Gelsenkirchen 17/06/06
Sechs/ Null. Deliciosa irrealidad
lunes, junio 19, 2006
DIVAGACIÓN SOBRE LA PROGRESÍA Y EL CULO
Arreglando libros en la biblioteca me topo con Ferdydurke, de Gombrowicz. Deseo de hacerse de nuevo inmaduro, escolar, de hablar de culo, culito, cuculito, etc. (fue traducido en la confitería Rex de nuestra ciudad por un comité que presidía Virgilio Piñera, escritor cubano, y contiene una serie de modismos tanto caribeños como rioplatenses). No me dí cuenta, al leerlo, muchos años atrás, hasta qué punto los personajes de Ferdydurke encarnan a nuestra dirigencia supuestamente adulta, siempre altisonante, pero que se vuelca rápidamente a la inmadurez del secundario en cuanto se la introduce en la diagonal del fulbo, las minas y el tetamen estupendo de la que pasó. Sospecho que Gombrowicz vio muy claro esa hipocresía de los inmaduros que no se reconocen como tales, cuyo grado más alto se alcanza en la pretensión de la progresía de convertirse en monopolizadora de la buena conciencia universal. Grandes proclamas, alocuciones y soflamas bajo las cuales sólo se agita progrecularmente un culito, cuculito, cuculeito, portado por lameculitos y comemierditas. Como aquel demonio menor del Infierno dantesco que avea del cul fatto trombetta.
sábado, junio 10, 2006
MARIO GRANERO: IN MEMORIAM
Estoy leyendo por Internet las impresiones que nos ha dejado el último viaje de nuestro amigo Mario Granero, y encuentro en todas justeza y profundidad. Agrego la mía al simple título de levantar el recuerdo del Gordo y, al mismo tiempo, aliviar la pena que nos deja. Cuando le dimos tierra, este viernes, se me ocurrió que, a partir de su tránsito, el Cielo se ha convertido en un lugar más organizado. Allí andará Mario poniendo orden, preparando banquetes en forma y encargando –mientras nos espera- cajas del buen vino de nuestra tierra, apto para alegrar el alma. Desde que lo conocí, asocié a Mario a un duende céltico, amigo de arreglar problemas de los otros recurriendo, caballerescamente, a su misteriosa e infinita agenda que, una vez que nuestro amigable gnomo decidió mudarse al otro barrio, nadie más podrá utilizar. ¡Cuántos le debemos ese contacto preciso e imprescindible, ofrecido si cálculo ni ventaja, con ese don superior e inapreciable que le era propio! Y al lado del duende, había un pacificador nato. En un país cruzado de odios cabezudos, que en la ultimísima versión se remontan, por lo menos, treinta años atrás, el Gordo daba el ejemplo superior de la concordia y la amistad política. En su velorio y en su entierro se han cruzado enemigos, deponiendo momentáneamente el hacha de guerra. Cada vez que en el futuro pensemos en la ineludible concordia, en la necesaria amistad y en el apaciguador olvido, pongamos por delante el recuerdo de nuestro buen duende que, sin renunciar a ninguna convicción, supo siempre hacer del vivir un convivir. Si hay una palabra que define su conducta es convivialidad. No es fácil ni la palabra ni ponerla en acto. Sin pretensión pedante, añado que el Gordo tiene un aparcero en la literatura y en la ópera. Es la figura de capitán John Falstaff, a quien Shakespeare dedicó dos obras –“Enrique IV” y “Las Alegres Comadres de Windsor”- y Verdi una inmensa ópera de la vejez. Fasltaff es el soldado sobreviviente de la merry England, de la Inglaterra alegre de antes del cisma. La derrota de los ideales comunes ha convertido a este guerrero en un jocundo frecuentador de las tabernas, en el perseguidor de las muchachas fáciles, en un poeta efímero de las noches de juerga. Fue el Gordo nuestro Falstaff. ¡Qué capitán se perdió nuestra buena causa, Mario Granero, y cuántos soldados dispersos compartimos contigo tan sólo las copas y las vagas horas, porque el incierto destino así lo dispuso! En el lugar donde el azar no rige, Mario estará disponiendo la bienvenida.-
Luis María Bandieri
miércoles, junio 07, 2006
ESTE VATTIMO ES UN TIMO
