martes, diciembre 14, 2010



LA BATALLA DE VILLA SOLDATI Y OTRAS GUERRAS PERDIDAS




La batalla de Villa Soldati puede enfocarse desde muchos ángulos. Es un episodio de una guerra social que comenzó con el reintento de la democracia, luego de que se cerró provisoriamente la guerra revolucionaria y su respuesta contrainsurgente, hoy reabierta en los tribunales para colocar en el podio de los triunfadores a los que antaño querían la revolución y ahora la continúan, pero por otros medios: los negocios. Esta guerra social que se ha venido librando en forma tan continua como larvada no tiene entre sus causas a la democracia misma, pero ambas han venido esarrollándose en paralelo, en relación inversamente proporcional: cuanto menos efectiva la promesa de democracia, más intensas manifestaciones de aquella guerra (asientos territoriales del narconegocio, barrabravas en alquiler como soldados de fortuna, corrupción medular en las fuerzas de seguridad "pasadas de bando", etc.). La democracia es una forma de gobierno, la única en oferta, por otra parte, y en sí misma no es una solución sino un problema –que, desde 1983, nosotros no hemos sabido resolver, pero no estamos solos en el mundo en ese tema. Aquí, se la presentó como una fórmula de vida plena, un curalotodo extensible a cualquier cosa y hasta una religión sustituta. Nada en política aguanta tales desmesuradas expectativas, y así venimos de tumbo en tumbo desde 1983, consolándonos porque lo de antes era peor. Estamos mal y vamos mal en esa vía, sobre todo, porque a la democracia se le ha perdido el pueblo y nadie sabe dónde está. Cualquier forma de gobierno exige el pueblo; ninguna, dicho al revés, puede pasarse sin él. Pero, sobre todo la democracia, porque lo lleva en el nombre. Lo cierto es que el pueblo desapareció y no cuenta. En su lugar está "la gente", esto es, una superstición estadística, como adivinó Borges, que se mide en percentiles de intención de voto. Los partidos políticos, en el mejor de los casos, son empresas de maximización del voto, por medio del marketing adecuado, con la finalidad de llegar al gobierno y manejar la caja de los dineros públicos, que es la que financia el juego. Claro, a veces se necesitan movilizaciones masivas y, también, hay que empaquetar material humano a la hora del sufragio. Y aquí, entonces, ocurre el cruce entre democracia y miseria. Porque, en la posmodernidad, tanto en la Argentina como en el resto de Iberoamérica y en buena parte del mundo, existe una deriva constante, predominantemente estructural, no coyuntural, de las formas situacionales de la pobreza y de la indigencia hacia el estado o condición de la miseria, con fines de control social y manipulación política. El modo de gestionar la miseria a que se echa mano para evitar una hecatombe, es la reducción de los miserables a una forma remozada de la esclavitud. Entonces, la democracia que no tiene pueblo y ya no es democracia, sino otra cosa que no quiere decir su nombre, descubre un sustituto del pueblo: el miserable reducido a esclavitud. Desde luego, esto ya lo sabían los griegos que inventaron la palabra: Aristóteles enseña que el amo de esclavos bien enseñados puede dedicarse a la política o la filosofía. Aquí –enorme minucia diferencial- sirve para que un intendente del segundo o tercer cordón pueda asegurarse su reelección, o para que un viejo militante gargarice eslóganes en "6,7,8". Pero la idea es la misma. Los indigentes son una sociedad aparte porque nadie tiene necesidad de ellos. El excluido es un inútil, un supernumerario en términos sociales, cuya existencia resulta desprovista de toda finalidad que no sea la de sobrevivir, reproducirse y permanecer en su condición para ser manipulado convenientemente. El clientelismo manejado desde "la caja", que controlaban hasta ayer oligopólicamente los aparatos políticos partidarios, se dividió luego en los intendentes del conurbano y gobernadores de provincia y ha terminado por revertir a los "líderes" de las "organizaciones sociales", en un proceso progresivo de fragmentación social. Por allí se cuela otro aparato de poder clandestino, que es el del narconegocio, que necesita asiento territorial y mano de obra esclava para la distribución de la "merca" y encuadre de los sicarios. La masa esclava de reserva tiende al crecimiento. Así viene ocurriendo en nuestro país y así sucede en otros países de nuestra ecúmene, como Bolivia, Paraguay y Perú. De este modo se van imponiendo migraciones masivas, facilitadas por agentes que operan de uno y otro lado. Entonces, junto con familias laboriosas y decentes, que todos conocemos, que vienen con el justo propósito de mejorar de fortuna, son apilados y despachados contingentes de esclavos que pasan a reproducir en otro medio su misma desgraciada condición, cambiando sólo la noria a la que está atados y de la que tienen que tirar. Un dato para nada irrelevante es que los tratantes de este tráfico de esclavos posmoderno se vinculan y subordinan a figurones conspicuos de la clase política, devotos ideológicos de la progresía ambiente, cuyo discurso viene mechado de invocaciones a los derechos humanos, a la igualdad y a la inclusión social.

