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sábado, octubre 01, 2016

UN SÁBADO MÁS, Y LO QUE TRAE




Un recuerdo de Cartagena de Indias
 



Un sábado lluvioso hacia su cierre que invita a dejar apenas un rasgo en el blog. Un instrumento que, como puede ver el fugaz lector, va creciendo cuanto más se adentra su cronista en el mundo de la jubilación. En otro sentido que el de la ley recientemente dictada, es una "reparación histórica". A lo nuestro:  sin necesidad de citar las fuentes, que son notorias, me referiré a las desgraciadas declaraciones de nuestra canciller, Susana Malcorra, acerca de las elecciones norteamericanas. Ya en el asunto de Malvinas tanto la canciller como su segundo, y el presidente, por su lado, cometieron una serie de chambonadas que han dejado oportunidad abierta a las gargarizaciones del Congreso -que hasta por la voz de alguien que, por lo menos, ha fatigado los libros y las definiciones, como Elisa Carrió, aún quiere llamarse entre nosotros "Parlamento". La declaración conjunta con la cancillería británica es el modelo de lo que no debió hacerse: vamos a conversar sobre lo que a la otra parte, y a los falklanders -ellos gustan llamarse a sí mismos así, y no kelpers- , interesa, sin anotar ningún punto que pudiera interesarnos a la contraparte, es de decir, a nosotros.  La sospecha entra a despertarse cuando aparecen noticias como esta sobre descubrimientos de reservas de petróleo y gas en la cuenca malvinera. Sobre todo cuando esas reservas están distribuidas en toda la cuenca, sin necesidad, por nuestra parte, de solicitar una participación en lo que pudiera ocurrir en el sector que no dominamos. Soy partidario de continuar con el veto legal a contratar con empresas que actúen en la zona vedada, porque se trata de una controspinta   eficaz para que aquéllas  busquen oportunidades en el territorio marítimo más vasto que podemos ofrecerles, sin necesidad de figurar como socios menores y minus habens. Ese miniembargo, por otra parte,  no afecta humanitariamente a una población cuyo ingreso anual per cápita es el triple que el nuestro.

Volviendo a las elecciones norteamericanas, nuestra canciller, con su corazón partido entre sus deberes como funcionaria y su carrera a la secretaría general de la ONU -esta última tentación es la que prevalece en sus actos- hizo buena letra y política "correcta" señalando que Hillary está más  cerca de las posiciones del oficialismo que Trump. Ciertamente que esto no mueve el amperímetro en el Norte ni impedirá a varios argentinos que conozco  en los EE.UU. poner su voto a Donald -otros que también conozco lo harán por los demócratas- pero me pregunto: ¿qué ganamos nosotros con jugar a ese resultado? ¿Creen verdaderamente que Hillary presidente les abrirá las puertas del cielo? ¿Piensan en ella como un ángel de la paz, como ocurrió ocho años atrás, cuando a un recién nimbado Obama lo hicieron Nobel? Recuerden a Hillary secretaria de Estado celebrando con risas y evocando a Julio César, el linchamiento del viejo amigo Gadafi: we came, we saw, he died. Quizás Susana Malcorra, como buena argentina que es, se ha sentido atraída por un fenómeno político que nosotros ya hemos vivido varias veces: la sociedad política  marital.  Perón/Evita; Perón/Isabelita; Néstor/Cristina. Bill&Hillary son una SA política en la que el 51%, ahora, está en manos de Hillary: los Kirchner de Arkansas a la caza del poder en USA.

