miércoles, julio 16, 2014

RETOMANDO EL VIEJO ASUNTO DE LA DEUDA
 
 
BYE BYE BARING (VII)

 

                                                                
                                                                        Norberto de la Riestra
 

Caído Rosas, la Baring (privada ya de Alexander, el primer barón de Ashburton, fallecido en 1848, habiendo quedado sus hermanos Thomas y Henry al frente de la casa), envía a Buenos a un mayor retirado, Ferdinand White, para informarse sobre el terreno de las consecuencias que, para el pago del empréstito, tendría la caída del antiguo encargado de las relaciones exteriores de la Confederación, ahora desterrado en la Gran Bretaña. Debe tenerse en cuenta que la cotización en Londres de los bonos era del 20% antes de la misi¢n Falconnet, habiendo crecido desde allí hasta poco más del 70%, a la época del viaje del nuevo enviado, sin haberla afectado la caída de Rosas, lo que demostraba en los bonholders un optimismo que la casa de Bishopsgate Street nro. 8 estaba lejos de compartir. White ha dejado un diario de su misión, bien reflejado en la obra de Fitte, con interesantes apreciaciones sobre los acontecimientos políticos ocurridos en nuestro país desde mayo de 1852, en que arriba, hasta abril de 1853, en que se embarca de vuelta para Inglaterra.

 

El acontecimiento principal ocurrido durante la gesti¢n de White es la revolución del 11 de septiembre de 1852, cuya consecuencia sería  la división del país entre en el Estado de Buenos Aires y la Confederación Argentina. El empréstito había sido contraído por la provincia de Buenos Aires, dando en garantía sus rentas y tierras públicas. Convertido luego, al establecerse la presidencia unitaria según la Constituci¢n de 1826, en deuda nacional, sus servicios se interrumpen en 1828 por imposibilidad de pago de la provincia, desaparecida la autoridad nacional. Y es la provincia, con su gobernador encargado de las relaciones exteriores de la Confederación  (confederaci¢n "empírica", como gustaba decir Julio Irazusta, plasmada en pactos), la que, con fondos propios, encara los módicos pagos resultantes del convenio con Mr. Falconnet, interrumpidos a partir de Caseros. La cuestión principal, para el acreedor, pues, resultaba quién se haría en definitiva de la deuda.

 

Las tratativas de White

 

A fines de mayo de 1852, White se reúne en Montevideo con el doctor de la Peña, ministro de Relaciones Exteriores de Urquiza, por entonces a punto de ser designado, en el Acuerdo de San Nicolás, Director Provisorio de la Confederación Argentina. White le pasa a de la Peña un estado de la deuda a ese momento, que montaba, según el acreedor, a £ 2.335.410, es decir, a casi tres veces y media lo efectivamente recibido. De la Peña le manifestó que, habiendo sido gastado el empréstito en la pasada guerra con el Brasil, se haría cargo de él la nación; precavidamente, agregó que de no ser viable ese expediente, la provincia de Buenos Aires quedaba siempre obligada "por su honor y por los términos del empréstito", es decir, por la garantía de sus renta y tierras. Alrededor de de la Peña se movía un personaje -ya recomendado a White en Río de Janeiro por Henry Southern, ex embajador de la Corona en Buenos Aires, a la sazón representante ante la Corte del Brasil- llamado Francisco Casiano Beláustegui. Según Ferns, este hombre era un aventurero y hasta se lo tachaba de proxeneta, oficio este último con el que, por su esmero, se habría ganado la confianza y estimación de Southern. Beláustegui, a modo de condecoración, le mostró a White las pruebas epistolares de sus gestiones ante Rosas para lograr el pago del empréstito, frente a las cuales el Restaurador había mostrado su sorpresa ante la circunstancia de que un argentino fuese el abogado oficioso de los bonoleros. Ahora, le susurraba el influyente a White, que cada vez le tomaba mayor recelo, un arreglo definitivo estaba mucho más próximo. A condición de reconocerle un fee de punto sobre todas las sumas a cobrar después del ajuste definitivo de cuentas, y ser designado agente de la Baring en Buenos Aires, en lugar de la firma norteamericana Zimmermann y Frazier, que se desempeñaba en tal carácter hasta ese momento. En junio de 1852 White es recibido por Urquiza en Palermo, siéndole presentado por el gobernador Vicente L¢pez. Cuando el entrerriano oyó que se hablaba de una deuda "nacional", apretó los labios y no pronunció palabra hasta el fin de la entrevista. A White no le costó demasiado entender que la Confederación estaba muy lejos de querer pagar la deuda, exclusiva de los porteños, a juicio del Director Provisorio. En esa entrevista, quedó, pues, perdido para siempre ese punto sobre el saldo y la calidad de agente de los Baring con que Beláustegui ensoñaba beneficiarse. Pero Beláustegui tenía el optimismo propio de todo vendedor de humo, y aunque White, evidentemente, ya no le creía palabra, afirmaba que el negocio andaba sobre ruedas, que Urquiza al final iba a influir a favor del acuerdo, que todo estaría resuelto para los primeros días de septiembre y anunciaba las primeras remesas llegando a Londres hacia febrero del otro año.

 

Lo único que estuvo resuelto en septiembre fue la revoluci¢n del día 11 contra Urquiza. White debió convertirse en un observador de los sucesos, forzado a esperar que las cosas se aclarasen, y convirtiéndose, de paso, en hooligan de Buenos Aires en su disputa política con la Confederaci¢n. Mientras tanto, él y su secretario hacían cuentas. Las rentas genuinas de Buenos Aires alcanzaban, a ese momento, a $ 3.250.000 anuales. La deuda total de la provincia, a $ 29.964.950. Un tercio de ella, $ 11.777.050, equivalentes (al cambio de 4 a 1) a las £ 2.355.410, correspondían al saldo del empréstito. El servicio de esa deuda insumiría aproximadamente, según los diligentes cálculos de White, la cuarta parte de los ingresos públicos. La situación, pues, no era brillante.