Los episodios de Villa Soldati, otros ya producidos y los que puede –infelizmente-preverse que vendrán, se inscriben en este renuevo posmoderno, bajo discurso progre, de la esclavitud antigua. Una masa esclava, preferentemente constituida por personas de origen boliviano, paraguayo y peruano, resulta "espontáneamente" conducida nadie sabe desde dónde, para ocupar un parque de dominio público que pretenden se les lotee y adjudique. Un parque, entre
paréntesis, con signos de abandono y en el cual, dato que no veo recogido, hay un gran monumento a los caídos en Malvinas, que no puede saberse ya qué destino tendrá. Vecinos afincados en la zona reaccionan y aparecen también, bajo llamado de algún puntero, esos remedos de la antigua mesnada que son los ganapanes de alguna barrabrava, que intentan desalojar a los ocupantes. Sergio Schoklender, que representa a las Madres sector Bonafini, que con dineros públicos tiene por allí un obrador y monoblocks aún no ocupados, reacciona ante la puesta en peligro del negocio como un representante de la ley y el orden, denuncia una maniobra de narconegocio detrás de la ocupación y llama a la policía. Mientras tanto, por el lado de los ocupantes, aparece un vocero, Alejandro Pitu Salvatierra, a quien pudimos ver y oír desde la Rosada; se trata, aparentemente de un puntero que responde a Daniel Filmus, ex ministro de Educación, esto es, personajón de la alta clerecía progre. Hasta aquí, los datos al alcance de cualquiera. No intento ni tengo los elementos para hacer una crónica prolija; simplemente, muestro cómo aquellos datos encajan en la líneas maestras de la neoesclavitud posmoderna que he descripto a grandes rasgos.



