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miércoles, septiembre 18, 2019

POBRES HABRA SIEMPRE, O DE LA FILOSOFÍA DE LA MISERIA







En el blog ya he transmitido algunas reflexiones sobre la pobreza -pinche el lector en la voz "pobreza" del índice colocado al costado izquierdo de la página inicial. Pero una cosa es la pobreza real, que se vive y se sufre, y otra es la "pobreza" convertida en ideologema,  en tópico ideológico,  dentro de la impostura connatural a la cultura de nuestros días. La pobreza, la miseria y la desdicha se convierten en simulacros, desenvueltos en un acting mimético donde la realidad se desvanece y la penuria se diluye en una mueca actoral. Esta manipulación, como otras que junto con ella se suele infligirnos, muestra a las claras la potencia del ensayo de ingeniería social en el que estamos inmersos, y las cotas de vileza, hasta hace un tiempo impensable, en que se nos sume cotidianamente.



Que siempre habrá pobres...



Que no se ha conocido en la historia una situación social donde no haya habido ricos y pobres, difiriendo sólo en la hondura de la brecha que los separe, es una evidencia empírica, de sentido común, que toda indagación científica confirma. La díada pobreza/riqueza puede ser considerada una  regularidad observable en toda organización social. El eslogan "pobreza cero" es una sandez del marketing de campaña desmentida constantemente en la práctica, y también en la lógica. La única manera de eliminar radicalmente la pobreza tendría lugar si todos fuésemos pobres. Los intentos aplanadores de nivelar las desigualdades materiales mediante la igualación numérica del "a todos lo mismo" no han cobrado nunca realidad y, al poco tiempo, se produce la sustitución de los miembros de la antigua   clase afortunada por otra de renuevo ("nueva clase", "nomenklatura", "boliburguesía", etc.). Lo que debemos tener presente, como resulta de la evidencia señalada, es que pobreza (y, de consiguiente, riqueza)  es una noción relacional. Siempre somos los pobres de alguien: frente a Bill Gates, Carlos Slim, Jeff Bezos o Cristina Kirchner  este bloguero o sus lectores habituales resultaremos siempre pobres. Mientras que para el  que veo rebuscando en la basura o pordioseando en la verja del templo, soy rico.  También la riqueza es una noción relacional. No puede calificarse la pobreza sin relacionarla con la capa de riqueza y con la capa media existentes en el mismo tiempo y lugar. Hace mucho decía el doctor Perogrullo que para que exista una categoría diferenciada debía haber otras diferentes de aquélla. Planteemos la inversa: si se descubriese un sistema para que todos nos convirtiésemos en ricos, sería el fin de la riqueza. No hay -quizás debería escribir "no había"- posibilidad de considerar a la pobreza  como un mundo en sí, independiente del resto de la sociedad donde se manifieste. Esto es, no podía haber una aproximación a la cuestión de la pobreza sin considerar a la sociedad como un todo ni imaginar respuestas para ella que no tuvieran en cuenta el irrenunciable deseo de vinculación, reconocimiento de pertenencia y arraigo al conjunto social que los fenómenos de la pobreza expresan. El gran logro de la posmodernidad global es haber segregado al pobre, y más intensamente al miserable y al indigente: el primero, a los márgenes y cornisas de la sociedad, siempre a punto de expulsarlo; los otros dos a las tinieblas exteriores de la insignificancia y de la exclusión de la vida en común, en situación -como veremos- de la más bajuna esclavitud. La segregación de la sociedad conlleva el descarte de la condición de ciudadanía, convirtiéndose los carenciados en semovientes que se arrean cada tanto a las votaciones o a penosas liturgias de protesta. De lo que no están excomulgados pobres, indigentes y menesterosos es del mercado -esa entidad ubicua donde los consumidores votan a diario, según chocheaba el viejo Hayek. El mercado capitalista (el mercado es anterior al capitalismo) no rehace el vínculo social. El intercambio mercantil no crea deberes recíprocos. El saldo es 0 desde que la negociación se consuma, ya que la contrapartida monetaria cancela toda deuda.  Hasta aquí hemos llegado a fuerza de maridaje entre Plutocracia y Progrez o, mejor aún, como dice Massimo Cacciari, a partir de la caída del imperio soviéticos, por la "cópula necrófila" del hipercapitalismo con el espectro del marxismo.



Al vínculo social destruido se lo reemplaza con un hipervínculo virtual donde el lenguaje mediático fundado sobre el marketing traduce el mundo, los dolores del mundo y las tribulaciones del pobre en unidades conmensurables y comunicables de puro espectáculo con finalidad mercantil. Aquí entra a jugar el mundo del relumbrón y del espectáculo, incluida en primera fila la clase política. Desde  ese palco escénico se practica una especie de beneficencia aséptica hacia los excluidos, que aparecen como la contrafigura del dolor, o de la imagen preparada al efecto, para mejor resalto de la "sensibilidad social" de los nuevos opulentos (divos del espectáculo  en recitales especiales, declaraciones rimbombantes, con la complicidad de los burócratas de UNICEF, políticos gargarizando contra la exclusión, etc.). La clase política bate el parche del "hambre", cuanto más cerca de las elecciones mejor (habría varias tesis a redactar sobre la sensibilidad trófica que produce la proximidad del cuarto oscuro),  y las dirigencias sociales exigen belicosamente en la calle fondos para combatir la hambruna. A veces, el espectáculo adquiere ribetes sainetescos: mientras  se denuncia el hambre en el Congreso y en la calle, y se pide desgarradoramente la emergencia alimentaria (esto es, facultades extraordinarias para disponer a su antojo de las partidas presupuestarias asignadas a los dineros públicos y efectuar compras por adquisición directa), el candidato más votado en las PASO, vocero de la gravedad de la situación,  es invitado por el gobernador de Tucumán,  que le organiza un asado pantagruélico poniendo dos toneladas de tira y vacío en las chorreantes parrillas, una tonelada de embutidos y achuras y (estamos con las benditas manos tucumanas) diez mil empanadas en las mesas, para cinco mil personas (a cuatrocientos gramos de carne, doscientos gramos de salame y chinchulín y dos empanadas por cabeza, no habrá sido una multiplicación evangélica en el sufrido Noroeste, pero sí un discreto regodeo de los bienaventurados que aleja, por un rato, el espectro de la emergencia estomacal).  A la inversa, la hambruna se escenifica trasladando una muchedumbre, incluidas criaturas y ancianos, a vivaquear  casi a la intemperie en el centro de la ciudad, debiendo luego procederse a la limpieza de sus escurriduras y reparación de sus destrozos, en una operación demencial, que sólo busca manifestar la fuerza relativa de las agrupaciones, sin proveer en absoluto a paliar las penurias que invocan. Si sumáramos los costos de traslado de personas, alimentos e implementos, más el daño producido, resultaría un contante que bien habría podido aplicarse a los comedores instalados.  Esta escenificación inconsecuente me recuerda aquella confesión que un allegado a Gandhi le hiciera a Orwell: "¡qué caro es mantener pobre al Mahatma!". Por cierto, combatir la pobreza es caro -lo imperdonable es el despilfarro en simulacros.