No tengo una afección especial por Gianni Vattimo. Hace unos cuantos años compré en Italia la recopilación de artículos de diversos autores, además de él mismo, reunidos bajo el título de Il pensiero Debole, que habría de tener larga fortuna. Un buen titulero, sin duda. Hojeé después otra compra de ese viaje, Al di là del Soggetto, donde borda algunas puntillas alrededor de Federico Nietzsche -pobre Fritz, en manos de este peluquero de señoras- y, finalmente, me aburrí un poco con La Sociedad Transparente. Fue allí, sin embargo, donde encontré el mayor número de coincidencias con el escritor turinés. Pero, justamente, porque dice sobre la modernidad y la posmodernidad lo que otros han dicho antes y mejor. Lo bueno en él no es nuevo y lo nuevo, si lo hay, no alcanza siquiera a regular. Lyotard o Baudrillard son más ricos e incisivos (y anteriores), Clément Rosset más profundo y Zygmunt Bauman más certero, etc., etc. Vattimo es un Derrida en italiano, que se escuda en las sombras venerables de Nietzsche y Heidegger para convertirlos en prepizza para estudiantes que preparan monografías recurriendo a "El Rincón del Vago". La modernidad se terminó. Bien. La posmodernidad se recuesta entonces en la hermenéutica, que aquí no está planteada siquiera a lo Gadamer, sino, simplemente, como una celebración del desnorteo ambiente y del revoltijo donde todo se iguala, lodo discepoliano en el cual chapaleamos todos revolcados. La modernidad entra en coma -dice- cuando ya no es posible una historia unitaria, esto es, ordenada respecto de un centro único, llámese nacimiento de Cristo u Occidente céntrico. No estoy tan seguro de esto, ya que todo relato histórico remite no a un único centro, pero si a un pasado ordenado y dispuesto -"centrado"- de alguna manera. Lo que nos falta hoy, en la impasse posmo, es la proyección al futuro, la tierra prometida que fue la última oferta de las ideologías. Estas religiones sustitutas de las postrimerías de la modernidad, nos juraban que el final del camino, la tierra de la promesa, era el paraíso perdido que dejamos atrás, ahora recobrado en la historia, a fuerza de violencia. Tal fue la última versión del progreso. Y la idea de progreso es la que hemos perdido. Vattimo cree que la crisis de la idea de progreso es consecuencia de la fragmentación de la historia. Me parece, en cambio, que es el hundimiento de la idea (racional) del progreso, la convicción sombría de nuestro tiempo de que podemos morir de progreso, la que produce la ruptura del sentido y fin (racionales, ideológicos) de la historia. El sustituto es un intento de retornar al mito. Pero el mito ha sido retorcido por la modernidad, que nos devuelve su propia racionalidad crepuscular mitificada, y así nuestro opio del pueblo pasa de Karl Marx a Harry Potter.
Volvamos a Vattimo. El hombre nos dice que, en este berenjenal, hay sin embargo una posibilidad de emanciparnos. ¿Asoma su oreja la esperanza? ¿Revive la primera ideología, la que inventó Manolo Kant, de la emancipación y el sapere aude? No, la via regia hacia la emancipación es...la sociedad de la comunicación, los media. En su manifestación caótica, dice el hombre de Turín, es "donde reside nuestra esperanza de emancipación". Emancipadores actuales: Pergolini y Tinelli, Pavolini y Tontelli. Como debole, esta conclusión, francamente, lo es bastante.
Nuestro hombre de Turín, coherente con sus análisis, frecuenta los medios, de donde va desalojando paulatinamente -en buena hora- a don Umberto Eco. Suelo leer La Stampa porque allí aparecen, de vez en cuando, las colaboraciones de un provocador formidable, Guido Ceronetti. El 28 de mayo me llamó la atención, en ese diario, un largo artículo de Vattimo, "Habla Fidel", donde cuenta una entrevista de tres horas con Fidel Castro. El turinés viajó invitado a la Bienal de Arte de la Habana, en un vuelo charter algo incómodo, confiesa, ya que salía la bicoca de seiscientos euros, aunque, claro, él viajaba de balde, como invitado.
