. Había empezado como zona de libre comercio y pasado fructuosamente al estadio de mercado común, El Mercosur nació como unión aduanera, pero no llegó siquiera a zona de libre comercio, no habiendo podido establecerse un arancel común. Creo, lamentablemente, que la mayor responsabilidad cabe en ello a nuestro país, cuyos grupos dirigentes aprovecharon el comercio bilateral con Brasil cuando fue favorable, patalearon cuando ello se dio vuelta, mandaron el país a la devaluación estafatoria y al default fraudulento sin avisar a nadie y, luego, reclaman por si una bolsa de arroz o un par de zapatos nacionales no es debidamente protegido. En medio de ese fracaso, a instancias nuestras, Venezuela ingresó a fuerza de petróleo como socio del Mercosur. Un gran poeta mexicano, López Velarde, decía que a su país "el niño Dios le escrituró un establo/y los veneros de petróleo el diablo". El petróleo tiene algo de endiablado y alucina a los disfrutadores de su renta[9]. Venezuela no trajo al Mercosur otra innovación que la de poner una ideología moribunda y demodée, el socialismo, dentro del fracaso común, como una especie de arco de entrada a una fase superior del subdesarrollo. Venezuela pertenece al cordón andino, el otro guión histórico, político y geoestratégico de Sudamérica (antes de entrar al Mercosur, Chávez abandonó la Comunidad Andina de Naciones, su grupo regional de pertenencia). El punto de fricción de ambos gigantes es el occidente y el oriente bolivianos, su zona andina aymara que habla esa lengua y el quechua, por un lado, y su zona selvática que habla guaraní y castellano, por el otro. Allí están puestas las condiciones para un estallido, ya que un Estado unitario en el que se ha metido la cuestión étnica como eje de la diferenciación amigo/enemigo no puede sostenerse. En una visión reductiva e infantil, nuestras sociedades parecen dividirse entre un grupito de yetties que ganan millones con la Palm Pilot o de egresados de Princeton con un PhD para vender galletitas o enseñar a evadir impuestos, esto es, una clase cosmopolita e irresponsable, mecida por el MP3 y pautada por su Tag-Heuer, que vive su golden dream con deprecio absoluto del resto, por un lado, o las sufridas etnias originarias unificadas por la hoja de coca, que quieren volver al refugio colectivo del ayllu y a la mita solidaria, cuyos líderes se encasquetan el chuyo fashion, el poncho y acompasan su ritmo milenario...con un Tag-Heuer. Parece que nuestro dilema bicornuto se presentase entre dos simulacros, uno de adelanto y otro de arcaísmo.

Estos días presenciamos cómo nuestro flamante socio en el Mercosur parece plantear un casus belli con Colombia, manifestándose, además, como aliado y protector de una agrupación en armas declarada ilegal en territorio colombiano.

En estas circunstancias, resulta conveniente plantearse otra vez la pregunta sobre la unión suramericana, sobre el “sueño de San Martín y Bolívar”, que parece rumbear a pesadilla. En el tablero de la mundialización política y la globalización técnica sólo hay lugar para los grandes espacios. Aunque Chávez encare para el lado erróneo, acierta en que nuestro continente debe participar, con la conciencia de sus limitaciones, en aquel gran juego, si no quiere simplemente ser arrastrado por el ventarrón de los acontecimientos.