 

De todos modos, White se entrevistó con el nuevo "gobernador propietario" de Buenos Aires, don Valentín Alsina. Iba acompañado de Mr. Zimmermann, aquél a quien el afanoso Beláustegui quería sustituir. La conversación fue cortés, pero las posibilidades de arreglo eran, por el momento, en plena guerra entre Buenos Aires y la Confederación, muy lejanas. Lo único que obtuvo fue la seguridad de que la provincia, en la medida de sus capacidades, haría frente a su compromiso, y que se retomarían los pagos de cinco mil pesos mensuales del arreglo Falconnet. White, observador de nuestras luchas civiles e investigador de nuestros presupuestos, había llegado al fin de su misión, con el íntimo convencimiento de que sólo de una Buenos Aires pacificada y dedicada a desarrollar sus riquezas naturales podía pagar la deuda pendiente. Se embarcó, pues, el antiguo colonial de Bombay, para informar a sus principales de Londres que nada se podía hacer por el momento. Al tocar puerto en Montevideo el vapor que lo llevaba, lo abordó su compatriota don Samuel Lafone, que unos años antes protagonizara un curioso episodio de aplicación del Tratado de 1825, en el caso de matrimonios de mixta religión, por su casamiento con una dama argentina de apellido Quevedo. Lafone, dedicado al comercio exportador de cueros por cuenta de una firma de Liverpool, tenía su propio plan para hacer honor al empréstito, consistente en: a) abono del millón de libras inicial con los recursos propios del gobierno; b) el saldo, de un millón y medio acumulados por mora, se abonaría con una concesión de tierras no menor a dos mil leguas cuadradas, de las cuales, aconsejaba, la mitad convendría venderla a su vez a colonos alemanes, para hacer subir inmediatamente el valor de la mitad restante. Fue el último proyecto que White agregó a su abultada cartera de documentos de viajero que vuelve, en términos de tango, con la frente algo marchita.

 

Buenos Aires y la Confederación

 

Los bonholders están que trinan ante las noticias aportadas. Pero la política exterior inglesa, siguiendo el rumbo de "espléndido aislamiento" señalado por lord Palmerston, tan admirado por Rosas desde Burgess Farm, es de no inmiscuirse por las armas en los malos negocios de sus súbditos. Posición apoyada por el Times desde su línea editorial, y por la casa Baring, que no en vano posee una parte del famoso periódico. Además, la situación es algo curiosa: se sabe que si alguien está en condiciones de pagar, es  Buenos Aires; sin embargo el Foreign Office apoya al gobierno de Paraná , sede de la Confederación y no reconoce al Estado de Buenos Aires. Juan Bautista Alberdi, en nombre de Paraná , quería acelerar la inversión brit nica en la Confederación, especialmente la ferroviaria, a través de su amigo Wheelwright, mientras se autorizaba a Buschental a organizar en Europa una compañía para financiar el tendido de la línea Rosario-Córdoba. El Estado de Buenos Aires, mientras tanto, advertía que podía autosostenerse con sus exportaciones agrícolas, de ganado en pie, y las rentas de la aduana. La Confederación no podía pensar, aunque contase con una cabeza tan sólida como la de Mariano Fragueiro, que se plante¢ la cuestión, en procurar por sí sola el capital necesario a su desarrollo. Sí lo podían pensar, y de hecho lo hicieron, los porteños. Así nació en 1853 el Ferrocarril Oeste, en cuya sociedad se codeaban argentinos con ingleses afincados, que tuvo principio de ejecución con un buen negocio sobre las tierras destinadas a la traza y su momento de gloria cuando, en 1857, "La Porteña", con su cartelito "Voy a Chile", pitó en su primera salida desde donde hoy está  el Teatro Col¢n, para recorrer diez kil¢metros de "camino de hierro" colocados por 160 obreros ingleses contratados al efecto.
 
 
                                       La Porteña y la Estación del Parque (hoy Teatro Colón)
 
Quizás ese fue el momento clave para lograr lo que un tal Carlos Marx estaba entonces entreviendo desde la biblioteca del British Museum, en la Inglaterra victoriana: la acumulaci¢n "primitiva" de capital, función propia de la clase capitalista, para su reproducción volcada en un desarrollo autónomo. Buenos Aires habría podido hacerlo, en ese momento, sin recurrir a los onerosos empréstitos extranjeros, a los cuales estaba, en cambio, obligada fatalmente la Confederación.

 
Frank Parish, el hijo de Woodbine, había sido designado vicecónsul ingl‚s ante el Estado de Buenos Aires, modesto cargo que mostraba bien a las claras la voluntad de no reconocimiento. Los informes de Parish a lord Clarendon, titular del Foreing Office, reflejan la preocupación de este funcionario porque el presupuesto 1854/55 del nuevo estado destinase el 4% a obras públicas, antes que al pago de la "justa deuda" contraída con los bonholders en 1824. La política del gobierno británico tendía a presionar al gobierno de Buenos Aires a unirse a la Confederación, y no proseguir por el camino trazado. La Baring mandó a un nuevo representante, James Giro, a fines de 1853. Giro y Parish hicieron causa común. El ministro de Hacienda, Juan Bautista de la Peña, propuso pagar las casi £ 2.800.000 a que montaba entonces la deuda del empréstito con una quita de un 25%, a raz¢n de œ 60.000 anuales, y cesando el curso de los intereses. Ello fue objeto de rechazo por parte del enviado. Una tratativa igual y paralela celebrada por Adolfo Van Praet en Londres llegó  a igual resultado nulo. En 1855, Norberto de la Riestra [1], nuevo ministro de Hacienda, hace aprobar por la Legislatura una ley que establece la duplicación -$ 10.000- de la cantidad mensual que se giraba a la Baring por el acuerdo Falconnet. Giro y Parish toman este gesto como una maniobra para apaciguar a los bonholders, ocultando la voluntad de no pagarles jamás. Giro hace publicar en la prensa las cláusulas originarias del empréstito, y obtiene el repudio de la opinión pública. Se opone, en nombre de los acreedores, a ventas de tierras públicas, debiendo Parish legalizar su protesta, ya que no encontró escribano en Buenos Aires dispuesto a hacerlo. En realidad, el gobierno de Buenos Aires quería llegar a un acuerdo satisfactorio, pero Giro era propenso a embrollar las cosas. Una carta altisonante dirigida al gobernador de la provincia le fue dada por no recibida y obligado a retirarla. Decidió entonces embarcarse para Londres, mientras el gobierno anunciaba que sólo trataría directamente con la casa Baring. Mientras tanto, en 1856, se hacía cargo de representación de la reina Victoria ante el gobierno de Paraná   Mr. W.D. Christie. Christie era partidario, y lo manifestó abiertamente, de presionar a Buenos Aires para que cesase su actitud "anómala", e incluso escribi¢ a Lord Clarendon sobre la necesidad de una demostración naval frente a los díscolos porteños. Alberdi, en carta a Urquiza dirigida desde París en diciembre de 1857, teoriza sobre la absoluta necesidad para la Confederación de que Buenos Aires sea obligada a pagar sin remisiones ni quitas, ya que dedicarla a cubrir la deuda le quitaría dinero que de otro modo destinaría "para anarquizar al país".

 

El arreglo de la Riestra

 

Pero el gobierno de Buenos Aires ya había decidido consolidar su crédito en Londres. Propuso pagar el capital de £ 1.000.000 en cuotas anuales que arancarían de £ 35.000 en 1857 hasta alcanzar la suma de œ 65.000 en 1860, y así hasta su definitiva cancelación. La deuda por intereses atrasados, consolidada en £ 1.641.000 se pagaría con bonos, luego llamados "bonos diferidos", que redituarían un interés anual del 1%  de 1861 a 1865, del 2% desde 1866 a 1870 y del 3% desde 1871 hasta su total rescate. Los tenedores de bonos estuvieron de acuerdo, ya que el arreglo se acercaba bastante a su propia propuesta. La legislatura de Buenos Aires lo hizo ley en octubre de 1857.

