lunes, marzo 23, 2020
martes, marzo 17, 2020
Covid-19:
SOBRE PROVIDENCIA Y PRECAUCIONES
Algunos amigos muy queridos, ante la plaga que nos asola, y
la sucesión de medidas con las que los gobiernos le van a la zaga, parecen más
inclinados a ponerse bajo la protección de la Providencia antes que de los
preceptos gubernativos. Tienen razón, en primer lugar, por una jerarquía de autoridad
más que evidente; en segundo lugar, porque fastidia sobremanera la maniobra de
manipulación y de “paternalismo” que se esconde bajo los mensajes oficiales,
originados en individuos sometidos al virus soberano, que vienen errando el
vizcachazo desde el principio –así fue de arranque en la China y se extendió a
los mandamases de los demás países, a medida de que fueron afectados- y que
parten de la base de que sus democráticos súbditos son unos infelices que no
saben pensar nada por sí mismos y necesitan del oráculo gubernamental para pisar
el suelo. Pero aquellos amigos no tienen
razón cuando oponen providencia a prudencia. En principio, porque si interrogamos a la palabra,
prudentia deriva, precisamente de pro videntia. Y la prudencia providente,
que se informa debidamente y procede en consecuencia, no guiándose por los tartufos
disfrazados de San Alberto o San Ginés, sino por su recta razón y su sentido
cívico, cribando lo evidente de la pompa politiquera, es lo que debe
ejercitarse especialmente en momentos de peste. Quizás resulte ejemplificadora
una anécdota personal. Hace ya bastantes años, luego de publicar una extensa
crítica en “La Nueva Provincia” sobre sus trabajos acerca de los vikingos en
América, tuve unas largas conversaciones con Jacques de Mahieu. Transcurrieron
en un departamento de planta baja, en su escritorio que daba a un jardín muy
bonito, en la calle Paraná frente a la plaza Vicente López. Fueron varias y muy
ricas tardes, frente al whisky malo que generosamente ofrecía el anfitrión. En
algún momento le pregunté acerca de Gueydan de Roussel. Para alguno que no lo conozca, Guillemo
Gueydan de Roussel fue un jurista y filósofo suizo francófono, nacido en 1908, de vasta cultura –puede seguirse
su trayectoria en “Teología Política
según Gueydan de Roussel”, de Rafael Breide Obeid. Tuvo intensa relación
epistolar y personal con Carl Schmitt, que lo conoció cuando aquél preparaba en
Berlín su doctorado. Gueydan prologa la edición francesa de “Legalidad y
Legitimidad” y Schmitt lo cita elogiosamente
cuatro veces en su Glossarium, anotaciones de 1948. Gueydan fue secretario
del director de la Biblioteca Nacional francesa a partir de 1940 y sus temas,
en escritos de la época, fueron las relaciones entre la Iglesia y la Sinagoga y
la masonería. En 1944 viaja a Suiza para visitar a su madre y ya no puede
volver a Francia. Allí fue condenado in
absentia. En 1948 emigra con su familia a nuestro país y
se instala en el sur, en Lago Puelo, donde levanta con sus manos su casa de
madera. Cuando conversaba con Mahieu, mi conocimiento de la obra de Geydan era
a través de los artículos reproducidos en “Jauja”, la revista que dirigía Leonardo Castellani, material suficiente para
haber despertado mi curiosidad. Mahieu –que también había llegado a la
Argentina sintiendo en la nuca el aliento de los depuradores- dio una chupada a
su pipa, se tomó un trago y, con su inconfundible acento, me dijo:
-¿Gueydan? Un tipo muy integuesante. Pego un loco…
-¿Por qué?
-Fíjese que vivía cegca de El Bolsón y un día se desata un
gran incendio foguestal que está a punto de quemag su casa de madega. ¿Y qué es
lo único que hace? ¡Guezag!
-Y la casa, ¿se quemó?
-No, pero el fuego llegó muy cegca
-Entonces la oración fue eficaz…
-Talvez, o talvez fue el azag. Pero cuando se viene encima
un incendio, lo primego es haceg un contrafuego. Usted puede guezag mientras lo
hace, pego, por las dudas, no deje de haceglo.
