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martes, enero 01, 2019

OTRA VEZ SOBRE LOS CHALECOS AMARILLOS

El gran maestro y amigo Dalmacio Negro Pavón publicó el 28 de diciembre último, en "Disidentia", este penetrante análisis que recomiendo





EUROPA INQUIETA. 2019 PUEDE  SER MUY DIVERTIDO

Peter Sloterdijk auguraba un buen porvenir en Europa a “la revolución conservadora” en 1993, debido a “la terrible crisis de las clases políticas”.[1] Esa revolución puede haber comenzado en Francia.  La ley de la anakyclosis, la muerte y renovación de todas las cosas humanas, es tan inexorable como la ley de hierro de la oligarquía.

1.- El vanidoso enarca Giscard d’Estaing, uno de los personajes más nefastos para Francia y la Unión Europea pero premio Carlomagno, inició la marcha hacia la irrealidad política en 1974.[2] Ciclo que puede haber concluido con la sustitución del inefable Hollande, un tonto político, por Macron, también premio Carlomagno. Diagnosticado como un “psicópata que trabaja únicamente para sí mismo por el psiquiatra italiano Adriano Segatori (vid. Internet) -a quien se acusa, sin discutir el diagnóstico, de ser de extrema derecha, lo que, naturalmente, le descalifica como psiquiatra-, ha suscitado lo que puede ser una revolución -los gilets jaunes o chalecos amarillos-, no sólo contra el gobierno, sino contra el Estado-Nación. Instituido por la revolución francesa e imitado por doquier, Carl Schmitt pensaba en 1963, que estaba en las últimas. Aquejado de elefantiasis, ¿está en la agonía, o quizá en coma?

2.- Es prematuro hablar de revolución política. Pero lo que está ocurriendo en Francia recuerda al motín de Reveillon (hay ya muertos), que, según bastantes historiadores, fue la causa impensada de la de 1789. El pueblo natural sumiso a las clases dirigentes protesta contra el tren de vida de las castas que parasitan la estatalidad.

El Estado fue inventado para dar protección y seguridad a la Sociedad. Pero la anquilosada oligarquía política-financiera-económica-mediática ha convertido los Estados en enemigos de la sociedad, llamada “civil” para distinguir la parte del pueblo libre, teóricamente, de la soberanía estatal. En Alemania, decía hace siete años Gabor Steingart, para quien, por cierto, «la situación actual no es fácilmente teorizable», «der Staat hat seine Bürger verzwergt» (el Estado ha jibarizado a sus ciudadanos).[3] Y en Francia, el pueblo natural ha pasado a la acción como pueblo político –la Nación-  ejerciendo el derecho de resistencia. Menos contra los abusos de la oligarquía dirigente que, diría Ortega, contra sus usos, que es mucho más grave. El mayor, que vive separada del ciudadano común –para el Estado el súbdito contribuyente- por la frondosa burocracia dirigida por los “enarcas”, los apparatchiks tecnócratas de la nomenklatura que desgobierna el 3.- Las concausas -los agravios- del movimiento son infinitas. Pero como suele ocurrir, la resistencia ha comenzado por una cuestión de impuestos: No taxation without representation era el santo y seña de los rebeldes norteamericanos. Francia padece desde hace unos cincuenta años una crisis fiscal, que hace del Estado el mayor infierno recaudatorio de los existentes en Europa. El detonante fue el vídeo de una mujer que decía lo que pensaban muchos: “¿Por qué más impuestos? ¿Qué hace Macron con nuestro dinero?”.  Los impuestos suelen ser siempre la causa material hasta que se convierte en moral: lo que mueve a los gilets es ya el sentimiento de humillación de la Nación, el pueblo, del que se mofa la dirigencia todos los días. Ça suffit!, ¡Basta ya!  (o ¡hasta aquí hemos llegado) resume Alain de Benoist.[4] El ateiólogo Michel Onfray, rescatando una palabra inventada por Babeouf, llama “populicida” a Macron; para Guy Millière es un ejemplo máximo del impostor político;  Enmanuel Todd le retrata como un “gamin mal élevé, vicieux (pilluelo maleducado, vicioso),… una autoridad invertida”, el tipo perfecto de presidente “anticarismático”, pues quien decide políticamente debe tener algún carisma. Es el problema de casi todos los presidentes europeos, reflejo desde hace tiempo de la decadencia moral e intelectual de las élites y sus oligarquías. «La función de un gobierno libre, escribe Millière sobre la dictadura del gamin, consiste en el derecho a buscar la felicidad, no en encerrar a la población en el malestar, y un pueblo laminado por gobernantes indignos y tiránicos tiene el deber moral de derrocarlos».[5] Como en Fuenteovejuna, el pueblo defiende su honor: el honor de Francia.orden político establecido en Francia.