Dejando muchos otros asuntos de lado, no puedo dejar de referirme a otro aspecto de la cuestión: la absoluta inefectividad, inutilidad y futileza de la agencia judicial en el caso. Por un lado, jueces del fuero contencioso administrativo tributario de la CABA, de catecismo progre, como Roberto Gallardo y Elena Liberatori, con buena pantalla. Por otro, el ignoto juez en lo criminal ordinario que debe investigar las muertes ocurridas (incluida un probable cuarto homicidio denunciado desde el SAME) y un fiscal del mismo fuero que prefieren, rumbeadores, esperar a ver a quiénes en definitiva –la Federal, ante todo- conviene crucificar en el expediente. Gallardo, en una medida cautelar interpuesta por uno de los intrusos, ordena se detenga la orden de desalojo emanada de otra jueza de su fuero, se establezca un cerco perimetral para proteger a los ocupantes, se los cense, y se convoque a las partes a una conciliación. El argumento, con invocación del derecho fundamental al acceso a la vivienda digna, es que, si el gobierno de la CABA hubiese construido viviendas para los intrusos, no habrían tenido necesidad de ocupar ilegalmente un parque público...Desde luego, si Juan no se hubiese casado, no habría tenido necesidad de estrangular a su esposa; pero esta falacia non causa pro causa no suele sacar a los uxoricidas de la cárcel...salvo que pudiera tocarles el juez Gallardo. La jueza Liberatori es conocida por haber intentado aplicar de modo retroactivo una ley de la CABA que impide designar calles con nombres de quienes "hayan ejercido su función por actos de fuerza contra el orden constitucional y el sistema democrático". Y así, según la jueza, Bartolomé Mitre, que se levantó en armas y depuso al presidente Santiago Derqui, debía ser desnombrado de su calle, y Juan Domingo Perón, que fue vicepresidente de Farrell, debía ceder su lugar a Cangallo. Esta particular jueza del derecho blando, plástico o flexible, ratificó el cerco protector para los ocupantes, cuyo número fue creciendo a medida de que pasaban las horas (hablan de 13.300 al escribirse este artículo, según el censo practicado) constituyó un "comité de crisis" con el CELS de Verbitsky, Adolfo Pérez Esquivel y otras figuras del santoral progre, y se hizo fotografiar recorriendo el predio intrusado, mientras declaraba que se debían "negociar los intereses". Si a alguien le usurpan su departamento, ¿recobrará la paz interior oyendo a un juez que lo exhorta a "negociar los intereses" con el usurpador? Esa noche, el cerco formado por componentes del gripo Albatros de la Prefectura y por efectivos de Gendarmería, fue apedreado por villeros colindantes al Parque que, haciendo causa común con los vecinos de Villa Soldati y Lugano, exigían que se retirasen los intrusos. Luego, desde el gobierno de la CABA, se informó de otra intrusión en la zona de Lugano: el club Albariño, ocupado por otros aspirantes al loteo. (Más tarde, un intento de recuperación por los lugareños fue impedido por la Federal).

Administración de justicia ausente, inútil para intervenir en las situaciones críticas, y cruzada de ideologismo. La mente de estos jueces sólo concibe el derecho a tener derechos, sin tener en cuenta el Derecho. El Derecho, aquel llamado derecho objetivo, del cual la ley era uno de los elementos constitutivos, pero no el único, creaba una certeza que, como decía López de Oñate, constituía su específica eticidad. Porque esa certeza, aquella constancia que hacía a la palabra Derecho fiel a su etimología (lo recto), establecía firmeza en el andamiaje social y permitía la continuidad de la acción. El Derecho ha sido abandonado por obsoleto y se distribuyen, en cambio, por doquier, derechos, derechos subjetivos, "tengo derecho a", como si fuesen armas, para que gane el más apto, y los jueces tiene que arbitrar en esa contienda, lo que claramente los supera y colapsa sus tribunales. Aquel Derecho echado a la papelera de reciclaje era un bien común que nos ha sido arrebatado por la progresía jurídica. A la progresía política se le perdió el pueblo y la progresía jurídica le dio un golpe de furca al Derecho en cualquier callejón. En cambio, tenemos reinstaurada la esclavitud, y debemos asistir a las contiendas entre los tratantes por los territorios donde habrá de desarrollarse su negocio que, casualmente, se financia con dineros públicos, del común, de todos nosotros.



La democracia es el poder del pueblo de participar en el desenvolvimiento de su destino. Un pueblo es una comunidad orgánica de hombres libres puesta en forma por la historia en común dentro de una unidad política. Un pueblo resulta de un consenso prepolítico (el consensus omnium, el consenso de todos, decía el viejo Cicerón) en que coinciden algunas creencias básicas, transmitidas de generación en generación, que sirven de zócalo al edificio jurídico-político. Donde no hay más pueblo y sólo una maraña de átomos sociales, cada uno "haciendo la propia", no hay democracia. Donde buena parte de nuestros compatriotas y de quienes habitan nuestro suelo están reducidos a la esclavitud, no hay Derecho, aunque todos reivindiquen sus derechos y se celebre con música y sermones el Día de tales derechos.