Nuestro hombre en la Habana corre a entrevistarse con Fidel, su inolvidable primer amor, su recuerdo de los sesenta, de las canciones de la sierra y del poster del Che. "No debí fingir nada de mis sentimientos de admiración, devoción, verdadero y propio afecto amoroso, que pudieron expresarse libremente". Castro, de uniforme verde oliva, lo abrazó. "Le tomé el rostro entre las manos, con algunas lágrimas en mis ojos". Se sentía nuestro hombre no sólo frente a su juventud seudo revolucionaria perdida (el "seudo" es de Vattimo) sino también ante "uno de los pocos restos monumentales de la historia del siglo XX".
Acto seguido, el resto monumental condujo a nuestro pensador a otra dependencia donde se acumulaban ollas a presión, heladeras, ventiladores, lámparas, etc. Explicó que estaba haciendo personalmente experimentos para encontrar electrodomésticos que consumiesen menos electricidad. Este año, anunció, es en la isla el año del ahorro energético. El artículo sigue con referencias rituales a la medicina cubana, cuyos profesionales había visto ya Vattimo, poco antes, trabajando en las villas miseria venezolanas. También había advertido maestras de escuela provenientes de la isla. Y entonces Vattimo, emocionado por las ollas a presión, los médicos, las maestras, el llanto sobre el hombro del resto monumental, dice que allí ve patente la "realización del sueño del Che", es decir, "la exportación de la revolución cubana al resto de los países latinoamericanos y también a Angola". Esa emoción le impide a nuestro filósofo, dirigente de movimientos honosexuales europeos, "preguntar a Castro sobre tantos homosexuales todavía presos en Cuba. Pero allí, en su presencia, están algunos intelectuales notoriamente gay, entonces...·". Bien, que el costo de la emancipación caótica lo asuman otros; uno, después de todo, vino apenas de invitado...Ya en el avión de vuelta a casita, Vattimo ensueña con una "cubanización del mundo". A partir de Cuba, a partir de Latinoamérica, "constituir un centro de resistencia al poderío del capitalismo norteamericano".
Más allá de cierto registro entre cómico y patético que surge de la crónica del abrazo entre el octogenario que busca a Lenin entre las ollas a presión, como Santa Teresa a Dios entre los cacharros, y el pensador débil que hace pucheritos sobre la venerable barba del líder, lo interesante del artículo es que demuestra, aun en este interludio posmo, que cada uno narra la historia desde un centro. Vattimo, como muchos eurocéntricos, cree que Latinoamérica es todavía un sueño de Europa. Los latinoamericanos tienen que ser tan pintorescos como ese sueño los imagina: con boinas y con fusiles, cantando con Joan Báez las canciones de los sesenta, expandiendo la revolución a fuerza de demagogias corajudas, cocinando guisos de pobre en ollas a presión chinas mientras rezongan por lo que gasta esa Frigidaire de los cincuenta, que ya cierra mal (mejor la Siam de bolita). Los latinomericanos tienen que cultivar el "realismo mágico" cuyos inventores no fueron Gabo ni Varguitas, sino un italiano, Kurt Erich Suckert, que se hacía llamar Curzio Malaparte y escribió Kaputt y La Pelle. Los latinoamericanos tenemos que hablar con la verba florida de Chávez, cubrirnos la cabeza con el lluchu de Evo y jugar a los gamberros con Kirchner. Así los eurocéntricos pueden rehacerse una virginidad revolucionaria y cobrar sus jubilaciones si cargo de conciencia.
Lo peor no es que tantos europeos posmos y decadentes imaginen de tal modo nuestro mundo, sino que tantos latinoamericanos crean que verdaderamente es así. Este último sí que es pensamiento débil, grado cero del pensamiento.
sábado, mayo 27, 2006
(EFE).- Un científico, un filósofo y un avicultor creen haber resuelto, por fin, uno de las más viejas y populares adivinanzas de la humanidad, la de qué fue antes, el huevo o la gallina. La respuesta inequívoca dada por los dos pensadores y el granjero es que fue antes el huevo, según informa hoy el diario británico "The Times".En resumen, éste es su argumento: el material genético no se transforma durante la vida del animal, por lo que la primera ave que en el transcurso de la evolución se convirtió en lo que hoy llamamos una gallina existió primero como embrión en el interior de un huevo.