4.- Los europeos han empezado a darse cuenta de que están en manos de clases dirigentes “cristalizadas” (W. Pareto) decadentes y corrompidas. Gobiernan solamente para sus intereses y sus caprichos, ocultos bajo la prédica de la “justicia social” y el velo del bien-être: el bienestar del Estado y quienes lo patrimonializan. La defensa del honor de Francia por les enfants de la Patrie –los gilets jaunes cantan La Marseillaise e invocan consignas de la Gran Revolución- puede polarizar rápidamente la situación prerrevolucionaria de Europa diagnosticada por Sloterdijk y otros observadores independientes. Bastantes gilets jaunes invocan a Trump: “we want Trump!”. Y, por cierto, su imitador Bolsonaro empieza a mandar en Brasil enfrentado, asimismo, a sus corrompidas élites bolchevizantes.

Lo que hace algo más de seis semanas parecía un motín, revuelta o jacquerie en una Francia exprimida por el capitalismo de Estado –se dice que Francia es “la URSS que ha tenido éxito”-, tiene el aire de ser la premisa y la promesa de una revolución que podría extenderse por toda la Europa sovietizada. Vladimir Bukowski dixit en 2006: «la Unión Europea es la nueva Unión Soviética». Muchos están de acuerdo. ¿Se trata del comienzo de la implosión de la socialdemocracia, aplazada desde la de la URSS en 1989?

5.- Precedido por los populismos defendidos por Chantal Delsol,[6] el primer aviso importante de la rebeldía contra la impudicia de las casta, la amenaza de islamización –der Islam gehört Deutschland, el islam pertenece a Alemania (Angela Merkel)- apoyada sorprendentemente por el Papado y la sovietización de Europa en el trasfondo proseguida paradójicamente como “neoliberalismo” desde la implosión de la Unión Soviética, fue el triunfo del movimiento “Cinco estrellas” en Italia. Que se gestó, recuerda Benoist, en un día de cólera. Lo mismo que en Francia, amenazada, además, igual que Suecia o Bélgica, por una guerra civil si se sublevan los inmigrantes musulmanes;[7] aliados tal vez con la izquierda enragé, puramente ideológica, que les ve como el nuevo proletariado, pues el de Marx y Lenin hace tiempo que no existe.

En Alemania, Suecia, Bélgica, Holanda, España, Portugal y otros países de la Unión Europea concurren las mismas causas que en Francia con distintos matices. Se salvan, al menos relativamente, Hungría y los países eslavos vacunados contra las maravillas del socialismo soviético. Si ha saltado la chispa en países de cultura católica, se debe seguramente, a que no les afecta la obligación moral de los luteranos de obedecer pasivamente a la Obrigkeit, a los que mandan, por el directo origen divino que atribuía Lutero a su autoridad excluyendo al pueblo. Pues sus ciudadanos no están menos humillados o jibarizados por sus nomenklaturas. Si la protesta prende en Francia, el resto de la Unión Europea seguirá el mismo camino.

6.-  El movimiento de los gilets jaunes es inconfundible con una lucha entre oligarquías por el poder –no tienen líderes-, ni con los populismos alemán, austríaco y otros que van en la misma línea, pero sin rechazar frontalmente a la clase dirigente ni la organización estatal. Menos aún con las numerosas manifestaciones rituales partidistas y sindicales para hacer creer que no son burocracias explotadoras sino parte del pueblo, o con un divertimento de estudiantes y gentes desocupadas o reivindicativas de cualquier cosa, como derechos humanos inéditos o de los infusorios, que animan la sociedad del espectáculo del totalitarismo “liberal” socialdemócrata. Es una rebelión popular, con la que simpatiza la mayoría de los franceses, aunque la propaganda oficial y los media hacen lo posible para ocultarlo y desprestigiarlo. El movimiento recuerda la de la plebe romana contra los senadores retirándose al Aventino para conquistar la libertad política colectiva y las de la bourgeoisie contra las Monarquías despóticas.