Reitero una clarificación de términos. Llamamos “pobre” -decía en los partes anteriores-  al que a duras penas dispone de lo suficiente para cubrir sus necesidades básicas. Llamamos “indigente” al que carece de los medios para cubrir sus necesidades básicas, pero que puede aún ser rescatado de esa situación por un empleo o por un socorro conveniente. Llamamos “miseria” al estado o condición de quienes no pueden satisfacer sus necesidades vitales. Las dos primeras, tradicionalmente, han sido entendidas como situaciones que pueden ser paliadas, mejoradas e, incluso, de las que se puede salir. La última es un estado o condición que se extiende a un conjunto amplio de personas y que tiende a prolongarse en el tiempo, bajo la forma de exclusión absoluta del vínculo social, de des-afiliación de la sociedad. En la posmodernidad, tanto en la Argentina como en el resto de Iberoamérica y en buena parte del mundo, existe una deriva constante, predominantemente estructural, no coyuntural, de las situaciones de  pobreza y de  indigencia hacia el estado y condición de la miseria, con fines de control social y manipulación política, y que el modo de gestionar la miseria a que se echa mano para evitar una hecatombe, es la reducción de los miserables a una forma remozada de la esclavitud. 



De las estadísticas resulta que el tercio de la población (32,2%) de nuestro país  está por debajo de la línea de la pobreza y, dentro de ese conjunto, la quinta parte (6,2%) es indigente. Casi la mitad de los niños (47,4%) son pobres: buena parte de los niños son pobres y buena parte de los pobres son niños.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO), datos de 2018,  un 4,6% de personas pasan hambre en la Argentina, datos del 2018, cifra que viene estable desde el período 2004-2006. Según el Observatorio para la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA),  que mide la “inseguridad alimentaria”,  durante el 2018 un 7,9% de la población sufrió la percepción de experiencias de hambre siendo el dato mayor desde 2010. Se dice. en ese contexto, que una persona padece inseguridad alimentaria cuando carece de acceso regular a suficientes alimentos, y se encuentra en una situación de inseguridad alimentaria severa si se ha quedado sin alimentos y ha pasado un día o más sin comer. Las estadísticas no dan respuestas, pero obligan a formular bien las preguntas. Y la pregunta básica es : ¿qué efectos han tenido en paliar la pobreza y rescatar de la miseria las políticas de asignación de subsidios? Mantener y agravar esas situaciones.  ¿Qué efectos han tenido sobre aquellas zonas donde se registra la inseguridad alimentaria? Ninguno en los últimos quince años. Y, sin embargo, el gasto social ha venido creciendo, especialmente desde 2015. Se comprueba un fracaso general frente al problema, aunque se proceda con las mejores intenciones.



El problema de la pobreza, tomando esta palabra en sus sentido más amplio y abarcador es, por lo menos, atacable desde tres dimensiones.



Empezando por el nivel inferior, es un problema  técnico, de equilibrio económico y rendimiento productivo, que atañe al crecimiento y no a la distribución. Aquí, la pobreza, la indigencia y la miseria son variables estadísticas, muy importantes como indicadores, pero nulas en cuanto remedios.



En una dimensión superior, es un problema político. Que plantea una cuestión de justicia: una formulación equitativa en cuanto a la distribución de la riqueza común. El igualitarismo hipertrofiado, los eslóganes politiqueros sobre "guerra a la pobreza" -que como toda guerra lanzada contra una abstracción resulta máscara de cualquier aprovechamiento- y el programa subnormal de "pobreza cero" -"delito cero", "mal cero" y otras intoxicaciones y cegueras- están probadamente destinados al fracaso y a mantener la manipulación clientelar de masas de compatriotas reducidos a la precariedad como carne dispuesta para ser crucificada en el asador electoral o en la agitación movimientista.



En fin, también puede plantearse como un problema moral y religioso. Aquí aparecen las invocaciones al "escándalo de la pobreza" (Benedicto XVI) y a la "opción preferencial por los pobres" (Puebla, 1979). Si los pobres son la imagen del "pueblo de Dios", si el mensaje de redención se encarna en ellos, si la riqueza y el dinero son "la sangre del pobre", como proclamaba magníficamente Léon Bloy, entonces -lo mismo que los políticos, pero por razones más altas- los pobres deben quedar  estancados en su condición de pobres, salvo que quisiéramos hipócritamente borrar su imagen que cuestiona en su sufrimiento la opulencia de quienes, desde el lodo del pecado, desconocen el sacrificio redentor. Detengámonos en este último punto



Pauperismo bíblico



El "escándalo de la pobreza" y la "opción preferencial por los pobres" son temas que surgen constantemente en la prédica pontifical y de la clerecía.  ¿Quién podría, en principio,  criticar estas expresiones frente a manifestaciones palpables de la penuria?  Pero vamos a situar estas frases, de sólito repetidas como eslóganes de ocasión, como "asaltos a la conciencia" del auditorio, o destinadas a surtir picos dramáticos, como el del arzobispo de Salta al arrojarle al presidente "llévate el rostro de los pobres". No sirven para mucho frente a la pobreza concreta y corean, con las mejores intenciones, a los tragediantes de la cultura del simulacro. No pretendo, de este modo,  disminuir el inmenso trabajo social que curas e instituciones religiosas -y no sólo ellas, y tampoco exclusivamente en el campo cristiano- realizan peleando en la brecha  donde las bajas y el sufrimiento se dan entre los desposeídos. A todos ellos mi respeto y mi admiración. Pero cuando la pobreza es tomada como problema central, y se pretende resolverlo con aquellas frases, o se convierte al pobre en "pueblo electo" o, incluso, la disputa en el reñidero político es a propósito de estadísticas sobre la pobreza (¿quién anota en su haber gubernamental más/menos pobres?) estamos situando la cuestión en el nivel más inferior y menos propicio para entenderlo y, consecuentemente, actuar de alguna manera sobre él.