 

Luego de la crisis de 1890, el gobierno de Luis Sáenz Peña tuvo que negociar, a través de su embajador Luis L. Domínguez, algunos reajustes con el Comité de Tenedores, entonces presidida por lord Rothschild, a raíz de la crisis de la Baring por aquellos años. Como se diría hoy, se reestructuraron pagos de diversos empréstitos, comprendido el de 1824, y el de los intereses. Hay que anotar, además, que la ley 206, de 1866, puso a cargo de la nación, desde 1867, el empréstito inglés de 1824.

 

El rescate definitivo del empréstito se produjo en 1901. Según el clásico cálculo de Pedro Agote, se pagó, por los $ 5.000.000, pactados, y $ 2.800.000 realmente recibidos, un total de $ 23.734.766, o sea ocho veces más en setenta y siete años. Milagros del interés compuesto.-

 

[1] Antes de asumir el ministerio, era socio de la firma Nicholson, Green & Co, de Liverpool. adonde se había dirigido de joven por su disidencia con el gobierno de Juan Manuel de Rosas. Ni siquiera este antecedente tranquilizó a Giro y Parish, que lo sospechaban partidario de repudiar la deuda.

martes, julio 15, 2014

BELLUM CIVILE, BELLUM SOCIALE, MALÓN DE LOS ÍNFIMOS













Recordando el comienzo de la Primera Guerra Mundial, se cae en la cuenta que somos testigos, y también parte, de una Guerra de los Cien Años que no tiene trazas de acabar. Y mirando los combates que ayer tuvieron lugar en los alrededores del Obelisco, a partir de una celebración que cualquier observador podía presagiar iba a terminar mal, encuentro que estamos viviendo una nueva vuelta de tuerca en una guerra civil que, de acuerdo con mi experiencia personal. va alcanzando el medio siglo y cuyo punto de partida, siempre ciñéndome a mi estrecha peripecia biográfica, fecho en aquel año terrible de 1955, más específicamente un 16 de junio de bombardeos e incendios de templos. Si en los 70, por ejemplo, esta guerra civil se tiñó con la enemistad absoluta de la pugna ideológica, del choque de religiones seculares que pretendían cada una aniquilar a su oponente, hoy es una guerra social, y el adjetivo "social" no acierta a expresar debidamente lo que pretendo transmitir. Es como si esta ciudad de Buenos Aires donde vivo se hubiese ido convirtiendo en un gigantesco arrabal y ese arrabal, a su vez, se encontrase sitiado por jaurías cimarronas que no pretenden ya lograr su puesto en el entramado arrabalero, sino sacudirlo cada tanto con sus malones desbocados. Manadas de semejantes que han sido reducidos a una subsistencia, persistencia y hasta inexistencia vital, y no sólo ya no tienen horizonte fuera de ello, sino que no conciben que exista.  Enfrente, un público al que queda grande aquello de Nietszche del nihilismo pasivo, de la astenia del ser: "el vacío del mundo en la oquedad de su cabeza". Hay, además, unos vínculos entre el adentro y el afuera, entre el arrabal y el subsuburbio, entre el lodo discepoliano en que se revuelcan  nuestras capas dirigenciales y el ínfimo barro sublevado de los malones del descarte, potenciándose mutuamente en ese perverso intercambio.

Créame un ocasional lector que no es ejercicio erudito, sino incapacidad de hallar las palabras exactas, que me llevan a citar a un maestro de los bajos fondos humanos, William Shakespeare, cuando pone en boca de Calpurnia, en "Julio César" (acto II, escena II), estas palabras:

"Nunca me detuve en los presagios, César, pero ahora ellos me dan miedo (...) en el aire  resuena el choque de las armas, relinchos de caballos, ayes de agonía, y el grito chillón de los fantasmas en las calles". "César saldrá -había afirmado Julius poco antes- y cuando el peligro vea el rostro de César, se desvanecerá". Aquí, amigos, ni hay César ni sombra de César. Y si aquel, en la historia y en el teatro, no pudo volver vanos los peligros y presagios, ¿qué nos queda a nosotros?

Dudé si dejar por escrito esta impresión. Ojalá fuesen estas palabras las que habrán de desvanecerse como ruido en el aire. Pero aquí quedan

lunes, julio 14, 2014

POUR EN FINIR AVEC LA JULES RIMET 2014




 
Beckham padre e hijo torciendo por la Argentina en la final del Maracaná
 
 
 
 
 
Inesperado efecto del 7-1 con Alemania
 
 

                                                                       Sieg heil!

                                                                                    


                                               Brincadeiras dos irmãos brasileiros e a homenagem pelo gol de Götze: "uma grande alegría  que você deu ao Brasil no fim da Copa das Copas"
 
 


La traición de Rihanna: primero iba a tomar prestado a Chiquito Romero por una semana, pero luego de la derrota aprecien con quiénes se fue. Da para un tango, Chiquito. Tu mujer, tranquila -creo que siempre lo estuvo, ya que te iba a prestar "si ganábamos la Copa". La patrona se la sabe lunga
 
 
Con alguna comprensible  falta en inglés
 
 
 
¿Y RIZZOLI TAMBIÉN TENÍA RAZÓN?







El Mundial hoy finalizado acredita una nota interruptiva de la serie sobre la deuda. Es un alargue postrero del espacio del juego sobre el espacio de la cruda realidad, ya que la deuda es, si no el único, el dato más importante de nuestra  "verdad efectiva" cotidiana y colectiva, mientras que la pelota, negocio y pasión ya se sabe, pertenece, al fin, a la esfera de la di-versión, de lo que nos aparta o separa del sucederse ordinario de las cosas.

Recordé hoy, después del supuesto penal de Neuer a Higuaín, y el denuesto consiguiente hacia el árbitro y arquitecto Nicola Rizzoli, aquella otra situación paralela de julio de 1990, cuando Sensini empujó levemente con el antebrazo a Rudi Voeller dentro del área y Edgardo Codesal, uruguayo nacionalizado mexicano, tocólogo de profesión y árbitro en sus ratos libres (o a la inversa en cuanto a sus oficios, no sé muy bien) pitó penal. Entonces escribí para "La Nueva Provincia" un artículo "Y Codesal tenía razón...".