7.- Extendido rápidamente por toda Francia al margen de los partidos y los sindicatos, a la verdad contra ellos, surgió espontáneamente como una rebelión de las provincias –y el campo- contra la capital, resucitando la revolución parisina de 1789 en sentido inverso: por primera vez en la historia de Francia, Macron, adoptando una actitud monárquica, ha cerrado París, el centro de irradiación del Estado, al pueblo francés. Los que protestan son gentes corrientes sin objetivos políticos concretos: hombres y mujeres de clases medias altas, medianas y bajas que viven de su trabajo y están hartas del intervencionismo, las prohibiciones, el dirigismo y de que las castas políticas, sindicales, administrativas y sus amigos que patrimonializan el Estado, les traten como idiotas y staatliche Tiere, animales estatales, como decía Federico el Grande de los campesinos: Los protagonistas son gentes anónimas: agricultores, artesanos, empresarios e industriales medianos y pequeños, profesionales, asalariados, gente acomodada y gente tirando a pobre, amas de casa, jubilados, personas mayores y jóvenes, incluso inmigrantes,…  No distinguen entre la derecha y la izquierda políticas, consensuadas en torno al Estado -el Estado de Partidos (Parteistaat) del que se han adueñado. Derecha e izquierda son sólo matices del marxismo-leninismo cultural,[8] transfigurado en el “neoliberalismo” capitalista  de las oligarquías y sus clientelas (crony Capitalism, capitalismo de amiguetes) que impone al resto el bienestar del colectivismo con el señuelo de la justicia social. Los gilets se rebelan contra la variante europeísta del socialism Corporate mundialista.

8.- El malestar más o menos consciente se ha trocado en cólera con trasfondo existencial: Tú, Macron y tus cohortes, o Yo, el pueblo. Es un movimiento más político y moral que económico, que es como lo interpreta el gobierno, al que le importa sólo el Presupuesto del que vive muy bien. “Los manifestantes han comprendido que la fuente del malestar económico es la realidad política, la falta de democracia, que no funcionan las instituciones”.[9]  Su debilidad es la falta de líderes. Carencia que es también su fuerza moral: demuestra la unidad de la Nación Histórica frente al estatismo sovietizante. El “Gran Artificio” estatal, el deus mortalis de Tomás Hobbes, se apoderó de ella en 1789 ocupando el lugar de los monarcas absolutos. La revolución contra la Monarquía devolvió la libertad política solamente a una minoría entonces muy minoritaria, el tercer estado, la bourgeoisie: la Nación Política. Pero hoy, la sociedad francesa y prácticamente todas las europeas son sociedades de clases medias, la médula de las Naciones y la democracia política. Víctimas de las nomenklaturas, incluida la de la Unión Europea, están en trance de proletarizarse o convertirse en nuevos siervos de la gleba en el Estado Servil entrevisto por Hilaire Belloc en 1913.[10]