¿Cómo el justo puede ser pobre y, por el contrario, el impío vivir en la opulencia? Esta pregunta, que recorre el Viejo Testamento, el Tanaj,  encontró una respuesta en los profetas: contra las apariencias mundanas, los verdadero amigos de Yavé son los pobres (dalim), los desvalidos (aniwim), los necesitados (ebionim). El rico está condenado de antemano y vendrá el día de la cólera divina, el del desquite de los pequeños, cuando los justos resucitarán, los pobres poseerán la tierra y los poderosos serán consignados al castigo eterno. Así resuena en la voz de los profetas: en Amós, en Oseas, en Isaías, en Miqueas, en la apocalíptica judía reflejada en el Libro de Enoc.. Eran tribunos que tomaban la palabra por el pueblo de los campos, los pastores nómadas que evocaban el mando de los ancianos, jefes y jueces de sus tribus en el desierto, donde se caminaba y acampaba sin que se notasen demasiado las diferencias de clase. Ahora llegaban los funcionarios reales a levantar impuestos para el tesoro, reclutas para el ejército, organizar jornadas de trabajo gratuito, despojar de sus tierras patrimoniales a desheredados que terminaban como jornaleros o esclavos, frente a la voracidad codiciosa, la corrupción insolente y los caprichos suntuarios de  los poderosos. En la civilización urbana vieron cumplida la profecía del viejo Samuel cuando los israelitas, los Bené Israel, le pidieron un rey: "tomará a vuestros hijos  y los destinará a sus carros y a sus caballos y tendrán que correr  delante de su carros (...) les hará labrar sus campos, segar su cosecha, fabricar sus armas de guerra y los arreos de sus carros. Tomará a vuestras hijas para perfumistas, cocineras y panaderas. Tomará vuestros campos, vuestras viñas y vuestros mejores olivares y se los dará a sus servidores (...) tomará el diezmo de vuestros rebaños y vosotros mismos seréis sus esclavos". Una oligarquía de cortesanos y soldados se enriquecía mientras el resto, los justos, caían en la miseria. El Deuteronomio (15,4) afirmaba que no debía haber ebionim  entre ellos, para más adelante reconocer que nunca dejará de haberlos en su pueblo (15,11), con eco más tarde en Mateo y en Marcos. La cuestión es que no fuesen siempre los mismos, y que la mano generosa del hermano esté para el remedio al necesitado. En griego, pobre es ptójos  o pénes. Aristófanes, en su comedia "Pluto" (ploúsios es rico) distingue: la vida del ptójos es ir  tirando sin poseer nada, mientras que la del pénes es ir tirando con parsimonia (penomai, trabajar para vivir), siempre pendiente de sus trabajos, sin avanzar realmente nada, aunque no le falte nada. "Pluto" es una de las comedias más representativas de Aristófanes, y manifiesta otro enfoque sobre la desigual distribución de pobreza y riqueza. De acuerdo con el argumento de la obra, Pluto, dios de la riqueza, había sido cegado por Zeus y deambulaba de mano en mano sin saber en casa de quién paraba o quién le recibía; hasta que Crémilo, un agricultor pobre pero de gran bondad, le lleva a la cueva de Esculapio para que le devuelva la vista. Como resultado de la curación, la riqueza acude solamente a los hombres buenos y honestos, mientras que los perversos son condenados a la miseria.  Aparecen sucesivamente un sicofanta, que vivía de delatar y denunciar enjuagues; una vieja celestina ahora sin clientes; Hermes, a quien ya no ofrecen sacrificios y un sacerdote de Zeus, que ya no puede holgar con las ofrendas de los fieles. Se decide al fin colocar a Pluto en el lugar que antes ocupaba, favoreciendo de nuevo ciegamente a los sinvergüenzas sobre los honrados. Irónicamente, mostraba el griego  la gruesa dificultad de distribuir la riqueza de acuerdo con el mérito.  



En el Nuevo Testamento, el Reino está reservado para los pobres; los ricos ya han recibido su contento aquí abajo, en una suerte de divina compensación que aparece en la historia de Lázaro, elevado al seno de Abraham y el rico, rebajado a los infiernos. La primera bienaventuranza se refiere en Lucas a beatitudes materiales para el pobre que serán diferentes en el Reino que en la tierra, y Mateo la hace beatitud espiritual. Las actas apostólicas lucanas  hablan de puesta de los bienes en común y la literatura cristiana primitiva diserta sobre cuáles ricos podrán ingresar al reino pasando con su impedimenta por el ojo de la aguja. Con el tiempo, se trata del rechazo de la atracción de la pura riqueza material y de hacer buen uso de las fortunas por quienes la poseyesen. La puesta de bienes en común se recluye en las órdenes monásticas. La pobreza es una necesidad de este mundo, un aguijón que empuja al hombre hacia el trabajo y está lejos de ser una marca de reprobación, sino  que conlleva una eminente dignidad, porque el pobre es "la imagen de Cristo". La Iglesia fue depurando el pauperismo veterotestamentario  y condenó -en casos, hasta la hoguera-  una lectura ebionista de las escrituras: los valdenses, los pobres de Lyon, los begardos y beguinas, los fraticelli y "hermanos de la vida pobre", los milenaristas, los discípulos del "Evangelio eterno". Exaltó a los pobres por renunciación voluntaria y mostró que riqueza y pobreza son en sí mismas indiferentes, medios que no fines, importando cómo se acepta  la una y qué uso se da a la otra. Alberto Wagner de Reyna, profundo pensador peruano, en cita recogida por Alberto Buela, sintetiza muy acertadamente el punto:   



“La pobreza desempeña así una función ancillar, subordinada: ser el lugar de arranque de la acción del espíritu libre del lastre de la desmesura material, cuantitativa, hedonista que constituye el desconcierto de la crisis actual. Podrá así el espíritu en la moderación y austeridad alcanzar el concierto radical (desde su raíz) el que el hombre se (re)humaniza. No es la pobreza un fin, ni valor absoluto, ni meta, sino supuesto y condición”.



Desde luego que la interpretación ebionita y veterotestamentaria tiene reapariciones y recaídas, especialmente bajo forma de un  clericalismo  que pretende que el sacerdote enseñe al pueblo, reducido al indigente y al miserable, cuál debe ser la vía de su petición y su reclamo  -a veces fue la senda del monte y el fusil-, porque resulta la porción electa y deben hacerla realidad en este mundo.  ¿Se favorece así al pobre y humillado? ¿O se inscribe esa actitud, más allá de la pureza de las intenciones, en otro aspecto de la cultura del simulacro de que hablábamos al principio?



Un aporte de Iván Illich



Iván Illich (1926-2002), que no puede considerarse un autor ultramontano, autor de numerosos ensayos destinados a separar el mapa del territorio, es decir, el nombre de una institución de aquello que pretende llevar a cabo, en "Desescolarizar la Sociedad", expuso algunos puntos de vista que pueden resultar útiles en nuestro camino:



            «(...) La institucionalización de los valores conduce inevitablemente a la contaminación          física,  a la polarización social y a la impotencia psicológica: tres dimensiones en un proceso de degradación global y de miseria modernizada. (...) Este proceso de degradación se acelera cuando unas necesidades no materiales son transformadas en demanda de bienes; cuando a la salud, a la educación, a la movilidad personal, al bienestar o a la cura psicológica se las define como el resultado de servicios o de 'tratamientos'.»

· «Tanto el pobre como el rico dependen de escuelas y hospitales que guían sus vidas, forman su visión del mundo y definen para ellos qué es legítimo y qué no lo es. Ambos consideran irresponsable el medicamentarse uno mismo, y ven a la organización comunitaria, cuando no es pagada por quienes detentan la autoridad, como una forma de agresión y subversión. Para ambos grupos, el apoyarse en el tratamiento institucional hace sospechoso el logro independiente.»