Enumeraba allí numerosos ejemplos de penales bien o mal cobrados, pero discutidos, atribuidos a alguna "mano negra" (sin ofensa étnica alguna, sino refiriéndonos a la limpieza del miembro aludido), casi siempre la FIFA. Así como el gol es lo que el referí señala como tal indicando el centro de la cancha, penal es lo que pita el bípedo arbitral de pantaloncitos cortos. No lo que le parece a Macaya o a Víctor Hugo o a uno mismo. Lo del árbitro de fútbol ilustra un caso más amplio, que es el de la imposibilidad de persuadir por medio de un fallo. Los jueces de los tribunales, de saco y corbata (algunos ya sin ese último adminículo cuasi forense) y pantalones largos, que por exigencia de la ley deben fundar sus sentencias so pena de nulidad, tampoco satisfacen por medio de este recurso  a quien pierde el pleito. También los árbitros de fútbol ensayan una fundamentación mímica de sus fallos, como se vio bien a Rizzoli, eso sí, más precariamente y bajo la puteada directa de los afectados, como la pretérita del Cani a Codesal. Con la fundamentación quedan satisfechas sólo la conciencia del juez y la del vencedor, pero para el que pierde siempre hubo mula y, en el mejor de los casos, resignación a la fuerza y bronca masticada. Los fallos no persuaden a todos, salvo sobre cuestiones muy sencillas, porque no se está ante un problema  que se resuelva por una deducción racional, aunque el "silogismo judicial" así lo presente, sino ante una inducción razonable, una conclusión por vía tópica de un confronte dialéctico, una verdad que sirve sólo una vez, aunque se la apile por analogía en la acumulación jurisprudencial. Las razones jurídicas, aun las más fuertes en el caso, tienen siempre un flanco frágil, propio de un conocimiento flexible. Y así es, guste o no, la naturaleza de las cosas forenses. Cualquier mediano abogado que repase el auto de procesamiento de Boudou,y hasta tome en cuenta los palmarios agregados resultantes del otro juicio paralelo, el mediático, teniendo en cuenta  los recios aportes de  los fiscales ad hoc que resultan Hugo Alconada Mon o Miguel Wiñazki, sin ser ningún  Aquinate encontrará al menos cinco vías argumentales sustanciosas para plantear en apelación.

Otro aspecto que señalaba en los 90, nada original por cierto,  era que el fútbol, con sus himnos previos (el argentino mugido hoy multitudinariamente en su parte instrumental), sus banderas al viento, sus uniformes en forma de camisetas y gorros, los pintarrajeos semibélicos de las caras, etc., es una ritualización de la guerra y, por lo tanto, despierta las xenofobias más recónditas,  los rechazos más exacerbados. Sin el ingrediente chovinista de las banderas y xenófobo de los canticos ("Alemania, ponete vaselina", etc. en los 90, "Brasil, decime qué se siente", hoy, a mayor gloria del grupo Credence, los sanlorencistas y más tarde los chicos de la Cámpora), el espectáculo de los mundiales perdería uno de sus más grandes atractivos y dejaría de ser negocio. Por eso, siempre se silbarán los himnos de los contrarios y siempre habrá una mítica explicación que convierta la derrota en una victoria moral.


La ritualización de la guerra, el permiso limitado y estricto a poner en libertad las pulsiones íntimas de la agresividad, vuelven al fútbol de masas esparcido por el satélite el más eficaz exutorio que se haya inventado para desviar de blanco por un rato las violencias colectivas intraespecíficas y encauzarlas más o menso ordenadamente (por eso, entre otras cosas, siempre habrá "barras bravas"). En el 90 celebraban los alemanes y hubo cuatro muertos, más barato que una razzia popular contra los turcos inmigrantes, que ya en 2014, con Özil  y Khedira, tienen ahora estatura de héroes wagnerianos. Cierto que a veces las cosas se escapan de madre, como en la "guerra del fútbol" entre Honduras y El Salvador en 1969. Fallas hay en cualquier sistema...

Método eficaz de ritualización y confinamiento de la violencia intraespecífica, el fútbol es, al mismo tiempo, un gran negocio, con su obligado cortejo de corrupción medular. En los '90 Maradona protestaba contra "el negocio de la FIFA", cuando él era lo que era y a los tumbos sigue siendo gracias a ese negocio.

El fóbal, que Dio'guarde, como se decía en tiempos de tata y mama. Hoy Dios se mostró con el rostro de Gott, pero  en cuatro años, y en Rusia, tendremos otra oportunidad, con un Messi de treinta y uno que quizás sea como este Klose de treinta y seis.

PS: Agregando un comentario aficionado a la masa de discutidores eruditos, diré que el arquero fue a la pelota y la impulsó antes. En el contacto, mutua caída de Neuer e Higuain. No hubo penal ni falta en ataque. El arquitecto Rizzoli tuvo la mitad de la razón. Eso estuve a punto de decirle a mis vecinos de mesa en el bar donde estaba mirando el partido, agregando que dos jugadas antes Rojo se había mandado penal sobre Müller agarrándole la camiseta en el área penal, pero me guardé la observación para inmortalizarla en este post. Como dijo Aristóteles alguna vez, no es cuestión de facilitar los crímenes contra la filosofía. Aclaro, de paso, declaro que estoy contra todas esas tonterías del "ethic soccer". Es una invasión de campo por parte de la ética protestante, inaceptable. Todos los grandes futbolistas han sido pecadores maliciosos en el campo de juego (consultar al gran Dante Panzeri, "Fútbol, dinámica de lo imprevisto"). Ya he contado en "El Gol de Dios" mi historia futbolística de tronco que fabricaba rústicas planchas a los habilidosos. Eso también es fóbal, que Dio' y la FIFA guarden.

jueves, julio 10, 2014


Y SIGO ENTREGANDO SOBRE LA DEUDA…

 

 

 

BYE BYE BARING (VI)

 

 

Dejamos en 1842 al enviado de la Baring, Francis Falconnet, encontrándose aquí en Buenos Aires con un compatriota, don Pedro de Angelis (recuérdese que el enviado, aunque súbdito británico, era napolitano de nacimiento). Falconnet obtuvo, como se verá, un pequeño avance hacia el restablecimiento del crédito del gobierno de la Confederación y, a la vez, un buen argumento para tranquilizar en algo a la siempre cargante "Comisión" londinense de bonoleros. Pero el nombre de Falconnet está  unido, en nuestra historia, a otro episodio, más significativo: a la negociación paralela, emprendida por el gobierno de la Confederación ante el gabinete inglés, destinada a trocar la renuncia a la reclamación de derechos o indemnizaciones por la ocupación británica del archipiélago de Malvinas, a cambio de la cancelación total del saldo del empréstito de Baring.

 

A fines de 1838, se habían impartido instrucciones al ministro argentino acreditado ante la corte británica, don Manuel Moreno, para que, al momento de reanudar su reclamo por el despojo de las Malvinas, explorase prudentemente cuál podría ser la respuesta inglesa ante una proposición semejante a la arriba expuesta, definida en el texto como "transacción pecuniaria". Ya con Falconnet en el país, el ministro encargado de las relaciones exteriores de la Confederación, Felipe Arana, se dirige al cónsul argentino en Londres, el comerciante inglés George Frederick Dickson [1], informándole sobre la presencia y actividad del enviado de la Baring e indicándole que, al mismo tiempo que don Manuel Moreno debía proceder de acuerdo con sus antiguas instrucciones frente al gobierno de Su Majestad Británica, el cónsul debía defender dicha postura ante lo que hoy llamaríamos la "comunidad de negocios", es decir, en especial ante el Committee de acreedores de la fundida Hispanoamérica, presidido por el barón Alexander Baring.