10.- Significativamente, la protesta o revolución en marcha reivindica la Republique como res publica, la cosa común, no la res propiedad de unos pocos. Parece una contrarrevolución para completar la Gran Revolución extendiendo la libertad política colectiva a la Nación entera, la Histórica. Empezó, como suelen comenzar las revoluciones, en un ambiente hacía tiempo muy cargado agravado por el deterioro de los servicios públicos que creaban la sensación de bienestar.[11] La causa inmediata ha sido la guerra de los poderes públicos contra el automóvil particular, un medio de trabajo para mucha gente incluidos los menos favorecidos, sobre todo la que no vive en ciudades: prohibiciones como la de circular a más de 80 kilómetros, restricciones a la circulación en lugares elegidos caprichosamente, la cuestión de si el diésel, la gasolina o el coche eléctrico, la antigüedad de los vehículos aunque estén en perfectas condiciones, etc. La chispa fue la subida del precio de los carburantes como tasa ecológica, una moda fiscal, para “luchar” –en teoría- contra el cambio climático: es decir, contra el sol, la luna, las galaxias, en fin, contra las leyes que rigen el cosmos. Tasa que va a parar a las arcas del muy desacreditado gobierno de Narciso-Júpiter, que es como se conoce popularmente al presidente del desgobierno-antigobierno, que, igual que la Unión Europea y los demás Estados, centros de Negocios de las oligarquías consensuadas, aprovecha el menor pretexto o invento, mejor si es cientificista, para robar legalmente al pueblo. El desgobierno del gamin-presidente, quien atribuye el terrorismo yihadista al cambio climático (en Hamburgo, en una reunión del G-20), del que ha oído hablar, se preocupa únicamente de las minorías que le mecen y canturrean: homosexuales, feministas, ecologistas, abortistas, musulmanes e inmigrantes de culturas ajenas a la europea, arribistas, etc. En este momento, el presidente-bebé está sólo, asustado y balbuciendo en su cuna, le Palais de l’Élysee, con su esposa-mamá y pide a personajes como el expresidente Sarkozy, que le expliquen qué pasa.

11.- Con motivo o pretexto del absurdo, antipolítico e inmoral Pacto Mundial por la Migración de Marrakech, promovido por la ONU, que hace suya cualquier causa para justificar su existencia, y bendecido por el Papa, un grupo de militares –¿la punta del iceberg?- acusa a Macron de “estar quitando soberanía” a Francia, de proporcionar “razones adicionales” para que “un pueblo ya maltratado” se “revuelva”, de negar la democracia y de traicionar a la Nación. ¿Agoniza la V República?

Sería muy divertido, que fuese “la mayor mentira jamás contada” (Nils-Axel Mörner, especialista de renombre en la materia de la Universidad de Estocolmo) -el apocalipsis climático vendido como ecológico-, el detonante de un apocalipsis político en Europa. El movimiento nacional de los gilets jaunes ha traspasado ya, igual que en 1789, las fronteras de Francia. Empieza a estar activo en Bélgica, Holanda, Alemania, Suecia. Let’s wait and see.

[1] En el mismo barco. Madrid, Siruela 1994. 3, p. 75. Cf. G. Millière, Voici revenue le temps des imposteurs. París, Tabernis 2014.

[2] B. Martoia, “Les françaises ont créé leur misère et creusé sa tombe à partir de 1974”.dreuz.info (29. XI. 2018)

[3]  Das Ende der Normalität. Nachruf auf unser Leben, wie es bisher war. Munich/Zurich, Piper 2011.

[4] BoulevardVoltaire.com (27. XI. 2018). Vid. J. J. Esparza, “Lo que está pasando en Francia no se puede decir”. gaceta.es (9. XII. 2018). Francia es hoy el país de la Unión Europea en que hay menos libertad de expresión.

[5]  “Macron, l’imposteur absolu”. dreuz.info (29. XI. 2018).

[6] Populismos. Una defensa de lo indefendible. Barcelona, Ariel 2015

[7] En Francia, hay 6556 lugares de culto islámico (más concurridos que las iglesias cristianas) y se calcula que unos 4.000.000 de musulmanes están predispuestos a la yihad.  Sobre la islamización de Francia, Ph. de Villiers Des cloches sonneront-elles encore demain? París, Albin Michel, 2016. J.-F. Poisson, L’Islam à la conquête de l’Occident. Paris, Eds. du Rocher 2018. En naciones europeas con gran inmigración musulmana podrían sobrevenir cruentas guerras civiles. Lo advierten en Alemania Udo Ulfkotte o Thilo Sarrazin. El mayor peligro del Califato, el ISIS o DAESH, hoy prácticamente destruido en Siria gracias a Rusia (Trump lo da por hecho) era para Gillaume Faye su capacidad de contagio. Pero sus partidarios están en todas partes. Es notorio, que los ejércitos sueco y francés están preocupados.  Sobre el peligro de guerra civil en Europa por diversos motivos, vid. la entrevista al historiador belga David Engels, http://www.krone.at/welt/historiker-buergerkrieg-ist-nicht-zu-vermeiden-warnung-an-europa-story-552009 (02.02.2017).