· «Las burocracias del bienestar social pretenden un monopolio profesional, político y financiero sobre la imaginación social, fijando normas sobre qué es valedero y qué es factible. Este monopolio está en las raíces de la modernización de la pobreza. Cada necesidad simple para la cual se halla una respuesta institucional permite la invención de una nueva clase de pobres y una nueva definición de la pobreza.»

· «Una vez que una sociedad ha convertido ciertas necesidades básicas en demandas de bienes producidos científicamente, la pobreza queda definida por normas que los tecnócratas cambian a su tamaño. La pobreza se refiere entonces a aquellos que han quedado cortos respecto de un publicitado ideal de consumo en algún aspecto importante

· «Los pobres siempre han sido socialmente impotentes. El apoyarse cada vez más en la atención y el cuidado institucionales agrega una nueva dimensión a su indefensión: la impotencia psicológica, la incapacidad de valerse por sí mismos. (...) La pobreza moderna conjuga la pérdida del poder sobre las circunstancias con una pérdida de la potencia personal. Esta modernización de la pobreza es un fenómeno mundial y está en el origen del subdesarrollo contemporáneo. Adopta aspectos diferentes, por supuesto, en países ricos y países pobres.»

La "pobreza moderna" segrega al individuo de la comunidad, sumiéndolo en la indefensión radical: además de privarlo del acceso a bienes de la vida, se lo priva de su potencia personal; esto es, se lo reduce a objeto de utilería en la escena del simulacro global.



El "Estado Servil"



La pobreza, en sí misma, ni es un mérito ni una indignidad. Es más bien un misterio, como decía Léon Bloy, aquel que se llamaba a sí mismo “mendigo ingrato”. El misterio de que siempre  habrá pobres entre nosotros. En todo caso, como vimos, hay que procurar que no sean siempre los mismos. El aprovechamiento político del pobre, en nombre de los eslóganes de la progresía, requiere, precisamente, que sean siempre los mismos, ya que resultan un fondo de reserva revolucionario o electoral que debe mantenerse íntegro para futuras reinversiones. Disminuir eficazmente la pobreza, integrar a la sociedad a los desplazados, sería a largo plazo destruir una materia prima política indispensable. Deben quedarse como están. Más aún, hay que reducirlos a la miseria, para esclavizarlos a cambio del mendrugo asistencialista  que apenas le permite arañar las necesidades básicas. Hay que institucionalizar la exclusión y, luego, mostrarse compungido por ella.



Nuestra progresía revolucionaria hace aristotelismo sin saberlo. Siguen al Aristóteles del libro I de “Política”, cuando defendía la esclavitud por naturaleza. El esclavo –el mísero- es una posesión animada. Un instrumento para la praxis. Es esclavo por naturaleza el que puede pertenecer a otro, como pertenece el mísero a su  puntero, referente o Milagro Sala de turno. Lo mejor para los esclavos, lo mejor para los míseros (y sigo parafraseando a Aristóteles) es someterse a este tipo de mando, ya que prefieren vivir, aunque sea mal, pero bajo la tutela de otro. El esclavo, el mísero, posee la razón, pero la pone al servicio de la obediencia más que conducirse él mismo por la razón, como hace un hombre libre. Les conviene esto a los esclavos, a los míseros, es justo que estén en esa condición y hasta están contentos con su suerte, concluía el de Estagira, sin saber cuán pertinentes resultarían sus razonamientos siglos después en un lugar llamado Argentina 



El siglo pasado, para ser más exactos en 1913, un pensador inglés llamado Hilaire Belloc  tuvo una intuición parecida, cuando escribió The Servile State, donde anunciaba que el cruce del capitalismo con el socialismo iba a producir la reaparición de la esclavitud, en beneficio de una minoría libre de propietarios de los medios de producción y de los instrumentos financieros, para imponerse a una mayoría de individuos sin libertad ni propiedad, reducidos al trabajo obligatorio a cambio de un nivel mínimo de satisfacción de las necesidades vitales. Lo que no pensó Belloc es que entre nosotros se iba a dar cumplimiento a su predicción, pero más avanzada: se les negaría hasta el trabajo, en cuanto este puede tener de dignificante, puesto que se los reduciría, simplemente, a actuar constantemente de partiquinos del simulacro.



La “gran noche” y el control social



Nos encontramos ante un momento típico de explotación de lo que se ha llamado “pánico moral”, esto es, que un problema que existe desde hace mucho tiempo y al que no se le han hallado soluciones ni paliativos es reconstruido en el discurso mediático y las invocaciones de la clase política como si se denunciara algo ignorado o como si aquello ya existente hubiese experimentado un agigantamiento repentino. Bajo “pánico moral” se ha decretado la emergencia alimentaria, que sólo significa que se acumula en el ejecutivo el lleno del poder para que adjudique contratos sin controles y disponga de las partidas presupuestarias a su antojo.  En estas maniobras se revela aquel juego de prestidigitación  que Bertrand de Jouvenel señalaba en su tiempo: el poder adquisitivo redistribuido proviene de las mismas clases que lo reciben.  



Ahondando el análisis, viene a la luz una astuta forma de control social y manejo político efectivo. Consiste, sintéticamente, en mantener la dominación por el aprovechamiento integral, del punto de vista cultural y económico, de los conjuntos productivos localizados, los niveles medios, identificados con la marka del CUIT o del CUIL, por medio de la movilización constante de una masa esclavizada –residuo  de la mutación conceptual de la idea del “pueblo”-, del “transpirado sudra” indigente, privado de la inclusión ciudadana, al que se estanca en condiciones de mera subsistencia, con un horizonte que acaba en la subsistencia diaria, esto es, en las condiciones de la nuda vida biológica, sin anudamiento ni vínculo relacional y comunitario alguno. Este agregado reducido a   esclavitud  debe mantenerse en constante agitación, de manera de producir la impresión de un animal salvaje y predador cuya liberación de las rejas provisorias del aparato jurídico de contención daría lugar a las sangrientas satisfacciones de la “gran noche” (las noticias policiales suministran  diarios ejemplos homeopáticos de lo que podría ser ese desorden apocalíptico). La ruling class, encerrada en la burbuja de su privilegio, apólida por definición, mueve los hilos de esta trama acercando o alejando la amenaza medida de las necesidades de la electocracia. Resulta una posibilidad anómica, controlada en principio, pero que puede irse de las manos.  La miseria tiene muy altos aprovechadores.-







La pobre gente - André Collin

domingo, octubre 16, 2016

ACERCA DE LA POBREZA -primera entrega


                          "La sopa de los pobres" Reinaldo Giudici -Museo Nacional de Bellas Artes



Ya me he referido en esta página al acuciante problema de la pobreza. Si el lector pincha en el índice al costado, en la voz "pobreza" encontrará el texto de mi intervención en una mesa redonda al respecto, que tuvo lugar hace casi tres años.

