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lunes, julio 07, 2008


129 a 122

1890 "La revolución está vencida, pero el gobierno está muerto" (senador Manuel Dídimo Pizarro)

2008 "La votación está ganada, pero el gobierno está muerto"

domingo, julio 06, 2008

RETENCIONES: EL “PUPA” ESTÁ EN LAS ÚLTIMAS


Luis María Bandieri

El proyecto de ley sobre retenciones móviles que recibió el sábado 5 de julio sanción en Diputados, y fue pasado para su consideración por el Senado, puede considerarse bajo dos aspectos estrechamente relacionados entre sí: como rutina de mal gobierno y como síntoma de enfermedad terminal de un régimen.

El mal gobierno es práctica vieja en la Argentina. También viene de largo que el ciudadano termine aceptándolo, aunque sea a disgusto y mordiendo el freno, porque no hay otra cosa y este país –“este país de mierda”, en la variante preferida- es así. La amplia faja gris del desprecio de la ley en que coinciden tantos de nuestros connacionales tiene su origen o, cuando menos, su espuela motivadora, en esta conciencia colectiva de que el buen camino no resulta senda practicable en estos pagos. Preferible es ir por izquierda, gambeteando la norma fastidiosa, establecida por quienes se consideran por encima de ella, y con el solo ánimo de incordiar. El desprecio de la ley, que ya a fines del siglo XIX don Juan Agustín García señalaba como una de las características nacionales, resulta la respuesta instintiva e inmediata al desprecio del ciudadano por parte del mal gobierno. Cuando, por ejemplo, el gobernante fija a placer un tributo, mostrando así que pese a sus bellas y marketineras palabras, el poseedor de un documento electoral sólo le interesa bajo el número de CUIT o CUIL, la reacción será cuerpearlo a como dé lugar. Y realimentándose así desprecio por el ciudadano con desprecio de la ley, este país, “este país de mierda”, va deslizándose por una tabla enjabonada, con el único consuelo de considerar una excepcionalidad destacable el que nuestra decadencia, al contrario de otras similares que suceden en otros puntos del globo, resulte sostenida y progresiva, no interferida por ninguna contracorriente exitosa.

Desde que Julio Argentino Roca puso definitivamente los cimientos del Estado nacional, el mal gobierno se caracteriza por una concentración de poder en el monarca presidencial asentado en la Rosada. El Congreso ha tenido casi siempre entre nosotros un papel inferior y subordinado. El federalismo, por otra parte, resulta apenas una curiosidad folklórica aplastada por la brutal centralización del poder en la sede de Buenos Aires –cualquiera sea la provincia de origen del gobernante-, especialmente a través del cuasi monopolio de la recaudación de dineros públicos que conforman la “caja”. Un monótono monócrata en Balcarce 50, y el resto es silencio. Este esquema se ha repetido tanto en nuestros turno de democracia plebiscitaria y movimientista como en épocas de democracia minoritaria y proscriptiva. Desde 1930, la irrupción del “partido militar” pudo hacer creer que habíamos, por fin, identificado al villano de la película. Pero la mirada retrospectiva muestra que, más allá de sus demasías, el golpe militar oficiaba como una sutura necesaria entre un fracaso de una u otra forma de nuestra democracia, estableciendo un puente entre ambas, y poniendo en práctica mientras tanto, con suma aplicación, el esquema del mal gobierno monocrático. Era un síntoma terrible, pero no la enfermedad. Desde 1983 cerramos felizmente el ciclo de las incursiones del “partido militar”, pero la misma mirada retrospectiva y el examen del día nos advierten que la democracia nacida aquel año ha reincidido en la fórmula perversa del mal gobierno, a riesgo de fracaso. Y, lo que es peor, ahora no podemos echarle la culpa a los milicos.

El 14 de octubre del 2001, en las elecciones de renovación legislativa durante el gobierno de Fernando de La Rúa, se produjo lo que entonces llamé una “huelga electoral”: votó el 50% del padrón nacional y el otro 50% se abstuvo, votó en blanco o anuló a sabiendas su voto. Fue un primer registro de la aguja del sismógrafo, que la voces oficiosas insistieron en minimizar. En diciembre de 2001 estalló el grito: “¡que se vayan todos!”. Un grito ingenuo, si se quiere, ya que –y sobre todo en política- nadie se va sin que lo echen. Esta vez, sin embargo, el sismo fue perceptible y se conmovieron las estanterías de la clase política. Los partidos, que hasta ese momento, aunque manejados por oligarquías dirigentes, aun subsistían, quedaron pulverizados. Se recompusieron bajo forma de agrupaciones provisorias nucleadas alrededor de figuras públicas, reforzadas por el trabajo de los fabricantes de imagen. El último golpe del viejo régimen partidocrático fue la organización de una pueblada contra un presidente débil y desnorteado, promovida por el trato pampa entre Duhalde y Alfonsín, a cuyo fin se echó mano a las cuadrillas manejadas con subsidios y favores por los intendentes del primer y segundo cordón de la provincia. Estos elementos, que en el fútbol se asumen como barras bravas, son ciudadanos reducidos a servidumbre por el mal gobierno, a los que se congela en una situación de miseria subsidiada para que sirvan de tropa disponible en toda ocasión. Como estos grupos fueron asumiendo su propia personalidad presentándose como partidarios de la revolución, según resulta de sus cánticos y banderas, se asistió a un nuevo invento aborigen, parangonable al del dulce de leche y del colectivo: el del revolucionario subsidiado con dineros públicos. Pérsico, D’Elía o Depetris son hoy algunos de los capangas de estos revolucionarios de Estado.