El consejo del viejo profesor positivista, que me hizo reír
en su momento, me parece oportuno para nuestro trance. Sirve a creyentes,
dudantes e incrédulos. Nadie tiene un firmado un seguro de vida con la
Providencia. Prudencia y providencia son hermanas gemelas. Por eso este post
está presidido por San Roque y, abajo, está una mano profesional protegida
investigando una cepa de coronavirus. También
para creyentes, dudantes e incrédulos, conviene –firmemente o por lo que potest contingere- recitar mientras se
lava las manos cualquiera de estas dos cuartetas:
Pues médico eres divino
Con prodigiosas señales,
Líbranos de peste y males
Roque santo peregrino
Oh Roque patrón
divino
De pueblos universales
Líbranos de peste y males
Roque santo peregrino
Etiquetas:
Coronavirus,
providencia,
Prudencia
sábado, marzo 14, 2020
EL MIEDO NO ES SONSO...SALVO EL DE LA DIRIGENCIA
El miedo, junto con la agresividad, el hambre y el sexo, es una de las pulsiones fundamentales del bicho humano -según Karl Lorenz. Fenómeno primordial de la existencia, resulta la más elemental de las emociones. Pone en evidencia la condición inacabada y menesterosa de la vida humana, nuestra natural inseguridad ontológica. Junto con el deseo y el poder -afirma el gran psiquiatra Guillermo Vidal- constituye uno de los titanes del alma humana. Hobbes, que según su propia confesión vivió bajo el miedo intelectual, afirmaba que el temor -la aversión a sufrir un daño-, en sus dos formas del temor ante la muerte y el temor del futuro, lleva al hombre a buscar la protección del poder político, a cambio de rendirle obediencia, aunque esta relación no elimina nunca el temor, en la medida de que la violencia permanece latente en el corazón de cada sociedad. El miedo, pues, no es sonso, pero se vuelve estado peligroso cuando anida en quienes están a cargo de la conducción política de una sociedad, Esto último es lo que me parece está ocurriendo a raíz de la pandemia de coronavirus y el Covid-19.
El miedo a las epidemias, pestes, plagas y demás malaventuras de salud, está inscripto en la memoria de la especie. El miedo se agrava porque, en esos casos, el causante y transmisor es invisible. Lo que suele dar lugar al fenómeno colectivo de buscar chivos expiatorios con rostro humano, a quienes atribuirles la responsabilidad de la propagación del mal. Alessandro Manzoni, en la Storia della Colonna Infame, describió la persecución, durante la peste que asoló la Lombardía en 1630, a los "untores", que supuestamente difundían la plaga distribuyendo apósitos con ungüentos o polvos malignos. Muchos terminaron en el patíbulo. Este tipo de reacciones, descriptas hace más de un siglo por Gustavo Le Bon, se reflejó ahora en las diatribas a los chinos de los supermercados recogidas por los medios.
A falta de poder echarle la culpa a alguien del Covid-19, los gobernantes intentan -tarde- ponerse al frente de una guerra al virus, que naturalmente ganará el virus, inmune a los discursos y a las campañas de marketing, y muy capaz de trasponer barreras y fronteras. No habiendo por ahora vacuna o medicamento que sea efectivo contra el coronavirus, lo mejor que puede hacerse es reforzar hasta el límite de lo posible el sistema sanitario para asistir a los infectados, y multiplicar las medidas de prevención. En otras palabras, reducir los daños mientras se espera, de acuerdo con la experiencia acumulada, que la curva de la enfermedad llegue a su máximo, se amesete y luego decrezca. Esto implica una disciplina social y un ejercicio de la responsabilidad cívica inusuales entre nosotros. Pero aquí funciona aquello de que el miedo no es sonso y todos y cada uno comenzamos a contribuir a la obtención un bien común, la salus publica, deponiendo el individualismo feroz que desparrama la ideología del tiempo. Salus que alcanza aquí su doble significado, de salud y de salvación. Los gobiernos no se adelantaron en eso a los ciudadanos, sino que han ido a la zaga del sentido común de multiplicar el lavado de manos. Los gobiernos, el nuestro incluido, ejercen mediante mandatos de cuarentena, aislamiento, internación y otras