El profesor John Brookfield, especialista de genética de la evolución de la Universidad de Nottingham (Inglaterra), a quien se planteó la adivinanza, dijo que la cosa estaba para él absolutamente clara.El organismo vivo en el interior del huevo tenía el mismo ADN que el animal en el que luego se convertiría, por lo que "la primera cosa viva que podemos calificar sin temor a equívocos miembro de esa especie es el primer huevo".Por su parte, David Papineau, un especialista en filosofía de la ciencia del King's College londinense, coincidió con su colega: el primer pollo salió de un huevo, y es un error pensar que el primer huevo de gallina fue un mutante producido por padres de otra especie."Es un huevo de gallina si en su interior lleva un pollo", dijo Papineau, quien agregó en plan hipotético: "Si un canguro pusiese un huevo, y de él saliese un avestruz, el huevo sería de avestruz y no de canguro".El periódico cita a Charles Bourns, granjero y presidente de un organismo del sector avícola, quien quiso contribuir también al debate: "Los huevos existían ya antes de que naciera el primer polluelo. Claro que tal vez no tuviesen el aspecto de los de hoy".
El profesor John Brookfield, especialista de genética de la evolución de la Universidad de Nottingham (Inglaterra), a quien se planteó la adivinanza, dijo que la cosa estaba para él absolutamente clara.El organismo vivo en el interior del huevo tenía el mismo ADN que el animal en el que luego se convertiría, por lo que "la primera cosa viva que podemos calificar sin temor a equívocos miembro de esa especie es el primer huevo".Por su parte, David Papineau, un especialista en filosofía de la ciencia del King's College londinense, coincidió con su colega: el primer pollo salió de un huevo, y es un error pensar que el primer huevo de gallina fue un mutante producido por padres de otra especie."Es un huevo de gallina si en su interior lleva un pollo", dijo Papineau, quien agregó en plan hipotético: "Si un canguro pusiese un huevo, y de él saliese un avestruz, el huevo sería de avestruz y no de canguro".El periódico cita a Charles Bourns, granjero y presidente de un organismo del sector avícola, quien quiso contribuir también al debate: "Los huevos existían ya antes de que naciera el primer polluelo. Claro que tal vez no tuviesen el aspecto de los de hoy".
El genetista dice una obviedad -un dinosaurio en vida no se convierte evolutivamente en una gallina. Pero, aceptando su premisa evolucionista, que mi amigo Horacio Boló refutaría enérgicamente, lo que dice es que una pre-gallina produjo un pre-huevo donde se operó una mutación del ADN por la cual salió de allí un pollito. ¿Qué fue primero, el pre-huevo o la pre-gallina? Así salvamos el vértigo circular infinito del planteo popular, idéntico al del gato que se mira en la sartén brillante de Relusol, donde a la vez se refleja otro gato que se mira en la sartén brillante por el Relusol, etc. Tratar de resolver esta regresión infinita con una vulgaridad darwiniana, secundada por un filósofo de volido corto, de Perogrullo gallináceo, y un criador de pollos (qué iba a decir el pobre tipo) es más una estupidez que un sacrilegio a los que nos hundíamos en la fascinación de la etiqueta de Relusol. El huevo es el instrumento de que se vale Natura para producir una gallina, que es le medio de que se vale Natura para producir un huevo, et sic de coeteris.