A partir de marzo de 2008, la tierra política tembló otra vez. Un ventarrón de desobediencia civil, promovida a partir de la angurria tributaria llamada retenciones a oleaginosos, cruzó en diagonal el país. Algunas manifestaciones fundamentales del mal gobierno quedaron entonces al descubierto, con la consiguientes crisis de legitimidad, de la noción de representación política y del centralismo recaudador. Un gobierno elegido por mayoría poco tiempo antes, comenzó a sufrir una veloz deslegitimación de ejercicio: es un ejemplo de mal gobierno, de mandato monocrático, para peor ejercido por el ladero de quien ha sido elegida para ejercer él el Poder Ejecutivo, nuestro poder por antonomasia. Los representantes del pueblo, por su lado, se representan a sí mismos, sus privilegios y sus intereses. No hay tampoco poderes territoriales que sirvan de contrapeso : todos dependen de la caja central acumuladora y repartidora, hasta el límite de la humillación, como el caso del gobernador Scioli.

El monócrata, entonces, ante la presión pública, decide mandar su proyecto de retenciones móviles desmedidas a consideración del Congreso. Lo hace a través de un proyecto cuyos artículos primero y segundo, según es notorio y ya he comentado anteriormente, obligan al Congreso a ratificar una delegación legislativa en materia tributaria, notoriamente inconstitucional, a favor del Ejecutivo. En este caso, la delegación legislativa ni siquiera se ejerce por decreto, sino por mera resolución ministerial. El Congreso, como he dicho ya, resulta así rebajado a mera oficina de legalización de la firma de un ministro, para colmo luego expulsado del gabinete. El monócrata se sube a la tribuna para dictar mensajes, no al pueblo (sumatoria de los CUIT/CUIL) sino a los diputados. ¡Guay de quien se aparte de la voz de orden! El mandato va dirigido al PUPA. ¿Qué es el PUPA? El Partido Único de los Políticos Argentinos, cuyo acrónimo[1] me descubriera un amigo finamente crítico. En el PUPA está el grueso de la clase política argentina, con independencia de caídos rótulos partidarios. Es un mismo lodo discepoliano donde andan todos manoseaos, persiguiendo de cualquier modo mantener ventajas y prebendas. El PUPA ha sido hasta ahora el reaseguro del mal gobierno, que le ha permitido a nuestros monócratas pasarse gloriosamente por el arco de triunfo los resguardos institucionales. Pero el PUPA se resquebraja, da las últimas boqueadas, está por palmarla. Las amenazas y la billetera ya no resultan tan efectivas. ¡129 a 122! ¿qué festejan en ese recinto? Comienzo del fin del PUPA, comienzo irrevocable del fin de un régimen

Decían los antiguos que Dios ciega a quienes quiere perder. Agregué alguna vuelta que, a veces, le basta con volverlos bizcos. Y un escritor mexicano le ponía este colofón: “pero antes los apendeja un poco”. La última pendejada monocrática ha sido recurrir a la revolución: estamos haciendo una revolución, por eso quieren voltear a Cristina los golpistas de siempre y por eso hay que votar las retenciones como están. Para nuestra progresía extrema, los negocios son la continuación de la revolución por otros medios. Es revolucionario expropiar por vía recaudatoria inconstitucional los dineros públicos, para favorecer la continuidad del régimen y los negocios de los amigos. Por eso hay que defender la revolución; por eso hay que votar las retenciones móviles. Para eso se levantaron siete carpas revolucionarias ante el Congreso...pagadas con dineros públicos, con platita de la masa de CUIT/CUIL desparramada por nuestro país. Es ésta una revolución muy particular, convengamos. Un simulacro revolucionario de pendejos agrandados, de gamberros encanecidos, de mostacilla engrupida por los negocios fáciles. Dan ganas de contar otra vez el cuento del emperador y del chico que grita que está desnudo. Pero, en nuestro caso, no es que el emperador esté desnudo. Desnudo y todo, el del cuento continuaba siendo emperador. Aquí ocurre algo peor: debajo del ropaje del emperador no hay nadie, no hay nada. La perfección del simulacro.




