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jueves, julio 19, 2007

IDOS
Este año se fueron el Flaco Trelles, Cuqui de la Garma y Roque Raúl Aragón, el Cacique. Así los llamábamos familiarmente, con el tuteo de la vida, cuando estaban de este lado del espejo.
Trelles y de la Garma fueron, en algún momento, Cruz y Fierro editores. No sé muy bien cuál era Cruz y cuál Fierro, pero en nuestra cósmica ignorancia, que es también cósmica esperanza -ignoramus sed speramus, spes contra spem-, los presiento juntos en ese otro barrio donde se está siempre despierto. A Cuqui lo ví por última vez cuando se celebró en "El General" a los muchachos de la caña, a los sobrevivientes de los fundadores de Tacuara: de la Garma, Denovi, Rosa. Cuqui semper idem, con su maleta de oxígeno de auxilio, recibió su recuerdo y levantó el brazo.
A Roque, el Cacique, lo ví hace unos años en un congreso sobre historia del nacionalismo en el Lasalle, que fue bastardeado y malentendido por Página/12, inevitablemente. ¿Por qué un PC puede recordar con melancolía su adolescencia -lo cual me parece muy bien- y, en cambio, resulta pecaminoso que lo haga un tacuarita?
Escribí a Ricardito Curutchet, sobre Roque, cuando supe la noticia:
Se nos fue el amigo profundo y delicado, el orfebre de la conversación, el Cacique, como solíamos llamarlo con tu padre. Acierta el poema: lo llamó la Sabiduría para estar definitivamente entre los suyos. Hay un verso de Machado que se aplica también :"lleva quien deja y vive el que ha vivido". Dejó mucho, porque daba sin tasa ni cálculo y vive -pervive- en tantísimos recuerdos comunes. Dio sin esperar, aunque nunca desesperó porque el incierto destino nos condujo por otros caminos que los que anhelábamos. Siguió dando, Cacique singular, sabio sereno, amigo siempre.
Tanto amigo ido me hizo postear antes la "Melancolía" del conde de Foxá -camarada del otro lado del charco- con su crudo dolor.
Melancolía del desaparecer Agustín de Foxá

Y pensar que después que yo muera,
aún surgirán mañanas luminosas,
que bajo un cielo azul, la primavera
indiferente a mi mansión postrera
encarnará en la seda de las rosas.
Y pensar que desnuda, azul, lasciva,
sobre mis huesos danzará la vida,
y que habrá nuevos cielos de escarlata
bañados por la luz del sol poniente,
y noches llenas de esa luz de plata,
que inundaban mi vieja serenata
cuando aún cantaba Dios bajo mi frente.
Y pensar, que no puedo en mi egoísmo,
llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja;
que he de marchar yo solo, hacia el abismo.
Y que la luna brillará lo mismo,
y ya no la veré desde mi caja.