 

Mientras tanto, a mister Francis Falconnet, amurado en Buenos Aires, debía dársele el aviso correspondiente. Le llegó por medio del ministro de Hacienda, don Manuel Insiarte, quien anoticia al enviado de la gestión iniciada ante el gabinete inglés -donde lord Aberdeen había reemplazado a lord Palmerston en el Foreign Office, siendo primer ministro Robert Peel, con el apoyo de los tories. Se le requería a Falconnet una respuesta de sus mandantes acerca de la propuesta.

 

El comisionado la hizo saber a los pocos días: no tenía viabilidad la propuesta, puesto que el gobierno inglés había desconocido ya oficialmente la legitimidad del reclamo argentino y, por lo tanto, de allí ninguna indemnización podía esperarse, de la cual pudiesen cobrarse los acreedores.

 

Las contestaciones de Dickson y Moreno fueron en el mismo sentido. El primero recordaba que tanto Palmerston como Aberdeen habían negado públicamente títulos argentinos a las islas. Tampoco podía esperarse -agregaba- una gestión oficial del gobierno británico por una deuda contraída con una banca particular, habiéndose ya negado en otros pedidos formulados por otros Estados deudores. Moreno, por su parte, aunque hallaba la idea justa y razonable, no la veía en absoluto practicable. Primero, porque las autoridades inglesas se resistían a reconocer soberanía argentina en la zona disputada, premisa necesaria para que se hiciese lugar a la indemnización. Segundo, porque en el improbable caso de que accediesen a entrar en tal negociación, montando la deuda acumulada de capital e intereses por el empréstito, a esa altura, a un millón novecientas mil libras -según el cálculo de Moreno- era muy dudoso que la indemnización que ofreciesen los británicos por las Malvinas se acercase siquiera a esa cifra. Más aún, agregaba, cualquier erogación por esa causa habría de pasar por la aprobación del Parlamento, tan difícil de obtener que seguramente impediría el proyecto. Terminaba informando que ni los representantes de la Comisión de bonoleros, ni del Committee de acreedores, ni de la misma casa Baring, todos ellos seguramente anoticiados de la gestión por el propio Falconnet, se habían presentado ante él requiriéndole información alguna.

 

 
El arreglo con Falconnet

 
 
 

Con Falconnet, a través del ministro Insiarte, se llegó al siguiente arreglo: una vez terminado el pago de las indemnizaciones a los franceses por el conflicto de 1838, lo que tendría lugar el 1§ de abril de 1844, a partir del 1º de mayo siguiente, el gobierno de Buenos Aires destinaría mensualmente 5.000 pesos fuertes, es decir, £ 1.000 mensuales, con imputación al pago de los intereses y del principal de la deuda devengada por el empréstito. Luego de una sesión de la Legislatura que sirvió para hacer el juicio al partido unitario como gestor del empréstito, se aprobó el acuerdo. En Octubre de 1844, míster Francis Falconnet se presentó en la "London Tavern" e informó a los miembros de la Comisión de bonoleros que "el presidente Rosas y el Estado de Buenos Aires" descontarían la deuda a razón de £ 12.000 anuales, hasta tanto pudiera conseguirse un arreglo definitivo, y que la casa Baring ya había recibido cuatro de los pagos mensuales comprometidos. Era mejor que nada, y los bonholders encargaron a la Baring una nota de agradecimiento al encargado de las relaciones exteriores de la Confederación.

 

Se cumplió con el compromiso hasta que en octubre de 1845 las flotas británica y francesa iniciaron el bloqueo del Río de la Plata. A iniciativa de Rosas, la Legislatura decidió la suspensión de los pagos mientras durase el conflicto, reafirmando la voluntad de cumplir lo comprometido cuando fuese posible. En Londres, los bonoleros -con igual criterio que los comerciantes ingleses residentes en Buenos Aires- repudiaban el bloqueo, que perjudicaba sus intereses. El barón de Ashburton, Alexander Baring, presidente del Committee de acreedores, proclamó que bloquear al único gobierno que reconocía la deuda e intentaba pagarla autorizaría más bien un casus belli de la Gran Bretaña contra la Francia de los Orléans [2]. Los pagos se reanudaron a partir del 1º de enero de 1849, luego del tratado Arana-Southern. Esa continuación de lo pactado causó gran impresión en Londres y produjo un agradecimiento caluroso de la casa de Bishopsgate Street. Al caer don Juan Manuel, informa Fitte, se había acumulado un pequeño capital de £ 14.655, que se prorrateó entre 1954 bonholders, tocándole a cada uno 7 libras y diez chelines.

 

El guano inservible

 
 
Guaneras peruanas en la isla de Chincha


En 1847, Manuel Moreno le escribe a Rosas informándole sobre una serie de productos  que se estaban ensayando en la Gran Bretaña para abonar los cultivos, mencionándole entre ellos, especialmente, el guano. La deuda por el empréstito peruano (a cuyos dos encargados de comprometerla, García del Río y Paroissien [3], hemos recordado antes banqueteando en Londres, al tiempo de sus gestiones) estaba siendo cancelada por medio de concesiones hechas a los acreedores de la explotación de las guaneras situadas en las islas del Pacífico. Rosas lo instruye para que interese a la Baring en una concesión por quince años para disponer del guano, el salitre y la pesca de anfibios en la costa patagónica, a cuenta del pago del empréstito. La zona a conceder serla desde los 43º de latitud Sur hasta el estrecho de Magallanes. Más tarde, indicó incluir en la propuesta los yacimientos de carbón de piedra de esos parajes, sobre cuya existencia se llegó a conocer por informes del almirantazgo británico. Se sabe que es propuesta llegó a entusiasmar a los miembros de la Comisión de bonoleros, convertida luego en Committee of the Buenos Ayres Bonholders, bajo la presidencia de un tal David Robertson. La Baring no se mostró entusiasta, en cambio, porque tenían dudas sobre si el gobierno de Buenos Aires podía disponer de la Patagonia, entonces tan sólo jalonada por las rastrilladas de los indios, y suponía -según declaraba el mismo Robertson- que buscaba con la propuesta un reconocimiento oficial de los derechos de Buenos Aires sobre esas tierras. En la "London Tavern", en cambio, los bonholders pensaban distinto. En junio de 1852, aprobaron una proposición de que se promoviera la aplicación de la concesión del guano al pago de la deuda. Pero la Baring estaba mejor informada. El guano peruano, de cuya renta vivía prácticamente esa república desde 1840 [4], como el otro abono, el salitre, prosperaban en las islas del Pacífico por la gran sequedad del clima, que impedía que la lluvia arrastrase los depósitos al mar. El guano patagónico, sometido a la acción de las lluvias, se perdía en gran parte, y lo que quedaba era con fuerte disminución de sus bondades químicas para el enriquecimiento de la tierra. Varios comerciantes ingleses se habían arruinado en el empeño de explotarlo. No pudimos, por eso, pagar nuestra deuda con guano. La pagaríamos de la manera acostumbrada: en moneda contante y sonante.-

 

 

[1] Dickson aparece muy vinculado a personajes conspicuos de nuestra historia, en especial, aunque no exclusivamente, en lo relacionado con actividades comerciales, actividad esta última en que se demostró¢ muy emprendedor. Dickson es quien, como cónsul general de la Confederación Argentina en Londres, escribe a San Martín en 1845 inquiriéndole su opinión acerca de las probabilidades de éxito de una invasión y ocupación de Buenos por una fuerza conjunta francoinglesa. La respuesta de San Martín fue cursada desde Nápoles en diciembre de 1845.