[1] ) acrónimo: sigla formada por las letras iniciales de una expresión, que se lee como una sola palabra.

miércoles, junio 18, 2008

EL MÉTODO DEL DISCURSO (2)

Por Luis María Bandieri

En el “Discurso del Método” (1637) don Renato Descartes procuraba encontrar una certeza de base para conducir bien la razón y recuperar la verdad en las ciencias. Esta certeza la alcanzaba con el método de dudar de todo hasta llegar a la indiscutible evidencia de sí mismo en el acto de pensar: pienso, entonces existo. En el “Método del Discurso” (2008), doña Cristina Fernández de Kirchner procura encontrar una confusión de base para conducir mejor la apariencia y recuperar la popularidad en las ciencias del marketing político. Esta confusión la alcanza con el método de dudar de todos y de todo lo circundante hasta alcanzar la palmaria evidencia de ella misma y su consorte en el acto de escucharse: digo, entonces hago. No sólo en esta búsqueda del método coinciden Renato y Cristina. Los une, de modo simbólico, que Renato haya aceptado al fin de su vida ponerse bajo el amparo de la Reina Cristina. Cristina de Suecia, claro está, la hija de Gustavo Adolfo, llamada la Minerva del Norte por afición a las letras y a las artes, que fue interpretada en el cine –y nuestra Cristina es cinéfila- por Greta Garbo. Allá en la biblioteca real de Estocolmo, la corte en pleno, con la reina a la cabeza, participaba en las charlas del filósofo sobre física y matemáticas, tan exitosas como los recitales de Fito Páez en el Salón Blanco.

En su alocución de hoy, 17 de junio de 2008, por la cadena oficial, la presidente Cristina Fernández de Kirchner ha echado mano otra vez al método del discurso. Voy a dejar de lado varios de los elementos que formaron la trama de su “relato presidencial” para concentrarme en uno tan sólo: que enviará al Congreso un proyecto de ley sobre las medidas que tomó en uso de sus facultades, para darles más democracia y más institucionalidad, para que sean tratadas en ese recinto, sin perjuicio de la vigencia de aquéllas. Así –recitó- se daría más democracia a la democracia.

Tengo a la vista el proyecto de ley originado en el Poder Ejecutivo, firmado por el Jefe de Gabinete y el ministro del ramo, que entró a la Cámara de Diputados el mismo 17 a las 19.55. Resulta una preciosa muestra del método del discurso y de la producción normativa con mera eficacia simbólica.

En la exposición de motivos se lo presenta como un proyecto de ley tendiente a “saldar la discusión política” levantada a partir de las retenciones móviles a las oleaginosas dispuestas por la Res MEP 125/08, con el reajuste de la Res MEP 64/08. Se requiere del Congreso “la ratificación de lo oportunamente dispuesto”. El núcleo del proyecto de ley apunta, en puridad, a regularizar, por medio de la ley a dictarse el destino del Fondo de Redistribución Social, que habrá de operar con el dinero a recaudarse de los derechos a la exportación de la soja y sus derivados que superen el 35%. Este Fondo sustituye al Programa de Redistribución creado el 9 de junio de 2008 (D. 904), según el anuncio del metódico discurso de la presidente ese día.

El art. 1º del proyecto de ley ratifica las resoluciones del Ministerio de Economía dictadas desde el 10 de marzo en adelante. El art. 2º establece que este pedido de ratificación se efectúa sin perjuicio de la vigencia de las medidas dictadas, que lo fueron dentro de las facultades que al Poder Ejecutivo, especialmente, le atribuye el Código Aduanero en su art. 755.

En otras palabras, para dar más democracia a la democracia , el Poder Ejecutivo requiere del Congreso que ratifique a libro cerrado las resoluciones adoptadas por el Ministerio de Economía y, con ello, las facultades en materia tributaria que ese poder por sí y ante sí se arroga. Es una revalidación a libro cerrado porque no se abre el “gran debate” sobre las retenciones, su naturaleza, si su fijación por resolución ministerial no avasalla facultades y competencias propias del Legislativo, si sus alícuotas no resultan confiscatorias, etc. Se quiere “saldar”, esto es, clausurar un debate, por medio de un aval del Congreso. Muchas veces se ha dicho que, para el Ejecutivo, el Congreso funciona como una dependencia notarial para tomar razón de sus disposiciones. El proyecto lo jibariza más aún, a mera oficina de legalización de la firma del ministro del ramo.

Mientras los jueces, a través de fallos tan sustanciosos como el de la dra. Liliana Heiland en la causa “Gallo Llorente”, van concluyendo que esas resoluciones, así como las normas en que esa delegación de facultades de legislación tributaria, correspondiente en exclusividad al Congreso, pretende fundarse (art. 755 del C>digo Aduanero y D. 2752/91), resultan patentemente inconstitucionales.

El Congreso, en el método del discurso, resulta una “junta del amén” (expresión de Pedro Frías) de las decisiones de un ministro de un Ejecutivo omnímodo. La ley, para el método del discurso, es una maniobra simbólica destinada a disfrazar que la única razón es la voluntad del que manda en algún lado, que hasta puede no ser la Rosada. La democracia, en el método del discurso, es una jaculatoria laica entonada por incondicionales que sirve para indicarnos que lo que al príncipe / princesa place, es lo que debe gustarnos a todos. El método del discurso afirma que, de este modo, logrará hacer que la pobreza sea apenas un recuerdo. Y a este paso todos nosotros también, sin duda.-