Con motivo de la batalla de Villa Soldati, se han echado a rodar las imputaciones de racismo y xenofobia. La distinción entre nacionales y extranjeros es un principio jurídico básico en cualquier rincón del mundo y está contemplado en nuestra Constitución. Ella le da los mismo derechos civiles que al ciudadano; pero, naturalmente, si nuestro orden jurídico considera delictiva la intrusión, no puede dársele ni al extranjero ni al nacional una especie de derecho no escrito a realizarla cuando le venga en gana, y mejor si en horda. Poner condiciones a la entrada de inmigrantes no es un refocilamiento de xenófobos sino, además de una práctica generalizada en el mundo, una manera de asegurar al propio inmigrante que encontrará un lugar y una tarea para sus aptitudes, y no la réplica a la que te criaste frente a una invasión en masa que no reconoce ley. En todo caso, la capacidad integradora del extranjero en la Argentina tiene una larga historia, que enseña –además- que sólo se integra en el orden. Si la identidad colectiva de los argentinos vacila, si nuestra capacidad e imaginación para generar proyectos comunes no brilla, si descreemos de nuestro porvenir conjunto, y entonces aquella integración no se realiza en la medida deseada, tenemos que interrogarnos a nosotros mismo y hacernos cargo de nuestra declinación. En nosotros está el problema, no en el que llega.



La Argentina viene de perder varias guerras. Perdió la guerra revolucionaria, cuando parte de una generación, que es la mía, se emborrachó con el mito de la Revolución y quiso apresurarla con fusiles y bombas. Perdió la guerra contrarrevolucionaria, porque quienes la comandaron no quisieron legitimarla con la espada de la justicia y negaban hasta que esa guerra estaba teniendo lugar. Perdió, en 1978 y en 1982, la guerra sobre el espacio de su expansión geoestratégica, que apunta hacia el Atlántico Sur y la Antártida. En el camino, perdió al pueblo y al Derecho. Y ahora puede perder la guerra social, la noción del orden político (desnorteada desde hace rato) como bien común y convertirse en un campamento de odios y rencores destructivos, para lo cual sirve de abono anticipado la ruptura a sabiendas de los instrumentos de la concordia política, trabajosamente elaborados, destinados a cerrar el capítulo de aquella guerra civil. Quizás, sin embargo, el cachetazo colectivo a que nos somete la realidad nos lleve a recuperar las nociones perdidas del orden, la certeza del Derecho, la conciencia de ser un pueblo.-

sábado, noviembre 20, 2010



MOLNAR











Por Alain de Benoist me entero que Thomas Molnar murió en Richmond (Virginia) el 20 de julio pasado. Conocí a Molnar en Buenos Aires (en alguna ocasión le oficié de traductor), luego lo traté en Nueva York, donde era profesor de la City University y con Roberto Raffaelli le hicimos un largo reportaje que publicó "La Nueva Provincia". Molnar, húngaro de Budapest, estaba decididamente exiliado en los EE.UU., con todas las notas del destierro. Nunca logró adaptarse al mundo norteamericano y a lo que advertía como su puritanismo de base, que obligaba a su gran política a sobreactuar en hipocresía. Sus publicaciones en los medios conservadores -junto a las de Russell Kirk, por vía de ejemplo- eran seguidas con notable interés. Aquí, en Buenos Aires, tenía también sus lectores fieles y sus artículos eran elogiosamente comentados. A la caída del imperio soviético, volvió a su querida Budapest. Sus libros comenzaron a difundirse in patria, retraducidos a su lengua natal. Partía su vida entre Hungría y Norteamérica, donde finó. Recuerdo las charlas amenas, sus observaciones profundas, su bonhomía. Requiescat, amice.