[8]  B. Kaiser, Kulturmarxismus. Mühlenbecker Land, Seuse Verlag, 2018.

[9] S. Touati “France-Macron: on ne gouvere pas contre le peuple”. dreuz.info (11. XII. 2018).

[10]  El Estado Servil. Madrid, El Buey Mudo 2010. Vid. también F. A. Hayek, Camino deservidumbre (1944), que debe bastante al de Belloc. Hay varias ediciones en español. A Hayek no le fue ya fácil encontrar editor para este libro antisocialista, sobre el que le dijo privadamente Keynes, que estaba completamente de acuerdo.

[11] Una breve descripción que puede valer, con las debidas matizaciones, para otros países europeos: «70 années d’application du « Traité de Rome et autres traités subséquents se soldent par soixante dix années d’augmentations continues, démentielles, des recettes et des charges publiques ; par neuf millions de personnes vivant sous le seuil de pauvreté, c’est-à-dire disposant de moins de 700 euros par mois pour vivre ; par la perte de la moitié du potentiel industriel ; par plus de 5 millions de chômeurs ; par un déficit chronique de la balance commerciale ; par un endettement public record ; par la décomposition de l’Education nationale ; par l’échec de l’intégration d’une masse importante d’immigrés, essentiellement musulmans ; par une montée du terrorisme islamique ; par une police démoralisée; par une justice inefficace qui ne sait plus punir ; par une explosion de la violence ; par une déculturation massive…par la perte de territoires entiers livrés à la canaille islamiste ; par plus de cinq millions de fonctionnaire noyés sous le flot ininterrompu de l’inflation législation”  S. Touati, “France: la révolte des Gilets Jaunes contre la République du mensonge  et l’Europe supranationale” dreuz.info (2. XII. 2018)

lunes, diciembre 10, 2018

BREVE APUNTE SOBRE LOS CHALECOS AMARILLOS







 

 

 

Chalecos amarillos por París. Los veía en los noticiarios de la televisión y por esos esquinazos de la memoria, que abundan cuando se avanza en la edad, me acordé de una novela que leí de adolescente: “Cirios Amarillos por París”, escrita por Bruce Marshall, un escocés que vivió mucho tiempo en Francia. Hoy olvidado, Marshall perteneció a esa generación de novelistas británicos que, como Waugh, Greene o, más tarde, Burgess, vieron a su país y a Europa  entre las dos guerras bajo la luz de una cultura católica ya desaparecida.  La novela, tal como la recuerdo, se desliza sobre la disolución de la Tercera República, hundida más que por las armas alemanas por su propia  insubstancialidad.  Su autor la subtituló: “un canto fúnebre”. Chalecos amarillos por París, un funeral. Un funeral  de los igualmente insubstanciales ídolos mediáticos de nuestro tiempo:  “democracia”, “consenso”, “globalización”, “multiculturalismo”, “el derecho a tener derechos”,    el indefinido empuje del deseo de que cada individuo lleve al máximo posible su “proyecto biográfico” con prescindencia de todos los demás. La videología posmoderna se manifiesta contra toda noción de pueblo o bien común, exaltando la agitación disociativa  de minorías  reclamantes (sexuales, étnicas, de hábitos alimentarios, etc.)  que dicen obrar en nombre de la Humanidad. Lo que ha salido a la calle en París y en muchas otras ciudades de Francia, sin adscripción ni a partidos políticos ni a sindicatos, sólo bajo la bandera tricolor y con la prenda que es  obligatorio  llevar por todos los conductores franceses, para “llamar la atención” en caso de sufrir averías o accidentes, se recluta en la clase media trabajadora, en el  cruce de lo urbano y lo rural, que no tiene representación política porque se la han birlado tanto las siglas partidarias como las sindicales, y que ha caído en la cuenta que se lo despelleja para pagar las luces de la globalización, la buena conciencia de la acogida inmigratoria sin cortapisas, los negociados de las burocracias gubernamentales y de las dirigencias empresariales compinchadas. Pueblo  que se manifiesta los sábados porque los días de la semana trabaja. Han intuido que, bajo el palabrerío de las continuas jaculatorias a los ídolos seculares pronunciadas por los medios, ellos son la ofrenda  propiciatoria para ser sacrificada en los altares de los dioses de este tiempo, nacidos de “la cópula  necrófila del Capitalismo con el espectro del Marxismo” (Massimo Cacciari). Los dioses del Nuevo Orden Mundial, del capitalismo financiero global posterior a la caída del imperio soviético, que incorpora las larvas del marxismo leninismo en descomposición.  Y así como este culto cuenta con un alto clero que cierra decisiones planetarias que nos afectarán a todos, conchaba también un bajo clero donde el antiguo intelectual orgánico funge ahora como funcionario de la industria cultural.  Una vieja humorada del siglo pasado  fijaba la diferencia entre el capitalismo y el comunismo de este modo: el capitalismo es la explotación del hombre por el hombre y el comunismo todo lo contrario. El turbocapitalismo financiero  actual no explota al hombre: maneja abstractamente la creación continua y acumulativa  del gran dinero, dentro de una burbuja donde ya no se necesita al hombre, un ser anacrónico destinado a ser transhumanísticamente superado.  