compulsiones, su aparente soberanía. Soberano es el que decide sobre el estado de excepción, enseñaba Carl Schmitt. No cabe duda que el Covid-19 plantea un estado de excepción casi planetario. Pero el soberano no es ni el presidente, ni el rey, ni el primer ministro. La que se manifiesta soberana en el caso es la Naturaleza, que ha dado lugar a la nueva manifestación viral, detrás de la cual corren con miedo los conductores políticos, y todos nosotros a la zaga. El SARS-COV-2, nombre científico de nuestro virus, es un pariente del SARS que emergió en Asia en 2003. Un coronavirus, a través de la mutación y de la recombinación genética, se ha mostrado más apto que otros virus e hizo acto de presencia en el 2020. Después vino el murciélago, el ignoto animal intermediario y el paciente humano 0 en Wu Han. Si a ustedes gustan de los conjuracionismos, ese proceso previo se dio en un laboratorio norteamericano, trasladándose a China por la delegación del ejército de los EE.UU. que participó de los Juegos Mundiales Militares celebrados en octubre de 2019...en Wuhan. O, de la otra banda, en un laboratorio chino de alta bioseguridad, nivel P4 (el más alto del ramo), especializado en cepas virales, inaugurado el 23 de febrero de 2017 con la presencia del primer ministro francés Bernard Cazeneuve (Francia contribuyó a la obra) sito en...Wuhan. Sea como fuere, lo cierto es que la soberana de la pandemia es la denostada y aún negada Naturaleza, a veces inclusive caricaturizada, como hace Santa Greta. Nuestros gobernantes, a ese respecto, resultan sus meros partiquinos. En estos casos, además de la prevención, no viene mal rezar.
sábado, febrero 01, 2020
ANIMAL POLÍTICO o CIUDADANO PLANETARIO
Ni los ingleses brexitianos ni quien esto escribe, ni muchos en este bendito y agitado mundo, quieren ser considerados entelequias cosmopolitas, ciudadanos de la ecología planetaria puestos bajo la advocación de santa Greta y su alevosa sonrisita, meros peones de la vastedad cósmica. Quieren ser, como hace veintiséis siglos dictaba Aristóteles, animales políticos, afincados en una polis y unidos en una politeia, con sus límites, su adentro y su afuera y todos, los de adentro y los de afuera, si es posible en paz. Tenemos una pertenencia afincada y una copertenencia con los propios, desde donde podemos otear e intentar comprender el mundo. Para que entiendan los apólidas, va un texto de Adolph Franz von Knigge, un barón alemán (1752-1796), que para confusión de todo intento conspiranoico, era francmasón y -peor aún-perteneció a la Orden de los Iluminados de Baviera. Pero la iluminación que trae el texto, perteneciente a un libro sobre el buen vivir brota, como dijo un poeta, "de manantial sereno":
"El patriotismo ya es un sentimiento compuesto, pero aún más cordial y cálido que el espíritu cosmopolita, para un hombre que no haya sido expulsado pronto de la sociedad civil, que no sea un aventurero que vaga de país en país, sin sentido alguno de la propiedad o del deber cívico. Quien no ama a la madre cuyos pechos le han amamantado, quien no tiene un corazón que se enternezca a la vista de los campos en los que vivió sin cuitas y feliz los años inocentes de su juventud, ¿qué interés podrá tener en el bien común, ya que la propiedad, la moralidad y todas las cosas que un hombre puede querer en este mundo se basan, de hecho, en la preservación de aquellos vínculos que nos unen a la familia y a la patria?
El hecho de que estos vínculos se vayan debilitando cada día que pasa solo demuestra que nos vamos separando diariamente del orden excelente de la naturaleza y de sus leyes; y cuando un balarrasa a quien su patria ha expulsado como un miembro inservible por no quererse someter a las leyes, insatisfecho con la coacción que le imponen la moralidad y la policía, afirma que es propio del filósofo disolver todos los vínculos estrechos y que no reconoce otro vínculo que el espíritu fraternal entre todos los habitantes de la tierra, eso solo nos convence de que no hay frase, por estúpida que sea, que no encuentre asiento en un sistema filosófico como uno de su pilares fundamentales...