 

[2] Según H.S. Ferns, "Gran Bretaña y Argentina en el siglo XIX", Solar/Hachette, Buenos Aires, 1968, p. 248.

 

[3] Diego Paroissien, médico nacido en Londres en 1783, amigo de Miranda, lautarino, arriba a Buenos Aires en 1811 y ese mismo año la Junta le concede carta de ciudadana. Presta servicios de su especialidad en la campaña del Alto Per£, destacándose en el desastre de Huaqui. Cirujano mayor del ejército de los Andes, luego de Chacabuco y Maipú es graduado como coronel. Pasa al Perú como general y edecán de San Martín y éste, en su carácter de Protector de aquel país, lo designa ministro plenipotenciario ante las cortes europeas, junto con García del Río. Con esa investidura, ambos gestionarán el empréstito a que se hace referencia en el texto.

 

[4] El guano peruano provocar  un ataque naval español a la zona productora, con ocupación de las islas en 1864. Los salitrales de Atacama (mientras el guano es un abono orgánico resultante del excremento de las aves, el salitre es abono inorgánico -nitrato de potasio-) provocarán en 1878 la guerra del Pacífico, cuyas consecuencias aún siente Bolivia, cerrada en su salida al Pacífico. La urgencia inglesa en abonos para mejorar la producción cerealera provenía del proyecto de Peel de derogar la corn law, ley de cereales proteccionista que impedía la importación de trigo a la Gran Bretaña. Derogada finalmente la corn law en 1846, y convertida la Argentina a partir de los 80 en un fuerte productor cerealero, merced a la inmigración especializada de origen campesino, se afirmará  nuestra complementariedad con la economía británica (y el reforzamiento de nuestra integración extraoficial en su  área imperial), que ahora requerirá  también nuestros cereales, ante la incapacidad de abastecérselos por sí misma.-

 

LA SAGA DE LA DEUDA CONTINÚA

 

 

Seguimos rescatando esta serie de viejos artículos sobre nuestro primer empréstito y su posteridad,  ya que iluminan suficientemente las peripecias actuales, que s manifiestan como en lo que, en términos clínicos, cabría llamar una neurosis de repetición

 

 

BYE BYE BARING (V)

 

 

Lo que se recibió del empréstito nominal de £ 1.000.000 fueron -se anotaba en la anterior entrega- de £ 560.000, es decir, al cambio de cinco pesos por libra, $ 2.800.000. El gobierno lo redondeó en $ 3.000.000 y designó una Junta que debía prestar ese dinero en plaza mediante descuento de letras. Recuérdese que el interés del empréstito era del 6% anual, y el vigente en Buenos Aires, a ese entonces, del 18 al 24% anual [1]. Cuando, en 1826, establecida -al menos en los papeles- la autoridad nacional "en unidad de régimen", se crea el Banco Nacional, tres millones de los diez de su capital estaban representados por los fondos del empréstito Baring. De este modo, la deuda provincial pasó a ser nacional (todos los recursos del Banco Nacional, por otra parte, provenían de la provincia). Pero ya estaban en curso las operaciones de guerra con el Brasil: había que improvisar un ejército y una escuadra capaces de hacer frente a las fuerzas del Imperio. El comercio, y las rentas de aduana consiguientes, quedaron reducidos al mínimo a causa del bloqueo de Buenos Aires por la flota imperial. Los gastos de la guerra, soportados casi exclusivamente por la provincia [2], fueron financiados  con las emisiones del Banco Nacional, del que  el gobierno central podía hacer retiros ad libitum, a cuenta de las rentas públicas. Se produjo el empapelamiento y la depreciación consiguiente, debiendo declararse el curso forzoso de los billetes a su valor nominal. En la financiación de la guerra con el Brasil por medio de billetes cada vez más depreciados, se disolvieron los fondos del primer empréstito.

 

Cómo no se pagó el empréstito

 

Como ya se ha dicho, con títulos del empréstito por £ 130.000 congelados en Londres, se pagaron de antemano los intereses y  amortización por los dos primeros años del empréstito. Las remesas por el segundo semestre de 1826 (con vencimiento el 12/I/27) y por el primero de 1827 (con vencimiento el 12 de julio del mismo año), lograron efectuarse, no sin esfuerzo. Pero en julio de 1827, la autoridad nacional presidencial cae. En agosto, Manuel Dorrego asume la gobernación de la provincia.

La convicción tanto del gobernador como de su ministro de Hacienda, Roxas y Patrón, era que no se podría cumplir con el servicio a vencer el 12 de enero de 1828. Esto también era ya una evidencia en Londres: ninguna de las antiguas colonias españolas que habían tomado empréstitos en aquellos tiempos de la "plata dulce" del primer lustro de 1820, estaban en condiciones de hacer frente a sus servicios. Todas ellas habían caído en mora. Se formó en Londres un Committee of Spanish American Bonholders, "Comité de Tenedores de Bonos de Empréstitos Hispanoamericanos" y Alexander Baring, barón de Aushburn, resultó electo para presidirlo.

 

Dorrego intentó hacer frente a la situación y sostener el crédito provincial autorizando a la Baring a vender las fragatas "Asia" (rebautizada "Buenos Aires") y "Chapman" (bajo el nuevo nombre de "Congreso"), que se hallaban surtas en el puerto de Londres, adquiridas por el gobierno nacional con la idea de formar con ellas una escuadrilla adicional para operar en la guerra contra el Brasil. El producto se aplicaría al servicio vencido del empréstito. Las fragatas tenían su pequeña historia: se había destinado a pagarlas el producto de lo que iba a ser un segundo empréstito, esta vez nacional, por £ 300.000, autorizado en  época de presidencia de Rivadavia. Pero los tiempos no eran de auge en la plaza europea, y Rivadavia fue de la opinión -"acto de estupidez", según lord Ponsonby- de ordenar gestionarlo a través de sus conocidos de la casa Hullet, dejando de lado a la casa Baring. Lo cierto es que cuando la Baring quiso realizar la venta, se topó con la oposición de la Hullet, que tenía los citados buques registrados a su nombre. Cuando pudo liberarse la oposición, otros acreedores cayeron sobre ellas: eran armadores extranjeros, británicos en su mayoría, con reclamos contra malas presas reales o supuestas efectuadas por corsarios argentinos durante la guerra con el Imperio. Se abrió allí otro capítulo de nuestros débitos exteriores, ajeno al empréstito.