Los chalecos amarillos reaccionan a ese estado de cosas  fuera de los partidos políticos y de los sindicatos. Los partidos políticos franceses tradicionales ya se habían manifestado  en crisis cuando las elecciones que llevaron a Macron a la presidencia: la decisión final se tomó entre dos candidatos fuera de aquellos.  Macron ya no puede usar la máscara de outsider y por eso se convierte en blanco de la protesta, que de todos modos va más allá de su persona.  Los chalecos amarillos se sienten objeto de una triple exclusión en su propio país: una exclusión política, una exclusión social, una exclusión cultural ¿Los chalecos amarillos, entonces, son una manifestación populista? Sí, a condición de no entender el “populismo” como lo deforma habitualmente la caja de resonancia mediática. Me he referido otras veces en profundidad al tema, y a eso me remito. Pero basten algunas precisiones. Ningún populista se llama populista a sí mismo. La expresión es un insulto –equivalente a “fascista”-, esto es, un arma arrojadiza contra el enemigo. Lo que llaman “populismo” es una mentalidad y un estilo reactivo frente a la incapacidad de las clases políticas –liberales o socialdemócratas- de gestionar  la brecha entre sus promesas y la “máquina de daños” de la globalización.  Mientras la clase política, que ya no puede administrar el desencanto, presenta los problemas como soluciones y embarulla todas las respuestas, el populismo  -que no es una ideología, y que como mentalidad y estilo puede declinarse en modos muy diversos en ámbitos culturales distintos- plantea las preguntas correctas y precisas. Otra cosa es que en la prueba de gobierno acierte con las respuestas y pueda sortear las trampas que les han dejado tendidas.  Lo que une a los populismos es la reivindicación del pueblo, esto es, del conjunto de hombres y mujeres libres que sienten integrar una unidad, en grado de decidir sobre un destino común. Una unidad, no un conglomerado cuyo solo punto de convergencia es la camiseta de un seleccionado. Esa unidad define al pueblo, en primer lugar como ethnos, esto es, como un conjunto relativamente homogéneo, dentro de diversidades de origen, que guarda referencia una patria común, que mira hacia los muertos y que se proyecta hacia los hijos. En segundo lugar como populus, noción romana del sujeto político, que exige participación de acuerdo con una vieja regla jurídica: quod omnes tangit, ab omnibus approbetur, lo que a todos atañe, por todos debe ser aprobado; para ello, quienes integran el cuerpo político de un pueblo deben estar –no importa si en prosperidad o no- en condiciones de ciudadanía, esto es, no sujetos a la esclavitud  de depender para una subsistencia en el límite de sus necesidades, del favor de un plan asistencial dispensado por burocracias políticas y “sociales” interesadas en mantenerlos como masa de carne en tránsito para fines electorales. Por último, como plebe, aquellos que viven en la pobreza, pero no en la marginalidad, que conservan la condición ciudadana  e impulsan la dinámica social, en el sentido de que siempre estará presente la noción relativa la pobreza, lo que no significa que siempre deban ser los mismos.