"De como tratar con las personas" (1788)
OLD MERRY ENGLAND
Como habrá quizás advertido el esporádico lector de este blog, mis simpatías apuntan hacia cuestiones que resultan fulminadas por la prensa seria del planeta, los opinólogos de fuste, los pensadores de corte y confección voceados por doquier, el Papa y buen número de monseñores y lo que en bloque el genial Landrú llamaba el costado respetable de las señoras gordas del orbe. Sobre Trump, sobre Puntin, sobre Orban y el grupo de Visegrado en general, sobre el capitano Salvini, sobre Greta y su religiosidad ecológica de segunda, sobre ideólogos de género y gritones contra el "especieísmo", siempre me encontrarán -ay- de la vereda de enfrente. Por eso saludé en una entrada a Boris Johnson cuando enfrentaba a un Parlamento claustrofóbico y por eso me alegra el Brexit, más allá de otras razones, porque rescata la particular extravagancia de los súbditos de la pérfida Albión, una singularidad que enriquece al mundo. Y que ha enriquecido también a los argentinos, envueltos con respecto a la Gran Bretaña en una relación de amor/odio que tiene también sus imprescindibles extravagancias, como haber adquirido nuestra autoconciencia nacional echándolos dos veces a patadas y -luego- haber alcanzado el reconocimiento de nuestra independencia, para bien o para mal, bajo la sombra de la espada inglesa. De 1880 a 1930 tuvimos una existencia política y económica bajo la pax britannica, y durante ella y frente a ella se desenvolvió el más formidable movimiento intelectual de soberanismo nacional que hayamos gestado, el nacionalismo argentino, uno de cuyas más brillantes cabezas fue don Julio Irazusta, que había estudiado en Oxford y escrito un formidable tratado sobre "La Monarquía Constitucional en Inglaterra". La guerra de Malvinas pudo estar mal conducida políticamente y planteada en el momento internacional menos oportuno, amén de que estaba al frente de la isla una decisionista superior, pero ganó, por el denuedo de nuestros combatientes, el respeto de nuestros enemigos, en la última guerra clásica que se recuerde, donde la población civil quedó afuera. El ejemplo más preclaro para moverse frente a Inglaterra lo dio nuestro máximo político, el brigadier general don Juan Manuel de Rosas, que supo combatir contra ellos, igualarlos en la astucia diplomática y que terminó sus días como farmer, admirando a lord Palmerston. Por otra parte, su lengua, aun a los que peleamos con ella, y su literatura, son jalones del espíritu que ningún hombre cultivado puede esquivar. Por eso, sobre el Brexit, un poco por aquello de que estamos de vacaciones y anda suelta la pereza, me permito traerles las reflexiones de un gran poeta y escritos español, Enrique García-Máiquez, con quien encuentro total coincidencia. Y cuyo hermoso título, ocurrencia de poeta, celebro.
LA AMADA INVENCIBLE
Para escribir del brexit lo más fácil es refugiarse en lo más difícil y ponerse uno también a pontificar sobre macroeconomía y geopolítica. Pero aprovechando el follón, yo voy a bajar la voz disimuladamente para hablar de lo mío, sin los protocolarios aspavientos apocalípticos del momento.
Yo habría votado probablemente por la permanencia, entre otras cosas, porque no soy un inglés. Sin embargo, siendo español (español incorregible, que precisaría Menéndez Pelayo) no puedo dejar de verle sus ventajillas al brexit de ellos.
Empecemos con las razones políticas, que son las más básicas. Para estrechar los lazos con sus ex colonias, a los ingleses les interesa estar fuera de la UE, mientras que a nosotros, para unirnos a nuestros ambos hemisferios, nos viene mejor servir de puente con Europa. A la Unión Europea, por su parte, no le hacía bien un socio que no quería serlo, con un pie siempre fuera y la libra por libre, pero, sobre todo, que miraba a los demás con suspicacia e indisimulado desdén, minando su autoestima. La Unión Europea es un poquito más eso que reza su nombre («unión» y «europea») sin los ingleses. Se han ido, además, prestando un servicio: han avisado que hay que contar con los estados-nación, que pueden poner pie en pared e, incluso, en polvorosa, después de echarlos por alto. El grupo de Visegrado no tendrá más voz, pero sí más eco. Europa gana porque los burócratas pierden y nos hemos sacudido el dichoso tabú o yugo de la Irreversibilidad. Cada vez que nos dicen que algo (sostener la soberanía nacional, revertir las autonomías, salirse de la Unión Europea, la independencia del poder judicial o cambiar el sistema electoral) no puede hacerse de ninguna de las maneras limitan nuestra libertad, además de mentirnos.