 
Rosas y los Bonoleros

 


Lo cierto es que el servicio de la deuda se había interrumpido en enero de 1828 y así se mantuvo durante dieciséis años. Pero no sin algunos hechos de interés. Los bonholders, llamados aquí "bonoleros", constituyen en Londres una "Comisión Permanente de Tenedores de Bonos del Empréstito", que se reúne periódica y ruidosamente en la London Tavern, en la City. El barón de Aushburn, sir Alexander Baring, no cesa de mirar con un ojo atento las convulsiones hispanoamericanos, pero, casado con una rica heredera norteamericana, no deja de preocuparse también por el otro pedazo transatlántico. Como gobernador de Buenos Aires y encargado de las relaciones exteriores de la Confederación Argentina, está  don Juan Manuel de Rosas. Manuel Moreno, embajador ante la corte de Londres, a fines de 1831 tiene una reunión con los bonoleros de la Comisión, a fin de tranquilizarlos un poco. Y asegura, siguiendo órdenes de su gobierno, al Committee presidido por sir Alexander, que los servicios de la deuda, y con ellos la confianza, se reanudarían en poco tiempo . En sus mensajes a la legislatura, ni el ministro Manuel José García ni el Gobernador dejan de recordar la deuda con los señores Baring. Pero nada era fácil en la tesorería de este lado del charco.

 

En 1842, la casa Baring envía a un representante para explorar la posibilidad de que de una buena vez se reanudasen los pagos. Se trata de Francisco de Palacieu Falconnet, nacido en Nápoles y súbdito británico. Las instrucciones de la casa de Bishopsgate Street, que se conservan, están orientadas a informarse si hay real voluntad de cumplir y, a falta de contante, qué otra cosa pueden ofrecer los rioplatenses: concesiones exclusivas para navegar el estuario y los ríos interiores con buques de vapor; un tanto por ciento de las rentas aduaneras (como México); el lanzamiento de una contribución especial a pagar por los ricos terratenientes y comerciantes, etc. El informe de Falconnet a sus mandantes respecto del juicio general acerca de su gestión no ha sido aún posible de consultar en los archivos de Bishopsgate Street, pero sí han quedado interesantes aspectos registrados en los repositorios nacionales. Que se verán en la próxima entrega.-

 

 

[1] Los intereses siempre fueron muy altos en Buenos Aires, hoy como ayer. La tasa del 1« al 2% mensual referida rigió¢ a partir de la creación del Banco de Descuentos, en 1822. Antes, se había cobrado hasta el 5% mensual. Era costumbre muy arraigada en las familias de pro colocar préstamos a interés.

[2] Durante la guerra con el Brasil, como se lee en la Memorias de Iriarte, muchas haciendas brasileras de la Banda Oriental y de Rio Grande do Sul fueron saqueadas y los ganados vendidos del otro lado del río Uruguay. Las provincias del Litoral, según Juan Álvarez, vendieron a alto precio sus caballadas y los pocos contingentes de efectivos enviados a territorio oriental. Según el mismo autor, en coincidencia con lo expuesto al principio de la nota, algunas acciones "importaron más que operaciones guerreras, simples arreos de hacienda, en los que aparecían interesados Santa Fe y Entre Ríos" ("Ensayo sobre la Historia de Santa Fe", Bs. As., 1910, ps. 280 y

domingo, julio 06, 2014

MÁS SOBRE LA BARING

Continuamos con los artículos rescatados de diecinueve años atrás, cuya lectura invita a repetir aquello de nihil novum sub sole.


 

BYE BYE, BARING (IV)

 

Habíamos dejado a don Félix Castro viajando a Londres, con poder suficiente para cerrar la operación de crédito, en busca de John Parish Robertson, el introductor ante la Baring. En la misma fragata inglesa viajaban Carlos de Alvear y Tomás de Iriarte. Alvear llevaba instrucciones de reunirse con el primer ministro Canning -una reunión oficiosa antes que oficial, ya que no se había producido aún el reconocimiento de la independencia, y Canning dudaba  si sería buena medida- e interesarlo por el problema de la Banda Oriental. La provincia se hallaba ocupada por los portugueses y, una vez que el espinoso asunto del reconocimiento se hallase resuelto, como parecía iba a estarlo en no demasiado tiempo, la perspectiva de la guerra se presentaba  improbable de evitar. Más de ochenta días de navegación tuvieron por delante los viajeros para departir sobre estas cuestiones antes de llegar a Liverpool. Iriarte, en sus memorias, ha dejado ha dejado de esos coloquios tan sólo huella de su fastidio ante cierto desdén con que Alvear lo trataba frente a Castro, rico comerciante y banquero que viajaba con tan importante encomienda.

 

A mediados de junio de 1824 don Félix Castro y John Parish Robertson están ultimando los detalles de la operación con los agentes de Baring Brothers & Co. El 18 de julio se formaliza notarialmente. En un resumen apretado, la operación fue como sigue:

 

Las condiciones del empréstito

 

* El empréstito se hizo por un valor nominal de £ 1.000.000 (equivalente a $ 5.000.000).

* Se emitirían 2000 bonds por valor de £ 500 cada uno, suscriptos por la provincia de Buenos Aires.

* Se colocarían al público, por medio del agente autorizado, la Baring, al 85%, o sea que por cada bond de £ 500 se abonarían £ 425.

* El gobierno bonaerense recibiría el 70%,  £ 700.000 ($ 3.500.000)

* El interés sería del 6% anual sobre el capital nominal (£ 60.000), pagadero en dos semestres, venciendo, por lo tanto, el último cupón el 12 de julio de 1860. Si a esa fecha no quedaban cancelados totalmente bonds y coupons, se realizaría una nueva emisión por el saldo. El total de intereses era, pues, de £ 1.560.000 ($ 7.800.000). Cada cupón semestral de un bono equivalía a£ 15.

* Se establecía un fondo anual para amortización del capital del 0,5%, o sea de £ 5.000 ($ 25.000), la ducentésima parte de la deuda pactada, que debía enviarse a Londres en dos pagos anuales de £ 2.500, junto con cada remesa semestral de intereses. 

* El gobierno provincial se hacía responsable con sus bienes, rentas y tierras públicas por el pago del capital nominal más sus intereses.
 