La Argentina ofrece un buen ejemplo de lo que venimos de decir.  Los partidos políticos, entre nosotros están desguazados de sus contenidos particulares y transformados –como en casi todo el resto del mundo- en empresas de captación del voto del consumidor (ciudadano) hacia la imagen de un producto (candidato) cuya venta se promociona por los mensajes del marketing político, que se sirve como principal materia prima de las encuestas y tiene como objetivo maximizar los beneficios a través del acceso al control de la caja de los dineros públicos. La reforma constitucional de 1994, muy influida por la supervivencia partidocrática, estableció la elección presidencial considerándose el territorio nacional como distrito único (art. 94), con lo que el presidente se elige en los grandes centros urbanos. Esto es, en el Gran Buenos Aires, CABA, Rosario y Córdoba. Y especialmente en el primer caso, el  partido de La Matanza, con dos millones de habitantes, cuyo tercer cordón, a  medida que uno se aleja de la ruta 3,  es la zona de mayor vulnerabilidad social, sin agua potable, cloacas, acceso a transporte público, servicios educativos y de salud, etc.  Allí se asienta la mayor marginalidad, dependiente en su subsistencia de los favores clientelares o del mundo vertiginoso del delito.  En mayor o menor medida, en nuestra era democrática, todos los gobiernos han pretendido el  manejo de esa masa  privada de la condición ciudadana,  esclavizada y cristalizada en tal dependencia, con el fin de llegar y mantenerse en el poder. Todos los gobiernos democráticos han sido, pues, “populistas” en el sentido de la vulgata mediática actual (el “populismo” de Juan Domingo Perón o Getulio Vargas en los años 40 ó 50 del siglo pasado, como el de Andrew Jackson en los EE.UU en el primer tercio del siglo XIX, son fenómenos distintos del populismo actual, tanto en las causas que los generaron como en las soluciones que propusieron). Ese seudopopulismo –en realidad democracia liberal mixturada con  recetas socialdemócratas- terminó dando lugar durante el gobierno de Cristina Kirchner y en algunas manifestaciones en el actual, a una reacción populista real en el sentido actual del término que hemos señalado más arriba: clase media tomando la calle silenciosamente, de manera pacífica y casi espontánea, convocada a través de las redes sociales, expresando su fastidio y rechazo a una clase política autorreferencial que se perpetúa por el clientelismo de los marginales,  que la persigue con impuestos y que la desintegra con la “revolución de los deseos” a través de la ideología de los derechos humanos. Cuyo abstracto sujeto es el lejano, cualquiera que integre el género humano: nadie, en suma.  En las elecciones del 2015, esa clase media populista dio vuelta las urnas, y otorgó el triunfo a Mauricio Macri, que ha gobernado contra ella, esto es, contra su base electoral. Como durante el kirchnerato y el cristinato, las dirigencias que manejan las masas esclavizadas suelen desplegarlas en marchas, piquetes, enmascarados con palos, saqueos aquí y allá,  efectos de demostración en los “barrios ricos”, etc. Es un medio de control social que ejercen, bajo la complicidad oficial,  gobernadores, intendentes, dirigentes “sociales”, “piqueteros del Papa”, etc. para evitar un estallido populista de la clase media productiva y trabajadora, sobre la que se ha ejercido mayormente el ajuste y la convocatoria a la austeridad: miren que si protestan de modo egoísta podemos soltar la jauría para que  compense  su  miseria entrando a saco en la “gran noche”.  Es curioso que el peronismo, tanto en su versión “racional” como en la patológica del cristinismo, sea hasta ahora la más eficaz sopapa para evitar la eventual marea populista.

¿Chalecos amarillos por Buenos Aires? Los expertos gargarizan ante los medios que no es posible. El peronismo –este peronismo sin pasado que llena su mochila con los requechos ideológicos del más vacuo progresismo- mide votos conurbanos. Pero, ¿quién sabe cuándo, y por qué motivo aparentemente menor  (un impuesto sobre los combustible en Francia, por ejemplo) la reacción que está recorriendo buena parte del mundo habrá de encarnarse y tomar la calle entre nosotros?