A Inglaterra tampoco dejará de venirle bien, en mi hispánica opinión. Al menos en lo moral, que es lo que importa. Hasta ahora estaban convencidos de que la solución a todos sus problemas, a todos, estaba en salir de la UE y ya está. El Continente, amén de estar aislado, era culpable. ¿Cómo no iban a querer largarse? Pasabas tres días conviviendo con algunos brexiters… ¡y también te entraban unas ganas locas de irte, quiero decir, de volverte! Pero al fin salidos, como no se les solucione hasta el clima, a ver a qué chivo expiatorio cogen por los cuernos. Echarse alguna culpa a sí mismos, eso, tan natural y absoluto para un español, es pedir a un inglés lo excusado.
Pero todo eso son razones externas. La causa más íntima por la que el brexit no me hace soltar los protocolarios espumarajos por la boca es mi amor por Inglaterra. Su bellísima lengua es mi Amada Invencible. Intento conquistarla desde mis dieciséis, y acabo luchando contra los elementos hasta naufragar enfrente de sus costas. No importa: como en las canciones más cursis, yo quiero a Inglaterra tal como es, imposible como el inglés, y todavía me haría más gracia Inglaterra si fuese mucho más parecida a su arquetipo platónico: más Jane Austen, más club Pickwick, más Oscar Wilde, más Evelyn Waugh, más Agatha Christie incluso… Todo lo que sea mantener su idiosincrasia, incluso hasta sus extremos extravagantes, me tiene a su favor.
Téngase en cuenta que el primer libro que leí en inglés fue How to Be a Brit, de Georges Mikes, en el que un señor húngaro de origen judío se partía de risa con y de las particularidades británicas. Lo leí, además, en la biblioteca de Canon Alfonso de Zulueta en «La Alcaría», que fue su finca, que tenía una capilla bridesheadiana y que habían heredado unos sobrinos suyos, y amigos míos. Hijo primogénito del Conde de Torre Díaz, Zulueta renunció a todo (hizo un condexit) para ordenarse sacerdote. Fue capellán de Oxford hasta que, durante la guerra civil, hubo sospechas de que hacía labores de espionaje para su pariente el duque de Alba. Prefirió dejar el puesto con flema angloandaluza antes de que se montara un pequeño escándalo. Aquella lectura iniciática y su circunstancia me dejaron para siempre en el bando de una anglofilia muy sureña, algo húngara y semi jasídica.
Jamás he pretendido, por tanto, pasar por inglés ni posar de tal. El leve toque es en honor al sherry, y lo da mi tierra. El conde de Miraflores de los Ángeles, Fernando Villalón, estableció que el mundo se dividía en dos: Sevilla y Cádiz. Yo, hijo de un mundo más globalizado, ay, me he tenido que conformar con que el mundo se divida en dos: España e Inglaterra, sobre todo si añadimos que Roma está por encima de asuntos tan mundanos y que Portugal va por dentro. El brexit es una garantía de que mis fronteras se mantendrán y no terminaré siendo «un ciudadano del mundo», menos mal.
Jamás he sentido hacia Inglaterra la más mínima envidia mimética, sino la camaradería entre dos de los grandes pueblos atlánticos y europeos. Hemos tenido nuestros más y nuestros menos, pero en la historia, como en el rugby, también está el tercer tiempo, para brindar entre risas con el rival.
Lo que yo amo de Inglaterra no va a tener problemas de aranceles: Shakespeare y los demás escritores, su sentido del humor, sus desayunos («En cuestiones de desayunos, Inglaterra es el paraíso terrenal. No comprendo por qué hemos de rebajarnos hasta el punto de vanagloriarnos del Imperio británico teniendo bacon y huevos de los que enorgullecernos. Deberían figurar en las armas reales: tres cerdos pasantes y tres huevos fritos en un cheurón», decía Chesterton con bastante intención). Etc.