No sólo los peronistas: los argentinos todos somos incorregibles. Colombia celebra mañana un plebiscito sobre la "paz" tejida en La Habana entre las FARC y el presidente Santos, de dudoso óleo. Primero se firmó la paz, con una puesta teatral de acólitos vestidos de blanco. Nuestro presidente también fungió como testigo y valedor. El tratado: un centón de 297 páginas que, claro, nadie leyó. maquinado de modo oblicuo: Santos hizo lobby en los EE.UU. para que aflojara el embargo sobre Cuba a fin de que los cubanos aceptaran el respetable papel de huéspedes de las negociaciones; el Vaticano acudió a la cita porque tiene una debilidad  con los Castro y los revolucionarios venidos a menos;  hasta un gurú, Ravi Shankar,  interpuso sus efluvios espirituales, meditando con Timochenko y la cúpula de las FARC,  para lograr el ansiado cierre  ver aquí. Presentarlo luego de firmado a un plebiscito es invertir el orden lógico, jurídico y político del instituto: después de la celebración y el coro mediático, votar por el "no", para la opinión mundial motorizada por la videología corriente, es como salir disfrazado de Herodes el día del Niño. Para más inri del "soberano" pueblo colombiano, variaron las reglas de juego, le quitaron posibilidad de expresión al voto en blanco y a la abstención y con un 13% afirmativo se considerará aprobado. Me explico: el Congreso colombiano fijó para este plebiscito un umbral mínimo de votos favorables para la aprobación del acuerdo: el 13% del censo. Es decir, para que la aprobación del acuerdo sea válida deberán votar «sí» al menos 4.536.992 de los 34.899.945 ciudadanos llamados a votar en el país o en el exterior. Esto supone un extraño cambio de criterio con respecto a la normativa anterior, ya que en las leyes de 1994 y 2015, en lugar de un umbral de votos favorables, se fijaba una participación mínima total en la consulta, que era de un 50% del censo.

La frutilla del postre la puso -¡cómo no!- un argentino: nuestro papa Bergoglio. En Tiflis, capital de Georgia, quizás un poco amoscado por el rechazo del clero ortodoxo de asistir a las celebraciones, como había anunciado la prensa vaticana, afirmó: "el presidente Santos está arriesgando todo por la paz, pero hay otra parte que está arriesgando todo para continuar la guerra y los que están con la guerra hieren el alma". Después de esta alocución, ¿qué católico podría ahora votar "no", hiriendo así a sabiendas la entraña pontifical? Los papas  siempre han intervenido en cuestiones políticas consideradas trascendentales, porque afectaban principios dogmáticos -indisolubilidad del matrimonio, aborto, enseñanza religiosa, etc. Pero aquí el pronunciamiento no tiene que ver, por lo menos en cuanto mi entendimiento alcanza a ver, con una cuestión dogmática, sino con la decisión política más adecuada respecto del cese de un conflicto armado interno, que lleva más de treinta años, entre gobiernos todos ellos de legalidad constitucional y una guerrilla  que comenzó con un tinte ideológico y se convirtió luego en uno de los más grandes cárteles narcoarmados de nuestro continente. La voz del papa, como la de cualquier dignatario religioso, vale aquí en función del halo de prestigio que puede rodear a su persona, pero no puede tener ninguna connotación de autoridad religiosa en cuanto tal. En este caso, ambos aspectos son muy difíciles de separar, y cabe la sospecha de que quien lo pronunció juegue en ambos tableros. Más cuando el papa agregó que cuando el acuerdo esté blindado por el plebiscito y por el reconocimiento mundial, entonces, y solo entonces, viajará a Colombia "para enseñar la paz". El regalo de su visita, y la enseñanza consiguiente, tiene como condición que se vote "sí". Sé perfectamente que la distinción entre Dios y César nunca se ha alcanzado a dar claramente. Sólo en el antiguo mundo pagano lo divino y lo cesáreo  estaban inconfundidos. A partir del cristianismo, las cosas de Dios comenzaron a pesar sobre las cosas de César, porque era preciso que César diera a Dios, lo que a Dios se debía, ya que el César era también de Dios. Sólo el laicismo de la civilización moderna occidental consiguió en buena parte impedir o limitar aquel peso, de modo variable según el devenir histórico de cada sociedad y la religión dominante.  La diferencia se observa hoy en Europa ante la oleada del Islam. De todos modos, no es que religión (lo que designamos vulgarmente con esa palabra) y política (misma aclaración) no resulten, para nuestra ecúmene, teóricamente separables, sino que en la práctica, siendo los campos que cubren ambas muy amplios y encontrándose en casi la mayor parte de las manifestaciones de nuestra vida, siempre hay oportunidad, en distinto grado que va de los fuerte a lo débil, de relación y roce. También da lugar a formas sociopáticas de relación. De una parte, persecución de las manifestaciones religiosas públicas; por ejemplo, quitar de edificios imágenes, nombres o emblemas religiosos; impedir el uso personal de símbolos confesionales, solemnizar un acto con una bendición o prédica, etc. De otra, por ejemplo, la enfermedad del clericalismo, por la que el clero o una parte de él, por ejemplo, se cree misionalmente obligado a  enseñar al pueblo a hacer la revolución y lograr su liberación -la "teología de la liberación", la revolución y la violencia. Me permito señalar que el actual pontífice, en sus definiciones respecto al conflicto colombiano, incurre en un clericalismo que, bajo formas más atenuadas, aparece también respecto de nosotros, sus compatriotas. Haya paz en Colombia como aquí y el Altísimo nos tenga a todos de su mano.