Lo que sostuve en esa ocasión fue, ante todo, una clarificación de términos. Llamamos “pobre” -decía-  al que a duras penas dispone de lo suficiente para cubrir sus necesidades básicas. Llamamos “indigente” al que carece de momento de los medios para cubrir sus necesidades básicas, pero que puede aún ser rescatado de esa situación por un empleo o por un socorro conveniente. Llamamos “miseria” al estado o condición de quienes no pueden satisfacer sus necesidades vitales. Las dos primeras, tradicionalmente, han sido entendidas como situaciones que pueden ser paliadas, mejoradas e, incluso, de las que se puede salir. La última es un estado o condición que se extiende a un conjunto amplio de personas y que tiende a prolongarse en el tiempo, bajo la forma de exclusión del vínculo social, de des-afiliación de la sociedad. Planteé entonces  que, en la posmodernidad, tanto en la Argentina como en el resto de Iberoamérica y en buena parte del mundo, existe una deriva constante, predominantemente estructural, no coyuntural, de las formas situacionales de la pobreza y de la indigencia hacia el estado o condición de la miseria, con fines de control social y manipulación política, y que el modo de gestionar la miseria a que se echa mano para evitar una hecatombe, es la reducción de los miserables a una forma remozada de la esclavitud. 

Voy a volver sobre esto, ahora que las estadísticas se han recuperado en buena parte y que de ellas resulta que el tercio de la población (32,2%)  está por debajo de la línea de la pobreza y, dentro de ese conjunto, la quinta parte (6,2%) es indigente. Casi la mitad de los niños (47,4%) son pobres: buena parte de los niños son pobres y buena parte de los pobres son niños. Mientras tanto menudean los discursos, tanto de los economistas, como de los políticos, como de la Iglesia. Todos ellos señalan aciertos parciales, pero el conjunto es disonante y creo, aunque alguno pueda calificar de petulancia mi planteo, que el triple error que también resulta de aquéllos planteos tiende a perpetuar el problema en términos de franca incomprensión y, también, de inocultable manipulación. Me limitaré a señalar, en varias entregas, a partir de esta inicial, dónde un observador, como este bloguero, advierte, desde su libertad íntima y su independencia práctica, radican las equivocaciones particulares que llevan a un fracaso general frente al problema, aunque se proceda con las mejores intenciones.

El problema de la pobreza, tomando esta palabra en sus sentido más amplio y abarcador, es, por lo menos, atacable desde tres dimensiones.

Empezando por el nivel inferior, es un problema  técnico, de equilibrio económico y rendimiento productivo, que atañe al crecimiento y no a la distribución. Aquí, la pobreza, la indigencia y la miseria son variables estadísticas, muy importantes como indicadores, pero nulas en cuanto remedios. Las estadísticas, cuando no son simples percentiles manipulados, permiten plantearse las preguntas, pero son incapaces de suministrar ninguna respuesta.

En una dimensión superior, es un problema político. que plantea una cuestión de justicia: una formulación equitativa en cuanto a la distribución de la riqueza común. El igualitarismo hipertrofiado, los eslóganes politiqueros sobre "guerra a la pobreza" -que como toda guerra lanzada contra una abstracción resulta máscara de cualquier aprovechamiento- y el programa subnormal de "pobreza cero" -"delito cero", "mal cero" y otras intoxicaciones y cegueras- están destinados al fracaso y la mantener la manipulación clientelar de masas de compatriotas reducidos a la precariedad como carne dispuesta para ser crucificada en el asador electoral.

En fin, también puede plantearse como un problema moral y religioso. Aquí aparecen las invocaciones al "escándalo de la pobreza" (Benedicto XVI) y a la "opción preferencial por los pobres" (Puebla, 1979). Si los pobres son la imagen del "pueblo de Dios", si el mensaje de redención se encarna en ellos, si la riqueza y el dinero son "la sangre del pobre", como proclamaba magníficamente Léon Bloy, entonces -lo mismo que los políticos, pero por razones más altas- los pobres deben quedar  estancados en su condición de pobres, salvo que quisiéramos hipócritamente borrar su imagen que cuestiona en su sufrimiento la opulencia de quienes, desde el lodo del pecado, desconocen el sacrificio redentor.

La cuestión, en términos de verdad efectiva, es que pobreza e indigencia van dejando de ser situaciones medidas estadísticamente a las que se les puede proponer vías de mejoramiento, para convertirse en estados permanentes e irremediables de precariedad. "Precario", si interrogamos a la palabra, viene del verbo latíno precari, suplicar. El reducido a la precariedad sólo puede suplicar, de la incierta voluntad del otro, un alivio momentáneo a su condición. Sólo puede venderse a la ayuda; en otras palabras, esclavizarse.

¿Cómo salir de esta condición, que fuerzas poderosas pretenden mantener en su provecho o direcciones generosas pero equivocadas tienden a cristalizar?



martes, noviembre 24, 2009


POBREZA, INDIGENCIA, MISERIA, EXCLUSIÓN Y OTRAS MARCAS DEL “PROGRESO”



Llamamos “pobre” al que a duras penas dispone de lo suficiente para cubrir sus necesidades básicas. Llamamos “indigente” al que carece de momento de los medios para cubrir sus necesidades básicas, pero que puede aún ser rescatado de esa situación por un empleo o por un socorro conveniente. Llamamos “miseria” al estado o condición de quienes no pueden satisfacer sus necesidades vitales. Las dos primeras, tradicionalmente, han sido entendidas como situaciones que pueden ser paliadas, mejoradas e, incluso, de las que se puede salir. La última es un estado o condición que se extiende a un conjunto amplio de personas y que tiende a prolongarse en el tiempo, bajo la forma de exclusión del vínculo social, de des-afiliación de la sociedad. Planteo que, en la posmodernidad, tanto en la Argentina como en el resto de Iberoamérica y en buena parte del mundo, existe una deriva constante, predominantemente estructural, no coyuntural, de las formas situacionales de la pobreza y de la indigencia hacia el estado o condición de la miseria, con fines de control social y manipulación política, y que el modo de gestionar la miseria a que se echa mano para evitar una hecatombe, es la reducción de los miserables a una forma remozada de la esclavitud.

La pobreza resultaba, tradicionalmente, una noción relativa. Siempre somos los pobres de alguien. Frente a Bill Gates, Carlos Slim, Cristóbal López o el matrimonio Kirchner, los aquí presentes resultaremos siempre pobres. No menos ricos: pobres.

Por otra parte, también respecto de la relatividad tradicional de la noción, lo mínimamente decoroso como nivel de existencia se define de acuerdo con estándares implícitos en el estilo de vida predominante en cada ámbito social y cultural, y estos estándares no son uniformes, aunque en la posmodernidad tiendan también a globalizarse. Las necesidades primarias –alimentos, vestimenta, techo, agua potable y estructura sanitaria mínima, acceso a medios de transporte, nivel elemental en servicios de salud y educación- no constituyen un orden objetivo, jerárquico y único. Siempre habrá de verse alguna antena satelital en una villa de emergencia, un vídeo juego en un boliche de lata y el cable en La Cava.