Con el brexit pasará, en fin, como con la muerte en aquel cuento del anglófilo Borges. Discutía éste con Macedonio Fernández sobre la inmortalidad del alma, y Macedonio, que la defendía, sentenció: «la muerte del cuerpo es del todo insignificante y morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre». Borges propuso entonces suicidarse para hacer la prueba. «¿Se suicidaron ustedes?», preguntó el curioso interlocutor al que se lo contaba. Respondió Borges: «Francamente, no lo sé». Respecto al brexit soy extremadamente macedónico: como Fernández, creo en la inmortalidad de Inglaterra y me sorprendería muchísimo que el brexit tenga más importancia que la muerte.
martes, enero 14, 2020
Una yapa sobre Scruton
I drink therefore I am
"The right way to live is by enjoying one's faculties, striving to like and if possible to love one's fellows, and also to accept that death is both necessary in itself and a blessed relief to those whom you would otherwise burden. The health fanatics who have poisoned all our natural enjoyments ought, in my view, to be rounded up and locked together in a place where they can bore each other rigid with their futile nostrums for eternal life. The rest of us should live out our days in a chain of linked symposia, in which the catalyst is wine, the means conversation, the goal a serene acceptance of our lot and a determination not to outstay our welcome".
Roger Scruton: "A Philosopher's Guide to Wine"
En imperfecta traducción:
Bebo, luego existo
"La forma cabal de vivir es disfrutando de las cualidades de cada uno, esforzándose por caer en gracia y, si se puede, amar a nuestros semejantes, y también aceptar que la muerte es necesaria por sí misma y un bendito alivio para aquellos a quienes, de otro modo, resultaríamos una carga. Los fanáticos de la salud que han envenenado nuestros placeres naturales deberían, me parece, ser cercados y encerrados en un lugar donde puedan aburrirse mutuamente con sus curalotodos inútiles para la vida eterna. El resto de nosotros debería vivir en una cadena de banquetes, en los que el catalizador fuera el vino, el recurso de la conversación y la finalidad una aceptación serena de lo que nos toca y una determinación de no dejar nada fuera de nuestra acogida".
SIr Roger Scruton -In memoriam
Pensaba anotar algunas
reflexiones sobre la muerte de Roger Scruton, cuando me topé con esta
necrológica de Gregorio Luri
autor de "La Imaginación
Conservadora", que no resisto la
tentación de transcribir
Sir Roger Scruton, un gentleman, un conservador
Sir Roger Scruton, un
hombre, blanco, heterosexual, cristiano y un intelectual extraordinariamente
culto y defensor de la “common decency”, falleció el domingo 12 de enero.
Nacido el 27 de febrero de 1944, ha sido uno de los principales protagonistas
del movimiento de renovación del conservadurismo que recorre, como un nuevo
fantasma, Europa. Ha escrito ensayos de filosofía política, moral, estética,
arquitectura, música, religión…, a los que hay que sumar varias novelas y dos
óperas. Y todo lo ha hecho con una claridad epigramática, ágil, elegante y
valiente. Para algunos, ha sido el mejor escritor inglés desde Orwell.
Se hizo conservador en
las calles del barrio latino de París, durante mayo del 68. Desde entonces fue
muy crítico con los jóvenes autoindulgentes de clase media que creen haber
venido a este mundo a cobrar facturas pendientes mientras desprecian el sentido
burgués de la vida.
Yo no sé si era el
filósofo más importante del Reino Unido. Si sé que era, y lo continuará siendo
para sus muchos lectores, un estímulo para mirar hacia lo alto.
A Scruton se le pueden
aplicar, sin menoscabo alguno de la verdad, aquellas palabras que Posidio
dedicó a San Agustín: “fue un hombre de los que se han ganado su fin”. Esto es
lo primero que tenemos que recordar de él. En el caso del hombre, el fin
ilumina el trayecto vital y nos desvela su auténtico sentido. El fin nos
muestra la distancia que separa lo que llegamos a ser de lo que podríamos haber
sido. Bien podríamos dar el nombre de alma a eso que desde lo mejor que podemos
llegar a ser nos llama a luchar contra la inercia de lo trivial.
Con justa razón se han
difundido tanto por las redes sociales estas palabras que escribió en The
Spectator en las navidades pasadas, cuando ya sabía que tenía las
horas contadas: “Durante este año, mucho ha sido lo que me han quitado: mi reputación, mi
posición como intelectual público, mi lugar en el movimiento conservador, mi
tranquilidad, mi salud. Pero ha sido mucho más lo que me han dado […]. Al
acercarte a la muerte comienzas a saber lo que significa la vida, y lo que
significa es gratitud”.
Si hay una virtud que
hoy expresa la quintaesencia del conservadurismo es la gratitud. En un mundo de
indignados y resentidos, la gratitud aclara la mirada al mundo, ilumina los
abundantes motivos que tenemos para amarlo; nos permite celebrar todo cuanto ha
hecho posible lo que somos y afirma la esperanza y la solidaridad.