viernes, noviembre 19, 2010


MAREA DE FERVOR




Una marea de fervor recorre la Argentina: nombrar y renombrar como Néstor Kirchner todas las calles, rincones y copas de leche a la mano. ¡Qué prestigio da morir! ¡Cómo se crece en las encuestas cuando se es finado! Claro que esta fervorosa manía de desnombrar y renombrar nestorianamente crea inconvenientes: por ejemplo, quedaron en Caleta Olivia eliminados los muertos del "Belgrano". Muertos dos veces, podría decirse. Nombrar siempre trae problemas con el gobierno, diputados, ONGs, etc. Hace muchos años, un intendente de un pueblito de San Juan se planteó el problema, cansado de tener que cambiar el nombre de la plaza principal con cada frecuente turno en la gobernación. Decidió, con el voto unánime del Concejo Deliberante, llamarla, de allí en adelante, "Plaza Gobernador Atual". Ah, si todo fuese tan fácil...pero "Muerto Atual" no va. Lo mejor es el sistema que allá por los años 50 del siglo pasado se le ocurrió al nicoleño Manuel Peyrou, gran cuentista hoy olvidado, y gran gorila, como se verá. Propuso que la palabra "calle" fuese reemplazada por la palabra "perón" y la palabra "avenida" por la palabra "perona". Apliquemos esta gorilada a nuestro muerto ilustre y a la no menos ilustre viuda en luna de miel (que, ay, se va acabando). Llamemos de ahora en adelante a las calles "kirchner" y a las avenidas "cristina". "Te espero en la kirchner Perón esquina la cristina Callao". Lástima que Mauri esté -el también- en luna de miel y no lea este blog.
P.S. Una movilización vecinal posterior logró que se devolviera el nombre original al tramo de la costanera en Caleta Olivia que había sido apresuradamente puesto bajo el manto de Néstor. Albricias

viernes, noviembre 12, 2010



LA OTRA LUNA DE MIEL












Cristina demuestra que hay otra luna de miel, la de la viudez, tal vez tanto o más interesante que la primera, ya que se poseen el nombre y los oropeles del finado sin necesidad de tener que soportarlo al flanco. Carpe diem, praeses

sábado, octubre 30, 2010


JUVENTUD MARAVILLOSA II




Hemos presenciado, durante las exequias de Néstor Kirchner, una olimpíada de la creación de "virtudes retroactivas" sobre la persona del difunto. Nadie hizo tanto por nuestra felicidad, en tan poco tiempo y contra tantos. Por un lado, contribuyó a ello la rudimental "videología" mediática, cuyos relatos sobre los grandes muertos no conocen matices entre la apoteosis y el escarnio, según que a quien haya pasado al otro barrio le encajen o no los baremos de la corrección política, para los que hay que contabilizar siempre en la columna del haber la "transgresión" y la "revolución". Por otro, a este coro se unieron de buena gana y justo sollozo los eventuales herederos de alguna porción del poder nestoriano, muchos de ellos humillados y ofendidos en vida por el mandamás y que añoran volver aunque más no sea colados en el cortejo de la Presidente viuda. Al lado de estas manifestaciones apareció, con partes iguales de belicosidad y congoja, un compacto de los de "menos de treinta", militante y fervoroso, con el estilo de "la Cámpora", grito y saludo, que coloca al santacruceño como la figura mítica de los anhelos de esa generación. Estudiantes de Sociales, lectores de "Página 12", enchufados en las administraciones, quizás algunas de estas caracterizaciones podrían caberles, pero sería error y pijotería reducirlos sólo a eso. Lo cierto es que un sector de la juventud actual ha encontrado un modelo y un guía imaginario en el político finado. ¿Nueva versión de la "juventud maravillosa"? Tienen los de ahora una característica que los separa de aquella versión de los setenta, aunque los una buena parte de la fraseología. Los de ahora son revolucionarios sin adrenalina. Cortar calles, ocupar colegios, escupir a la policía son actividades que rinden en imagen y están, en principio, a cubierto de riesgos. La revolución se hace cortando el tránsito pero conservando el empleo. Son revolucionarios curiosos, para los cuales la metodología airada está legalmente permitida y mediáticamente alentada. Para entender la diferencia: los de antes querían hacer la revolución (aunque terminaron haciendo los negocios); los de ahora no necesitan hacer nada: la revolución la compraron hecha (y los negocios también). Por eso, quizás, estos últimos neoguevaristas resulten potencialmente más peligrosos que sus abuelitos setentistas.