 
 

 

La casa emisora retuvo bonds por el pago adelantado de los intereses de 1825 y 1826, es decir, £ 120.000, y por el fondo anual de amortización del capital en los mismos períodos, o sea œ 10.000 m s. A ello se agregó el 1% de comisión sobre el capital efectivo del empréstito ( £ 7.000) y otras  £ 3.000 por la proporción correspondiente al prestatario de los gastos notariales. El saldo, de £ 560.000  ($ 2.800.000) es lo que recibió en definitiva el gobierno de Buenos Aires por la operación. De acuerdo con lo comprometido, el producido de la emisión se recibiría en seis remesas. No se había pactado -ni figuraba en las instrucciones de los negociadores- que los envíos fuesen en metálico. Además, como recuerda Fitte, los propios adquirentes de los bonos no los pagaban en oro, sino en libras papel, entonces circulantes en Inglaterra. Lo cierto es que una pequeña parte se remitió en onzas de oro españolas y colombianas (sobre las cuales se perdía un 15% por corretaje, seguro y flete) y el resto en letras giradas contra importadores en Buenos Aires o que el gobierno libraba contra la Baring, en Londres, a cuenta de los envíos.

 

Ya antes de firmarse el instrumento definitivo por los mandatarios Castro y Robertson, por indicación del segundo, la Baring había comenzado a registrar las primeras suscripciones, completadas a mediados de abril -cuando todavía Castro se encontraba navegando hacia Liverpool- habiéndose realizado incluso inscripciones provisorias luego de cubierto el monto de la emisión, debiéndose efectuar una reunión con esos inscriptos supernumerarios para prorratear el excedente, según Fitte. Otras fuentes, en cambio, afirman que el lanzamiento no tuvo la respuesta esperada, y que muchos bonds quedaron en cartera de la Baring [1]. Los suscriptores fueron, en su mayoría, vecinos de Bedford Square, en el Bloomsbury, el barrio londinense donde se halla el Museo Británico.

 

Una cuestión de £ 120.000

 

Habiendo sido lanzado el empréstito al 85% y vendido al gobierno bonaerense al 70%, ¿cuál fue el destino de los bonds correspondientes a las £ 150.000 de diferencia? Según la documentación examinada por Fitte [2],£ 120.000 fueron puestas al crédito de los propios intermediarios, Félix Castro y John Parish Robertson, a pedido de estos; el saldo, de £ 30.000, fue adjudicado a la propia entidad emitente. Lo cierto es que el gobierno de Las Heras y su ministro Manuel José García estaban al tanto de que el lanzamiento había sido al 85%; Iriarte, que se encontraba en Londres al tiempo que Castro, anota en sus memorias que fue al 85%; incluso Guillermo Parish Robertson, que se encuentra en Buenos Aires, escribe a su hermano John que, de surgir alguna duda en la Baring acerca de las facultades en tal sentido de los apoderados, "hay un contrato por separado, por el cual se vende expresamente el empréstito a nosotros a 70". A fines de 1852, el mayor Ferdinand White, que se encuentra en Buenos Aires como enviado de la Baring a fin de negociar la recuperación de lo adeudado, escribe en su diario estas líneas:

"Hay una cosa que siempre me preocupó, y es que la provincia realizó sólo el 70 por ciento, cuando el empréstito fue emitido en Londres al 85. Estoy enterado que los contratistas, los señores Parish Robertson y Félix Castro deben haber hecho buenas raterías aquí, aunque negocios son negocios, y por lo que yo sé‚ tuvieron la adhesión del gobierno".

 

Hispanoamericanos en Londres

 

Lo cierto es que la historia de los empréstitos hispanoamericanos, los “mercados emergentes”  de la época resulta en todos los casos bastante parecida a las peripecias del nuestro, y en algunos casos bastante más escandalosa aún.

 

Tomemos el caso chileno, por ejemplo. A fines de 1819, Antonio José de Irisarri, guatemalteco de origen, recibe amplísimo mandato de O'Higgings para contratar un empréstito en la plaza londinense. Lo tomó con la casa Hullet Brothers & Co., más pequeña y rival de la Baring, que aparecerá  luego entre nosotros con la River Plate Mining Company, y cuya vinculación con Bernardino Rivadavia desacreditará  a éste frente a Canning. El empréstito chileno, por un millón de libras, se tomó al 50% (es decir, que por cada libra se recibían diez chelines), con una comisión del 2% para la Hullet. Pero durante 1820 Irisarri escribe a su gobierno informándole que no había sido posible colocar el empréstito, pese a sus condiciones. En Chile la oposición fue vivísima y O'Higgings transmitió a su agente la orden de cesar todo trámite, y anular la operación si hubiese sido cerrada. Irisarri, interesado en su participación, desoyó el mandato y, lanzado otra vez el empréstito, ahora con el apoyo de una brochure o folleto bien romanceado (Disraeli, brillante escritor y más tarde primer ministro, se dedicaba en esa época a redactar ese tipo de literatura fantástica), logra suscribirse  en su totalidad. El interés era del 7% anual, y Chile no estaba en condiciones de hacerle frente; por lo tanto, se retuvieron los importes de £ 70.000 anuales por varios períodos. A principios de 1823 se dispuso el rescate de los bonos depreciados hasta el 50% de su valor nominal. Esta desastrosa operación le costó el gobierno a O'Higgings. Sólo en 1842, con Bulnes, se logra capitalizar la deuda devengada desde el empréstito de Irisarri, con bonos al 3%,  pagaderos desde 1847.

 

México, por su parte, la nación más poblada y rica surgida a la vida independiente luego de la ruptura del imperio español, negoció su empréstito al 56% de su valor. Se dijo que su intermediario había cobrado para sí œ 300.000. En cuanto al Perú, se encontraban en Londres, en los días en que allí coincidieron Castro e Iriarte, los comisionados de aquella república que acababan de lanzar la suscripción de un empréstito a través de la Baring: García del Río y Paroissien. Iriarte comenta en sus memorias que el tren de vida de ambos enviados era principesco. Dice haber concurrido a un banquete ofrecido por aquéllos a San Martín -entonces en Londres-, junto con Alvear y Félix Castro, de gran esplendidez y costo aproximado de cuatro mil pesos fuertes, según la apreciación del autor. De paso puede apuntarse que la Baring ofreció a San Martín invertir en el empréstito, lo que no hizo, efectuándolo en cambio en el empréstito peruano, por veintiún mil pesos fuertes, de lo que tendría  ocasión de condolerse en carta a su amigo O'Higgings [3]

 

 

[1] Cortés Conde, Roberto, "Auge y Caída de la Casa Baring", La Naci¢n, suplemento cultural, 2/IV/95

[2] Fitte no tuvo acceso, pese a haberlo solicitado, a los archivos londinenses de la Baring. En cambio, pudo servirse de los papeles de la Baring recogidos en la colección de los Public Archives of Canada.

[3] Carta dirigida desde Bruselas, el 20/X/1827. En "San Martín-Su Correspondencia-1823-1850", Museo Histórico Nacional, 3a. ed., 1911.