viernes, marzo 25, 2016

24 de marzo

Inepcia, mala fe, ignorancia...sobre todo ignorancia, de esa peligrosa, la que se ignora a sí misma, es que campea en esta "celebración" donde casi todos buscan rehacerse una virginidad  ideológica y pasar el delete hasta que bajo la herrumbre aparezca el brillito de la buena consciencia, cuidando, eso sí, de eliminar lo que haya acumulado la papelera de reciclaje, no vaya a ser que algún Stiuso memorioso saque a relucir viejos archivos fuera de contexto. Humano, demasiado humano, ya lo sé, pero convengamos este rito laico equinoccial resulta oceánicamente aburridor. Reitero, pues, un viejo texto del 2004, que publicó "La Nueva Provincia" en su tiempo y Sergio Crivelli le dio hospitalidad en un muy buen programa periodístico que tenía por entonces en Radio Nacional. Es mi contribución para salir del laberinto. 

MODESTA PROPOSICIÓN


El jueves 26 de agosto {de 2004}, en la plaza del Congreso, Juan Carlos Blumberg pidió un recuerdo para todas las víctimas de la inseguridad. El silencio posterior abrazó dolores y superó rencores. Necesitamos un gesto de semejante grandeza para con todas las víctimas de nuestras guerras civiles, desde 1810 a 1983. Las luchas intestinas, en sucesivas recaídas, han dejado catálogos de muerte y de dolor. Y un hilo rojo hecho de rencores que las hilvana. Nuestra política actual parece, muchas veces, una imitación de guerra civil. Quizás se muestre allí un síntoma de inmadurez colectiva. Preferimos seguir librando las guerras internas del pasado, cuyo resultado creemos conocer, antes que asumir los riesgos del presente, con sus incógnitas abiertas. Propongo que fijemos un día para reflexionar que nadie gana una guerra civil, y así deponer por un instante los rencores testarudos. Un día, por lo menos, en que nos sintamos maduros y emancipados de la carga de sangre y de odio. Creo que una fecha adecuada sería el 13 de diciembre. En 1828, un día como ese, el coronel Manuel Dorrego, gobernador de Buenos Aires, fue fusilado por orden del general Juan Lavalle, que lo había depuesto por un golpe militar. Después de un siglo y casi otro transcurridos, aquellas heridas abiertas por el pelotón en Navarro, si bien quedan, porque el tiempo cura pero no suprime, están cerradas. Otras las sustituyeron, y algunas de ellas aún sangran, y hasta se las deja sangrar a designio. Propongo, pues, un día en que, con espíritu de misericordia, acariciemos cada herida del pasado y podamos retirar la mano seca. Un día en que, pareja y decorosamente, las memorias de Dorrego y de Lavalle, la que recuerda el profundo bronce de Yrurtia en Suipacha y Viamonte, y la que duerme en la Recoleta con un granadero de guardia, no se crucen ya como cuchillos, sino que se reconozcan en el dolor, en la dignidad y en la mutua aceptación de los extravíos humanos. Un día, para tomar ejemplos próximos, en que lo mismo pueda ocurrir con las memorias de Carlos Alberto Sacheri, asesinado frente a su familia por el ERP, y de Rodolfo Ortega Peña, asesinado por la Triple A frente a su mujer. A ambos los conocí y a ambos los aprecié, más allá de diferencias.

En lugar de vampirizar a los muertos y hacer mercancía política de su sangre, necesitamos aprender la piedad. Aunque sea un día por año.-