Era un hombre
agradecido a la naturaleza, a la caza, al buen urbanismo y a la buena
arquitectura, al buen vino, a Hegel, a Wagner, a su familia, a los suyos, a su
país y, sobre todo, a la vida, incluyendo su componente doloroso, porque sin el
compañero dolor (el compañero, no el tirano), no hay sabiduría.
En mayo del año
pasado, nada más de llegar de Brasil, a donde había ido a dar una conferencia
sobre el sentido de la vida, le descubrieron el cáncer con el que se ha ganado
su fin.
Fue objeto de una
persecución despiadada por parte aquellos que, tras una máscara de tolerancia y
relativismo moral, esconden una rabiosa intolerancia y un poderoso conformismo
con una gran capacidad para modelar conciencias. Fue intimidado por los que en
una entrevista a Le Figaro calificó de “predicadores sin
Dios”, porque se resistió a adoptar un mundo al que, por lo visto, hay que
adaptarse sin críticas. A la mínima, serás condenado al ostracismo mediante
la caricaturización groseramente ridícula de tus posiciones.
Nos ha mostrado con su
vida que hoy, como ya anunció Maura, la libertad se ha hecho conservadora,
mientras que la ortodoxia encuentra un agradable cobijo en la izquierda. Si
Wittgenstein y Nietzsche advirtieron que no se puede pensar libremente si se
piensa con miedo a hacerse daño, hoy podemos decir que si piensas libremente,
te harán daño. Pero, digámoslo claro: si la guardia roja de la corrección
política no te ha tratado aún de fascista, tienes que empezar a dudar de tu
libertad de pensamiento.
¿Qué es ser
conservador? Es ser respetuoso y, sobre todo, agradecido con el proceso
dinámico de la tradición para poder proporcionarle así la posibilidad de un
futuro. Aquello que ha pasado la prueba del tiempo, bien merece disponer de
oportunidades de desarrollo. No se puede ser conservador si no se tiene nada a
lo que garantizarle un futuro. Por eso el conservador sólo puede ser
ecologista. En este sentido el conservador no pretende tanto conservar como
reencantar. La conservación sólo merece la pena si lo que se conserva es
bueno y bello. Si hay una idea que “el provocador” Scruton ha repetido
incesantemente es que, sin amor a la belleza circundante, es absurdo ser
conservador. De ahí La urgencia de ser conservador.
Si tomó partido a
favor del Brexit, fue porque estaba convencido de la necesidad de restaurar una
soberanía nacional y una ética comunitaria que la UE es incapaz, no ya de
crear, sino ni tan siquiera de plantearse como posibilidad. No hay ética
comunitaria sin conciencia del nosotros y sin una vivencia clara de la
copertenencia que es, en sí misma, una virtud política. Animaba a resistirse a
la imposición foránea de leyes que pretenden modificar nuestro estilo de vida.
La nación, la soberanía del pueblo y el amor tradicional a la belleza de lo
nuestro (todo eso que sustenta el sentido común) son las únicas fuentes de
confianza en caso de urgencia.
Veía en el Brexit la
posibilidad de refundar los lazos horizontales de copertenencia y el apego a la
Corona entre las naciones que forman el Reino Unido.
El conservadurismo de
Scruton, quizás por la preponderancia del amor a la belleza, es propositivo,
ajeno a esa obsesión por el declive que se ha apoderado de no pocos
conservadores continentales, en particular franceses. Un conservador lacrimoso
no es más conservador, lo que tiene es problemas de visión.
Roger Scruton fue
también compositor aficionado. Además de un par de óperas, escribió las
canciones que ha agrupado con el título genérico de Three Lorca Songs.
En ellas pone música a la Casida de la rosa, la Canción del
jinete y a la Despedida. En su último cumpleaños, el 27
del pasado mayo, la soprano Emily Van Evera le cantó las tres. La más emotiva,
como es fácil de entender, fue Despedida, cuya melodía acompañó a
Scruton durante los últimos meses de su vida. Despidámonos, pues, de él con los
versos de la Despedida de Lorca:
Si muero,
dejad el balcón abierto.
El niño come naranjas.
(Desde mi balcón lo veo).
El segador siega el trigo.
(Desde mi balcón lo siento).
¡Si muero,
dejad el balcón abierto!
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