Para comprender un poco mejor nuestras posibilidades de unión, creo que hay que distinguir a Brasil del resto de los países que conformamos Suramérica. No sólo por su tamaño, población, PBI, etc., sino por una característica de su cultura. Se requiere, a esta altura, un pequeño excursus. Para estudiar un ciclo histórico de un modo abarcativo debemos recurrir al concepto de culturas. Cultura es una cierta relación hombre con el mundo. Es la manera en que el hombre hace del mundo su mundo. Cuando hablamos aquí del hombre, lo entendemos en comunidad con otros hombres, todos ellos unidos por una cierta consideración del sentido de la vida y de la configuración del mundo, que se manifiesta en formas de comprender y de actuar, respecto de creencias, costumbres, el arte, la ciencia no técnica, el derecho, la política, etc. Toda cultura así considerada constituye una unidad más o menos coherente dentro de tiempo y espacio; el espacio es, generalmente, el área de una lengua, ya que el elemento cohesivo en la mayor parte de las culturas es la lengua. Tomando el ciclo de desenvolvimiento de las culturas se desarrollaron los análisis históricos de Spengler, Toynbee y Sorokin, entre otros, así como los más devaluados y deshidratados de un Huntington, en el presente. Nuestro empeño es más modesto, ya que se concentra en un aspecto de las culturas, que es el político. Desde ese punto de vista, las culturas pueden dividirse en convergentes y divergentes. En las divergentes se manifiesta un particularismo fuerte que impide o dificulta a los pueblos y naciones que componen esa cultura uniones políticas duraderas. Las convergentes se han formado alrededor de un núcleo dominante y forman unidades políticas relativamente compactas. La cultura griega clásica y la cultura occidental –que Spengler llamó “fáustica”- son ejemplos de culturas divergentes. La cultura romana clásica y la cultura norteamericana son ejemplos de culturas convergentes. En las culturas divergentes, el fenómeno recurrente es la desunión, que lleva –incluso- a pactar alianzas con otras culturas extrañas y hasta enemigas, que funcionan como terceros opresores –divide et impera- o terceros aprovechadores –tertius gaudens. En ellas estallan guerras destructivas, como la guerra del Peloponeso o las dos guerras mundiales en el siglo XX. En las culturas convergentes aparece la característica recurrente de movimientos separatistas que pueden producir sangrientas guerras intestinas. En la cultura romana puede ejemplificarse con la secesión plebeya al Monte Aventino, conflicto que se compone a través de la creación del tribunado; más tarde, en cambio, en las llamadas “guerras sociales”, la rebelión de los itálicos es violentamente sofocada para, luego, ir aceptando poco a poco sus reclamos. En la norteamericana, el ejemplo de la guerra de Secesión resulta suficientemente explicativo.

En nuestro continente, la cultura hispanoamericana es predominantemente divergente y la cultura brasileña predominantemente convergente. Brasil superó las secesiones paulista y farrupilla. Los países latinoamericanos han chocado entre sí en muchas ocasiones –aunque nunca con la intensidad de los europeos- y han recurrido en ocasiones a terceros opresores para imponerse a sus vecinos. De allí que el famoso “sueño de los Libertadores” no se haya vuelto vigilia en Hispanoamérica sino en el Brasil. Aunque las condiciones para una unión hispanoamericana parezcan óptimas, resultando a simple vista mayores los elementos aglutinantes que los disgregadores entre naciones “hermanas” –hermanas separadas.

La unión, pues, no resulta tarea simple, y la hegemonía continental brasileña se ve sustentada y apuntalada por su carácter de cultura políticamente convergente. El Mercosur, en puridad, debería haber apuntado a instrumento político que permitiese equilibrar esa hegemonía, por medio de un contrapoder sustentado en los intereses comunes del resto rioplatense, argentino, uruguayo, paraguayo e, incluso, el oriente boliviano. La Comunidad Andina de Naciones debería fungir como el deuteragonista de este gran juego regional, irguiéndose sobre el equilibrio inestable de los conflictos viejos y nuevos que son como el hilo rojo que enhebra los países de esa columna montañosa, de tal modo que a ninguno de ellos le conviniese sacar los pies del plato y campear por sus fueros o, en porteño, “hacer la propia”. El escenario de hoy parece lejos de aquella configuración ideal: nosotros atropellamos a los uruguayos por una cuestión municipal y el caudillo venezolano ordena un despliegue de tropas en la frontera de Colombia desde “Aló presidente”.