Lo que ocurre es que nuestra economía global actual es una economía fundada en los deseos y no en las necesidades –como enseñaban los viejos manuales- y en ella, para pobres y ricos, lo bastante es demasiado poco. En todas las capas sociales se toman los deseos por realidades porque se cree en la realidad de los deseos y, más profundamente aún, se cree en el derecho a realizarlos, ya que en el universo jurídico posmoderno los deseos se reconvierten sistemáticamente en derechos, con indiferencia a la manera en que ellos puedan ser efectivamente ejercidos.

Cabe anotar, en este punto, la paradoja de que el pobre, el indigente y hasta el miserable pueden estar arrinconados en los márgenes de la sociedad y hasta excluidos de ella, pero nunca resultan enteramente excluidos del mercado, aunque sus medios de acceso a él resulten limitados, por falta de poder adquisitivo, por ser deudores insolventes o desocupados de larga data. La sociedad tiene un exterior, pero el mercado no.

La pobreza es, o más bien era, noción relativa, pero le trazamos un umbral estadístico para fijar cuál es el ingreso bajo el cual no pueden satisfacerse las necesidades básicas. Con este instrumento, se calcula que el 40% de la población mundial es pobre y, en cuanto a nuestro país, alrededor de ese porcentaje. Como dato adicional, que en nuestro país la mayoría de los pobres son niños y la mayoría de los niños son pobres.

La pobreza, además de ser tradicionalmente una noción relativa, resultaba, también, una noción relacional. No podía caracterizársela sin relacionarla con la capa de riqueza y la capa media existentes en el mismo tiempo y lugar. No había posibilidad de considerar a la pobreza como un mundo en sí, independiente del resto de la sociedad donde se manifestara. Es decir, no podía haber una aproximación a la cuestión de la pobreza sin considerar a la sociedad como un todo ni imaginar respuestas para ella que no tuvieran en cuenta el irrenunciable deseo de vinculación, reconocimiento de pertenencia y arraigo al conjunto social que los fenómenos de la pobreza expresan.

La pobreza, ante todo, se mira en el espejo de la riqueza simétricamente manifestada. El consumo ostentoso y extravagante de los “ricos y famosos” de nuestro tiempo, ventilado en los medios, nos resulta chocante e intolerable por su carácter de “maldad insolente” frente a las manifestaciones más dolorosas de la pobreza. Un mundo de magos de las finanzas globales, de políticos elevados por el marketing y los creadores de imagen, de figuras del espectáculo y de jugadores de fútbol perciben ganancias fabulosamente distantes del resto. Conforman una sociedad aparte de las sociedades de donde alguna vez surgieron, viviendo aparte y actuando aparte, gente de un planeta mediático a la vez presente y remoto para nuestras vidas comunes. Estos rich and famous, que en buena parte mueven al mundo, se inscriben en lo que Christopher Lasch llamó la “rebelión de la élites”, la renuncia a sus deberes y el campear por sus fueros, paralela en nuestro tiempo a la “rebelión de las masas” que describió Ortega y Gasset en el primer tercio del siglo pasado.

En el otro extremo tenemos los excluidos, los nuevos miserables, que viven aparte en villas aparte y actúan aparte, conformando también una sociedad aparte de la sociedad. Y son una sociedad aparte porque nadie tiene necesidad de ellos. El excluido es un inútil, un supernumerario en términos sociales, cuya existencia resulta desprovista de toda finalidad que no sea la de sobrevivir, reproducirse y permanecer en su condición para ser manipulado convenientemente. Todo ello en una economía del deseo (no de la necesidad) y de la abundancia (no de la escasez según los viejos manuales), dando lugar así al “escándalo de la pobreza”.

No se ha conocido en la historia una situación social en que no haya habido ricos y pobres, difiriendo sólo en la hondura de la brecha que los separe. Se registran, sí, casos en los que la indigencia o la miseria han tenido mínima expresión o fueron resultado momentáneo de hambrunas o desastres naturales (inundaciones, terremotos, erupciones, etc.). La díada pobreza/riqueza puede ser considerada como una invariante o regularidad observable en toda organización social. Las proclamaciones de “pobreza cero” o de “riqueza cero” nunca han cobrado realidad y la díada vuelve al poco tiempo, luego de una sustitución de los miembros de la capa afortunada (la “nueva clase” descripta en su tiempo por Djilas, la “nomenklatura” soviética, etc.).

Lo novedoso en la posmodernidad es la segregación de la sociedad de ambos extremos: ricos devenidos ultrarricos y pobres devenidos miserables, que constituyen dos subsociedades en sí, separadas, secesionadas del resto. En la antigüedad, la separación entre ricos y pobres se daba dentro y en el seno de la κοινωνια πολιτικη o de la civitas. Era un conflicto dinamizador de la vida política. En griego es la στασις –sedición- a que se refiere Aristóteles en “Política”. Al hablar de los regímenes de gobierno, Aristóteles distingue entre el gobierno de una minoría rica (esto es, la oligarquía) y el gobierno de una mayoría pobre (la democracia). Y recomienda lo que llama la πολιτεια, el gobierno de la clase media, porque allí prevalece la prudencia y se logra la igualdad proporcional o geométrica, por el mérito y no por el número. En la democracia –prosigue- se cree que por ser iguales en algún aspecto, lo son absolutamente en todos los aspectos. En la oligarquía se cree que por ser desiguales en la riqueza, deben serlo absolutamente en todo los demás. “Los unos, pensándose iguales, pretenden participar en todo con igual derecho; los otros, pensándose desiguales, tratan de tener más, porque ‘más’ supone la desigualdad”. Y así nace la στασις. Pero todo ello dentro de la πολις.

Durante siglos, el pobre y aun el miserable (el pobre de solemnidad, que despertaba la misericordia) tenían un lugar en la sociedad. No estaba fuera de ella. El mendigo, el clochard, el lazzarone, el pordiosero de a caballo de la colonia, extendían la mano para recibir la limosna sin sentirse extraños al conjunto social, al vínculo comunitario con quien le daba la moneda. El mendigo pertenecía a una situación social públicamente reconocida. Los santos más preclaros habían bendecido esa condición y, a veces, la habían asumido voluntaria y ejemplarmente, como Francesco Bernardone, il poverello de Asís. El pordiosero oía cada día predicar en la iglesia la alabanza de la pobreza e inculcar el apartamiento de los bienes terrenos que consumen el orín y la polilla. Todos los días escuchaba sermonear que lo primero en el orden de importancia era la salvación del alma, y que la limosna contribuía a ello. Luego de la prédica, se ponía en la puerta del templo, con la mano extendida. Y aprovechaba de todas las instituciones que la Iglesia medieval contribuyó a crear, como hospederías y hospitales. Desde luego, no obstante aquellas prédicas, donde el mendicante era imagen del mismo Jesucristo, los pobres bien voluntariamente habrían cambiado su situación por la de los ricos (cuando no se volvían clandestinamente ricos, como Arturo de Córdova en “Dios se lo Pague”). Pero, mientras permanecían en la pobreza, no se sentían ni moralmente inferiores a los ricos ni expulsos de la sociedad. La pobreza era una de las formas del vínculo social, mirándose en la cara de la riqueza, y viceversa. (Aunque vistos con ojos actuales, aquellos señores feudales no parecen potentados y las diferencias y distancias con sus vasallos no nos resultan demasiado llamativas).