domingo, mayo 21, 2006
EL 25, MAREA DE FERVOR
Luis María Bandieri
A Manuel Peyrou, escritor nicoleño nacido en 1902, la cultura burocratizada y los despachantes de ciudadanías ilustres de la Ciudad autónoma le pasaron hace rato la esponja irresponsable del olvido. Fue un esponjazo inicuo, ya que, si bien nacido en la ciudad del Acuerdo, Peyrou escribió siempre en Buenos Aires y sobre ella, hasta su muerte. Más estrictamente, su campo creativo se desarrolló en las pocas cuadras que van desde el viejo edificio de La Prensa en la avenida de Mayo –hoy Palacio de la Cultura- hasta la confitería Richmond, en la calle Florida. Cuentista de construcción exquisita, novelista testimonial, cultor preciso del relato policial, fue un abogado que nunca ejerció y, en cambio, se inclinó al periodismo en el diario de los Paz. Ganó premios literarios que entonces importaban –el Municipal y el Nacional. Fue amigo y recibió las confidencias de Jorge Luis Borges, que así lo dijo en un poema dedicado a su memoria: “suyo fue el ejercicio generoso/ de la amistad genial. Era el hermano/ a quien podemos, en la hora adversa,/contarle todo o, sin decirle nada,/ dejarle adivinar lo que no quiere/ confesar el orgullo...”.
Quizás la desventaja de Peyrou para escaparle al olvido fue que resultaba, para nuestras rudimentarias categorías del pensamiento político, demasiado “gorila”, justo en el tiempo en que la sociedad argentina, adicta a las recaídas, entronizaba al Viejo, al General, al león herbívoro, a fin de que le brindase protección y la salvase de la guerra civil. Cualquiera que no lea Página/12 o que no frecuente los textos de ese Grosso chico de la posmodernidad que es el pibe Pigna, con mayor razón si sobrevivió a aquellos años, sabe que por entonces se libraba por aquí, conforme las reglas de la gran confrontación planetaria de entonces –EE.UU./URSS- una guerra revolucionaria con sus bandos de terrorismo/torturismo. Perón, desde el destierro, había espoleado a las “formaciones especiales”. Llegado al país, les bajó el pulgar y decidió aniquilarlas, para lo cual Lopecito formó las cuadrillas de la Triple A. La organización vence al tiempo, decía el General. Por esas astucias de la sinrazón, resulta que la única “orga” que ha vencido al tiempo es la de Viejos Guerrilleros Inc, es decir, la de los sobrevivientes a la purga inaugurada por el General, convertida hoy en club de negocios y capilla de adultos mayores privilegiados. El león herbívoro, que no atinaba a imaginar para los imberbes refractarios que echó de la Plaza otro destino que el tiro en la nuca, en aquel año de 1974 hizo lo único que podía hacer, esto es, morirse, dejándonos el entuerto con su secuela de asesinatos recíprocos, terror, tortura y sangre y un huevo de dragón que, empollado casi una treintena, nos dio el kirchnerato. El mismo año 1974, sin ruido, se nos fue también Peyrou.
Nuestro escritor dejó un cuento, “Marea de Fervor”, donde retrata muy bien esa tendencia al unanimismo, a formar la “cadena nacional de la obsecuencia”, como la llamó Roberto Aizcorbe, que de tiempo en tiempo nos arrastra a los argentinos. Son los días previos al 17 de octubre; el protagonista y su mujer salen a caminar por Florida y advierten que mucha gente lleva grandes escarapelas. Las escarapelas van creciendo día a día: primero es la escarapela completa de pecho; luego, se agrega la espalda con la blusa-escarapela; al día siguiente le agregan unas tiras bicolores como estandartes. Además, todo el mundo lleva en las manos banderas y se colecta dinero para una Gran Bandera que habrá de flamear desde el Aconcagua. La gente sube a los tranvías de la época, en cuyo techo hay unos encargados de recoger las banderas, entregarles un ticket y devolverlas al bajar.
“Al llegar a Maipú y Corrientes -sigue el relato- bajamos y la Petisa insistió en que fuéramos a pasar un rato al cine Novedades, a ver el nuevo espectáculo que todo el mundo comentaba. Entramos, dejamos las banderas en el vestíbulo, y casi enseguida la gran bandera que hacía de telón se levantó y en la pantalla apareció otra bandera, que podría haber sido la misma fotografiada. Luego de la esfumatura apareció una vista de la calle Florida llena de insignias, lo que produjo entusiasmo. Todos veían allí el panorama en el que un rato antes habían estado incluidos. Se produjo entonces una ligera alarma porque algunos espectadores protestaron por haber sido obligados a dejar sus banderas en el vestíbulo. Querían tenerlas en sus manos y agitarlas. Con una diligencia elogiable los acomodadores corrieron y volvieron con pequeñas banderas, que no podían molestar la vista de la pantalla. Estuvimos allí una hora contemplando en la pantalla la multitud que circulaba por la calle y luego salimos, dejando el sitio a la multitud de la calle que entraba en el cine para verse en la pantalla”.