Para avanzar algo en la efectividad de la unión, sin recaer en la poesía que se torna simple “verso”, y neutralizar al mismo tiempo las tendencias desmembradoras, se debe ante todo tener en cuenta los matices diferenciales en la cultura política que se vienen de señalar. Quizás los episodios que vivimos, de desenlace incierto, resulten el empujón que nuestro continente necesita para asumir la existencia histórica adulta. Hasta ahora, criticando a los EE.UU. porque no nos prestan atención, para luego denostar a los gringos porque se ocupan de nosotros demasiado, o imputando a la invasión europea de 1492 el origen de nuestros males presentes, los latinoamericanos hemos vivido, en general, como el puer aeternus[10], el eterno muchacho. Somos los perpetuos adolescentes, aun en la edad madura; siempre nuestra vida resulta provisional, porque falta algo, o alguien impide, que nos incorporemos al mundo real. La revolución, con su cortejo de sangre y su séquito de miseria, fue uno de los tantos recursos del pibe eterno para eludir la historia de todos los días. Y el político más dotado que Latinoamérica parió en el siglo XX –sobreviviéndose ahora trabajosamente en el XXI-, esto es, Fidel Castro, resulta un puer clásico, condenado a la estrechez de su estuche isleño, una especia de ogro en una caja de zapatos, el monstruo de Loch Ness en una pecera.

Algún día, no lejano quizás, nos elevaremos del puer al vir. La historia nos pondrá entonces otras cuestiones sobre el tapete, graves y no tan fútiles como estas por las cuales amenazamos matarnos. Mientras tanto, esperemos que el puer, en los episodios del día, resulte por demás pueril.-

[1] ) Sobre todo, el de un enfrentamiento entre los EE.UU. y la Gran Bretaña. Luego de la guerra de 1812 a 1815, entre ambos países, durante la cual los ingleses quemaron el Capitolio, y que tuvo un desenlace amorfo en la paz de Gante, tanto la política inglesa como la norteamericana –más allá de rencores recíprocos- coincidieron en apoyar a las nuevas naciones latinoamericanas en su lucha por la independencia, por su carácter de nuevos mercados y abiertas zonas de influencia.
[2] ) “Republicano, aristocrático, autoritario y antidemocrático”, lo resume Marius André, “Bolivar et la Démocratie”. Paris, 1924, p. 215.
[3] ) Fueron quince mil personas, más los archivos, libros, platería, etc.
[4] ) El Imperio del Brasil resulta, históricamente, el segundo imperio erigido en el hemisferio Sur, después del Tawantisuyo incaico-
[5] ) Suscribieron una “Memoria Informativa”, dirigida a la infanta, Juan José Castelli, Antonio Luis Beruti, Hipólito Vieytes, Manuel Belgrano y Nicolás Rodríguez Peña. El hermano de este último, Saturnino, se encontraba en Río de Janeiro, refugiado luego de participación en la fuga de Beresford, y participó en el plan. Saavedra, Funes y Pueyrredón también participaron en él.
[6] ) Fue durante el gobierno de Figueroa Alcorta y le costó la renuncia a Zeballos.
[7] ) “Interpretación del Brasil”, FCE, México, 1964, p. 174.
[8] ) “El Posicionamiento Internacional de Brasil”
[9] ) Arturo Uslar Pietri, fino intelectual venezolano, alertó a su país (esta es la tercera renta petrolífera que despilfarra) sobre la necesidad de “sembrar el petróleo”. Fue en un artículo publicado el 14 de julio de 1936, y fustigaba así a los que querían “llegar a hacer de Venezuela un país improductivo y ocioso, un inmenso parásito del petróleo, nadando en una abundancia momentánea y corruptora y abocado a una catástrofe inminente e inevitable”.
[10] ) La expresión se encuentra en las “Metamorfosis” de Ovidio, Lº IV: “tu puer aeternus, tu formosissimus alto conspiceris caelo”, tú, muchacho eterno, tu el más hermoso en el alto cielo eres contemplado