Incluso en el conflicto clásico de la sociedad capitalista, el del patrón y el asalariado, denunciado dramáticamente como explotación del hombre por el hombre, los protagonistas disputaban dentro de la sociedad toda. El conflicto inherente manifestaba un vínculo social pleno y el sindicato, por ejemplo, era un vehículo inclusivo e integrador en la sociedad toda. Era un conflicto vertical dentro de la sociedad (los de arriba y los de abajo).

El conflicto actual es horizontal y expulsor. Se trata de si se permanece dentro de los márgenes de la sociedad o se cae en las tinieblas exteriores de la insignificancia y la carencia de integración con la vida común, salvo, como veremos, bajo forma de esclavitud. Mientras tanto, por arriba, planea otra sociedad, la del relumbrón y el espectáculo, desde donde, a veces, se practica una especie de beneficencia aséptica hacia los excluidos, que sólo aparecen como figuras del dolor en la imagen preparada al efecto, para resaltar la “sensibilidad social” de los nuevos opulentos. (Apoyemos con unos centavos del vuelto del súper a los burócratas de UNICEF; organicemos con U2 un recital de rock para los pibes somalíes mostrados en pantalla; blindemos una favela para que Madonna pueda sacarse la foto con el garotinho, etc.). A los vínculos sociales concretos los suplanta un hipervínculo virtual, en donde el lenguaje mediático fundado sobre el marketing traduce el mundo y los dolores del mundo en unidades conmensurables y comunicables de puro espectáculo con finalidad mercantil. La chica que quiere triunfar se desnuda, como las de antes y las de siempre, pero ahora por el “cambio climático”, y Evangelina Carrozzo obtuvo una efímera gloriola en la pasarela mundial contra las papeleras.

Se produce una homogeneización del mundo, que en un sistema vivo indica tendencia a la muerte. Hay un desencantamiento de todo lo que nos rodea. El individualismo exacerbado y el igualitarismo desbocado (la igualdad ontológica extrapolada a la diversidad real, para uniformarla) desembocan en una exclusión brutal. El principio igualitario encuentra su expresión jurídica en la ideología de los derechos humanos. El derecho, disciplina constitutivamente relacional, tiene ahora por sujeto al individuo aislado, por el solo hecho de serlo; esto es, tiene por sujeto a un huérfano sin ombligo, nacido expósito y destinado a morir célibe. La dicotomía individuo-Estado, propia del siglo XX, se transforma ahora en la dicotomía de dos abstracciones: por un lado el individuo aislado, convertido en unidad intercambiable; por otro, la Humanidad, en cuyo nombre se legisla, se criminaliza y se juzga . Homogeneización, fijeza, tendencia de muerte, reductio ad unum de la diversidad del mundo (pensamiento único, lenguaje mediático único, sentimiento único, sexo único y fantasía de poder único).

En este contexto, tenemos estructuralmente ricos cada vez más ricos, haciendo rancho aparte, y pobres cada vez más miserables, conformando rancho aparte. La clase media, a la que Aristóteles asignaba el depósito de la prudencia, aparece a la consideración de quienes gobiernan sólo bajo sus números de CUIT o CUIL, con sus trabajos, propiedades, ingresos, claramente localizados (no off-shore) y, por lo tanto, básicamente productora y contribuyente. Porque los excluidos por arriba, el yacht people, los rich and famous, no pagan o apenas pagan impuestos, y los excluidos por abajo apenas contribuyen con el IVA cuando compran el Tetrabrick.

La única inclusión universalmente aceptada, válida para todos, es hoy el mercado. En nuestro tiempo, el mercado parece más un concepto sociológico que económico. Pero el mercado, aunque valioso, no puede reemplazar al vínculo social. El intercambio mercantil, por su naturaleza, no crea deberes. El saldo es 0, desde que la operación acaba, ya que la contrapartida monetaria cancela toda deuda. Lo contrario es la economía del don oblativo donde la deuda nunca queda saldada y se crea una red de obligaciones y obligados .

En esta misma tendencia homogeneizadora y excluyente se inscribe también la supuesta contrapartida de la ideología liberal o neoliberal; esto es, el Estado Providencia, el Estado Benefactor, el Estado Minotauro, como lo llamó Bertrand de Jouvenel porque hay que sacrificarle las primicias de la libertad política, y también –obviamente- su versión en socialismo del siglo XXI y sus variantes. Todas estas formas estatalistas tienen su matriz en el individualismo y el igualitarismo nivelador y podría caracterizárselas en su conjunto como variantes de una ideología burguesa y materialista donde se expresa el odio al pobre y la envidia al rico.

La oposición individuo-Estado fue una de esas falsas ideas claras del siglo XX. Son términos complementarios, no antitéticos. A más individualismo, más Estado. El Estado, una máquina de máquinas, uniforma a todos los individuos, considerados como unidades fungibles e intercambiables, bajo el ámbito de autoridad de la ley que crea, al mismo tiempo que destruye los lazos concretos que unen orgánicamente a las personas. El Estado es anticomunitario y dejó solo al individuo, como un expósito, frente a la abstracción de la Humanidad, vulnerando todos los órganos intermedios. Más los lazos sociales se aflojan, más aumenta la dependencia frente a Estado (ejemplo de las jubilaciones –aportes resultan impuestos al trabajo en blanco y, finalmente, el beneficio, subsidio a la vejez, ni capitalización colectiva, ni capitalización privada, ni siquiera solidaridad). Más aumenta la dependencia frente a Estado benefactor, más se siente su intervencionismo en todos los dominios de la existencia (desde el dejar de fumar hasta el matrimonio homosexual, pasando por cuál es la verdad histórica que debemos creer). El Estado aísla a los hombres, les expropia la Patria, la Nación, la vida política y los hace débiles y desconfiados prometiéndoles la seguridad y hasta la felicidad.