No estamos en los viejos tiempos de los tranvías a diez centavos y el Novedades de la calle Florida, donde se iba a ver noticiarios y dibujos animados. Pero tenemos, en la época de los televisores de plasma, el “Operativo Clamor”, la apoteosis de Néstor Lupin Kirchner, el Sacristán de la Progresía Posperonista. La democracia, ya se sabe, viaja en ómnibus y recibe choripán, gaseosa y obolito. Trenes y subtes se sumarán espontáneamente al transporte gratuito. Hay que amuchar “a todos los que piensan lo mismo”. En realidad, no se necesita pensar: ¿de qué lado voy a estar en el cuatrienio que se inaugura el 2007? Ni pensarlo; sólo apoyando al ganador. La procesión de los arrepentidos y conversos para el 25 es la más nutrida y ruidosa: el apaleado Scioli, el primero de la última hora; el eterno escolta Reutemann, que pasó a rendir pleitesía y renegar de la diputada rebelde; el fiero Díaz Bancalari, que llega con el PJ bonaerense puro y virgen; los radicales para la Victoria, los socialistas para la Victoria, la Radio 10 para la Victoria –que el 24 reparte 500.000 banderas, para que nadie se quede sin la suya-: en fin, Víctor/Victoria.
Marea de fervor: ¿cada sociedad tiene la democracia que se merece?
Luis María Bandieri
A Manuel Peyrou, escritor nicoleño nacido en 1902, la cultura burocratizada y los despachantes de ciudadanías ilustres de la Ciudad autónoma le pasaron hace rato la esponja irresponsable del olvido. Fue un esponjazo inicuo, ya que, si bien nacido en la ciudad del Acuerdo, Peyrou escribió siempre en Buenos Aires y sobre ella, hasta su muerte. Más estrictamente, su campo creativo se desarrolló en las pocas cuadras que van desde el viejo edificio de La Prensa en la avenida de Mayo –hoy Palacio de la Cultura- hasta la confitería Richmond, en la calle Florida. Cuentista de construcción exquisita, novelista testimonial, cultor preciso del relato policial, fue un abogado que nunca ejerció y, en cambio, se inclinó al periodismo en el diario de los Paz. Ganó premios literarios que entonces importaban –el Municipal y el Nacional. Fue amigo y recibió las confidencias de Jorge Luis Borges, que así lo dijo en un poema dedicado a su memoria: “suyo fue el ejercicio generoso/ de la amistad genial. Era el hermano/ a quien podemos, en la hora adversa,/contarle todo o, sin decirle nada,/ dejarle adivinar lo que no quiere/ confesar el orgullo...”.
Quizás la desventaja de Peyrou para escaparle al olvido fue que resultaba, para nuestras rudimentarias categorías del pensamiento político, demasiado “gorila”, justo en el tiempo en que la sociedad argentina, adicta a las recaídas, entronizaba al Viejo, al General, al león herbívoro, a fin de que le brindase protección y la salvase de la guerra civil. Cualquiera que no lea Página/12 o que no frecuente los textos de ese Grosso chico de la posmodernidad que es el pibe Pigna, con mayor razón si sobrevivió a aquellos años, sabe que por entonces se libraba por aquí, conforme las reglas de la gran confrontación planetaria de entonces –EE.UU./URSS- una guerra revolucionaria con sus bandos de terrorismo/torturismo. Perón, desde el destierro, había espoleado a las “formaciones especiales”. Llegado al país, les bajó el pulgar y decidió aniquilarlas, para lo cual Lopecito formó las cuadrillas de la Triple A. La organización vence al tiempo, decía el General. Por esas astucias de la sinrazón, resulta que la única “orga” que ha vencido al tiempo es la de Viejos Guerrilleros Inc, es decir, la de los sobrevivientes a la purga inaugurada por el General, convertida hoy en club de negocios y capilla de adultos mayores privilegiados. El león herbívoro, que no atinaba a imaginar para los imberbes refractarios que echó de la Plaza otro destino que el tiro en la nuca, en aquel año de 1974 hizo lo único que podía hacer, esto es, morirse, dejándonos el entuerto con su secuela de asesinatos recíprocos, terror, tortura y sangre y un huevo de dragón que, empollado casi una treintena, nos dio el kirchnerato. El mismo año 1974, sin ruido, se nos fue también Peyrou.