Estos revolucionarios de plantilla venían sufriendo en los últimos tiempos, ya que se había generado una oposición que corría por izquierda al gobierno. Por un lado, había que bancar el veto al adecuamiento de las jubilaciones a la letra constitucional, que no era trago poco amargo. Por otro, los muchachos del PO y similares iban engrosando las filas en colegios, universidades y sindicatos desprendidos de los gremios tradicionales. El feroz y crudo correctivo a este avance del PO y semejantes no vino del gobierno, ni de la "juventud maravillosa" nueva versión, sino de uno de los reductos conservadores de la sociedad, esto es, el sindicalismo. En Barracas, unos camorreros al servicio de la Unión Ferroviaria, matando al joven Ferreyra, reduciendo al coma a una sexagenaria e hiriendo a dos más, enviaron este mensaje: "tomen colegios, destruyan universidades, apaleen a la policía, pero no toquen nuestros intereses, porque si no, balazo".


¿Ese futuro ya lo conozco? ¿Es el estadio repetitivo de la farsa después del original de la tragedia? La historia no se repite, pero existen correspondencias y analogías en su desenvolvimiento. No sabemos hoy hasta dónde llegarán.


viernes, octubre 29, 2010



NECROFILIA





Dos textos sobre necrofilia en los 30/40 del siglo pasado. Uno, de Ramón Doll:


"Seamos justos. La afición al velorio, a llorar a moco tendido por la muerte de hombres que se ignoraron en vida, no es monopolio de las clases populacheras sino de todas. Al argentino de hoy -especialmente al porteño- es fácil provocarle el prurito lacrimatorio; y hasta ama las escenas de circunstancias -abrazo al ataúd, "trémolo" en los saludos de pésame, etc.-. Veinte y tantos años de tango con bandoneón, embadurnado de melaza y azúcar gorda, han contribuido seguramente a degradar el fondo patético de la raza, cuyos resortes emocionales eran y son todavía de superior calidad; pero la falta de grandes ideales nacionales y una vida social que asfixia toda sublimación de los buenos instintos hacen del argentino un hombre sobrecargado de melodía afectiva, sin adecuada orquestación. Por eso tiene el hábito de agigantar los méritos de los finados y se anega en los mortuorios, dando juego a un desahogo sensiblero y geidor, como quien se sangra para aliviar la congestión. No es mala señal, ¡vive Dios!, porque prueba que no nos helaron del todo las entrañas con el cierzo extranjerizante que viene malogrando la floración de la nacionalidad. En éste como en otras actitudes del pueblo argentino, la música es buena pero la letra mala, tal sucede con los payadores de poco léxico y mucha inspiración".



De Leonardo Castellani, con referencia al anterior, el otro:



"Nuestro compañero de tareas, Ramón Doll; ha llamado repetidamente la atención hacia ese fenómeno argentino que él llama “la manía de los velorios”. Nosotros nos habíamos olvidado de cuando murió Yrigoyen, pero ahora hemos tenido ocasión de recordarlo y es realmente sorprendente.El entierro del doctor Alvear (q.e.p.d), ha dado salida a una explosión de afectividad dirigida, que, salvo el respeto al difunto, rayaba en muchos puntos con la payasada. De golpe el pobre difunto se ha convertido en un receptáculo de las más excelsas y raras virtudes (“democráticas”) en la boca incluso de los que ayer nomás no se hartaban de chistes atroces a costa suya. En este coro de superaciones ditirámbicas, nada hubo tan notable como los “solos” de Roosevelt y de Cordell Hull. El Gobierno se conmueve todo y comunica su temblor a al Iglesia; se cierran las clases, incluso universitarias, las niñitas de las escuelas ( y los sacerdotes) son usados como plañideras, llueven coronas de bronce, manifestaciones altisonantes, ditirambos de una falsía grotesca, oraciones fúnebres, honores por decreto, gestos figurónicos, acompañados por movimientos indecisos del pueblo movido de una religiosidad vaga. Pérdida enorme de tiempo. En todo ello, en insistente retañir de una nota falsamente religiosa y la intención aprovechadora en pro de la “democracia”. El sermón de “circunstancias” estuvo a cargo del doctor Miguel Culiaciati (ministro del interior del Presidente Castillo y prototipo del liberal bienpensante). Cuando enterraron a Yrigoyen, al Doctor Alvear le robaron una cartera con 73 pesos, así como una cruz de oro al féretro. Uno de los que ayer se llenó la boca con “las virtudes cívicas y raciales de quien fue uno de los mas grandes estadistas de América”, hizo en aquel entonces un chiste cínico acerca de “cómo los rateros se aprovechan de los cadáveres”. De la parte de esos buitres, que son perfectamente insinceros –como aquel que ayer nomás sobre el cadáver del paracaidista inmolado en la propaganda política ensartaba otro discurso de propaganda política-, la actitud es manifiestamente repugnante y clara. Pero el fenómeno es demasiado complejo para poder explicarse con esta sola causa, sobre todo de parte del pueblo. Merece que lo observemos. Si: un miembro del gobierno, desamparado de opinión visible, adula a los radicales, evidentemente… Si, los politiqueros aprovechan la ocasión de hacerse la publicidad, en una incontinencia hotentote de oratoria necrológica. Si, los tiburones y los zorritos saben que al pueblo hay que distraerlo lo más posible para que no piense en el triste estado del país y sus problemas. Si, la Iglesia Curial, reducida por anemia cerebral después del triunfo del Liberalismo a Gran Ceremoniera de la Democracia, se mueve dócilmente y prodiga bendiciones que no pueden hacer mal a nadie, y hacen el bien de mantener la religiosidad del pueblo, al menos en figura. Pero todo eso es poco para explicar por entero esa especie de masoquismo colectivo, ese desborde de lloroneo y llanto y ese sentimentalismo enfermizo llevado al extremo de hacer posible la ingestión de las mentiras más gruesas envueltas en toneladas de palabrería huera. Fue un espectáculo bastante humillante para nosotros. Es imposible imaginarse una Nación realmente grande entregada a este frenético can-cán fúnebre. Buenos Aires tiene poco que hacer y se ha olvidado de sus grandezas".



Nihil novum...


YA VIENE EL CORTEJO, YA VIENE EL CORTEJO


Fatiga, agobio, lasitud, fastidio, hartura, hastío, embolamiento, taedium vitae...y taedium mortis. Sensaciones en acumulativo aumento a lo largo del mediático despliegue del funeral de Néstor. Ante la muerte, justamente, los medios no pueden guardar silencio, ni siquiera el del habitual minuto cortado a ojo. Un réquiem incesante salmodiado por noteros y coreado por la barra quilombera que desfila ante el cajón sellado a plomo. De vez en cuando, un solista en el desfile se manda su partecita destinada a los tres minutos de gloria en pantalla. No digo que contraten a un Zefirelli para estas grandes ocasiones, pero el lujo de morir en el caso de cadáveres exquisitos requiere por lo menos un buen director de escena y no la cámara boba que ejercitaron tanto los oficialistas como -¿sorpresa?- los del horrendo monopolio. ¿Será que el plasma logra volver poco seria hasta la muerte de los notables? Barrunto, sin embargo, que Péculo debe tener escenarios mejor preparados. Un fondo musical propicio, digo yo, de bandoneón y cello, por ejemplo, capaces de convertir un velorio en un éxito. Por lo menos, un poco de maña para hacer más creíble el desfile de "virtudes retroactivas" que nos enhebran los comentaristas, y más auténticos los pucheritos hipócritas de los enemigos íntimos que pasan al costado del ataúd para probarse las pilchas políticas del finado.