Tomemos un ejemplo. El Estado toma a su cargo la “redistribución de la riqueza”, el leit motiv de Cristina y de Néstor. Así se va a acabar de una vez por todas con la pobreza, etc., etc. La redistribución no es verdadera preocupación por los pobres, sino que expresa una obsesión por la igualdad radical. El efecto es la proletarización de las clases medias por la elevada imposición (los rich and famous no pagan) que para no caer de su estilo de vida al infierno de la exclusión debe multiplicar sus esfuerzos económicos: la clase media se convierte en la principal productora de bienes para el Estado (lo desnuda el conflicto con el campo desde la Resolución 125). Las familias pobres, por su lado, reciben menos de lo que aportan al Estado. La redistribución no va del rico al pobre sino que regresa poder del individuo al Estado. Tiene un valor de pura eficacia simbólica. Cercena la libertad política y personal. “La idea de que el dinero que reparte el Estado viene de arriba –dice Jouvenel- sólo es cierta para una porción mínima. En realidad, sirve para ocultar el hecho de que el poder adquisitivo redistribuido proviene de las mismas clases sociales que lo reciben”.

El clientelismo manejado desde “la caja”, que controlaban oligopólicamente los aparatos políticos partidarios (se destacó el bonaerense) se dividió luego en los intendentes del conurbano y gobernadores de provincia y ha terminado por revertir a los “líderes” de las “organizaciones sociales”, en un proceso progresivo de fragmentación del que hemos sido testigos en los últimos días a través de piquetes y contrapiquetes.

La democracia de la miseria, hacia el que tiende cada vez más nuestro régimen político, desemboca en la miseria de la democracia. Por un lado, la democracia representativa nos muestra una clase política autorreferencial, casi incestuosa y concentrada en el mantenimiento y extensión de sus privilegios, además de afectada por la corrupción medular asociada a la vida pública (el PUPA). Por otro, las manifestaciones directas del pueblo, como serían los referendos y las movilizaciones, están afectadas en su raíz porque crece incesantemente la masa de argentinos reducidos a la esclavitud, cuyo voto y cuya movilización se empaquetan y se compran hechos. Un pueblo, como cuerpo político, requiere de hombres libres. Pobres o ricos, pero libres. A la democracia se le ha perdido el pueblo y no sabe dónde está. Debemos reinventarla con hombres libres si pretendemos que tenga un sentido. Algunas movilizaciones, como las de junio del año pasado en ocasión del conflicto del campo o el mismo repudio electoral del 28 de junio al kirchnerato muestran posibilidades de reacción, mientras no se agoten en lo efímero. Pero, mientras tanto, la reducción a la esclavitud se propaga y crece.

La pobreza, en sí misma, ni es un mérito ni una indignidad. Es más bien un misterio, como decía Léon Bloy, aquel que se llamaba a sí mismo “mendigo ingrato”. El misterio de que siempre, evangélicamente, habrá pobres entre nosotros. En todo caso, hay que procurar que no sean siempre los mismos. El aprovechamiento político del pobre, en nombre de los eslóganes de la progresía, requiere, precisamente, que sean siempre los mismos, ya que resultan un fondo de reserva revolucionario o electoral que debe mantenerse íntegro para futuras reinversiones. Disminuir eficazmente la pobreza, integrar a la sociedad a los desplazados, sería a largo plazo destruir una materia prima política indispensable. Deben quedarse como están. Más aún, hay que reducirlos a la miseria, para esclavizarlos a cambio del mendrugo asistencialista que apenas le permite arañar las necesidades básicas. Hay que institucionalizar la exclusión y, luego, mostrarse compungido por ella.

Nuestra progresía revolucionaria hace aristotelismo sin saberlo. Siguen al Aristóteles del libro I de “Política”, cuando defendía la esclavitud por naturaleza. El esclavo –el mísero- es una posesión animada. Un instrumento para la praxis. Es esclavo por naturaleza el que puede pertenecer a otro, como pertenece el mísero a su puntero, referente o Milagro Sala de turno. Lo mejor para los esclavos, lo mejor para los míseros (y sigo parafraseando a Aristóteles) es someterse a este tipo de mando, ya que prefieren vivir, aunque sea mal, pero bajo la tutela de otro. El esclavo, el mísero, posee la razón, pero la pone al servicio de la obediencia más que conducirse él mismo por la razón, como hace un hombre libre. Les conviene esto a los esclavos, a los míseros, es justo que estén en esa condición y hasta están contentos con su suerte, concluía el de Estagira, sin saber cuán pertinentes resultarían sus razonamientos siglos después en un lugar llamado Argentina

El siglo pasado, para ser más exactos en 1913, un pensador inglés llamado Hilaire Belloc tuvo una intuición parecida, cuando escribió The Servile State, donde anunciaba que el cruce del capitalismo con el socialismo iba a producir la reaparición de la esclavitud, en beneficio de una minoría libre de propietarios de los medios de producción y de los instrumentos financieros, para imponerse a una mayoría de de individuos sin libertad ni propiedad, reducidos al trabajo obligatorio a cambio de un nivel mínimo de satisfacción de las necesidades vitales.

Pars construens:

Concebir la sociedad como un todo, holísticamente. Recomponer los lazos sociales con la pobreza expulsada y la riqueza autoexcluida, pivoteando sobre las ideas de deberes y obligaciones mutuas y recíprocas. Reinvención de la democracia mediante la recuperación del pueblo como cuerpo político, formado por hombres y mujeres libres, arraigados y avecindados, reunidos en la ciudadanía. Rescate de las libertades políticas y de la participación en clave federativa y de subsidiariedad. La federación se entiende como forma política, como lo fueron la ciudad, la república urbana medieval, el reino o el Imperio (no el oxímoron “Estado federal”). La federación sustituirá los aparatos del Estado en derrumbe. En lugar del mundo uno, del uni-verso político uniformizador, los órganos intermedios serán las patrias: las patrias carnales (regionales), las patrias nacionales (históricas) y las patrias continentales (geopolíticas). La subsidiariedad proveerá una trama compleja de mediaciones institucionales de abajo hacia arriba orientadas al bien común. Mientras el Estado define el bien a partir del derecho, la federación subsidiarista definirá el derecho a partir del bien. Hay que recuperar el bien común, desestatizarlo (el neoliberalismo, cuando habla de desestatizar, privatiza el bien común, fragmentándolo como un espejo roto en intereses particulares), para que pobres y ricos se enriquezcan con él y podamos aspirar a la “vida buena”.


En este día de la Tradición pueden recordarse los versos de Hernández: “que son campanas de palo/ Las razones de los pobres”. Hoy, más que en 1872, en que “Matraca” escribía. Más que nunca, cuando se nombra al pobre como nunca.-


"Campanas de palo" son las matracas o cilindros de madera que pueden observarse en algunas iglesias de México, Bolivia o Perú (en el Cusco ví en un templo uno de estos grandes cilindros) , y que aún se utilizan en algunos monasterios carmelitas. Se las hacía sonar, con un efecto desapacible, en Semana Santa, durante el Oficio de Tinieblas, cuando no se podía tocar las campanas.
"Matraca" era el sobrenombre familiar de José Hernández


En la ilustración, Léon Bloy, el "mendigo ingrato", que vivió y murió pobre

Intervención en el panel reunido en el INFIP (Instituto de Filosofia Práctica), el 11 de noviembre pasado.