Nuestro escritor dejó un cuento, “Marea de Fervor”, donde retrata muy bien esa tendencia al unanimismo, a formar la “cadena nacional de la obsecuencia”, como la llamó Roberto Aizcorbe, que de tiempo en tiempo nos arrastra a los argentinos. Son los días previos al 17 de octubre; el protagonista y su mujer salen a caminar por Florida y advierten que mucha gente lleva grandes escarapelas. Las escarapelas van creciendo día a día: primero es la escarapela completa de pecho; luego, se agrega la espalda con la blusa-escarapela; al día siguiente le agregan unas tiras bicolores como estandartes. Además, todo el mundo lleva en las manos banderas y se colecta dinero para una Gran Bandera que habrá de flamear desde el Aconcagua. La gente sube a los tranvías de la época, en cuyo techo hay unos encargados de recoger las banderas, entregarles un ticket y devolverlas al bajar.
“Al llegar a Maipú y Corrientes -sigue el relato- bajamos y la Petisa insistió en que fuéramos a pasar un rato al cine Novedades, a ver el nuevo espectáculo que todo el mundo comentaba. Entramos, dejamos las banderas en el vestíbulo, y casi enseguida la gran bandera que hacía de telón se levantó y en la pantalla apareció otra bandera, que podría haber sido la misma fotografiada. Luego de la esfumatura apareció una vista de la calle Florida llena de insignias, lo que produjo entusiasmo. Todos veían allí el panorama en el que un rato antes habían estado incluidos. Se produjo entonces una ligera alarma porque algunos espectadores protestaron por haber sido obligados a dejar sus banderas en el vestíbulo. Querían tenerlas en sus manos y agitarlas. Con una diligencia elogiable los acomodadores corrieron y volvieron con pequeñas banderas, que no podían molestar la vista de la pantalla. Estuvimos allí una hora contemplando en la pantalla la multitud que circulaba por la calle y luego salimos, dejando el sitio a la multitud de la calle que entraba en el cine para verse en la pantalla”.
No estamos en los viejos tiempos de los tranvías a diez centavos y el Novedades de la calle Florida, donde se iba a ver noticiarios y dibujos animados. Pero tenemos, en la época de los televisores de plasma, el “Operativo Clamor”, la apoteosis de Néstor Lupin Kirchner, el Sacristán de la Progresía Posperonista. La democracia, ya se sabe, viaja en ómnibus y recibe choripán, gaseosa y obolito. Trenes y subtes se sumarán espontáneamente al transporte gratuito. Hay que amuchar “a todos los que piensan lo mismo”. En realidad, no se necesita pensar: ¿de qué lado voy a estar en el cuatrienio que se inaugura el 2007? Ni pensarlo; sólo apoyando al ganador. La procesión de los arrepentidos y conversos para el 25 es la más nutrida y ruidosa: el apaleado Scioli, el primero de la última hora; el eterno escolta Reutemann, que pasó a rendir pleitesía y renegar de la diputada rebelde; el fiero Díaz Bancalari, que llega con el PJ bonaerense puro y virgen; los radicales para la Victoria, los socialistas para la Victoria, la Radio 10 para la Victoria –que el 24 reparte 500.000 banderas, para que nadie se quede sin la suya-: en fin, Víctor/Victoria.
Marea de fervor: ¿cada sociedad tiene la democracia que se merece?
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